Archivo de la etiqueta: 2009

Editorial Almuzara

Cartas desde la Alhambra (Washington Irving)

Cartas desde la Alhambra, literales, las que escribe Washington Irving (1783-1859), las primeras en su estancia breve en 1828 y más tarde, durante los tres meses, de mayo a julio de 1829, el cual tiene la fortuna de ser alojado, por gracia del gobernador de la Alhambra, en unos apartamentos de la misma -en los que el gobernador no llegará a tomar posesión, pues prefiere vivir éste en la ciudad-, junto a una ama de llaves y su sobrina, la joven Dolores, y nadie más a su alrededor.

Irving se recrea en esta soledad, en el silencio, solazado por el arrullo de las fuentes, el canto de los pájaros, la fragancia de las flores, los rincones umbríos, las fuentes que le sirven como piscina cuando aprieta un calor intolerable.

Una estancia la suya muy placentera. Irving enamorado desde joven de la ciudad de Granada -cuyas crónicas ha leído en su mocedad-, de las batallas entre moros y cristianos, siempre ha tenido un sueño: visitar Granada. Cuando lo hace, cuando visita la última ciudad árabe, siente el influjo, el magnetismo de la Alhambra. Tener la oportunidad de pasar allá, casi en soledad, paseando por todas las dependencias, salones, fuentes, a cualquier hora del día y de la noche bajo la luz de la luna, lo asemeja a un rey -sacado de Las mil y una noches- en sus dominios. Una oportunidad única que Irving vivirá con fruición, ordeñando cada momento vivido.

Llegué a Granada hace tres semanas para pasar algún tiempo aquí durante la mejor estación del año. Vine en compañía de un joven príncipe ruso, secretario de su embajada, y el gobernador de la Alhambra, al enterarse de mi pobre alojamiento en la ciudad nos dio permiso para usar como residencia un lugar del antiguo palacio de árabe que la había sido asignado como morada, pero del cual no había llegado a tomar posesión. Y aquí estoy alojado en uno de los lugares más bellos y románticos y deliciosos del mundo […] desayuno en el Salón de Embajadores, o entre las flores y las fuentes del Patio de los Leones, y cuando no estoy ocupado con mi pluma, descanso leyendo un libro en estos salones orientales, o paseo por los patios y los jardines de día o de noche sin que nadie me moleste. Todo esto me parece un sueño o como si estuviera encantado en algún palacio de hadas.

Estos acontecimientos tan favorables para él, tan gratos, tan satisfactorios, son los que expresará en las distintas cartas que escribe a su hermana, hermanos, amigos, editores. Cartas en las que se refieren sentimientos y anécdotas que se repiten, sin apenas cambios. Hay alguna anécdota curiosa, como la instauración de un libro de firmas, de tal manera que a partir de entonces, los visitantes de la Alhambra, como Chateaubriand, en lugar de firmar en las paredes, como se hacía hasta entonces, pasarán a hacerlo sobre el papel.

Irving reivindica sus derechos de autor de las obras que va publicando como Crónica de la conquista de Granada, la biografía de Colón, y los Cuentos de la Alhambra que está preparando.
Se nos cuenta que Walter Scott (1771-1832) fue el primero en poder cobrar sus derechos de autor. Derechos que Irving anhela a fin de poder preservar su independencia y poder vivir de la literatura.

Al final, después de tres meses, sin comerlo ni beberlo, a Irving le ofrecen un puesto de secretario del gobierno de los Estados Unidos en Londres.
Irving titubea. Granada lo embruja, pero sus amigos le animan a aceptar. Irving acepta, deja Granada, en una tartana. Deja su equipaje en manos de cosarios y abandona, Granada, Andalucía, España, a la que regresaré doce años más tarde como embajador de los Estados Unidos en la villa de Madrid.

El tono de las cartas es amable, optimista, vitalista, indulgente, cortés, galante.
Irving tiene buenas palabras para quienes tan bien le acogen, como el Duque de Gor, su cicerone, Mateo Jiménez, su compañero de fatigas, Dolgorouki, sus dos fieles y leales amigos Gessler y Stoffregen. Se muestra indulgente, ilusionado, y en su periplo para llegar de Sevilla a Granada, por esos caminos de Dios, plagados de bandoleros y ventas inmundas, Irving muestra una curiosidad, una alegría, un entusiasmo, un mirar cuanto lo rodea con ojos favorables, teñidos de un romanticismo innato a Irving, que hace que donde la realidad cojee, su idealismo obre de muleta.

Editorial Almuzara. Traducción de Antonio Garnica Silva. 2009. 170 páginas.

Eterna Cadencia

Historias encontradas (Eduardo Berti)

En este libro Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) seleccciona algo más de cien textos de escritores en su mayoría ya clásicos como Dostoievski, Camus, Kipling, Svevo, Balzac, Conan Doyle, Dickens, Thomas Mann, Cicerón, Chéjov, y un largo etcétera. No se me antoja una labor fácil seleccionar unos textos y no otros, espigar de novelas, cuentos o ensayos aquellos párrafos, algunos breves y otros más largos -algunos de varias páginas- que resulten autónomos, de tal manera que al leerlos uno no tenga la sensación de que lo leído resulta trunco, sin sustancia, como un pan sin sal.
En algunos sí he tenido esta sensación, no porque no fueran autónomos, sino porque creo que no tenían la chispa necesaria. A su vez he leído por primera vez a escritores que desconocía: Ribeyro, Tanizaki, Di Benedetto, Bergsson… y a otros que conocía pero que nunca había leído y que ahora me apetece leer: Maurois, Gide, Pushkin, Svevo, Theodor Fontane…

El incoveniente que puede tener un libro así puede ser depositar mucha confianza en la selección, de tal manera que si alguno de los textos de algún autor no nos guste esto nos de pie para no leer más cosas del mismo, lo cual creo que sería un error grave.

Eterna Cadencia. 2009. 198 páginas. Selección y prólogo de Eduardo Berti.

Wislawa Szymborska
www.devaneos.com

Lecturas no obligatorias. Prosas (Wislawa Szymborska)

Szymborska (1923-2012) comenta que cuando le propusieron reseñar libros en el periódico donde trabajaba, en lugar de decantarse por novelas, ensayos o reediciones de clásicos, se decidió por abordar otro tipo de literatura: guías, libros de divulgación, calendarios, manuales…

Respecto a reseñar, Szymborska decide que lo suyo no serán reseñas al uso, porque ella es un lectora amateur y quiere seguir siéndolo, sobre la que no recaiga el apremiante peso de la constante evaluación.

Y dice cosas que comparto sobre la lectura y los libros como esta:

Soy una persona anticuada que cree que leer libros es el pasatiempo más hermoso que la humanidad ha creado. El homo ludens baila, canta, realiza gestos significativos, adopta posturas, se acicala, organiza fiestas y celebra refinadas ceremonias. Para nada desprecio la importancia de estas diversiones: sin ellas, la vida humana pasaría sumida en una monotonía inimaginable y, probablemente, la dispersión. Sin embargo, son actividades en grupo sobre las que se eleva un mayor o menor tufillo de instrucción colectiva. El homo ludens con un Libro es libre. Al menos, tan libre como él mismo sea capaz de serlo. Él fija las reglas del juego, subordinado únicamente a su propia curiosidad.
Lo que asoma en estas reseñas -o no reseñas- es una manera de entender el mundo -el de las letras también, incluyendo una posible soledad galáctica- una mirada que resta pomposidad y gravedad a la literatura, pero que no la trivializa, y que mediante un humor muy sutil y reflexiones muy jugosas y agudas, nos vemos leyendo lo que Szymborska tiene que contarnos sobre lo que a ésta le deparan lecturas con títulos tan apasionantes como: Arte floral, Cuando los manzanos echen flor, Accidentes domésticos, El alfabeto chino, Vademecum del turista a pie, El ciervo, Aves domésticas, Cuando el perro enferma, Empapelando la casa, La infancia de los animales, Los pájaros de Polonia, El botón de la literatura, etc. La retranca de Szymborska llega al punto de dedicarle un espacio al Calendario de pared del año 1973.

Entre mis artículos preferidos -por citar algunos- pues hay muchos, citar: Viejos amigos, El mito de la poesía, Lo que queda atrás, Realidad y ficción, ¿Qué es soñar?, Disneylandia. En estos ensayos bajo el aspecto de (no) reseñas la autora trata asuntos muy interesantes, me gusta lo que dice de la poesía (la visión que tiene de la misma); ella que fue poeta, además de editora, traductora y columnista.

Hay veces en las que te alegras especialmente de visitar un país, una ciudad, de conocer a alguien en persona, o bien -como en este caso- de dejar que una escritora como Szymborska entre en tu vida, ya para quedarse.

Lecturas no obligatorias. Prosas, Wislawa Szymborska, traducción del polaco por Manell Bellmunt Serrano. Ediciones Alfabia, 2009.

Honoré Balzac

Tratado de los excitantes modernos (Honoré de Balzac)

Honoré de Balzac
Menoscuarto
84 páginas
2009
Traducción de Julio Baquero Cruz

Menoscuarto -con traducción de Julio Baquero Cruz- pone a nuestra disposición este minúsculo e hilarante ensayo de Honoré de Balzac, escrito en 1839 como un apéndice a la obra Fisiología del gusto de Brillat-Savarin.

Balzac diserta, con mucho humor, pero sustenándose en la ciencia, sobre sustancias relativamente recientes que han supuesto una maldición para la salud de la humanidad, a saber: el alcohol, el café, el tabaco, el té y el cacao.

A día de hoy -casi 200 años después de que Balzac escribiera su tratado- sabemos que el tabaco mata, como leemos en las cajetillas- lo que no impide su consumo, al tiempo que alimenta tanto al fisco como engorda el gasto público sanitario- sabemos que el alcohol aniquila tomado en grandes dosis y con regularidad; respecto al cacao, el té y el café, se toma hoy de manera tan moderada que no tiene un efecto considerable sobre la mortalidad.

Lo mejor del ensayo me resultan los jocosos chascarrillos que suelta Balzac, su comicidad, los ejemplos que emplea para armar sus argumentos, y cómo no, sus axiomas y también y por último timo ese espíritu paternalista que según él debe adoptar la política, toda vez que los pueblos son niños grandes y la política debería de ser su madre, entendida la alimentación pública como una parte de la política.

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En tierras bajas (Herta Müller)

Herta Müller
Siruela
184 páginas
2009

Leo que este libro de relatos de Herta Müller estuvo censurado en Rumanía. Salvo en Crónica de un pueblo, donde se evidencia que los puestos de mando de las empresas estatales se los reparten entre el Alcalde y sus familiares, el resto no lo veo como una crítica al régimen de Ceausescu -siempre la opción más fácil es buscar culpables en el Estado, en los Otros- sino como una crítica demoledora hacia los habitantes de una aldea rumana, hacia Los Suyos.

La voz que narra, la de una joven, la de la autora, es a quien le zurran la badana tanto el padre como la madre, donde todo se resuelve a golpes (si lloras sin motivo te zurran, si hablas comiendo te zurran…), mientras los hombres cuando no están trabajando, están alcoholizándose en el bar, donde los jóvenes ven el sacrificio de los animales como el pan suyo de cada día, un pan que por supuesto no es candeal, sino gris, ceniciento, incomestible, como el horizonte que los constriñe.

Müller no escamotea nada y su relato más extenso, el que da título al libro, En tierras bajas es sórdido, tétrico, desolador, brutal, violento. No hay un resquicio para la esperanza, para el consuelo, para la piedad: todo es brutal, amargo, desolador, visceral, infernal.

No hay intimidad en el hogar, así que la narradora sabe por ejemplo identificar a cada miembro de su familia por el ruido que cada pis hace en la bacinilla a la hora de mear. Una falta de intimidad y una pobreza (que me recuerda mucho a lo referido por Szilárd Borbély en su libro Los Desposeídos) que genera odio, malestar y una furia ciega.

Acaba el relato así. “Creen que aquello de lo que uno se niega a hablar, tampoco existe”.
El propósito de Müller y donde para mí reside el valor de este libro es en dejar un testimonio, para saber que lo que nos cuenta Herta, lo que ella vivió, sucedió, existió.

El resto de los relatos ya no resultan tan salvajes y caen abruptamente en lo anodino, cuyo cenit se alcanza con el relato Día laborable con una prosa plomiza acorde con el tema del relato.