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Morir de risa XI

Día tras día y desde las dos dimensiones de la inteligencia, la moral y la intelectual, me voy acercando así cada vez más a esa verdad por cuyo parcial descubrimiento he sido condenado a tan horrible naufragio: que el hombre no es verdaderamente uno, sino verdaderamente dos. Digo dos, porque el estado actual de mi conocimiento no me permite ir más allá.

Las palabras de Stevenson resonaban una y otra vez en la cabeza del Autor, sin que pudiera despacharlas como a una mosca cojonera de un certero manotazo o distraerlas con cualquier otra actividad. Su instinto le dictaba que ese problema sólo admitía una resolución salomónica: conceder al Autor y al Personaje la voz cantante, si no a partes iguales, sí de una manera que permitiese a la narración no encallar.

La vida va desplazando a Eugenio sobre una cinta transportadora, echándole días encima, con la sensación de ir a lomos de un caballo blanco alado tiovivero, que cada pocos segundos lo deja en el punto de partida. Sigue mustio, víctima de altibajos, rumiando una soledad con la que no sabe qué hacer. La sentencia sigue ahí, no se la toma a risa, sería su final. No sabe cómo ocupar el tiempo muerto. Tiempo hediondo. Mirada alzada a un cielo invisible.

Lee a Cioran y le sorprende que con poco más de veinte años, en sus ensayos caminara por las cimas de la desesperación y lo hiciera tan sobradito, anticipando el cascarrabias que llegaría a ser. No tiene cuerpo ni mente para digerir a Cioran.

Acude a la pila de libros de autores suicidas:

A Arthur Adamov, Jane Arden, Zo d’Axa, Lothar Baier, James Robert Baker, Louis Adamic, Shirley Barker, Gertrude Bell, Ivana Brlić-Mazuranić, Gelindo Casasola, Anthony Paul Kay, Lester Lewis, George Lichtheim, Erik Lindgren, Sarah Kofman, Edgar Mittelholzer, Peter George, Sam Gillespie, Theo Harych, Gunnar Mattsson, Ardian Mosi, Vestrini, Danielle Collobert, Costafreda, Yanka Diaguileva, Jacques Laurent, Peter Szondi, Attila Hazai, Sadeq Hedayat, One Hedberg, Jarama Hemmer, Iva Hercikova, Guillermo Rosales, Rosely Roth, Hector Murena, Breece D’J Pancake, Violeta Parra, Raymond Roussel, Arthur Davison Ficke, Aleksandr Fadeyev, Colin Mackay, Ismael Urdaneta, Branko Ćopić, Jorge Cuesta, Michael. Dorris, Pierre Drieu La Rochelle, Carl Einstein, Katherine Lawrence, Guy Gilpatric, Petre Locusteanu, Yukio Mishima, Severino Tormes, Enrico Freire, F. Gwynplaine Mac Intyre, John Berryman, Paul Celan, Hart Crane, Arthur Cravan, Roger Milliot, Alfonsina Storni, Virginia Woolf, Osamu Dazai, Angel Ganivet, Nelly Arcan, Takeo Arishima, Nicolas Arnero, Jens Norneboe, K. Seib Duiker, Tor Jonsson, Édouard Levé, Marina Tsvetáyeva, David Foster Wallace, José Ignacio Fuentes, Wenceslao Rodriguez, Sergei Esenin, Jean Pierre Duprey, Gerard de Nerval, José María Arguedas, León Artigas, Richard Brautigan, Don Carpenter, Iris Chang, Roy Andries De Groot, Jacques Rigaut, Guy Debord, Henri Roorda, Nikolai Koljević, Paco López Merino, D. A. Levy, Jason Moss, Tristan Egolf, Hunter S. Thompson, Wolf von Kalchreuth, Robert E. Howard, Otto Weininger, Maiakovski, Sándor Márai, Kostas Karyotakis, Peiu Yavórov; Alexander Saxton, Periclís Yanópulos, Frederick Van Rensselaer Dey, Romain Gary, Felipe Trigo, Jacques d’Adelswärd-Fersen, Ryūnosuke Akutagawa, Reinaldo Arenas, Karin Boye, Andrés Caicedo, Tove Ditlevsen, Antonia Pozzi, Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik, Mario de Sá-Carneiro, Jose Vachel Lindsay, Antonio Ramos Sucre, Teresa Wilms Montt, Malcolm Lowry, Leopoldo Lugones, Jochen Klepper, Fletcher Knebel, Hannelore Kohl, Marithelma Nostra, Carlos Obregón, Helen Palme Geisel, Ashihei Hino, Jaime Torres Bodet, Carlo Michelstaedter, Stefan Zweig, Géza Csáth, Horacio Quiroga, Florbela Espanca, Jerzy Kosinski, Jon Mirande, Deborah Laake, Ramos Sucre, Sara Teas, Yves Navarre, Georg Trackl, Penélope Delta, Charmian Clift, Ross Lockridge, René Crevel, Beatrice Hastings, William Motter Inge, Alexis Traioanós, Sylvia Plath, Anne Sexton, P. Casariego, Luis Hernández, Paula Sines, Attila József, César Dávila Andrade, Jose A. Anillona, Fabrice Graveraux, Víctor Ramos, Mina Reyes, Justo Alejo, James Ashmore Creelman, Gilles Deleuze, Jean-Louis Dubut de Laforest, José Agustín Goytisolo, Tomás González, Kaan Īnce, Pepi Lederer, Erich Loest, Nilgün Marmara, Salina, Ned Vizzini y Unica Zürn.

Una lista que podría verse completada con los personajes a los que en las novelas se les ha puesto fin por la vía del suicidio, como Wertheimer, Roithamer o Luis Rodríguez.

Lee fragmentos, párrafos, relatos, poesías, entradas de diarios, cartas de despedida de Pavese, Sexton, Pizarnik, Zweig, Hemingway, Mishima, Levé… y experimenta que al pasearse por la desgracia ajena se cumple el principio de Arquímedes. Toda aquella masa suicida conducida al fondo del mar muerto, obra una suerte de empuje en su ser, aunque dista mucho de ser un renacer. Un suicidio que ve como la auténtica corrección, capaz de aniquilar el error natalicio, para seguir con Bernhard, de estirpe suicida.

Visto que la literatura hoy no ofrece auxilio alguno, ni recurso al amparo, recurro a la máquina del tiempo de Mane. El tocadiscos de nada me sirve sin discos. Y de U2 paso. Si al menos tuviera The Joshua Tree, ese sería otro cantar.

Desovillado en el sofá, varado en la gomaespuma y totalmente estirado, a falta de terapeuta, el teléfono vía Bluetooth hará sonar una canción tras otra; será el dj que dispondrá para él una parte de su pasado musical. Ese pasado que nunca acaba de pasar. Suenan Los Suaves, Marea, Extremoduro, Platero y Tu, Sabina, Luz Casal, Héroes del Silencio, Dover, Rosendo, Vetusta Morla, Xoel, Ivan Ferreiro, Depedro, Pearl Jam, Nirvana, Alice in Chains, Live, REM

Muchas de estas canciones son en directo y el público se sabe las letras de cabo a rabo. Él también. Piensa que millones de personas en todo el mundo conocen cientos de canciones de pé a pa, recitadas como oraciones en los conciertos, bares, coches, hogares. Canciones que emocionan, invitan al recuerdo, la alegría, la melancolía, la lágrima fácil.

Eugenio, con las mejillas humedecidas, piensa que esto con la poesía rara vez le sucede. Si echase la vista atrás mientras se zampa un mojicón (que hará las veces de magdalena) de los años del colegio apenas podría recuperar media docena de poesías: Con diez cañones por banda no corta el mar sino vuela; Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando; Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había!; Cuentan de un sabio que un día tan mísero y pobre estaba; Me gustas cuando callas porque estás como ausente… y después de los años escolares, ya leyendo según sus preferencias, apenas logra recordar el texto de los poemas, a lo más, el efecto deparado por su lectura.

Ahora ve cómo los cantantes publican libros de poesía y recién escuchada Patagonia de Xoel, confirma que sus canciones le entran en la mente sin apenas esfuerzo, no así los poemas de Bailarás cometas bajo el mar, quizás porque la letra con música entra mejor, mucho mejor.

Stefan_Zweig_-_Mendel_el_de_los_libros

Mendel el de los libros (Stefan Zweig)

Stefan Zweig
Acantilado
Traducción: Berta Vías Mahou
57 páginas
2009

Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

Con este párrafo finaliza esta obra breve y maestra de Stefan Zweig (1881-1942). En ella el narrador llega al café vienés Gluck. Allí algo le llama atención. Algo le viene en mente sin llegar a concretarse. Hasta que finalmente entre las brumas del pasado la figura de Mendel tome forma, y también su historia, la cual nos será referida.

Mendel, es alguien dueño de una capacidad memorística prodigiosa, un catálogo universal ambulante, a quien no se le escapa un título, su precio, el nombre del editor, el lugar de publicación y datos igual de asombrosos como inútiles sobre todos los libros que pasan ante sus ojos.

Esta acumulación de datos que logra Mendel, merced a un concentración extraordinaria, le lleva a una esterilización de la realidad, pues todo aquello que no está contenido en esa burbuja con forma de libro, a Mendel le deja indiferente, no le roza, ni le interesa.

Así, Mendel no sabrá nada del mundo que le rodea. Esta ingenuidad, mediada la primera década del siglo XX (en 1915) y con una guerra en ciernes, no puede depararle nada bueno.

El progreso económico (y el utilitarismo a ultranza), como otro régimen totalitario más, busca la uniformidad, la alienación, limando las asperezas de todo aquello que es singular, raro, diferente, extraordinario en su unicidad. Así Mendel, a resultas de la inopia en la que vive, será detenido, recluido un par de años en un campo de concentración y su mundo interior hecho añicos. Su reputación se ha perdido al volver a su café Gluck, donde ahora es un paria, un trasto inútil, donde su trayectoria, ya nada vale, ya nada le granjea, donde los nuevos propietarios le miran con hostilidad y solo quieren perderlo de vista.

La realidad le abrirá los ojos a Mendel y entonces este sólo querrá cerrarlos definitivamente.

No solo esta estupenda novela (publicada en 1929) sino toda la obra de Zweig, es un desafío a la fugacidad y al olvido. 70 después de su muerte creo que su legado, afortunadamente, sigue muy vivo.

Carta de una desconocida Stefan Zweig

Carta de una desconocida (Stefan Zweig 2002)

Stefan Zweig
Acantilado
2002
72 páginas

En 72 páginas Zweig se las arregla para contarnos una historia de amor no correspondido difícil de olvidar.

Todo comienza cuando un señor recibe entre su correspondencia (aquellos años epistolares), un sobre sin ninguna seña del remitente de la misiva.

Dentro del sobre van unos folios escritos por una mujer.

Esa mujer innominada siempre ha mostrado hacia el señor destinatario de su carta un amor tan sobrenatural como no correspondido. Un amor que brota cuando la joven tiene trece años -su amado vecino algunos más-, y que el paso del tiempo irá avivando, exaltando, hasta la obsesión enfermiza, hasta el umbral de lo patético, ya que para esta mujer, estar al lado de su amado, una y otra vez a lo largo del tiempo, en tres ocasiones, sin que el destinatario de su cariño, de sus caricias, de su fervor sexual, tenedor de tan mala memoria, que cada encuentro, es un nuevo encuentro, no le supone a su amada la menor afrenta, el menor menoscabo en su dignidad, perdida ésta en el primer estadio de su febril y descompensado enamoramiento. Y además hay un niño, su hijo muerto, al que la mujer está velando y quien poco después de morir este, al día siguiente, escribe esta misiva, quizás una despedida, ni siquiera una llamada de auxilio, ni siquiera un ajuste de cuentas, más bien algo más simple, un alzar la voz, disculpándose, antes de que el olvido la desaparezca del todo.

Zweig despliega para nosotros este monólogo del amor, con la sensibilidad y riqueza de matices (en esa labor de introspección) que le caracteriza. Así, su lectura no puede ser menos que gozosa. Un libro de corta extensión y mucha profundidad, de los que crece en vertical.