Archivo de la etiqueta: 2012

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La hierba de las noches (Patrick Modiano)

Esta es la tercera novela que leo de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt), después de Accidente nocturno y Un circo pasa y siempre tengo una sensación parecida. Cuando comienzo sus novelas éstas me parecen anodinas, triviales, banales, monótonas y luego poco a poco voy reconociendo el estilo del autor francés: historias donde no sucede nada aparentemente llamativo, ni grandilocuente, donde la historia no reviste una gran complejidad, y lo que hay es una narración leve, liviana, amena, y a ratos divertida. Me sucede leyendo a Modiano lo mismo que experimento leyendo a Enrique Vila-Matas, que en sus historias encuentro siempre algo que acaban interesándome, atrayéndome, captando mi atención, en definitiva.
Aquí la historia es desentrañar un misterio, de la mano de un escritor un tal Jean, que en su día, hace casi medio siglo, conoció a una joven, Dannie. A Modiano le interesa cómo gestionamos el pasado y el presente, Cómo el pasado es un lenguaje en clave que solo puede ser descifrado transcurrido unos años. Así, Jean, el protagonista de la novela irá transmitiendo mensajes en morse como dice él que más tarde, décadas después irá comprendiendo, envuelta la narración en un velo de novela negra, con dos muertos sobre la mesa.
Si en otras novelas lo que se hace es es contarlo todo y apabullar al lector con múltiples datos y detalles de la vida de los personajes, Modiano hace lo contrario, porque sus novelas son cortas, no hay mucha paja, el narrador es tímido, pregunta poco, y cuando pregunta no obtiene respuesta, así que decide preguntar menos y observar más. En su mirar registra y anota la ciudad de París, cómo ésta va cambiando, mudando la piel a medida que se van cerrando los locales, y comercios, clausurando ciertos edificios y construyéndose otros, una geografía urbana que a Modiano creo que le interesa especialmente.

Anagrama. 2012. 167 páginas. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

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Silencio en Milán (Anna María Ortese)

Decepción mayúscula, la cual quizás tenga que ver con las expectativas que tenía. Silencio en Milán recoge siete relatos de Anna Maria Ortese (1914-1998) publicados en 1958.
En estos relatos el tono se mantiene y lo que ronda en ellos es el malestar, el vacío, el silencio, la soledad que sienten los habitantes de Milán. Para abordar estos sentimientos la autora selecciona distintos escenarios.
En el primer relato es la Estación Central de Milán, la cual se erige como la nueva catedral del progreso y de la técnica, con sus cielos de piedra, de acero, donde la nueva deidad es la técnica y sus retoños la producción en masa, en una sociedad despersonalizada, que vacía al ciudadano, convirtiéndolo en objeto o en un número, anulando su pensamiento, su capacidad de dialogar. Un discurso que me resulta trillado, y que retoma en La mudanza, el último relato, adoptando así el libro cierta circularidad. Ahí brilla el desencanto, viendo que el comunismo que iba a ser la panacea, al devolver al hombre su dignidad, repartiendo el trabajo, anulando las diferencias, permitiendo el acceso a la cultura, no se materializa en Hungría cuando los comunistas se aúpan al poder. Conviene leer Días felices en el infierno de Faludy para ahondar más en este asunto.
El resto de los escenarios son la estampa de los aparthoteles, ese sarpullido clónico inmobiliario que despersonaliza a sus inquilinos; los locales de alterne; un reformatorio apartado de Milán, que al margen de la ciudad solo se conoce de su existencia si se visitan sus dependencias, o un piso que una mujer abandona, o dos hermanos que deben vaciar el piso de sus padres al morir, un vaciado que supone volver del pasado con las manos vacías, para darse de bruces con un presente vacío, inerte, gris, ante un porvenir que a Masa, una de las hermanas, se la trae al pairo, pues ella sigue por inercia.
El estilo de Anna me ha resultado muy mediocre, y algunos relatos como Locales nocturnos o La ciudad está vendida, especialmente malos. Anna tiene un discurso, una visión de la realidad que trata de plasmar en estos relatos y crónicas, que me resultan tópicos, poco ingeniosos, porque su mirada me resulta cansada y eso al leer fatiga tanto como aburre.

Editorial Minúscula. 2012. 172 páginas. Traducción de César palma.

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Confabulario (Juan José Arreola)

Comenta Juan José Arreola (1918-2001) que a sus doce años leía a Whitman, Baudelaire, Schwob, Papini. Luis Goytisolo comentaba que a esa misma edad leía a Flaubert.
Si visitamos hoy cualquier librería y nos vamos a la zona infantil y miramos las estanterías de 12 años encontraremos libros repolludos, poblados de magos y ratones.
No somos lo que leemos, porque a menudo y a pesar de que pongamos la mejor voluntad, erramos en nuestras lecturas. Más bien creo que somos lo que queremos leer, somos el nivel de exigencia que ponemos en lo que leemos, y somos nosotros los que poblamos nuestro horizonte de aquellas lecturas que consideramos ineludibles.
Juan José Arreola estaba en ese horizonte, en ese porvenir, a la espera de ser leído.

He disfrutado de estos relatos pero quizás menos de lo esperado. Aprecio la imaginación de Arreola que se dispersa en estos relatos que van atrás y adelante a lo largo de los siglos, desde Eva hasta hoy; curiosa se me antoja la aparición del barón Büssenhausen, ya que en los relatos de Escapa, Mientras nieva sobre el mar, que leí recientemente también aparecía este personaje histórico. Muy presente está lo religioso en relatos como el El silencio de Dios, Un pacto con el Diablo, o el de Pablo, que es uno de los que más he disfrutado, por su ánimo totalizador, cíclico. No faltan los dramas parejiles y los ribetes de ciencia ficción como esas muñecas de látex que parecen las precursoras de las bacantes robóticas que ya estarán presentes en los burdeles en pocos años y casi todos los relatos ofrecen finales abiertos a la interpretación, para que seamos nosotros los que elucubremos sobre los porqués. Esta variedad de temáticas y emplear dos milenios como material narrativo, le permite a Arreola fabular -e incluso cambiar la naturaleza de las hormigas- y como si fuera un agente del Ministerio del tiempo, asentarse en el mojón temporal deseado, y contar la historia, ensancharla o reformularla -a menudo con solvencia- a su manera.

RBA. 2012. 160 páginas.

Literatura mejicana en mis Devaneos | Valeria Luiselli, Guadalupe Nettel, Juan Rulfo, Federico Guzmán Rubio, Álvaro Enrigue, Enrique Serna, Yuri Herrera

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La vida ordenada (Fabio Morábito)

La vida ordenada es lo primero que leo de Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955), un libro de relatos y no salvaría ninguno de los seis.

La prosa de Fabio me resulta más simple que sencilla y si los relatos deben de ser siempre un terreno propicio para la imaginación del escritor, Fabio va demasiado justito porque los pocos temas cotidianos que maneja se repiten con demasiada frecuencia, a saber, hombres cuyas relaciones de pareja terminales son poco más que peces boqueando fuera del agua camino de la extinción, los cuales están todo el día con erecciones, presos estos de un deseo palpitante, cada vez que se plantan delante de una mujer (ya sean desconocidas, cuñadas, madres de amigos, monjas…), concebido el deseo sexual como un punto de fuga que a menudo queda abortado y va poco más allá de la ensoñación, de la elucubración lúbrica, o bien tener que saldar deudas con el pasado, a modo de reparación, ya sea con un árbol de navidad o con una madre ahora muerta, a la que un hijo hace tiempo que no visitaba.

Morábito se demora al narrar, como si el relato fuera una novela de quinientas páginas y le sobrara papel y luego trata de resolverlo en la frase final y el resultado está en consonancia con la anterior, pues resulta igual de aburrido y mortecino que lo precedente. Salvo en el caso de la orgía, donde hay cierta tensión –sexual, por supuesto- y cierto misterio, el resto de los relatos, de muy poco alcance, van poco más allá de la anécdota y de la ocurrencia, alimentada artificialmente, para hastío y desespero del lector, yo.

Eterna Cadencia editora. 2012. 156 páginas

Julio Camba

Mis páginas mejores (Julio Camba)

A Julio Camba (1884-1962) lo voy leyendo poco a poco. Primero leí sus Crónicas de viaje, que publicó Fórcola, luego sus Caricaturas y Retratos, que también publicó Fórcola y ahora acabo de terminar Mis páginas mejores, editado por Pepitas de calabaza, donde el propio Camba, selecciona lo mejor de su producción. No estoy del todo de acuerdo con Camba cuando afirma que un escritor sabe seleccionar qué es lo mejor de lo que ha escrito. A veces la idea que un escritor tiene de su obra difiere de lo que piensa de ella la crítica o su público, pero bueno, Camba coge lo mejor y va espigando artículos, crónicas que van de 1907 a 1956, con tres ensayos al final del libro en los que a Camba se le ve preocupado con el paso del tiempo y una muerte que se va perfilando en el horizonte.

Un libro como este tiene cosas buenas. Una es que te ríes sin parar, porque el humor, la ironía y la retranca del gallego es incomparable. El humor que se gasta Camba me recuerda al de Jardiel Poncela, o ahora, al de José Luis Cuerda. Otra es que de esta manera, uno puede acceder al mundo Camba, si no lo has hecho antes, aunque creo que después de leer estas 150 crónicas lo propio es ir a los libros editados que las recogen: Un año en el otro mundo, Playas, ciudades y montañas, Aventuras de una peseta, La casa de Lúculo, Haciendo de República, Sobre casi todo… Creo que Joyce Carol Oates y Camba serán los autores a día de hoy cuya obra está más desperdigada en España en un buen número de editoriales, en beneficio del lector. Lo cual en el caso de Camba, me alegro, pues creo que la necesidad de leer a Camba sigue ahí, y libros como el presente la palian.

Los viajes de Camba por muchos países y ciudades, tales como París, Londres, Berlín, Nápoles (su crónica La levadura de Nápoles es muy parecido a lo contaba Matilde Serao en El vientre de Nápoles), Nueva York y un largo etcétera, sustancian sus crónicas en las cuales siempre surge la comparación entre lo local y lo foráneo. Unos viajes que a Camba, merced a ese afán por contrastar le lleva a conocer mejor el espíritu patrio. Una constante en sus crónicas es también la gastronomía. Camba gustaba de la comida y de la bebida y es curioso que las crónicas más extensas del libro, sean las dedicadas a la carne de buey inglesa y a las sardinas, lo que le da pie para elaborar unos microensayos sociológicos. Muy divertido de leer es lo relativo a la distinta manera de viajar de los alemanes (a los cuales todo lo que ven les resulta Kolossal), yankies (preocupado por saber el coste de todo lo que se ofrece a su mirada) o británicos (a los cuales les gusta viajar a los paises exóticos a condición de encontrarse en ellos como en su casa. El inglés en el extranjero es tan inglés como en Inglaterra. Es inglés siempre; es siempre turista). De los alemanes dice que no hay pueblo en Alemania. No hay esa fuerza inmensa, profunda, inconsciente, peligrosa y alucinante que se parece al mar y que se llama pueblo. Ya en los Estados Unidos, o Engomados, pues dice Camba, que la goma de mascar es el paraíso artificial de este pueblo, se maravilla de esa sociedad fordista que hace todo en serie, ya sean las narices, los trajes, el humor, incluso los crímenes. Y cómo no, Camba acaba diciendo que no es que los americanos no sepan cocinar. Es que no quieren hacerlo.

Si Camba se lee hoy con deleite es porque sus crónicas resultan vigentes, a pesar de que el mundo que Cambia conoció y diseccionó con su agudeza y buen quehacer literario, haya cambiado en buena medida. Uno lee las crónicas que escribió cuando la República se aupó al poder, donde comenta el empeño por quitar de la vista de los ciudadanos todas las placas con nombres monárquicos, y no puede menos que pensar en lo que sucede hoy con las placas de los militares franquistas, dice Camba: “tuve que irme convenciendo de que son legión los republicanos que, habiéndose creído durante la Monarquía partidarios de un cambio de régimen, no fueron nunca, en rigor, más que partidarios de un cambio del nombre del régimen” o cuando escribe sobre La libertad de cultos “La República tiene mala suerte. La mala suerte de no encontrar problemas para sus soluciones y de que, por tanto, estas soluciones no puedan lucir“.

En alguna ocasión creo que Camba desbarra como lo que afirma en su crónica Divorcio: Más valdría seguir a la antigua española y hacer como aquel caballero que, al pasar un día por delante de su casa, le dijo a su amigo que iba con él -¿Tendría usted la bondad de esperarme un rato? La verdad es que ya que estoy aquí, no quisiera desperdiciar la ocasión de darle una paliza a mi mujer; pero no se preocupe usted. Bajaré en seguida…

Pocas veces le he visto a Camba tan explícito como cuando da su opinión, sin veladuras sobre la pena de muerte: “pero yo opino que si somos todavía lo suficientemente bárbaros para seguir matando a los hombres en nombre de la justicia, debemos matarlos del modo más bárbaro posible. Con el garrote. Con el hacha. Con la rueda. A las doce del día, en la plaza Mayor de la ciudad, y no de noche, en el patio de una prisión. Así la modernidad del procedimiento no haría resaltar de un modo tan ofensivo el medievalismo del acto. Aplicado de este modo, o bien resultaría que la pena de muerte era incompatible con nuestra sensibilidad, imponiéndose, por tanto, su abolición inmediata, o bien no lo resultaría demostrándose, en este último caso, que desde el siglo XIII acá la Humanidad no había adelantado nada. Y una vez hecha esta demostración, ¿qué duda cabe de que la pena de muerte pasaría a ser una cosa mucho menos objecionable de lo que es ahora?.

Podría estar aquí hasta mañana poniendo sentencias, máximas, párrafos, aforismos de Camba, pero es mejor que lean este libro, que lean todos. Ese es mi empeño.

Me despido con una frase de Camba.

No olvide usted la máxima de que si la literatura puede enriquecerle a uno, es únicamente a condición de que uno abandone la literatura.

Pepitas de Calabaza. 2012. 295 páginas. Prólogo de Manuel Jabois.