Archivo de la categoría: Literatura Mexicana

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El corazón habitante (Daniela Tarazona)

Me gusta el título de la novela, El corazón habitante, también la cubierta. En ella vemos dos ciervos salir del corazón de un astronauta. La urdimbre en la novela de Daniela Tarazona es la relación entre pasado y presente, entre prosa y poesía, entre vida y muerte.
Son tres historias que discurren en paralelo, escritas en órbitas diferentes. En una de las historias volvemos al tiempo en el que los humanos vivían en cuevas, los años del descubrimiento de la conciencia, del despertar de la inteligencia, y, por ende, del estímulo del arte. Presentes están las pinturas que en la cueva pergeña una mujer.
En otra órbita está William Harvey, a mediados del siglo XVII, descubridor de la circulación sanguínea. La curiosidad a saciar, la necesidad de saber, le lleva a abrir en canal a personas y animales, porque no hay otra manera, en aquel entonces, de saber qué había dentro de esos cuerpos.
La tercera historia es la de dos astronautas. Uno de ellos solo piensa en la muerte. A su regreso a la tierra, siente la ingravidez del no lugar, del no ocupar el espacio que cree habitar.
A pequeños arreones van las historias avanzando hasta su tramo final, donde todo se revuelve. Ese momento resulta imperceptible, pero casa bien.
¿Podían haber seguido cada una de las tres historias por su lado? Sí. Pero la novela precisaba un remate, una conclusión, ¿cuál? No alcanzo a verla.
A pesar de lo cual he disfrutado de una prosa nada aparatosa que, sin embargo, me logra emocionar, desde la filosofía e inteligencia en sus palabras atesorada.

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A flor de piel (Nora Muñiz)

En la resolución de la novela de Nora Muñiz llego a la conclusión de que la autora no da una puntada sin hilo, y se llega a la consumación del terror. Un terror que se ha ido cociendo a fuego lento. De entrada, tenemos una niña a la que le gusta mucho rascarse. Se rasca hasta hacerse sangrar. Luego descubre que esta enfermedad puede convertirse en una herramienta para su beneficio, en un as en la manga para batir a su madre o tenerla a su merced. La madre está separada. Su marido le pasa una pensión ridícula y tiene problemas en el trabajo. Se evade del mundo con el alcohol.
En definitiva: no llega a todo. Tiene demasiados frentes abiertos.

Al nacer, el llorar de la criatura fue continuo. Ahora es el continuo rasca rasca de la hija lo que le va taladrando el cerebro. La madre encuentra ayuda en la abuela de la niña. Y creerá encontrar también el amor en Rafael. Pero, cuidado, porque esta novela de Nora Muñiz no es un cuento de Disney, más bien de Poe.

No hay aquí una casa encantada sino una niña encantada de conocerse, merced a sus exploraciones continuas. Su cuerpo es una mina a campo abierto en el que barrenar.
Son muchos los miedos de la madre. Justificados. La cordura es un hilo muy, muy fino.

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Anatomía de la memoria (Eduardo Ruiz Sosa)

Leo: «porque uno cuando es escritor, no tiene capacidad de reaccionar ante la vida: uno tiene que esperar, asimilar, comprender«. Y me pregunto ¿cómo se llega al final de la espera, a la asimilación, a la comprensión con tan solo 30 años y es capaz Eduardo Ruiz Sosa de escribir una novela tan inmensa como es Anatomía de la memoria?.
Una novela extensa que se desparrama hasta casi las 600 páginas. Y echando la vista atrás constato que otras grandes novelas que he leído estos últimos años son novelas también extensas, pienso en Los detectives salvajes de Bolaño, en Vivir abajo de Gustavo Faverón.
Anatomía de la memoria conduce a Anatomía de la melancolía, libro de Richard Burton muy presente en el de Eduardo.

La novela emplazada en el presente, iniciará un camino hacia el pasado, cuatro décadas atrás, en el méxico norteño de los comienzos de los 70, cuando Estiarte Salomón decida en el momento presente escribir una biografía de Juan Pablo Orígenes y reverdecer sobre el papel entonces la Enfermedad, los movimientos violentos contra el Estado y la represión por éste ejercida contra los Enfermos y los miembros de la liga Comunista, por parte de los Guardias Blancos, contra todo aquel que osara sacar los pies del tiesto.

El hilo conductor serán los recuerdos precarios de Juan Pablo –sospecho que mi vida es lo que no recuerdo, apunta-, una biografía, que como toda biografía será la historia de muchas vidas; un Juan Pablo atormentado desde el comienzo de la novela al no saber o no recordar si cometió un crimen, incluso dudando, no de su propia existencia, pero sí de quién es, si es él o es el muerto, Pablo Lezama, o una mezcla de ambos, cuando víctima y verdugo se (con)funden en la hora oscura en un sólo cuerpo.

Leo: la escritura es lo que nunca tiene final. Y aunque esta novela tiene un final, una última palabra, Nada, que en teoría la concluye, deviene, validando la sentencia, infinita.
La memoria de Juan Pablo da pie al libro, y esto permite pasear entre las ruinas, mover los escombros del pasado, alzar su voz tal que Salomón sabe que el testimonio es el libro que escriben los vivos contra la muerte. Una escritura que será un vínculo con el futuro y el olvido. Un libro que será el lugar donde la memoria se haga cuerpo. Un libro donde las palabras llenas de pulpa y entraña, sangren, como aquí sucede, ante nuestras ávidas pupilas; incluso la disposición de las palabras sobre el texto va con sangrías, lo que dota lo leído de una cadencia, un ritmo, una musicalidad, una especie de fragor poético, de fraseo subyugante, en un libro como este abonado de citas ajenas, en los epígrafes capitulares, que cifran el olvido, la soledad, la pérdida, la muerte en definitiva.

Cómo sostener todo este aluvión de maltrechos recuerdos, cómo darle una estructura, un orden, un cuerpo, cómo evitar que el caos triunfe, que un golpe de viento dé al traste con este castillo de naipes, que el calorón no agoste estas voces. Eduardo lo logra. Las palabras entonces se ramifican, excavan, exhuman, viviseccionan.
Las páginas del libro abundan en continuos saltos temporales, a los que nos abocan los recuerdos no sólo de Juan Pablo Orígenes, sino de todos los que orbitan a su alrededor: Isidro Levi, Javier Zambrano, Macedonio Bustos. Eliot Román… Cada cual tiene sus recuerdos sobre aquellos hechos antaño indiscutibles, recuerdos que no tienen que ser los mismos. ¿Cómo unir la memoria de los personajes?. El denominador común es que todo lo que perdieron es lo único que les queda. ¿Son estas las secuelas de la enfermedad? ¿Una historia que siempre acaba en histeria?.

Leo: la memoria es lo que se construye con el olvido y la imaginación. Así Juan Pablo no recuerda, o malrecuerda, pero imagina. Y a su lado la pobre Aurora, unidos en la distancia que les separa. Juan Pablo clama: Me hace falta el pasado, Aurora, y lo estoy buscando. Salomón mediante, porque sin un pasado Juan Pablo no tendrá un presente.

Y puedo no escribir los versos más tristes esta noche. No escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos, sino Todos los días hay higos desparramados. Y entonces el nudo en la garganta. La mano convertida en puño en el estómago. Lo más sencillo, lo más visceral, sería aquí dejarse llevar por la ira, la furia, pero no. La magia del libro es que todo este entramado tan sórdido, violento, macabro, se resuelve así:

Ésa es la magia en este País; ahora estás, ahora no estás, ahora estás, pero muerto.

Hay en el texto, en todos los personajes, una energía y voluntad irrefrenable. Una actividad que les lleva a desenterrar los libros de la Biblioteca Ambulante de los Enfermos. Un arrebato de locura que les hará soñar con la idea de que a el Ensayo de Insurrección de antaño le puede suceder El Ensayo de Resurrección. El colofón sería luego el Ensayo de Redención. Una suma no obstante de ensayo y error horror.

Leo: A veces una palabra nos devuelve a la esencia de las cosas. A veces una novela tan quintaesenciada y plausible como la presente (a pesar de su extensión) te remueve y conmueve. Sobre este contexto histórico Eduardo vierte un sinfín de reflexiones sobre la memoria y el olvido, acerca de la identidad, las acciones pretéritas y los errores cometidos, la necesidad de tener un pasado y la conciencia muy presente de lo poco que dura todo esto.

Concluyo con estas palabras de Aurora.

Qué pronto nos llegó el futuro, Juan Pablo, fui feliz unas horas y luego se me olvidó por qué fui feliz.

Candaya. 569 páginas. 2014

Eduardo Ruiz Sosa en Devaneos

Cuántos de los tuyos han muerto
Primera silva de sombra

9788416291748

El incendio de la mina El Bordo (Yuri Herrera)

Yuri Herrera es uno de mis autores favoritos. He leído y comentado sus novelas: Trabajos del reino, Señales que precederán al fin del mundo y La transmigración de los cuerpos, su libro de relatos Diez planetas y ahora su tratamiento de la no ficción en El incendio de la mina El Bordo, hecho que sucedió el 10 de marzo de 1920 y en el que murieron al menos 87 mineros, en el distrito minero Pachuca-Real del Monte, formado por diez niveles.

Casi un siglo después Yuri reabre un caso cerrado con muchos interrogantes. Cuando se produjo el incendio, salieron a la superficie unos cuantos mineros y se cerraron las bocas de los tiros para seis días reabrir las bocas, y encontrar que allá dentro había siete mineros vivos, que por tanto habían sido sepultados vivos. No se sabe cuántos más pudieron morir con la decisión de cerrar las bocas de los tiros. Cuando ante el juez que instruye el caso el perito da su versión de los hechos exime de cualquier responsabilidad a la compañía minera y lo que pasó fue un accidente provocado en todo caso por alguno de los mineros. El juez asume esa versión sin abundar más en el asunto, echando prontamente tierra sobre el asunto: una especie de doble muerte o asesinato. La compañía indemniza a las familias que pueden acreditar el parentesco con los mineros que han muerto y luego “con el fin de que no fuera a desarrollarse alguna epidemia por el paso de tanto cadáver por la ciudad de Pachuca” deciden enterrarlos a todos juntos en un lote propiedad de la Compañía, que actúa casi con total impunidad, ante lo cual las familias no pueden decir ni mu, tratando a los muertos como si fuesen de propiedad de la Compañía, de tal manera que las familias no pudieron enterrar los cuerpos donde hubieran querido. De igual manera que una lápida en piedra con los nombres de los muertos sirve para honrar su memoria, quizás este texto albergue el mismo anhelo, poner de relieve a los muertos aquel día, para que el mundo, aunque sea un siglo después sepa de su existencia y trágico final.

El perito García agrupó los nombres de los cuerpos identificados de acuerdo a la posición y sueldo que ganaba cada uno: “Antonio López de Nava, sotaminero, $6.00; Valentín Magos, Pedro Estrada, TeodoroLandero y Carmen Gutiérres, encargados de contrato, $3.50; Marciano Trejo y Juan Sosa, coleadores, $3.00; Cruz Vega, Jesús Acosta, Francisco Lara, Vicente Guillén, José Patricio y Eulalio Valerio, perforistas, $2.40; Juan Barrios, bombero, $2.50; Luis Garfias, calecero, $2.00; Francisco Magos, ayudante de perforista,$1.80; Domingo Hernández, Erasto Chávez, Aristeo Reyes, Francisco Ortiz, Marcos López, Francisco Cortés, Esteban Martínez, Donaciano López, José Trejo, Toribio Ruiz, Guadalupe Pérez, Vicente Peña, José Valdovinos, Hilario Cruz, Jesús Pagola, Amado Pagola, Luis González, Zenobio López, Genaro Nava, Agustín González, Fidencio Ortega, José Terrez (a éste en otro lugar se le identifica como Torres), Miguel Álvarez, Ángel Montaño, Benjamín Morales, Amador Torres, Simón Arrasola, José Jiménez, Félix Delgado, Juan Fernández, Jesús Martínez, Bartolo Corona, Leobardo González, José Montiel, Fidel Guerrero, Melquíades Ortiz, Bartolo Lozano, Isaac Villanueva, Pedro García, Juan Bolaños, Aurelio Juárez, José Mendiola, Margarito Torres, Cleofás Molinero, Cesáreo Bolaños, Bonifacio Romero, Toribio Velásquez, Francisco Velásquez, Guadalupe Lozada, Anastasio Luna, Antonio Molinero, Bartolo Corona, Tomás García,Gilberto Banda y Miguel Martínez, peones, $1.80”.

Editorial Periférica. 120 páginas.2018.