Archivo de la categoría: 2001

Thomas Bernhard

El origen (Thomas Bernhard)

Thomas Berhnard
2001
134 páginas
Traducción: Miguel Sáenz

Al igual que Montaigne, Thomas Bernhard (1931-1988) toma su persona como objeto de estudio. El origen es la primera novela de lo que sería su pentalogía autobiográfica.

Su relato no esconde nada y muestra a las claras la nefasta influencia que el nacionalsocialismo y el catolicismo ejercieron sobre su persona cuando éste tenía trece años y Alemania había perdido la segunda guerra mundial y los aliados arrasaban con sus bombardeos ciudades alemanas y austriacas como Salzburgo donde vivía Bernhard y que este detalla con tal precisión que su lectura sobrecoge.

Donde otros justifican y esconden Bernhard acusa, crítica, detesta su ciudad, sus gentes, su atmósfera opresiva y violenta, la educación aniquiladora recibida, la vileza y abyección reinante; una sociedad suicida y enferma en definitiva, que aniquila al ser humano, lo abole y nutre de desmemoria.

El único rasgo de humanidad el autor lo encuentra en su ilustrado abuelo.

Es El origen un libro que considero valioso, no tanto por el estilo del autor que a ratos resulta cargante, sino por el testimonio que da Bernhard, por hablar donde otros callan, por referir hechos, vivencias, experiencias, que la mayoría opta por obviar, maquillando un pasado que les haga sentirse bien, a gusto con su vileza y su desmemoria.

Thomas Bernhard en Devaneos |

meridianosangre

Meridiano de sangre (Cormac McCarthy 2001)

Cormac McCarthy
Editorial Debate
407 páginas
2001

Meridiano se sangre, hace honor a su título. La historia transcurre a mediados del siglo XIX en los territorios fronterizos entre Estados Unidos (que seguía entonces anexando estados) y México. Un meridiano geográfico bañado de sangre. Una tierra reseca convertida en un osario, en un camposanto gigantesco.

Las más de cuatrocientas páginas, son difíciles de digerir, no por la prosa de McCarthy que resulta asombrosa, demoledora y subyugante, en su particular poética de la pura maldad, sino por el contenido. Los personajes de la novela, encabezados por el Juez, son despiadados, capaces de todo, no tienen ningún escrúpulo, y lo mismo les da matar, sin la menor contemplación, viejos que bebes. Así, las matanzas, los exterminios, los holocaustos, las degollaciones, amputaciones, cortes de cabelleras, se suceden y repiten desde el comienzo hasta el final del libro.

La novela plasma sin escamotearnos nada, la violencia pura, incesante y ciega, donde los indios mapaches son masacrados por los hombres del Juez, y estos (los indios) hacen lo propio cuando tienen ocasión, en una espiral de muerte y destrucción que baña de sangre la tierra casi a diario, sin aparente solución. En un particular juego del gato y del ratón entre unos y otros, que mantiene muy vivo el ritmo y la tensión del relato.

Como contraposición al juez, está el chaval, quien trata de mantener un corazón puro, en esa vorágine de sangre, pero quien a medida que crece se irá contagiando de ese espíritu violento, de ese matar al prójimo -convertido en enemigo- a quien abatir, a la mínima contrariedad como vemos en su final cuando el chaval ya es “el hombre”.

Si la novela fuera solo muerte y destrucción, resultaría reiterativa. La figura del Juez, un hombre leído, culto, con múltiples habilidades, despiadado, tan virtuoso aniquilando y sembrando la destrucción como jugando con las palabras, hacen de él un personaje portentoso, tanto que el chaval pasa a un segundo plano y el Juez lo eclipsa todo, resultando la suya una presencia tan aterradora como ineludible.

El postrero cara a cara entre el Juez y el Hombre acaba resultando inevitable y esperado, si bien, no con el final deseado.

El personaje del juez es uno de los grandes aciertos de esta soberbia y demoniaca novela de McCarthy.

La niebla tres veces

La niebla tres veces (Menchu Gutierrez 2011)

Menchu Gutiérrez
Siruela
2011
262 páginas

La niebla tres veces publicado en 2011 por Siruela agrupa bajo este título las tres primeras novela de Menchu Gutiérrez: Viaje de estudios (1995), La tabla de las mareas (1998) y La mujer ensimismada (2001).

Menchu Gutiérrez vivió durante 20 años en las entrañas de un faro, ejerciendo de farera. Algo (o mucho) tendrá que ver este hecho (ese apartarse del mundanal ruido) con su particular escritura, con su mirada, acostumbrada o atiborrada de horizontes azules infinitos -celestiales y húmedos-. Un territorio, un faro, proclive al silencio ensordecedor. Cuando alguien en esas circunstancias decide crear, coger la pluma y desbastar la blancura virginal de un papel con un cincel de tinta, puede pasar cualquier cosa.

La prosa de Menchu es críptica, plagada de enigmas, de resquicios, es una prosa fangosa, difuminada, brumosa, misteriosa, (o)culta, indeterminada, atemporal, sin escala, ni relieve, donde los personajes (más bien entes corpóreos) se mueven en una realidad inventada, personajes que fluyen de las experiencias, lecturas y sueños de Menchu, que usa las palabras para enmascarar y desenmascarar, mediante un juego de simetrías, pleno de símbolos, recurrente en el manejo de los colores (rojo, blanco y negro en Viajes de estudios. Blanco y negro en La tabla de las mareas), y de las simetrías: la Iglesia blanca y la Iglesia negra, el demonio y la demonia, el hombre joven y la mujer joven, el perro de dos cabezas.

Menchu Gutiérrez

En Viaje de estudios no estamos ante un relato juvenil de unos adolescentes con las hormonas a punto de reventar que se van a Benidorm a practicar balconing. No. Este Viaje de estudios es hermético como un mejillón. El viaje de estudios consiste en ir en un tren, sorteando agujeros negros que los imantan hacia su vórtice, mientras se alojan en distintos monasterios, al tiempo que recuerdan su paso por los orfanatos, y se toman su pastilla por las noches, no sé si para dormir o para dejar de pensar. Contado así parece casi hasta divertido. Si el objetivo de Menchu es llevarnos al borde del delirio, que jugueteemos con la paranoia, que nos probemos una camisa de fuerza para ver si es de nuestra talla, lo consigue, porque estas páginas le dejan a uno los ojos no dilatados, sino con dos tallas de más, porque el caso es que casi sin entender nada (o alucinado al haber entrado en otra dimensión espiritual), el libro te engancha y te dispara el pulso casi hasta la taquicardia, ante una lectura que es como ver mover alguien los labios en la distancia y estrujarte los sentidos tratando de entender algo de lo que quiere decir. Ese juego de simetrías de la autora se cierra en su final con una aleación tan perfecta como necesaria.

En La tabla de las mareas es como si nos halláramos ante un cuento de papel en el que al abrirlo brotase como por arte de magia un escenario tridimensional, con sus dos orillas, sus dos iglesias, sus hombres, mujeres, niños y demonios que andan sobre un espacio atemporal, misterioso, lúgubre, funesto, seminal, podrido, donde sin un manual de instrucciones que nos asista ni guíe nos conformemos con ir moviendo las fichas/personajes sobre el tablero maldito, a nuestra voluntad, sin rumbo ni dirección, sumidos en la perplejidad, sin razón ni esperanza, ante una pesadilla de carne.

El libro lo cierra La mujer ensimismada, el cual y tras haber leído los dos libros anteriores es casi como leer una novela decimonónica, pues aquí la prosa de Menchu ya no es tan críptica, hermética ya que deja paso a la luz, a ciertos convencionalismos que facilitan y mucho su lectura, aunque decir convencional en el caso de Menchu es como jibarizar a Casanova al rol de gigoló.

En este libro tenemos 12 casas. En cada casa una mujer. Cada mujer ensimismada con su labor: cosiendo, cocinando, escribiendo, etc. Y una voz que ve, se desplaza, y cuenta a su manera, en un hibrido entre prosa y poesía que da frutos jugosos y momentos de lectura, ahora sí, significativa.

Después de este tour de force, después de este atracón, creo que ya no voy a leer nada más hasta mañana. Así que me quedo, de momento, en el Limbo.

Manuel Longares

Romanticismo (Manuel Longares 2001)

Manuel Longares
Cátedra
2008
516 páginas

Disfruté mucho leyendo Los ingenuos. Tenía que quitarme el mono de Longares leyendo algo suyo, Romanticismo por ejemplo, la gran novela de Manuel Longares hasta la fecha, por la que le otorgaron (merecidamente) en 2001 el Premio de la Crítica. Otro reto pendiente es acometer sus libros de relatos.

Si en Los ingenuos Longares despachaba tres décadas de la historia reciente de nuestro país (para los de aquí es obvio, pero para las tres visitas que vienen mensualmente de fuera de la UE, comentar que hablo de Spain) en poco más de 200 páginas, en esta novela se faja durante más de 500 páginas narrando los años comprendidos entre la muerte de Franco (en noviembre de 1975) y mediados de los noventa, cuando los socialistas tras llegar al poder en 1982 perdieron las elecciones, en 1996, asediados por la corrupción (¿corrupción?. Sí amigos: Luis Roldán, Juan Guerra, financiación de los GAL, prevaricación y cohecho en la Expo, etc. La Historia se repite) a manos de Aznar (sí, El Estadista).

Longares hace interactuar alrededor de cien personajes, labor nada fácil, a no ser que uno esté dotado para la escritura. Longares lo está.
De hecho va sobrado, tanto, que diría que Romanticismo es uno de los mejores libros que he leído nunca.

Dice Longares que para él leer a Pla es una terapia. Suscribo la máxima reemplazando Pla por Longares. De hecho yo no salgo ya a la calle sin algo de Longares en mi riñonera, o en mi móvil (google drive obra milagros digitales cada día), o con alguna página fototocopiada o impresa de alguno de sus textos, cual Manifiesto.

Argumento: (explicado por Basanta, miembro del jurado que premió la obra de Longares)

Es una novela larga con los tres elementos clásicos: presentación, nudo y desenlace. El libro comienza en 1975, y gira en torno a la burguesía franquista del madrileño barrio de Salamanca, temerosa de la muerte del dictador. En la segunda parte se desarrollan las peripecias de estos burgueses para mantener sus privilegios, y la tercera narra cómo con el paso del tiempo este grupo social ha cambiado algunas de sus costumbres, pero cómo siguen los mismos en el barrio, en el cogollito inexpugnable para quienes no son de allí’.

Leyendo el argumento no me parece que den muchas ganas de leer el libro, por eso me veo en la obligación de añadir algo más que fomente su lectura. Ahí va.

Longares aplica a estas páginas palpitantes, diría que exultantes de vitalidad, unas buenas dosis de sarcasmo, de ironía, de humor (humoradas, chascarrillos, bufonadas…), donde no falta lo grotesco, lo caricaturesco, lo desmitificador, así como el desgarro dramático, la pulsión lírica, lo voluptuoso en páginas carnales y espermáticas que conjuran la muerte, con personajes en conflicto, abismados al precipicio o enquistados en sus posiciones privilegiadas, circunscritos entre los límites de su barrio, un barrio reducido a fortaleza (fortaleza infernal añadiría, porque qué coñazo ser rico y no poder salir del Barrio de Salamanca, de ese cogollito donde se agostan las existencias de esa machita gente de bien), y está presente también la esperanza de la clase media que vive fuera del cogollito, en las vaguadas, en la periferia, con su ilusión de salir de la dictablanda setentera y respirar libertad, con ganas de prosperar, de llevar otras existencias menos grises que las vividas bajo el yugyo del caudillo, expectantes todos ellos ante el abismo del cambio, de la fragmentación de todo lo que era sólido, camino hacia una democracia a estrenar, sintiendo el miedo ante el golpe de Estado del 81, afortunadamente fracasado.

Todo esto y mucho más se da cita en estas páginas torrenciales y adictivas, a lo largo del año 1975 y sucesivos, donde todo estaba por hacer, para luego ser deshecho, dilapidado, corrompido hasta los cimientos, por unos y los otros. Esa es la herencia recibida.

Manuel Longares
Manuel Longares

Leer a Longares es un placer, un goce intelectual, merced a su prosa potente, a su maestría en los diálogos, a su manejo de múltiples voces de la calle, enjundiosas todas ellas.

Y todo esto lo afirmo y defiendo tras haber tenido el gusto de leer páginas y párrafos como estos:

Diez millones de votantes de la España socialista se querían como nadie lo hizo hasta la fecha ni volvería a tentarlo siquiera, estos diez millones de españoles se querían un huevo, se querían más que Calisto y Melibea o los amantes de Teruel, en cualquier circunstancia se atrevían a declararlo sin rubor, y desde que el agraciado recibía esa investidura afable que abarcaba a su familia natural y política, le crecían los encanados aunque sólo lo hubieran visto de lejos o supieran de él por habladurías, lo cierto es que ese anodino y borroso personaje de nombre inédito y hasta maltratado por la transmisión oral, una vez catapultado por la popularidad del afecto pasaba a ser querido incluso por quienes en su momento lo repudiaron y que ahora ocultaban su verdadero sentir para no desviar su imadversión del que debía absorberla en exclusiva —ese truhán del palacio de El Pardo que enderezaba a los díscolos con la rigidez de los muertos—, y de este modo ese cariño empastado en el odio a quien involuntariamente les enseñó a quererse mucho y mostrarse solidarios frente a su crueldad impasible se enlazaba a otros amores erigidos con idénticos mimbres al norte, sur, este y oeste de la península y las islas y protectorados añejos que el Caudillo regía con la mano tonta, y así este grumo afectivo desbordaba a sus destinatarios por una elemental regla de tres que
sólo admite como excepción el camarote de los Hermanos Marx, superaba también a sus familias y abarcaba a sus concubinas fijas o eventuales, sus clientes, sus acreedores y los abonados telefónicos asiduos, y tras extender su entusiasmo a esta legión de indiferentes y a los inmuebles donde anidaban, desde bares y apartamentos a transportes propios o comunales, cruzaba las fronteras de la piel de toro, buceaba en pozos y océanos y ascendía a los cielos en busca de prosélitos porque su vehemencia no tenía coto, y prueba de ello es que este celo caritativo y pringoso no cejaba en ampliar su agenda de contactos hasta que se sentaba como bienaventurado electo a la derecha del Padre, momento en que, gratificado por las indulgencias del engranaje celestial y seguramente tocado por la gracia de Dios, le sobrevenía el éxtasis que desencadenaba un descomunal orgasmo por tierra, mar y aire y su interminable eyaculación encalaba el firmamento, el fondo de las aguas y la arena de los desiertos, rociaba pájaros, reptiles, semovientes y aves de corral, plateaba todo género de árboles y plantas y derramaba su melaza otoñal por chabolas y segundas residencias, alquileres, pensionados, cenobios, lupanares, granjas, caballerizas y otros nidos de confraternización terrestre (página 452-453)

Tienen la razón del dinero y del poder y nos utilizan para su grandeza. Pero somos también su debilidad y en un momento de romanticismo se pierden. Se pierden por nosotros, por todo lo que no es como ellos. Se trata de un arrebato, de un capricho, enseguida se dan cuenta de su error y nos olvidan. Pero en ese instante de su vida en que se hacen humanos porque nos buscan, también aspiran a ser sublimes (página 516).

Leo que Longares dice en una entrevista que en España sólo hay 5.000 lectores. Me alegro de ser uno de esos “elegidos“, aunque esto lo decía Longares en 2002. Ahora que hay alrededor dos millones de blogs como la mía hablando de libros, que se supone hemos leído, creo que ese número debería ir al alza.

Y para concluir, apuntar que el libro que he leído es el publicado en Cátedra, que viene a ser como el 2×1 de Carrefour, porque si el libro de Longares ya “de serie” es un buen tocho , enriquecido con las 330 valiosas anotaciones a pie de página, lo convierten casi en una Broma Infinita.

Nieve (Maxence Fermine 2001)

Nieve Maxence Fermine

Al libro Nieve del francés Maxence Fermine llegué virgen, algo premeditado, pues nada cuesta hoy en día echar un vistazo a internet y leer mil reseñas de un libro antes de leerlo. En ese caso, a menudo, uno más que leer va confirmando o no expectativas y creo que este no es el camino. A Maxence le ha dado unas cuentas oportunidades, así tras Nieve leí El violín negro, El apicultor, y Opio, todos ellos muy parecidos.

El libro es pequeñito y te lo ventilas en un santiamén. El protagonista es Yuko que sólo quiere escribir Haikus (poemas de tres versos y 17 sílabas. Al carro del Haiku se subió también el riojano Andrés Pascual en su libro: El Haiku de las palabras pérdidas) sobre la nieve.. Para él todo es blanco y toda la belleza la aglutina en esa agua blanca. Está ambientado a finales del siglo XIX en Japón, y Yuko desoyendo los consejos paternos, no quiere ser ni guerrero, ni sacerdote, él lo que quiere ser es poeta, pero como sus poemas son muy blancos, y es preciso si quiere devenir en poeta del Emperador, dadas sus buenas artes como poeta, colorearlos, por lo que le recomiendan que vaya a ver al maestro Soseki (que en su día fue Samurai, completando así todos los lugares comunes cuando hablamos de Japón), que a pesar de estar ciego, tiene toda la paleta de colores en su corazón.

Es clara la ilación (o más bien plagio: no en un sentido literal pero al Francés se le ve el plumero de lejos) de esta historia con la de Seda de Alessandro Baricco. La historia es como un círculo que se cierra, con pocos personajes y todos interconectados. Las cifras son exactas, siete mil sílabas, siete años, siete polvos, el número siete. Los párrafos son cortos de textura nívea y sedosa, y Yuko está en continuo movimiento, de ahí que no nos de tregua, si bien ese cambio que experimenta por mucho que se revista de cultura zen no deja de ser superficial. La fuerza del amor hacia las mujeres, es la fuerza motriz y renovable que impele a los hombres del libro a llevar a cabos sus creaciones, a alcanzar la perfección en el arte de la escritura, para lo que es necesario a su vez, controlar la danza, el baile, la pintura y la caligrafía.

Nieve, reúne en su ser todos los tópicos para convertirse en un libro muy vendible, por su amena historia y liviana textura, por ser como ese osito de peluche que al frotarlo por las zonas erógenas, da placer, pero que no deja poso alguno, porque hay libros que como la Nieve se funden a las primeras de cambio y desaparecen en el mar confundidos con otros millones de gotas de agua (¿se puede ser más tierno?). Que una novela o un relato sean ligeros y etéreos no sé si es una bendición o una maldición. Para terminar y dado que el amor es caminar sobre el alambre, no podía faltar un personaje femenino funambulista.

La joven era funámbula y su vida seguía una sola línea. Recta.

Como colofón apuntar algo no sé si achacable al traductor o al autor

desnuda y rubia de raza europea. (pag. 41).

Pero ¿existe una raza europea?, o este término atiende a criterios geográficos administrativos, porque sino ahora mismo podríamos empezar a hablar de la raza Riojana.

No confundir este libro con el de Ohram Pamuk del mismo título. El de este último es todo menos ligero. De hecho lo tengo a medio fundir, pues la prosa de Pamuk es como el plomo y mis púpilas se retienen.