Archivo de la etiqueta: Ensayo

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Para entender a Góngora (José María Micó)

En el colegio recuerdo que cuando tocó hablar someramente de Góngora (no estaban nuestros ternos cuerpos preparados para la mella de las Soledades) creo que nos hablaron acerca de la rivalidad existente entonces entre Góngora y Quevedo y poco más. Ahora, tres décadas después vuelvo voluntariamente y azuzado por la curiosidad, a la figura de Góngora y lo hago de la mano de un especialista en el autor cordobés, José María Micó Juan (JMMJ) (Premio Nacional de traducción en 2006 por Orlando furioso y muy de actualidad ya que ha puesto recientemente y a nuestra disposición, en Acantilado, una nueva traducción de la Comedia de Dante, en cuya lectura o travesía, gracias a Jesús, ya hay muchos inmersos), leyendo con fruición, incluso deleitándome, su Para entender a Góngora (publicado en 2015 en Acantilado, libro con el que Micó se despide ya de Góngora), que recoge los rigurosos estudios que Micó ha escrito sobre Góngora las últimas décadas. Presentes en los ensayos las figuras de Dámaso Alonso, de Jorge Guillén.
La última parte del libro se cierra con unos escritos en los que se dan buena cuenta de la vigorosa salud de la que gozan los estudios gongorinos en la actualidad.

José María Micó

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En la ciudad líquida (Marta Rebón)

Leí una vez que todo buen traductor debía de ser a su vez un buen escritor. Marta Rebón (Barcelona, 1976), reputada traductora de textos rusos al castellano (Vida y destino, El fiel Ruslán, La facultad de las cosas inútiles, Una saga moscovita, Inmersión, un sendero en la nieve, El caballo negro, Ante el espejo...), nos ofrece en La ciudad líquida un artefacto narrativo mezcla de relatos de viajes, autobiografía y ensayos literarios (empleando algunos materiales que ya aparecían en algunos epílogos a los libros traducidos por Marta). Como hacía María Belmonte (tras su fascinante Peregrinos de la belleza, viajeros por Italia y Grecia) en Los senderos del mar, un viaje a pie, Rebón se sitúa en primera línea para hablarnos de ella, si bien la parte autobiográfica no es lo que más peso tiene en el libro, que es una sucesión de viajes por distintas ciudades del mundo, de San Petersburgo, a Tánger, pasando por Barcelona o Quito, entre otras muchas.

Decía Galdós que el poder de la idealización poética es tal, que sus creaciones tienen tanta fuerza como los seres efectivos; su memoria iguala si no supera a la de los individuos históricos de dudosa existencia. Más conocidos son en el mundo Romeo y Julieta que César y Alejandro. No ha de sorprendernos por tanto que para Dovlátov -aquel escritor ruso al que no le resultaba casual que todos los libros tuvieran forma de maleta- la mayor desgracia de su vida fuese la muerte de Anna Karénina. Rebón sigue la pista a un sinfín de escritores, quiere seguir también sus pasos, caminar las mismas calles, ocupar las mismas habitaciones, mirar los mismos cielos, al tiempo que muchas de las ficciones en forma de novelas o relatos pasan a formar parte de la escritura de Rebón, la cual recurre a las vidas de estos personajes de ficción para contrastarla con lo que ella mira y siente, valiéndose de un sinfín de citas, que como nos dice Vila-Matas toman nuevo significado y sentido cuando se insertan en otro texto, citas que más que muletas le sirven a Rebón como rampa de lanzamiento, pues logra sustraerse a los lugares comunes -tal que cuando uno de los capítulos se titula Paseos, yo ya visualizaba allí al escritor que parece haber monopolizado para sí el término, a saber, Robert Walser- y despliega las alas hacia nuevas rutas y horizontes, lo que hace la lectura sorprendente, estimulante, gozosa, plena (donde el tiempo proteico es ya Aión), en especial con las páginas dedicadas a Chéjov, Dovlátov, Dombrovski, Aksiónov, Ajmátova, Saint-Exupéry, Dostoievski, Pasternak, Gógol, Marina Tsvietáieva, Chukóvskaia, Nabokov, Brodsky, Goytisolo...

El único pero que le pondría al libro es que algunas fotos como la de la página 144 presentan un tamaño tan reducido (4,5 cm x 2,5 cm) que hubiera sido mejor haber prescindido de ellas, además, las dimensiones del libro no permiten disfrutar de muchas de ellas, de tamaño algo mayor, que hubieran requerido, a mi entender, mejor calidad del papel y un mayor tamaño.

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Poesía (María Zambrano)

La poesía es huida y busca, requerimiento y espanto; un ir y volver, un llamar para rehuir; una angustia sin límites y un amor extendido. Ni concentrarse puede en los orígenes, porque ya ama el mundo y sus criaturas y no descansará hasta que todo con él se haya reintegrado a los orígenes […] La poesía es un abrirse del ser hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la obscuridad. “La música callada, la soledad sonora“. Es la salida de sí, un poseerse por haberse olvidado, un olvido por haber ganado la renuncia total. Un poseerse por no tener ya nada que dar; un salir de sí enamorado; una entrega a lo que no se sabe aún, ni se ve. Un encontrarse entero por haberse enteramente dado […] No hay amor sin referencia a un objeto. Todo vivir enamorado lo tiene, y el poeta vive enamorado del mundo, y su apegamiento a cada cosa y al instante fugitivo de ella, a sus múltiples sombras, no significa sino la plenitud de su amor a la integridad. El poeta no puede renunciar a nada porque el verdadero objeto de su amor es el mundo: el sueño y su raíz, y los compañeros en la marcha del tiempo.

Filosofía y Poesía (María Zambrano). Fondo de Cultura Económica. 1996

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El viajero más lento. El arte de no terminar nada (Enrique Vila-Matas)

Ando leyendo Guerra y Paz y al tener que acudir esta tarde a un rocódromo durante una hora larga, llevar a Tolstói bajo el brazo no me apetecía, así que me cogí El viajero más lento de Vila-Matas que iba leyendo a pequeños sorbos desde que lo compré el otro día en una feria del libro de ocasión. Tolstói es Dios, la literatura hecha oblea con la que comulgar, esto lo sabemos todos, pero leídas cien páginas andaba un poco saturado de tanto príncipe, princesa, conde, reuniones de salón y cadenas de favores y Vila-Matas, como siempre, es un soplo -o una ventolera- de aire fresco.

Así, mientras leía en un hangar sobre un mesa de madera, la gente iba y venía a las taquillas, sitas a mi espalda, sonaba la música con canciones de Manu Chao a todo trapo, los niños mostraban su capacidad pulmonar explicitando su enfado y sus buenas dotes para hacer la croqueta espasmódica, sin haber tenido maestro alguno, yo, ajeno a todo e impasible a lo Eastwood, iba avanzando, embebido, apresurándome despacio en la lectura de los distintos ensayos, gozando, soprendiéndome con la entrevista a Dalí (y las diferencias que éste marca, por ejemplo, entre el cine de Antonioni y Fellini), riéndome mucho con la falsa entrevista a Marlon Brando, porque comparto lo que se dice en el ensayo de Echenoz, de que un libro es objeto de placer, y en este caso, leer estos ensayos de Vila-Matas consiste para mí en no retenerlo todo, en quedarme con lo justo (de esta manera el libro deviene inagotable, porque a medida que vas leyendo muchos de los libros que se citan, cada lectura de los ensayos es diferente), a saber, con los libros aquí citados que quiero leer como Viaje al fondo de la noche, La vida instrucciones de uso, los Aforismos de Lichtenberg, los Diarios de Gombrowizc, El sueño de los héroes, Petersburgo, Una guerra perdida, Dos pájaros a nado, El tercer policía, Pálido fuego, La ocupación del suelo, Movimiento perpetuo, Cosmos, Lago, Los sinsabores del verdadero policía…, y en disfrutar de lo manifestado de otros libros que sí he leído como 53 días, Los detectives salvajes, Un hombre que duerme, Maupassant y yo, Bartleby el escribiente, o La saga/fuga de J. B..
Me sorprende la admiración que Vila-Matas siente hacia la novela de Torrente, la cual leí no hace mucho y disfruté lo que sí estaba escrito, a la que llegué a través de una reseña de Avilés a la novela del gallego. Me sorprende también ver ahí Mondoñedo y como no podía ser menos a Cunqueiro (del que disfruté mucho su ingeniosa El año del cometa), pues tengo la sensación de encontrarme como en casa.

Buena parte de lo enunciado en estos ensayos se ha ido desplegando luego en las novelas, artículos y ensayos que Vila-Matas ha ido escribiendo desde 1992. Al leer por ejemplo su libro más reciente, Impón tu suerte, ahí está de nuevo Perec, Bolaño, el arte inconcluso, la idea de fracasar, la tentación o el deseo de no hacerlo.

Cuando leo un libro a veces me pregunto cómo he llegado hasta él, y sé que muchas veces es porque en su día leí algo de Vila-Matas que se quedó por ahí rondando en mi cabeza, como si Vila-Matas fuera una gallina ponedora, en plan Hormiga Reina, capaz de poner millones de huevos al día en nuestros cerebros (esto se da un aire al alaizquierdacartaresquiana), que luego eclosionan y nos abocan a ciertas lecturas, sin que, pensamos, vengan a cuento (o a novela o a ensayo).

Vila-Matas podrá gustar o no como novelista, pero como divulgador de la literatura y de los escritores que la posibilitan (y a él le gustan) no tiene rival. Y que quieren que les diga, Guerra y Paz será la octava maravilla, pero leo el final de ensayos como El otro Frankfurt, y veo al hombre-libro de Argel levantarse de la silla, encender un cigarrillo y perderse por entre las sombras del atardecer de Bankfurt y me veo más ahí, que en los enrarecidos salones petersburgueses.

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Fantasmas del escritor (Adolfo García Ortega)

No existía. Existía. Ya no existo. ¿Ha importado?

Epitafio

Fantasmas del escritor, de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), recoge un puñado de opiniones contundentes como él dice -según expresión de Nabokov-.

Supongo que los fantasmas del escritor serán el miedo a la página en blanco, a escribir siempre la misma historia, a no ser capaz de ir más allá de los límites que establecen el talento y la imaginación del escritor, a no tener ningún lector.

En los textos, además de cine (aparecen por ahí Gonzalo Suárez o Sorrentino entre otros. Comparto lo que dice sobre Toni Servillo, para mí también es un actor extraordinario, posiblemente el mejor actor vivo hoy en día), pintura (El Greco), o la política (centrada en las guerras que podrían venir a cuenta de las religiones, con el tema de la autocensura sobre la mesa a raíz de los crímenes de los empleados del semanario satírico francés Charlie Hebdo, o los nacionalismos: los nacionalismos reescribe el pasado con las palabras del presente, y deforman los hechos de ese pasado hasta que caben en el molde reducido de lo que llaman “la reivindicación justa de lo nuestro”. Las banderas, cuando se vuelven demasiado “nuestras”, arden como antorchas en el corazón de las personas cortas de miras. Lo mismo que hierven en su cabeza), la mayor parte de ellos tienen que ver con la literatura, con ese mapa de lecturas que Adolfo ha ido trazando durante estas seis décadas (en su web también ha dedicado su tiempo a este asunto ofreciéndonos un sinfín de posibles lecturas que podemos llevar a cabo, leyendo a autores como Flaubert, Cortázar, Borges, Pascal, Rimbaud, Benjamin, Wittgenstein, Barnes, Faulkner, Cervantes y un largo etcétera.

Algunos textos sirven para encarecer ciertas novelas, como Los ingenuos de Longares, Karoo de Tesich, Intemperie de Jesús Carrasco, El ángel esmeralda, de De Lillo, que sí que leído, y otros que no, como Cámara Gesell de Guillermo Saccomanno el Bolaño argentino según Adolfo), La bibliotecaria de Auschwitz de Antonio G. Iturbe, Días de Nevada de Bernardo Atxaga, L’usage de la photo de Annie Ernaux, Insumisión de Michel Houellebecq, Memorias de ultratumba de Chateaubriand (Un océano infinito), Lolita de Nabokov, El río del Edén de José María MerinoCanción de cuna de Julián Herbert, Enemigos. Una historia de amor de Isaac Bashevis Singer, El crimen del soldado de Erri de Luca, Una librería en Berlín de Françoise Frenkel o Los Diarios de Hélène Berr. En otros artículos Adolfo va en contra de autores para él ya obsoletos como Thomas Mann, y su Doktor Faustus por ejemplo, o La infancia de Jesús de Coetze, que según Adolfo no es novela, no es literatura, no es ficción, no es nada. Nada. Se habla de Günter Grass, su confesión y arrepentimiento, no muy creíble según Adolfo.

Se habla mucho del oficio de escribir, y se da su importancia también al lector, así como a la crítica literaria, con la que Adolfo se despacha a gusto empleando para ello las sabias palabras de Diderot (más al detalle aquí), que hablan de la insignificancia tanto del escritor como aún más de la del crítico.

Oigamos a Sartre: un escritor es escritor porque eleva las nimiedades de la vida corriente a rango de grandes hechos vividos.

Adolfo reflexiona sobre su labor en estos términos:

Porque el escritor, digan lo que digan, siempre pretende ser otro, apropiarse como un Dios de su mundo inventándolo ex novo, ser parte de sus propios personajes, definirse mediante la alteridad. Y la plenitud de esa alteridad es fingir un yo ofrecido a los demás para ser leído.

El escritor busca y rebusca en un mundo propio que reproduce el mundo de otros hasta mitificar lo, para crear un sistema en el que incluso el mismo puede llegar a existir. Como decía Wittgenstein, la literatura es la proveedora de espacios por excelencia. Es más, la literatura es el espacio en que se funden recuerdo y realidad para dar origen a otra cosa que participa de ambas que se acerca el mito.

La lectura crea con los escritores un raro vínculo de proximidad o pertenencia.

Los libros siempre desvían: desvían del origen y del destino, proponen un camino diferente para llegar a un lugar inesperado.

Para mí, Modiano (la protagonista de su novela Dora Bruder, da nombre ahora a la calle de París en la que nació. Fue deportada y asesinada en Auschwitz a sus 15 años) es una especie de Balzac contemporáneo, el creador de un fresco parisino, privado y universal a la vez. Y también lo tengo por un escritor tan titánico como Victor Hugo, a la hora de crear personajes en claroscuros, oblicuos, de los que no deja de apiadarse o asombrarse con una sutileza inocente.

Los escritores ofrecemos lo que tenemos: una vida privada. Procuramos que el lector sienta . Solo así, mediante la emoción, mediante sentimiento, se puede comprender al otro.

Aparecen por ahí las Iluminaciones también de Walter Benjamin y su Libro de los pasajes.

El caso es que leyendo este libro uno va siguiendo huellas, por un camino que a pesar de ser ignoto resulta cada vez más conocido y sumamente fruitivo, pues sacia nuestra curiosidad (que no es más que vanidad si hacemos caso a Pascal. Se quiere saber más de algo para poder hablar de ello, dice), porque leer estas opiniones y reflexiones (como esta definición de escritor: Dícese también de una persona necesitada que pide ayuda y el mundo le da las gracias o esta otra: Los escritores somos necesarios mientras se sigan celebrando fiestas con uniformes y banderas) de Adolfo García Ortega, me hacen sentirme “como en casa“.