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Solo hay una clase de monos que estornudan (Ezequías Blanco)

Este simpático libro creo que me costará olvidarlo, no tanto por la huella (escasa) que me ha dejado su lectura, sino porque estuve a un tris de perder el móvil al llevarme el libro de marras al parque del Iregua bajo un árbol, no para tallar corazones a navaja en su tronco, sino buscando una sombra fresca en la que leer a gusto. Buscar un móvil sin sonido, en un césped tupido de pelusas comprobé que no es tarea fácil.

Solo hay una clase de monos que estornudan es un libro de 19 relatos breves (en total 128 páginas) del zamorano Ezequías Blanco (Paladinos del Valle, 1952), al que desconocía. Si hay algo que predomina y se enseñorea en todos los relatos es el humor y la voluptuosidad, en sus distintas manifestaciones. Otra cosa es que lo leído nos haga gracia y resulte picante o no. Humor buscado en ocasiones desde el título mismo del relato como sucede en Cuando despertó el cesto todavía estaba allí o Dioni cogió su fusil o la próxima vez te levantas tú, figura. El humor puede derivar en lo escatológico como en El huevo de Colón, humor al que se añaden elementos propios del cine gore.

El relato que más gracia me ha hecho ha sido, de puro absurdo, Juanita Banana, en donde el autor hace hablar, o chapurrear, a su protagonista en bable, para relatarnos la metamorfosis de una musa en una bruja.

Los relatos no siguen una pauta como si fueran guarismos de una serie Fibonacci, sino que el autor se va por la tangente en cada relato, disparando su imaginación en todas las direcciones pero siempre con un sustrato realista. Encontramos a timadores y timados, mujeres sin progenie que la buscan en una procesión de romeros, vengadores que asimilan el tránsito del amor al odio muy malamente y su mejor amigo pasa a ser el trinitrotolueno, un zapatero que se trastorna del todo confundiendo mininos con vástagos, tres amigos cuyos nombres coinciden con los de los tres Reyes Magos, o un torero paracaidista, entre otros.

Muchos nombres que oímos a diario son deudores del santoral. Primaba entonces lo católico. Ahora prima lo catódico y tenemos a Daenerys, Cersey, Ayra…, y no sé qué es peor. Ezequías que en algunos relatos emplea un léxico arcaizante, echa mano para sus personajes de nombres poco corrientes: Aniano, Salustio, Dictinio, Acacio, Evencio…

Relatos como La melé, El amante de Josune no se llamaba Tito, o Primera clasificada en todas las categorías me parecen muy simplones, poco más que ocurrencias nada fecundas.

Huerga & Fierro editores. 2019. 129 páginas

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Antártida (Claire Keegan)

Antártida es un libro de relatos de Claire Keegan (1968, Irlanda), escrito en 1999 y traducido al castellano en el 2009 por Jorge Fondebrider, publicado en Eterna Cadencia.

La relación de relatos es esta: Antártida. Hombres y mujeres. Donde el agua es más profunda. Amor en el pasto alto. Tormentas. Suba si se anima. La cajera que canta. Quemaduras. Nombre raro para un niño. Hermanas. El olor del invierno. Las palmeras en llamas. Sopa de pasaporte. Siempre hay que tener mucho cuidado. El sermón de Gingers Rogers.

Los quince relatos tienen un denominador común: el fatalismo. Keegan nos aboca a situaciones límite. En el relato que da título al libro, una mujer acude a una cita sin que su familia lo sepa y acaba secuestrada. En Hombres y mujeres, una mujer harta de su situación decide plantar cara a su marido. En Donde el agua es más profunda, un niño se salva de morir ahogado por los pelos, gracias a su niñera. En Sopa de pasaporte una mujer le recrimina continuamente a su marido que éste perdiera a su hija de vista, para siempre cuando estaban los juntos en un prado anejo a la casa. En Nombre raro para un niño, una mujer decide seguir adelante con el embarazo a pesar de que su pareja no parezca tenerlo muy claro. En Siempre hay que tener cuidado, un fulano recibe la llamada de un conocido para hacer una excursión fluvial, para poco después descubrir que está compartiendo embarcación con un asesino. En El sermón de Ginger Rogers, un hombre, poco después de acostarse con una niña decide ahorcarse. En Amor en el pasto alto, el trío protagonista vive una situación parecida a la de la canción Turnedo, sin que nadie tenga valor para marcharse, permanecen los tres juntos, pero separados, pues el equilibrio es imposible. En Tormentas, una hija trata de absorber algo de la férrea naturaleza materna, como vacuna para lo que pudiera avecinarse. En Suba si se anima, una mujer a la desesperada trata de volver a la vida, de la mano de un hombre desconocido. En La cajera que canta, la chica protagonista está a un tris de caer en las manos de un asesino en serie local. En Quemaduras, un hombre acude con su nueva pareja y sus hijos a vivir en el ojo del huracán: la casa de la que se fueron, con la idea de coger así el toro por los cuernos y afrontar el pasado como terapia de choque. Las Hermanas del título del relato se llevan a matar y se masca la tragedia, aunque todo se resolverá sin que la sangre llegue al río. En El olor del invierno, un hombre trata de arrostrar la violación de su hija entregándose a los cantos de sirena de la venganza. En Las palmeras en llamas un niño verá morir a su madre de la manera más absurda, por una desobediencia suya.

Como se ve Keegan no se priva de nada: asesinatos, violaciones, venganzas, muertes absurdas, reyertas filiales, secuestros, amores imposibles, separaciones…

A pesar de la temática, los relatos, instilados en lo trágico, no llegan a saturar, que es el riesgo que se corre. La traducción no ayuda demasiado a la lectura y algunos relatos se me antojan de redacción muy simplona. El gran acierto del libro, por contra, son las situaciones que plantea Keegan. En la mayoría de los desesperanzados relatos cunde el suspense, y aunque uno podría pensar que estos puedan resolverse de cualquier manera y en cualquier dirección, hay una especie de destino, de camino prefijado, de entropía (la costumbre, la tradición, la religión, la fatalidad, etcétera), que les impide cualquier extravío.

Entre mis favoritos, Antártida, Hombres y mujeres, Amor en el pasto alto, Siempre hay que tener mucho cuidado, Hermanas, y El sermón de Ginger Rogers.

Eterna Cadencia. 2009. Traducción de Jorge Fondebrider. 206 páginas.

Z-ManuelVilas

Z (Manuel Vilas)

La casa como confesionario, la nevera como interlocutor, su encenderse y apagarse el ruido de fondo de una banda sonora vital poblada de canciones de Lou Reed, de Patti Smith, en una ciudad, Zaragoza (o Zargoza, según reza la contraportada), aquí Z, de la que el narrador echa pestes, a lo Bernhard, de su calor infernal y pegajoso en verano, de los coches mal aparcados, de la suciedad de los bares, los vasos pringosos, apenas deslavados, donde la voz cantante la lleva un narrador que en 35 relatos y en primera persona nos hará copartícipes de su soledad, indolencia, escaso apego a los trabajos de mierda, mientras flanea por Z, hace compras de bolsos que lo amariconan, de valium que lo empastillan, de coches de segunda mano con aire acondicionado que lo hermanan con la modernidad, la asistencia a cines donde siestear y aliviar la soledad viendo Solas sin coscarse de mucho, víctima de San Valium. La irrealidad se manifiesta en las presencias de Kafka, Robespierre (que aparecerán más tarde en Los inmortales) en los boquetes cerebrales, afán faulkneriano -bajo una tórrida luz de agosto- de quitarse del medio, o de sentirse vampiro, víctima de toda clase de aprehensiones, sacando brillo a las cosas, sean grifos, pasillos, zapatos o piscinas, sin que lo prosaico pase de ahí, también hay algunos recuerdos porreros de finales de los setenta, como una variante al Me acuerdo pereciano y mucha polla, mucho testículo, pero apenas percibo, salvo en contados relatos como Mediterráneo, la lechada de la prosa seminal, más bien un zumbido adiposo y aletargante, algo así como a lo que nos aboca la chicharrina: Zzzzzzz.

Editorial Salto de Página 2014. 159 páginas.

Z fue publicado inicialmente en DVD ediciones en 2002.

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Los que duermen (Juan Gómez Barcena)

Ardicia tenía de consumar ciertas lecturas de libros de relatos como el de Ednodio Quintero (Cuentos salvajes) o Evelio Rosero (Cuentos completos), ambas ya en curso. Otras, finalmente consumadas y disfrutadas como Fábrica de prodigios de Pablo Andrés Escapa o Los que duermen de Juan Gómez Bárcena, ésta que nos ocupa.

Los que duermen supone la primera incursión, y la última de momento, de Juan Gómez Bárcena en el relato. Publicado en 2012 por la editorial Salto de Página y felizmente recuperado este año por la editorial Sexto Piso, dónde Bárcena publicara también su estupenda novela Kanada.

Los que duermen lo conforman 15 relatos (Cuaderno de bitácora, Fábula del tiempo, La leyenda del rey Aktasar, Cuaderno de bitácora II, El regreso, El mercader de betunes, La virgen de los cabellos cortados, Zigurat, El padre fundador de Alemania, Hitler regala una ciudad a los judíos, Los que duermen, Las buenas intenciones, Como si, 2374, La espera), breves, pues el libro no supera las 145 páginas.

En las notas de agradecimiento Bárcena agradece a quién le enseñó a interrogar el pasado. Mucho de eso hay en estos proteicos relatos que me recuerdan a otros de Olgoso o de Escapa, por lo variado de los mismos, muchos de los cuales bucean en el pasado, como en Los que duermen con las momias que hoy pueblan los museos, donde estos fueran una especie de limbo o infierno en el que las momias de marras purgaran un castigo se viera así perpetuado ad infinitum o yendo hasta el campo de concentración de Theresienstadt, en el que en 1944 los nazis ofician allí la pantomima ante un comité de la Cruz Roja haciendo pasar aquel campo de exterminio por otra cosa, una ciudad en la que los judíos vivían estupendamente, representando incluso una obra de teatro en la que los forzados actores, niños, tendrán así la única manera de desquitarse de su infausto y estéril porvernir; los cuadernos de bitácora I y II, en los que como hiciera Ferlosio en Fragmento de una carta de Yndias, Bárcena se mide, se prueba, se ensaya, para recrear el destino trágico de la nave San Telmo allá por 1565, a la deriva y sin tripulación ninguna; recreación a su vez la que pergeña el autor cuando recurriendo a Aquiles, troca el anhelo de éste de dejar de ser inmortal, abandonando el gineceo, para morir con gloria eterna como mortal, por una vida instilada en la medianía común del resto de los mortales, permutando su existencia por la de un mercader de betunes, pero disfrutando a fin de cuentas del hecho de estar vivo superados los setenta: la supervivencia como un don. Supervivencia llevada a cabo por duplicado (de momento) cuando hay opción a la resucitación, crionización mediante, en el 2374, relato anodino en el que al igual que le sucede al Aquiles del otro relato, la alternativa de ser felices o desdichados es consecuencia de nuestra existencia que en todo caso va al haber.

Los relatos más sorprendentes y sugestivos se me antojan La espera, donde a un mundo de hombres creados por un Dios se sucede un mundo de máquinas creadas por hombres, ya extinguidos, máquinas que esperan anhelantes que el Gran hombre descienda de nuevo sobre ellos; el otro relato es Como si, donde se lleva a cabo un rebobinado histórico comenzando en 2012 para ir hasta el Big Bang tocar la pared y volver cagando leches de nuevo al 2012, despojados de pasado, amnésicos, todo presente, todo futuro (si se diese), reseteando todo en cada generación. Las buenas intenciones, muestra un cara a cara entre una hija y su madre con unas hechura delirantes y trágicas que me lleva hasta La azotea de Trías, cuando la mentira y la ficción son la única realidad soportable por ambas, o ni con esas; Los elementos históricos se despliegan en otros relatos como La leyenda del Rey Aktasar, Fábula del tiempo o El regreso que cifran bien el pulso narrativo de Bárcena (que cuando escribió estos relatos tenía 28 años), aunque algunos como Zigurat o El padre fundador de Alemania me resulten muy flojos. Lo que me ha chocado es leer tres veces, en distintos relatos, “hombres que arañaban los frutos de la tierra con esfuerzo“.

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Palomitas (Juan Pablo Fuentes)

El destino o la casualidad van disponiendo ante mí libros que guardan cierta conexión. En el anterior que he leído La moral del comedor de pipas, comer pipas se convertía casi en una filosofía de vida, donde al comedor de las mismas el cerco que creaba con las cáscaras le servía casi de murete frente a la expectante realidad circundante. En Palomitas de Juan Pablo, en la contraportada nos advierte de que pocas cosas hay más agradables que sentarse en un banco con palomitas y ver la vida pasar.

No sé si conocen los microgramas de Walser. Sin llegar a semejante delirio achicador Juan Pablo escribe sus relatos en un formato que ya no sería un libro de bolsillo, sino de libro de monedero, porque las dimensiones del libro son del formato chuleta, de las que nos hacíamos en el colegio en EGB.

El microlibro lo forman 11 relatos o microrrelatos, el último formado por cuatro entradas cada una de diez palabras.

Hay algo que recorre los amenos y sugerentes textos que adopta la forma de una energía vital que impele por ejemplo a un Superviviente a seguir siéndolo, como si los lazos de sangre ganasen de calle a los cantos de sirena de una soga, las ganas de burlarse, en Wasabi, de los demás haciendo acopio de humor macabro aún a costa de poner en riesgo su vida, el ronroneo maullador de la melancolía En la ciudad que lloraba en un cajón; las ardorosas expectativas luego atemperadas y puestas a punto de nieve en Iceberg, el aroma del sexo de aquel Verano de 1986 que deja ahora un retrogusto adolescente de cuando la vida era tal y algunos recuerdos superan el puesto de control de la desmemoria; más ausencia y la añoranza que nunca se nos van hay en Caramelos de limón, porque pegajosas como son, siempre se adhieren al cielo del paladar, como una magdalena permutada aquí en caramelo evocador; en Deudas vencidas sobre un dicho se construye un relato cuya conclusión valida dicho dicho con ángeles caídos, Mefistófeles, Steve Jobs y el Vaticano por medio; Limpieza metódica me lleva a Tesis y hasta aquí puedo aggggghhh…; en Intercambio brilla el humor negro al plantear la rivalidad de dos amigos, o conocidos o contemporáneos, llevada hasta sus últimas consecuencias; El mensaje deriva hacia lo fantástico, quién sabe si también orgiástico, encontrando a la joven que dé perfecta réplica al avemaría, y no me refiero a un dueto con Bisbal.