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Confabulario (Juan José Arreola)

Comenta Juan José Arreola (1918-2001) que a sus doce años leía a Whitman, Baudelaire, Schwob, Papini. Luis Goytisolo comentaba que a esa misma edad leía a Flaubert.
Si visitamos hoy cualquier librería y nos vamos a la zona infantil y miramos las estanterías de 12 años encontraremos libros repolludos, poblados de magos y ratones.
No somos lo que leemos, porque a menudo y a pesar de que pongamos la mejor voluntad, erramos en nuestras lecturas. Más bien creo que somos lo que queremos leer, somos el nivel de exigencia que ponemos en lo que leemos, y somos nosotros los que poblamos nuestro horizonte de aquellas lecturas que consideramos ineludibles.
Juan José Arreola estaba en ese horizonte, en ese porvenir, a la espera de ser leído.

He disfrutado de estos relatos pero quizás menos de lo esperado. Aprecio la imaginación de Arreola que se dispersa en estos relatos que van atrás y adelante a lo largo de los siglos, desde Eva hasta hoy; curiosa se me antoja la aparición del barón Büssenhausen, ya que en los relatos de Escapa, Mientras nieva sobre el mar, que leí recientemente también aparecía este personaje histórico. Muy presente está lo religioso en relatos como el El silencio de Dios, Un pacto con el Diablo, o el de Pablo, que es uno de los que más he disfrutado, por su ánimo totalizador, cíclico. No faltan los dramas parejiles y los ribetes de ciencia ficción como esas muñecas de látex que parecen las precursoras de las bacantes robóticas que ya estarán presentes en los burdeles en pocos años y casi todos los relatos ofrecen finales abiertos a la interpretación, para que seamos nosotros los que elucubremos sobre los porqués. Esta variedad de temáticas y emplear dos milenios como material narrativo, le permite a Arreola fabular -e incluso cambiar la naturaleza de las hormigas- y como si fuera un agente del Ministerio del tiempo, asentarse en el mojón temporal deseado, y contar la historia, ensancharla o reformularla -a menudo con solvencia- a su manera.

RBA. 2012. 160 páginas.

Literatura mejicana en mis Devaneos | Valeria Luiselli, Guadalupe Nettel, Juan Rulfo, Federico Guzmán Rubio, Álvaro Enrigue, Enrique Serna, Yuri Herrera

Laura Ferrero

Piscinas vacías (Laura Ferrero)

Cuando te tiras de cabeza en una piscina vacía tienes todas las de perder. Cuando coges un libro que es un cascarón vacío tienes todas las de perder. Cuando un libro comienza ya en parada cardiaca y cada nuevo intento de reanimarlo, cada relato sucesivo no hace otra cosa que demorar la agonía, tienes todas las de perder. Cuando coges un libro y a falta de faja o de recomendaciones de otros escritores para leer el libro que tenemos entre manos, la editorial, en este caso Alfaguara, tiene que recurrir a frases como estas: Vale la pena, !Un libro fascinante!, Muy recomendable, Extrema sensibilidad. Como la vida misma, breve pero intenso, cuando leemos sentencias de este pelo, decía, que son las opiniones de lectores que puntuaron con cinco estrellas este libro, que la autora, Laura Ferrero, se autopublicó en megustaescribirlibros.com con tan buena acogida que más tarde Alfaguara decidió incorporarlo a su catálogo, me asaltan todas las dudas del mundo.
Lo he acabado por inercia.
No encuentro literatura en ningún relato, más bien es un folleto publicitario plagado de separaciones, divorcios, infidelidades, niños muertos, intentos de suicidio, niñas muertas, ancianos teleasistidos tirados por los suelos: todo un cúmulo de fatalidades ante las cuales el lector debería implicarse, desgarrarse por dentro, verterse en lágrimas, arrancarse la piel a jirones. Pues no. Nada de esto me sucede porque todas las historias y conflictos se agotan en el título, en la frasecilla lapidaria, sobre la que crecen -es un decir- los relatos, que abundan en lo tópico y manido, con unos personajes emborronados, de nula entidad, que se ven obligados a decir algo para saber que son humanos y no ositos de peluche, y cuyos problemas son casi los mismos en todos los relatos. ¿Cuántas historias de infidelidades hay? ¿Cuántos matrimonios rotos?. Podemos decir. “Es que esto que nos cuenta Laura está a la orden del día”. Sí. Pero abordar lo cotidiano no garantiza nada cuando se hace de una manera tan epidérmica y tan insulsa.

Si un libro de estas características abre la puerta a otros productos similares, tenemos todas las de perder, cuando hablamos de literatura, porque hablamos de literatura y no de productos.

Una amiga comentaba el otro día en GR “a todos nos iría mejor si la gente fuese más lectora y menos escritora“.

Pues eso.

Alfaguara. 2016. 197 páginas.

Juan Rulfo

El Llano en llamas (Juan Rulfo)

17 relatos de Juan Rulfo (1917-1986) conforman El Llano en llamas, que ofrecen un paisaje y un paisanaje tan vívido como desolador. Humanos que viven en terrenos áridos, secos (“Sí llueve poco. Tampoco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.“) donde apenas llueve y el sol ajusticia sin miramientos; vidas marcadas por la miseria, el hambre, la desesperanza. Ellas abocadas a la prostitución y con un manojo de hijos. Ellos, apareciendo anualmente para seguir aumentando esa familia que ni ven ni asisten, fugitivos de sí mismos; hijos que nacerán y al poco serán corridos del hogar, buscándose así la vida o la muerte (se habla de la emigración en Paso del Norte), una muerte que es el pan suyo de cada día y que abunda en los relatos, con hijos y padres portando los cuerpos de sus padres e hijos a fin de darles sepultura como se plasma en “No oyes ladrar los perros, La herencia de Matilde Arcángel o !Diles que no me maten!“. Se demanda piedad -cuando el remordimiento es un grumo sobre el que no opera el disolvente del tiempo-, pero esta brilla por su ausencia, porque no hay lugar para los sentimientos, para el afecto, para la ternura, sí para las imprecaciones y así hablará el ruido de las balas; el odio y la sed de venganza como vestíbulo del inminente más allá.

Rulfo emplea muchos diálogos y en la mayoría de los relatos como en Acuérdate alguien habla (o dialoga) sin parar, sin que la estructura narrativa tenga apenas efecto, dando más importancia al qué que al cómo y se emplean muchas palabras mexicanas que no dificultan para nada seguir el hilo de las narraciones. Algunos relatos como Luvina (“Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio”) o El Llano en llamas me han gustado especialmente. Escasea el humor, pero cuando luce, resplandece poniéndose de manifiesto por ejemplo en El día del derrumbe o en Anacleto Morones, donde Rulfo entre veras y burlas se mofa de los gobernadores locales y de esos santeros que devienen santos al tiempo que en su búsqueda de la inocencia dejan el terreno que hollan diezmado de vírgenes.

Editorial RM. 2017. 176 páginas.

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Estabulario (Sergi Puertas)

No he visto la serie Black Mirror. Leí Nog y no me gustó. Leí Días entre estaciones y me gustó aún menos. No me va mucho la ciencia ficción. ¿Qué cojones hago leyendo un libro como este?. Los caminos de la lectura son inextricables.

I

Me llevé a casa este libro de la biblioteca y hasta que comencé el tercer relato y después de leer la información sobre el autor que aparece en la solapa posterior de la portada, no caí en la cuenta de mi error, dado que el autor no era Sergi Pàmies –que es a quien creía estar leyendo, aunque el estilo me parecía tan salvaje y distópico que me maravillaba ante la capacidad de reinventarse que tienen algunos escritores-, sino Sergi Puertas (Barcelona, 1971). A esas alturas y dado que los dos relatos que había leído -y no por orden, pues empecé por Obesidad Mórbida Modular y proseguí con Pegar como texto sin formato- me habían gustado bastante, merced a una prosa muy salvaje y muy bestia y muy visceral (también en sentido literal), esa clase de novela en la que ves salir dos manos del texto que te cogen la cabeza y te la fijan al papel y no te sueltan hasta que llegas a la palabra fin, si la hubiera, decidí ir hasta el final, lo cual me supuso no esfuerzo, sino deleite.

II

El libro lo conforman seis relatos de entre 20 y 60 páginas, relatos que cifran bien la imaginación desbordante de Sergi, pues aunque el marco distópico enmarca cada relato, cada uno de ellos es diferente y todos ellos muestran un futuro putrefacto, hediondo, enfermo, devastado, terminal, donde sin recurrir a los manidos temas apocalípticos, el autor manejará temas más originales como en Torremolinos con una Andalucía convertida en un estado desconectado de España y gobernado por un tirano, un militar, un tal Navarrete, con toreros, nazarenos y una tal Trini diciendo eso de “Yo no sé nada de todo esto, solo soy una coach” que me ha matao; La televisión (sigue) vendida al espectáculo, en Estabulario (título bien traído porque el mundo deviene ratonera o establo y nosotros animales cada vez más tecnificados) con un robot de cocina picando carne humana, drenando cualquier dignidad de los que al programa acuden buscando fondos. Y los encuentran. O bien un traje que como una segunda piel o más bien como un corazón puede causar la ruina de quién lo porta cuando todas vienen mal dadas. Uno de los relatos, Nuestra canción me ha gustado especialmente, por su ritmo hipnotizante, por un final explosivo o implosivo o. Algo que Puertas hace muy bien es crear atmósferas asfixiantes y angustiosas que se disuelven en la narración, impregnándola, donde acaecen situaciones límite, alimentadas de una tensión y una violencia que rechinan, y de ello da buena cuenta Manos libres con un final muy bestia.

Hablando de ecos, Puertas me recuerda a Jon Bilbao y sus tres primeros estupendos relatos de Estrómboli, relatos muy bestias, feroces, violentos, contundentes, sorprendentes, con una prosa que es flujo, reflujo e influjo (porque como afirmaba Pío Baroja “admiramos solo lo que no comprendemos” y el libro usa esa incomprensión por nuestra parte y nuestro asombro, como parte importante del armazón), relatos como los de Estabulario con los que superas sin percibirlo la fina barrera que te hace pasar de la indiferencia al interés, del interés al regocijo, del regocijo a las 2:12 de la madrugada camino de la cama -ya más bostezante que regocijado- con ganas de asesinar el despertador quitándole las pilas.

Habida cuenta del terreno que pisamos, digo: No pidamos literatura creíble, pidamos, aquí y ahora, literatura increíble, así Estabulario. Pueden pensar que exagero, incluso que deliro. A estas horas todo puede ser. Pero esto solo hay una manera de comprobarlo: un horizonte fractal de 256 páginas.

III

No creo que vea Black Mirror, no creo que lea más novelas de ciencia ficción (por mucho que la f(r)icción haga el cariño), pero sí es muy posible que lea más cosas de Puertas, si las hubiere.

!Benditos sean algunos equívocos como el presente!.

FIN

Mientras nieva sobre el mar

Mientras nieva sobre el mar (Pablo Andrés Escapa)

No me resulta fácil encontrar un conjunto de relatos tan bien equilibrado, donde no creo que sobre ninguno y donde se puede sacar jugo de todos ellos.

Habla Javier Goñi en la contraportada de palabras en estado de gracia. Poco más puedo añadir.

He leído estos relatos -que validan lo que proponía Antonio Pereira en el Prólogo de Me gusta contar, a saber: Lo primero es tener una historia que contar. Extender la historia mientras no peligre el sagrado efecto único (Poe). Que siempre haya expectativa. ¡Algo va a ocurrir!. El novelista puede ser altanero. El cuentista debe ser cordial y amistoso;- con asombro y regocijo sin tasa, ante una prosa pletórica, proclive a la reverberación, fecunda (hontanar en que abrevar), que (nos) vivifica; palabras como semillas, regadas por el talento, la imaginación y vertidas sobre la infancia, la soledad, el misterio, la magia, el humor que asoma por ejemplo en Circunstancias de los vasos comunicantes, el aliento poético (que más bien es bocanada), en suma, un aumentar la realidad a través de la ficción, gracias al arte del buen narrar de Pablo Andrés Escarpa (León, 1964), en el que seguiré abundando (pues como dijo Ortega, “La obra se completa completando su lectura“) y seguro disfrutando, mucho.