Archivo de la categoría: Acantilado

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Diario de un viejo cabezota (Reus, 2066); Pablo Martín Sánchez

Pablo Martín Sánchez nos transporta en su última novela, Diario de un viejo cabezota, a 2066, a un antiguo sanatorio mental situado en Reus. Ha ocurrido una Tercera Guerra mundial, otra Guerra Civil, ha tenido lugar el gran apagón digital y hay una moratoria que obliga a los habitantes de la Península Ibérica a abandonarla antes del uno de octubre, el día después de la finalización de este diario, el cual le sirve a su autor para ocupar las horas, dejar testimonio de sus últimos meses, regodearse en sus recuerdos, mantener la cordura.

Este viejo cabezota cuasi nonagenario vive con un grupo de personas que han pecho piña en el Institut Pere Mata, donde repelen las amenazas que menudean, asumen el flujo continuo de bajas, si bien el grupo se verá también rejuvenecido con la entrada de savia joven.

El diario podría ser simplemente el testimonio de una espera, la asunción de un final, los pormenores del día a día en una comunidad granhermanesca, pero las continuas digresiones que Pablo maneja con los recuerdos del diarista, que bien pueden ser muchos de ellos los del mismo Pablo (al menos hasta 2018, a partir de esa fecha todo lo demás irá en el haber de la imaginación desbordante del autor), amenizan el relato, lo enriquecen, ensanchan los límites del diario y del tiempo, ocupando en esta labor el diarista sus meses y horas finales, deparando una lectura que gana en intensidad hasta su resolución y clímax final.

Este personaje, un escritor que hace décadas que no escribe, le otorga a Pablo muchas posibilidades a la hora de pergeñar un diario que no es solo un diario, o que es un diario pero alimentado por la autobiografía, la ficción (con una distopía que si llegamos a cumplir los 90 veremos qué tiene de real), el ensayo, que le permite al diarista tomar conciencia sobre su propia escritura, echar la vista hacia los lados para ver qué han escrito otros en sus diarios y citarlos; escribir un diario que como un cajón desastre alberga recetas, chistes, poemas, dibujos de estrellas, anécdotas, planos, violencia, ilustraciones con ejercicios de rehabilitación, recuerdos, pensamientos, muerte y llantinas de bebé, amor, sexo, deserciones, vejaciones, humor, etimología, escatología, lágrimas e incluso quién sabe si también un atisbo de esperanza capaz de vencer a la cabezonería más tenaz.

Notas a la lectura: I, II, III, IV

Acantilado. 2020. 373 páginas

Pablo Martín Sánchez en Devaneos
El anarquista que se llamaba como yo
Tuyo es el mañana

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Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia (Stefan Zweig)

En mayo de 1935 Stefan Zweig viajó a Zúrich para dedicarse al estudio de los reformadores Juan Calvino y Sebastián Castellio. Poco después, a principios de 1936 el ensayo verá la luz en la editorial vienesa Herbert Reichner. A partir de marzo de 1936 Alemania prohíbe la difusión de los libros de Zweig. En las cartas dirigidas a Friderike se lamenta de que con las prisas no le diera tiempo a corregir algunas galeradas y que hayan subsistido algunos errores en su «Castellio«, que verá subsanados posteriormente. Se lamenta a su vez de que en la portada del libro aparezca Calvino y que todas las reseñas versen sobre él, sin que se diga nada de Castellio. Cuando precisamente con este ensayo trataba Zweig de encarecer la figura del humanista Castellio, en una lucha a muerte (la suya) entre la conciencia y la violencia de Calvino.

A la ciudad de Ginebra llegó Calvino quien no tardaría en hacerse dueño y señor de la misma y de todas sus gentes a través del terror que éste genera, allá por mayo de 1536. Dueño de un poder que está por encima de los reyes y del pueblo. Calvino impone una moral estricta, restringe la libertad individual de sus vecinos, los convierte a todos en delatores unos de los otros (Siempre que un Estado tiene a sus ciudadanos bajo el régimen del terror, brota la repugnante planta de la delación voluntaria, escribe Zweig que entendía perfectamente la deriva dictatorial de Alemania. La biografía de Longerich sobre Himmler, permite entender cómo se consigue aplicar el fertilizante del terror y obtener jugosos frutos con la planta arriba citada), suprime cualquier manifestación artística, se prohíbe todo lo que efectivamente rompa con la gris monotonía de la existencia, obliga de modo antinatural a los otros a hacer lo que para él es natural. Es la suya una disciplina y una severidad despiadada. El Dios de Calvino no quiere ser festejado, tampoco amado, sino tan solo temido.
El de Calvino será un terror estatal forjado de manera sistemática y ejercido despóticamente que paraliza la voluntad del individuo, que disuelve y socava cualquier comunidad. Un estado de miedo permanente frente a la autoridad omnipotente y omnisciente. Ese es el porvenir y día a día de los ginebrinos. Para Balzac, la furibunda intolerancia religiosa de Calvino era moralmente más cerrada y más despiadada que la intolerancia política de Robespierre.

A medida que se sufre el proceder despótico de Calvino surgen algunos brotes de resistencia, una resistencia que se extiende pero que no se reúne, dice Zweig y que por lo tanto resulta ineficaz. Para Calvino solo existe una interpretación de la Biblia, la suya. Todas las demás interpretaciones u opiniones ajenas son herejías. El humanista y erudito Castellio proyecta transcribir la Biblia al latín y de nuevo al francés, pero se encuentra con la censura de Calvino. Zweig dice: la censura es la consecuencia natural de cualquier dictadura. Lo sabe Zweig de buena tinta, porque lo experimenta sobre su persona. Castellio ofrece interpretaciones, no certezas. Calvino no quiere interpretaciones, tan solo su voluntad de establecer una dictadura del espíritu, tal que todo aquel que intente llevarle la contraria pondrá en juego su vida. Así de simple, así de dramático.

El detonante para Castellio es el asesinato, quemado en la hoguera, el 27 de octubre de 1553, de Miguel Servet, médico y teólogo aragonés, al que Calvino se la tenía jurada y que no descansará hasta quitárselo de encima. La muerte de Servet será considerada por Voltaire «el primer asesinato religioso«. No se entiende cómo aquellos que salieron fiadores de la conciencia como el más sagrado de los derechos humanos, implanten poco después una Inquisición protestante. Siempre se trata de justificar a los asesinos poderosos, pero a Castellio no se la cuelan. Servet no fue víctima de su tiempo sino única y exclusivamente del despotismo personal de Calvino. De un crimen aislado es responsable el hombre que lo lleva a cabo. Calvino comprobará que Servet es mucho más peligroso muerto que vivo.

Castellio sale en defensa del ajusticiado, no presa del rencor, la furia o el odio, pues ninguno de estos sentimientos lo dominan y se deja llevar simplemente por la pura razón (Castellio era considerado el hombre más sabio de su tiempo), para desmontar con argumentos el despótico proceder de Calvino, el cual no quiere dialogar con nadie ni está por la labor de que nadie le abra los ojos ni cuestione sus decisiones; nunca hay un contrincante a su altura, pues todos yacen, de entrada, bajo la suela de sus zapatos.

Castellio y Calvino viven en realidades paralelas, en planos que no se tocan, por eso Castellio afirma cosas como esta: Yo, por mi parte, preferiría derramar mi sangre antes que mancharme con la de un hombre que no mereciera la muerte con toda seguridad. Esto me recuerda a la pregunta sobre la que erige todo el discurso Platón en su Gorgias, si es peor soportar un injusticia o cometerla. Calvino es un aniquilador. Un predicador sin corazón, perdido en sus subterfugios, oscurecido por su maldad. No le mueve a este ningún sentimiento, no ya religioso, ni sencillamente humano, como la piedad.

Castellio apela a la libertad de conciencia. Para él el poder del Estado no tiene competencia en materia de opinión y apela a la tolerancia, a la pacífica convivencia entre protestantes y católicos.
Castellio escribe el yo acuso de su época el Contra Libellum Calvini y cava su propia tumba. Y es el único dispuesto a dar ese paso, no ya comprometiendo su prestigio y patrimonio (que era nulo, malviviendo miserablemente) sino su propia vida. Todos morimos, pero solo unos pocos están dispuestos a hacerlo por los demás, así Castellio, este humanista demasiado humano.

Para Castellio no existe ningún precepto divino, ni cristiano, que ordene el asesinato de un hombre. Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. No se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe. Hete aquí el meollo de la cuestión.

Allí donde un hombre o un pueblo están poseídos por el fanatismo de una única ideología, nunca hay espacio para el entendimiento y la tolerancia. Así es. Esto era así en el siglo XVI y lo es hoy. Hoy todo se polariza y enardece, arden las redes por cualquier simpleza y cualquier atisbo de raciocinio se ve empañado prontamente por el ruido y la furia y el ansia de querer ajusticiar al otro, aunque se haga, en el mejor de los casos solo virtualmente, sin tener que dar la cara, como hizo Calvino cuando quiso asesinar a Servet y a Castellio y ponía personas interpuestas para hacerle el trabajo sucio, hasta que no le quedaba más remedio que finalmente personarse.

Castellio afortunadamente para él muere a los cuarenta y ocho años, antes de ser ajusticiado por Calvino, posiblemente también chamuscado en la hoguera. Su figura, a consecuencia de la censura de Calvino y sus secuaces permanecerá oculta durante muchos años. Luego vendrán otros como Zweig dispuestos a encarecer su persona, su obra, su coraje, su determinación.

Cuando Zweig escribe este ensayo, Hitler ya está instalado en el poder, y solo quedan tres años para el comienzo de la segunda Guerra mundial. Zweig podía haber escrito un alegato contra Hitler, pero todas las tiranías y poderes despóticos se parecen demasiado, y sabe que cualquier lector medianamente inteligente, leyendo lo que se dice de Calvino tendrá en mente a Hitler y debe prepararse para lo peor, su ejemplo.

Sirva este magnífico, oportuno y necesario ensayo para recordarnos la obligación espiritual de retomar la vieja lucha por los inalienables derechos del humanismo y de la tolerancia. Y para mantenernos siempre alerta ante los dogmáticos y los doctrinarios.

Acantilado. 2001. 253 páginas. Traducción de Berta Vias Mahou (gracias Berta por la recomendación).

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Las tres vidas de Stefan Zweig (Oliver Matuschek)

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Una boda en Lyon y otros relatos (Stefan Zweig)

Publicado por Acantilado en 2020 con traducción de Berta Vías Mahou, Una boda en Lyon es un relato acompañado de otros tres más breves: La caminata, Un ser humano inolvidable, Dos solitarios.

El último de los cuatro, Dos solitarios, se me antoja el más simple. Dos almas gemelas un buen día deciden juntar, no sé si sus existencias, pero sí al menos sus cuerpos.

En La caminata, Zweig nos lleva a los tiempos de Jesús, El redentor.
El protagonista se pega la paliza padre siguiendo los pasos del Mesías, pero tras una parada nocturna entre las piernas de una mujer, se verá privado de conocer al Señor en vida.

En Un ser humano inolvidable, Zweig plantea una distopía humanista, un mundo en el que las personas se tratasen con cordialidad, intercambiasen favores, y el dinero fuera lo de menos, donde cada cual solo tomara aquello que le fuera estrictamente necesario. Zweig que en su época fue uno de los escritores más celebrados, que más libros vendía, y por ende millonario, aliviaba su conciencia siendo generoso, muy generoso.

Una boda en Lyon nos lleva a Lyon, a noviembre de 1793. Las algaradas callejeras, el enconamiento hacia unos lugareños rebeldes y hacia una ciudad traidora, se resuelven de una manera drástica, Fouché mediante, ajusticiando a miles de personas. La historia se sitúa en una cárcel, a la cuál por cosas de la vida (por la pluma de Zweig) van a concurrir una pareja. El autor desata su vena más humanista, sensible, amorosa y trata de hacernos ver que a pesar de que las condiciones de vida sean infaustas, a pesar de que la muerte esté ahí a la vuelta de la esquina, siempre hay una oportunidad para el amor. Que vale que el amor no consigue aquí vencer a la muerte, pero sí que hará de esa última noche una noche especial para los esposados.

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Apuesta al amanecer (Arthur Schnitzler)

En Relato soñado, la última novela que leí recientemente de Arthur Schnitzler, su protagonista era capaz de desbaratar su existencia en pos del deseo que experimentaba hacia una mujer a la que conocerá fugazmente en una fiesta de disfraces secreta en la que ella velará y se desvelará por él.

En Apuesta al amanecer, con traducción de Miguel Sáenz, al alférez Kasda le sucede algo parejo cuando se aviene a jugar a las cartas para conseguir mil florines que le permitan a su amigo Bogner (teniente expulsado del cuerpo) saldar una deuda que lo atenaza.

Es inevitable no pensar en la novela de Dostoievski, El jugador, si queremos ponernos en la piel de un jugador que siente una atracción irresistible que le ciega, nubla su entendimiento y le obliga a seguir jugando a pesar de perder todo lo que tiene y lo que no tiene, generando una deuda imposible de saldar que equivale, para situarnos, a su sueldo integro (pagas extras incluidas) de más de tres años.

Schnitzler siempre resulta solvente en el tratamiento introspectivo de sus personajes y describe aquí a la perfección la zozobra en la que se sume Kasda cuando apartado de la mesa de juego, al amanecer, tras una noche infausta, perdido el control de sí mismo, y ya con la cabeza fría, los bolsillos pelados y dueño de una deuda inasumible, rumie lo que se le avecina, con la sensación de que toda su vida se ha ido en un plis plas por el sumidero, condicionado su no porvenir por una forma de pensar que no concibe, por ejemplo, ser expulsado del cuerpo de oficiales y llevar una vida como civil. Hará Kasda entonces lo humano y lo divino para obtener tan necesitado auxilio, recurriendo a su tío, pero parece que la diosa Fortuna no estará ya más de su lado. Un rayo de luz, no obstante, se encarna en la figura de Leopoldine, antaño prostituta y ahora mujer de negocios que ha logrado su preciada libertad, el no depender de nadie, igual que… un hombre, dice, que acabará por darle a Kasda la puntilla a su pundonor, objeto éste del mercadeo carnal, al no haber calibrado en su día los afectos y efectos de una presunta noche de amor más.

Schnitzler nos aboca a un final trágico, en cierta manera inesperado, que cifra las consecuencias fatales y lo irremediable de dar un paso en falso frente a una mesa de juego, dominado todo el ser por una pulsión irrefrenable.

Arthur Schnitzler en Devaneos

Morir
Relato Soñado
El teniente Gustl
Tardía fama

San, el libro de los milagros

San, el libro de los milagros (Manuel Astur)

Leo: la actualidad es una verdura de invernadero que, a pesar de su buen aspecto, no tiene sabor y al segundo bocado aburre. Esto no impide que la presente novela de Manuel Astur (Grado, 1980) combine lo actual con lo pretérito con óptimos resultados.

Marcelino, Lino, es el tonto del pueblo, que vive solo a las afueras de la localidad asturiana de San Antolín. Un día recibe la visita de su hermano y la sangre llega al río. Marcelino emprende entonces una huida que es al mismo tiempo su salvación, ya que a medida que se ve exonerado de las tareas agrícolas, ganaderas y forestales que han ocupado su vida en su totalidad dispone de tiempo libre, que en su deambular lo llevará incluso a ver algo hasta entonces inédito para él.

Un narrador omnisciente nos sitúa en aquella distancia, para irse luego aproximando, en la que el planeta tiene el tamaño de una pelota y los afanes de los seres humanos se asemejan al trajinar de una hormiga que en un charco minúsculo de saliva se afanase en salvar el pellejo de forma denodada. El tiempo es un todo que va desde la nada primigenia hasta el ruido del televisor presente hoy en cada casa del pueblo; una mudanza de los siglos que gira siempre sobre el mismo eje.

Poco parece quedar ya de aquel mundo antiguo que con mano de orfebre tan bien cincela Astur, mundo que resultaba mucho más sencillo y sólido que el actual mundo nuevo, acuñado en el progreso, cuya liquidez y superficialidad parecen ser sus señas de identidad.

Astur pendulea entre la crudeza -como la escena en la que se sacrifica un cerdo que a su vez es una fiesta popular de alegría vecinal compartida- y la ternura, en lo relativo a la madre de Lino, bruja milagrera, encarnando ésta la bondad, el amor, la resiliencia, en contraposición a la oscuridad de su padre, un macho cabrío borracho y maltratador.

Lo mejor de esta primorosa novela es la atmósfera fantástica y naturalista que Astur crea, algo parecido al arrullo sonoro de aquel cuento (o suma de cuentos) que se nos ofrece al amor de la lumbre, que te seduce, embriaga, enamorisca, emociona, y consigue sorprenderte en sus continuos meandros, con aquella voz antigua capaz de resucitar palabras moribundas.

No diré que este libro es un milagro porque no lo iban a creer.

Acantilado. 2020. 176 páginas

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Relato soñado (Arthur Schnitzler)

¡Qué buena almohada es la duda para una cabeza equilibrada!

Montaigne

Con otras novelas que he leído de Arthur Schnitzler tomé conciencia de la sagacidad con la que la el autor austriaco abordaba todo aquello que guarda relación con nuestra condición humana. En Morir, la manera en la que un hombre arrostraba su final creyendo que su esposa le acompañaría en este trance pero finalmente desligándose ésta de aquel destino fatal. En El teniente Gustl el flujo de conciencia del narrador nos acercaba a su precipicio, sopesando también el suicidio. En Tardía fama la fama se convertía en algo episódico que inflamaba al acreedor de la misma para luego dejarlo con un palmo de narices visto que el reconocimiento y la fama son flor de día y que al contrario que los afectos, este sentimiento que por el autor sienten los jóvenes, en especial uno, se agostará a las primeras de cambio. Relato soñado, es una novela al igual que las anteriores breve, poco más de cien páginas, que fue llevada a la gran pantalla en 1999 por obra de Kubrick bajo el título de Eyes Wide Shut, con una duración de dos horas y cuarenta minutos que recuerdo haber visto sin que me dejara apenas ningún recuerdo. Sí que hubo mucho ruido porque en aquella odisea sexual Nicole Kidman se desnudaba.

Publicado en 1926, Schnitzler, al que Freud consideraba su doble literario, reflexiona en esta introspectiva novela sobre los sueños, el deseo y la muerte. El médico austriaco Fridolin –que en manos de cualquier programa del corazón, apostillaría encontrarse “felizmente casado” y ubicado ya en el punto en el que le sobra todo lo que va después del Te quiero (ella), Yo, también (él)- padre de una hija de seis años le confiesa a su mujer Albertine una aventura que no llegó a consumar en un lugar de veraneo. Albertine por su parte le hace partícipe a su cónyuge de una situación análoga que experimentó con un marinero, un juego de miradas abortadas abruptamente, por ende, su matrimonio puede determinarse como algo casual, fruto del azar (por mucho que uno luego se amolde a lo de “mi media naranja” “el amor de mi vida” y demás enunciados que dejan todo atado (en apariencia) y bien atado y también precario, cuando el deseo viene a ser como poner puertas al mar, un flujo imposible de domeñar.

Fridolin acude con su mujer a un baile de máscaras y al sentirse observados e incluso deseados, él siente ahí una puerta (no sabe si giratoria) que lo conduce hacia un estado que lo sume en la inquietud, removiendo sus cimientos. En su día a día como médico Fridolin se mueve por distintos domicilios y no le faltan oportunidades de poder iniciar aventuras amorosas con distintas mujeres a las que se les antoja o así se puede ver él a sí mismo como una suerte de príncipe azul. Un día, al acabar su labor y sin ganas de volver con su familia se topa con un amigo de juventud que le comenta con mucho secretismo que va a ir en unas horas a tocar el piano a un lugar donde las mujeres se muestran con toda su voluptuosidad, mientras él tocará con una venda en los ojos, que hace falta una contraseña: una palabra, para poder acceder al inmueble… todo esto a Fridolin al escucharlo le resulta irresistible y tras hacerse con el adecuado atuendo y velado el rostro con una máscara allá que irá con el alma en vilo. No dura mucho en el inmueble, pero sí lo suficiente para sentir el aguijón del deseo, la punción de lo inasible, cifrado en el cuerpo de una mujer que sabiendo que no pertenece a ese ambiente se le arrima y le anima y conmina a irse, si no sólo sí con ella.

Las aguas podrán volver a su cauce ya desinflado el deseo y subsumirse Fridolin entonces en la cotidianidad del hogar, en la mansedumbre de los días clónicos y los menesteres prosaicos, abandonar su cabeza en el tibio regazo de su esposa y ver crecer alborozado a su hija, pero aquella pulsión ahora certeza lo sabe que no deja de ser una naturaleza muerta, pues su ser antes y luego buscará el momento oportuno para desbocarse de nuevo a lomos del impetuoso corcel del deseo.

Acantilado. Traducción de Miguel Sáenz. 2012. 136 páginas.