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La excelsitud de lo breve

En el recuerdo de mis lecturas juveniles hay cuatro novelas cortas escritas por autores que más bien solían escribir novelas largas, cuatro novelas que al cabo de los años conservan toda su carga explosiva original, como si tras estallar en una primera lectura volvieron a estallar en una segunda y en una tercera lectura y así sucesivamente, sin llegar nunca a agotarse. Son, sin lugar a dudas, obras perfectas. Las cuatro hablan de derrotas, pero convierten la derrota en una especie de agujero negro: el lector que meta su cabeza allí sale temblando, helado de frío o cubierto de sudor. Son perfectas y son ácidas. Son precisas: la mano que maneja la pluma es la de un neurocirujano. Y son también una fiesta del movimiento: la velocidad de sus páginas hasta entonces eres inédita en la literatura de lengua española. Estas novelas son El coronel no tiene quién le escriba, de García Márquez, El perseguidor, de Julio Cortázar, El lugar sin límites, de José Donoso, y Los cachorros, de Vargas Llosa.

Esto nos cuenta Roberto Bolaño en su estupendo prólogo al libro de Vargas Llosa, Los jefes, Los cachorros.

El lugar sin límites, me falta de leer, pero las otras tres sí me resultaron magníficas.

Infancia

Llevo leídas 123 paginas de las memorias de Anastasía Tsvetáieva, en las cuales, de momento, nos habla de su infancia. No puedo no pensar entonces en las palabras que decía Bolaño en una entrevista acerca del país de la infancia, de la infancia detenida: tal vez si uno permanece en el lugar de la infancia, las posibilidades de ver cómo se corrompe tu propia infancia son mayores. En el fondo siempre vamos a ver cómo se corrompe nuestra infancia.

Aquí, hasta el momento, lo que nos refiere Anastasía son momentos gozosos, felices, una memoria recuperada de fragancias, colores, juegos, aventuras, pasatiempos y afectos. Mi pregunta es ¿a partir de qué página, en que momento, esta infancia comenzará a corromperse?.

Amberes

Amberes (Roberto Bolaño)

Digo que leo un libro que transcurre en un camping (Camping Estrella de Mar). Una vez haciendo el Camino de Santiago plantamos la tienda de campaña y cuando volvimos de dar una vuelta por el pueblo, después de haber cenado, teníamos a un fulano dentro. Iba con sus jefes y estos no paraban de roncar así que ocupó nuestra tienda. Le dejamos hacer, me cuenta mi amigo. En otra ocasión, al lado nuestro había una pareja de jóvenes que se pasaron toda la noche follando en su tienda, y yo masturbándome en la mía. Tienes muy buena memoria lubrica digo, o una imaginación excitada, añado. Mira el título mi amigo y la pregunta ineludible llega. ¿De qué va?. Verás, es difícil de explicar, porque no hay un argumento al uso. Pero no todos los libros tienen porque tener un argumento ¿verdad? como dice Vila-Matas, digo buscando su aprobación. Encogimiento de hombros. Además, añado, como afirmaba también Valéry los libros que nos aportan algo son los libros difíciles de leer. Más encogimiento de hombros, o quizás una consecución del anterior.
La novela es como querer hacer literatura sobre un guión de una película. Hay un jorobado, una joven prostituta de 18 años, un escritor inglés, un muerto, un camping un personaje llamado Bolaño, que escribió esta novela con 27 años, en 1980.
A Bolaño no le gustan ese tipo de historias que van por una vía de tren, siempre a la misma velocidad por un camino ya prefijado. Bolaño descarrila, fragmenta su narración, la desmigaja, como el que da de comer a las palomas, aquí nosotros. Se lo pone difícil al lector, sin concesiones. Juega con TNT: la ininteligibilidad.
Decía Bolaño unos cuantos años después de haber escrito esta novela que a la hora de escribir siempre debía prevalecer el sentido común. A pesar de que esta novela sea experimental, arriesgada, y deje de lado los caminos más trillados de la novela decimonónica o más convencional, se deja leer. Pessoa viajaba para desprenderse de países, Bolaño escribe, o eso me parece, para desprenderse de toda idea preconcebida.
Bolaño no había perdido el juicio, era un perfecto desconocido, un sin papeles en el mundo de la literatura galardonada, y ya había puesto aquí la primera piedra fundacional sobre la que edificaría su iglesia, o más bien su universo, que luego iríamos habitando sus lectores.

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La literatura nazi en América (Roberto Bolaño)

¿El Bolañista nace o se hace? ¿Se hace después de que el lector se abrace y se funda con monumentos de papel como Los detectives salvajes o 2666, o tras la lectura de obras menores, al menos en extensión, como Amuleto, Nocturno de Chile o Estrella distante? ¿Lo es después de leer sus relatos, de entusiasmarse con la esperanza de ver más inéditos del autor dejar de serlo? ¿Soy ya Bolañista?

Acabo de leer La literatura nazi en América y me he visto y sentido inmerso e inmenso en su lectura. Aquí Bolaño es un prisma a través del que pasa la luz blanca de la inteligencia y de la inventiva y se descompone luego esa luz en un haz de colores, en biografías que disparan en todas las direcciones y que cifran el espíritu de Bolaño, su necesidad de aventurarse por nuevas estructuras, de exprimir la ficción hasta ser capaz de crear un buen puñado de vidas imaginarias que como es de esperar, en las manos de Bolaño resultan más vívidas e intensas que si fueran reales. La literatura es aquí juego, y reescritura, tal que en Estrella distante (publicada poco después de esta) recupera la figura de Hoffman (con otro nombre y a las hermanas Garmendia que aquí son las hermanas Venegas) el poeta piloto-militar-asesino y Bolaño pasa a convertirse en personaje.

Leo que Bolaño con esta novela publicada en 1996, destacó definitivamente. No me extraña, porque Bolaño despliega aquí todo su ingenio, todo su humor, un desparpajo que continúa en El epílogo para monstruos. Si Bolaño se hubiera fundido con Pessoa es muy posible que ambos hubieran sido capaces de escribir todos los libros aquí enunciados.

No sé si ya soy Bolañista o lo era de nacimiento, en cualquier caso sigo bajo el influjo, deslizándome ya por La pista de hielo de Amberes.