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Cartas a Lucilio (Séneca)

Decía Thoreau que un hombre solo recibe lo que está preparado para recibir, ya sea física, intelectual o moralmente, que escuchamos y asimilamos sólo lo que ya sabemos a medias. Si hay algo que no nos afecta, que está fuera de nuestra perspectiva, que por experiencia o ingenio no atrae mi atención, por muy destacable que sea, cuando se pronuncia no lo oímos, cuando se escribe no lo leemos, o si lo hacemos no nos retiene.

Bajo estos presupuestos, si estamos preparados para recibir, si somos terreno a abonar, las 124 cartas de Séneca a Lucilio (a lo largo y ancho de sus 621 páginas), no caerán en saco roto y su lectura nos será fructuosa.

En cuanto a la relación entre Séneca y Epicuro, y las corrientes estoicas y epicúreas, tal como explica Carlos García Gual en su libro sobre Epicuro, leemos: es muy diverso es el uso que Séneca hace de las citas de Epicuro, frecuentísimas en sus obras, especialmente en las Cartas a Lucilio. Es muy curiosa esta rehabilitación de la moral epicúrea en un pensador inscrito en las filas de la Estoa. Séneca habla con gran elogio de las máximas epicúreas y selecciona y traduce con gran acierto algunas muy bellas. Sin embargo, su aprecio es limitado. Ignora la Física y la concepción más general de la Naturaleza propia del sistema (materialismo, atomismo, hedonismo sensualista) mientras escoge las sentencias morales que más le sirven para su ética, que subraya siempre la independencia del individuo, la busca personal de la felicidad en un marco social hostil, el papel salvador de la dedicación a la filosofía, la importancia de la moderación, la amistad, etc

Como nos hace saber el traductor de estas cartas, Francisco Socas, en la introducción, solo dos epistolarios se pueden comparar con el de Séneca, el de Cicerón y el de Plinio el Joven. Cartas que según Artemón vienen a ser como la otra parte de un diálogo. La carta, junto con el diario, es el género autorial por excelencia, donde la presencia del escritor es absoluta, dice Socas. Cartas con las que Séneca puede dar caza a algún despistado que jamás iba a acercarse a un libro de filosofía que se proclamara como tal desde título (algo que hoy sigue siendo igualmente válido). Cartas a las que Socas califica como bálsamos verbales para las heridas de alma que siguen surtiendo efecto. Cartas que Montaigne reconoce que fueron el modelo de sus ensayos. Séneca fue un autor defendido y encarecido por escritores como Gracián o Quevedo.

Muchas de las cartas tienen como objeto principal la muerte. Resulta tragicómica la manera en la que Séneca decide irse, suicidándose, para lo cual cuando Nerón manda a su hombres para entregarle la orden de morir, decide cortarse las venas de los brazos. Dado que su cuerpo reseco dejaba salir poca sangre, decide cortarse también las venas de las piernas. Manda a otra habitación a su mujer, la cual también se había cortado las venas, para secundarlo en ese trance, y decide tomarse un veneno para acelerar la muerte, que tampoco suerte efecto, así que acaba Séneca entrando en un baño de agua caliente y ahí sí su muerte llega, finalmente. El cuerpo de Séneca se quemó a escondidas y sin la menor ceremonia de entierro, como correspondía a un proscrito.

Como la lectura la he llevado a cabo lapicero en ristre, reproduzco aquí unas cuantos consejos, sentencias y máximas que han sido de mi interés. Disculpen la extensión de las mismas. Algunas son en cierta medida reiteraciones, pues las cartas tratan a veces el mismo tema, donde Séneca se afana en dejar bien claro algunas ideas capitales que tienen que ver con la vida y la muerte, la gestión que hacemos de nuestro tiempo, nuestros afanes, y nuestra relación siempre tensa con los temores, los placeres, los vicios, las esperanzas, las riquezas y la pobreza.

Gran parte de la vida se nos escapa obrando mal, la mayor parte sin hacer nada, la vida entera haciendo otra cosa. Abraza todas las horas, sucederá así que dependerás menos del mañana, si te posesionas del día de hoy. Ninguno cree que deba nada si recibe tiempo, que es lo único que ni el agradecido siquiera pueda devolver. Prueba de una mente equilibrada es en mi opinión ser capaz de pararse y quedarse consigo mismo.

Disipa la muchedumbre de libros, de este modo, cuando no puedas leer cuanto tienes, basta con tener cuanto puedas leer. Lee siempre a los consagrados, y si de vez en cuando te da por distraerte con otros, vuelve a los primeros.

No quien tiene poco si no quien desea más es pobre. ¿Quieres saber cuál es el límite de la riquezas? El primero tener lo necesario, el siguiente tener lo bastante. La mayoría de los hombres, los pobres, se ven zarandeados entre el miedo a la muerte y las torturas de la vida, sin decidirse a vivir, sin saber morir. Tesoro grande es la pobreza aderezada según la ley de la naturaleza ¿Y sabes qué límites nos fija esa ley de la naturaleza? No pasar hambre, no pasar sed, no pasar frío. Sudamos por cosas que están de más; esas cosas son las que desgastan nuestras togas, las que nos obligan a hacernos viejos en los cuarteles, las que nos estrellan contra costas extranjeras: a la mano está lo que es suficiente. El que está bien avenido con la pobreza es rico.

Lo principal que pretende la filosofía es sentido común, cortesía y sociabilidad; de tales supuestos nos separará la extravagancia. La filosofía requiere frugalidad, no penitencia; y puede haber, con todo, una frugalidad no exenta de refinamiento. Esta es la regla que me gusta: que la vida se atempere entre las buenas costumbres y las públicas; que todos recelen de nuestra vida, pero que la prueben.

A la esperanza le sigue el miedo. La previsión, el mayor bien dentro de la condición humana, se convierte en un mal. Nosotros nos atormentamos tanto por el mal venidero como por el pasado. Muchos bienes nuestros nos perjudican; la memoria, en efecto, nos trae el tormento del temor, la previsión lo anticipa; nadie es desgraciado solo por la situación presente.

Si la sabiduría se me otorga con la condición de que la mantenga encerrada y no la publique, estoy dispuesto a rechazarla: no hay bien cuya posesión sea gozosa sin un compañero. Conviene que acudas a la vida real, primero porque el hombre da más crédito a los ojos que al oído, después porque el camino de los consejos es largo y el del ejemplo es corto y efectivo.

Recógete en ti mismo todo lo que puedas; relaciónate con quienes te harán mejor; recibe a quienes tú puedas hacer mejores. Éstas cosas se hacen dando y recibiendo, y uno, mientras aprende, enseña.

Dice Epicuro esto no va por el vulgo sino por ti: porque es verdad que el uno para el otro somos un teatro lo bastante grande. Estos principios hay que meterlos en el alma para que desprecies el placer que llega del acuerdo de los más.

Me he apartado no tanto de la gente como de las ocupaciones. Llevad este estilo sano y saludable de vida, consistente en permitirle al cuerpo tanto como sea suficiente para gozar de buena salud. Que la comida aplaque el hambre, que la bebida apague la sed, que la ropa nos quite el frío, que nuestra casa sea una defensa contra las inclemencias del tiempo.

Conviene que te hagas esclavo de la filosofía para que te toque en suerte la auténtica libertad. No sufre aplazamiento quien a ella se somete y entrega: al punto se emancipa; y es que eso mismo de ser esclavo de la filosofía es libertad.

Si quieres que te quieran, quiere tú.

El sabio no echa en falta ninguna cosa y sin embargo tiene necesidad de muchas, el necio por el contrario no tiene necesidad de ninguna cosa (pues no sabe valerse de ninguna) sino que echa en falta todas. Echar en falta es propio de la necesidad, no necesitar nada corresponde al sabio.

Nada, dice, he perdido: obliga al otro poner en duda su triunfo. Todas mis cosas las llevo conmigo: mi sentido de lo justo, mi valía, mi buen juicio, incluso eso mismo de no considerar un bien ninguna cosa que a uno le puedan arrebatar.

No es dichoso, quien no cree serlo ¿Qué importa realmente cuál es tu situación, si a ti te parece mala? Solo al sabio complacen sus propios bienes; solo los necios sufren hartura de sí mismos. Vive entre los hombres como si la divinidad te estuviera viendo; habla con la divinidad como si los hombres te oyeran.

Gran parte de los pecados se elimina, si a los que se disponen a pecar les acompaña un testigo. Elige, pues, a uno con cuya vida y palabra y cuyo rostro, revelador por sí solo de su talante, te agraden; póntelo delante siempre, ya como vigilante, ya como ejemplo. Es necesario repito, alguien con el que nuestro carácter se forme.

Es malo vivir en la necesidad, pero no hay ninguna necesidad de vivir en la necesidad. Lo que es verdadero es mío. Seguiré endosándote a Epicuro, para que esos que veneran las palabras por ser del maestro y no aprecian lo que se dice sino quien lo dice sepan que las cosas buenas son patrimonio común.

Cualquier cosa derivada de la incertidumbre queda a capricho de la conjetura y los terrores del alma.

Lo mismo hace el sabio: evita el poder que intenta dañarle, pero procura antes que nada no parecer que lo evita.

Estrecha todo lo que puedas tu cuerpo y abre el sitio al alma. La comida abundante empacha la sutileza.

La filosofía no es una actividad para ganar el favor de la gente o lucirse; no consiste en palabras sino en realidades. Da forma y fragua el carácter, ordena la existencia, gobierna la conducta, muestra lo que hay que hacer y lo que no, se pone al timón y endereza el rumbo de quienes se tambalean en la incertidumbre de las corrientes. Si no ella nadie puede vivir sin temblor, nadie puede sin preocupaciones.

La filosofía debe protegemos. Cualquier cosa bien dicha, por quien sea, mía es. Si vives conforme a la naturaleza, nunca serás pobre; si conforme a las ideas corrientes, nunca será rico.

La frugalidad es una pobreza voluntaria. Para muchos el granjearse riquezas no fue acabar con sus desdichas sino cambiarlas. El mayor deber y la mayor señal de sabiduría es precisamente que el obrar concuerde con las palabras, de modo que la persona sea igual y coincidente consigo misma en todo lugar.

La servidumbre retiene a pocos, son más los que retienen su servidumbre. Se ha asumido la sabiduría cuando uno muere tan tranquilo como nació. Padecemos desperdicio de vida. Nadie se preocupa por lo bien que vive sino por lo mucho, siendo así que al alcance de todos está vivir bien, pero no vivir mucho. Aprende a gozar. La muerte no viene una sola vez, sino que la que nos lleva es la muerte última. Muchos hay que piensan que el vivir no es amargo sino superfluo.

Todas las maldades nos la sugiere la soledad. Refútate a ti mismo, haz una pesquisa en tu persona; desempeña primero el papel de acusador, luego el juez, finalmente el suplicante. Atácate de vez en cuando.

Nunca he pretendido agradar a la gente; porque lo que yo conozco la gente no lo da por bueno y lo que la gente da por bueno yo lo ignoro.

Importa mucho más cómo te ves tú que como te vean los otros; uno no puede ganarse el cariño de los deshonrados si no es mediante una razón deshonrosa.

Nada tiene que esperar aquel al que la vejez conduce a la muerte. No acepta la vida el que se niega morir, pues la vida se nos da con la restricción de la muerte; a ella vamos.

El primer postulado de la equidad es la igualdad.

Oigo gustoso estas cosas, amigo Lucilio, no porque sean nuevas, sino porque me ponen delante de una situación real.

No tenemos la muerte sino nuestra idea de la muerte, pues de la muerte siempre estamos a igual distancia.

La única cosa, razón y fundamento de una vida feliz, es confiar en sí mismo. ¿Qué es el bien? El conocimiento de la realidad ¿Y que es el mal? La inexperiencia de la realidad.

Te moldearás, pero no con oro o plata: con esas materias no se puede forjar una imagen semejante un dios; piensa que los dioses, cuando estaban en esta parte eran de barro.

Sus deseos esquilman a otros para enriquecerte a ti; cualquier cosa que se te transfiera habrá que arrebatárselo a otro. Mi deseo para ti es que dispongas de ti mismo.

El que es amigo ama; el que ama no es sin más amigo, pues la amistad siempre beneficia y el amor algunas veces daña.

La filosofía estriba en el buen consejo: Nadie da un consejo a voces.

Se hunden en los placeres los que arrastrados por sus hábitos ya no pueden carecer de ellos, y son muy desdichados justamente por eso, porque han llegado a un punto donde lo que les era superfluo se les ha hecho necesario.

Ese impulso en el hablar, veloz y exuberante, es más adecuado para el charlatán que para el hombre que trata o enseña un tema importante y serio. Se asienta mejor lo que se hace esperar que lo que pasa volando. El discurso que se afana en la verdad debe ser natural y simple. El otro popular no encierra nada verdadero: busca impresionar a la masa y seducir de un golpe sus oídos irreflexivos, no se ofrece para que repiense, sino que se escamotea.

Hay que dulcificar lo que me espanta, reprimir lo que excita, descartar lo que engaña, cohibir la molicie, destruir la avaricia. ¿Cual de estas cosas se puede lograr a la carrera?.

Te prescribo que seas lento en el hablar.

Quien se posee a sí mismo nada ha perdido.

Pese a que la esencia de una vida dichosa es una serenidad firme y una confianza inconmovible, acumulan razones de preocupación y, a través del insidioso camino de la vida, no llevan su equipaje, sino que lo arrastran.

El que recibe veneración y trato recibe también amor: el amor no puede mezclarse con el temor.

En eso consiste vivir, en no vivir solo para uno mismo (Menandro)

¿Qué cosa hay más vergonzosa que un filósofo a la caza de ovaciones? ¿Cómo es que te alegras de que te alabe gente a la que tú no querrías alabar?.

Si la elocuencia no mete ganas de realidades sino ganas de más elocuencia, les perjudica.

Así responde la filosofía ante cualquier negocio: no estoy dispuesta a aceptar el tiempo que os sobre, sino que tendréis vosotros el que yo deseche.

Sin dificultad no hay sutileza que valga. De cualquier noción, por más alejada que se halle de la filosofía, intento extraer algo, convertirlo en provechoso.

Da gusto estar con uno mismo el mayor tiempo posible cuando uno se ha convertido en alguien del que vale la pena disfrutar.

¿Qué consideraremos más inhumano, perder una parte de la vida o perder el derecho de acabarla?.

Flojo es y cobarde quien muere por culpa del dolor, necio quien vive para padecerlo.

La sabiduría tiene como efecto la persistencia del gozo.

El vivir lo bastante no lo otorgan los años, sino nuestra actitud. He vivido, querido Lucilio, cuanto era suficiente; aguardo la muerte atiborrado.

¿Cuál es el bien supremo del hombre? Conducirse según la voluntad de la naturaleza.

Hay más grandeza en vencer dificultades que en moderar alegrías.

No hay nada más atractivo que la virtud, nada más hermoso; es también muy deseable todo lo que se hace bajo su mando.

No siempre hay que aferrarse a la vida, pues lo bueno no es vivir, sino vivir bien. El sabio vivirá cuánto debe, no cuanto puede. Verá dónde ha de vivir, con quiénes, cómo, qué ha de hacer. Siempre piensa en la calidad de su vida, no en la cantidad. Si se le presentan muchos lances molestos y que alteran su tranquilidad se despide; y no lo hace solamente por fuerza mayor, sino que, en cuanto recela de la fortuna, examina con cuidado si hay que parar en ese momento.

La ley eterna no ha hecho cosa mejor que darnos una sola entrada hacia la vida y muchas salidas.
Una sola cosa nos impide quejarnos de la vida: no retiene a nadie. La naturaleza nos encarcela al aire libre.

Los consejos se adaptan a la realidad, cada consejo debe nacer en su día.

Sócrates, que redujo toda la filosofía la moral y enseñó que la sabiduría más elevada era distinguir el bien del mal, afirmaba: Sigue en esa dirección, si es que ante ti tengo alguna autoridad, para que seas feliz, y deja que alguno te considere tonto. Que te insulte y agravie el que quiera, no importa, tú no sufrirás nada, siempre que la virtud vaya contigo. Si quieres ser feliz, deja que alguno que otro desprecie. Esto no lo puede conseguir nadie, si antes no ha despreciado todo, si no ha considerado iguales todos los bienes, porque no hay bien sin honradez y la honradez es en todos ellos la misma.

Sócrates decía que la verdad y la virtud son la misma cosa. Para el licencioso la frugalidad es un castigo, para el haragán el trabajo es poco menos que un suplicio, el blandengue compadece al laborioso, para el holgazán estudiar es recibir tormento; del mismo modo creemos duras e insoportables todas las cosas para los que somos débiles, olvidando para cuantos es un tormento no tener vino o levantarse al despuntar el alba. Esas cosas no son difíciles por naturaleza, sino que somos nosotros los flojos e indolentes.

Hagamos que todo nuestro tiempo sea nuestro; pero no lo será si antes no empezamos a ser dueños de nosotros mismos.

No tienes que filosofar cuando tengas tiempo libre, si lo que tienes que tener tiempo libre para filosofar; todo lo demás tienes que postergarlo a fin de atender a una tarea para la que ningún tiempo es mucho, por más que tú vida se alargue desde los años infantiles hasta los límites más extremos que puede alcanzar la edad de un hombre. Hay que resistir a las ocupaciones, no hay que multiplicarlas sino eliminarlas.

Todo aquel que piensa en lo que ha de recibir olvida lo ya recibido, y lo peor de la codicia es que es desagradecida. Este es el fallo de toda ambición: no echa la vista atrás. Y no solo la ambición es inestable sino todo deseo, porque siempre está empezando en el punto en que acabó.

Tanto las cosas pasadas como las futuras no están con nosotros: no sentimos ni las unas ni las otras. Y no hay dolor más que a partir de aquello que sientes.

Sea lo esencial de nuestro programa lo siguiente: digamos lo que sentimos, sintamos lo que decimos, esté de acuerdo a la palabra con la conducta. Que nuestras palabras nos deleiten, que aprovechen más bien.

¿Quieres saber qué libertad es esa? La de no temer a los hombres, no temer a los dioses, no desear cosas torpes ni excesivas, tener el mayor poder sobre sí mismo: es un bien inestimable llegar a ser dueño de sí.

Nada verdadero, nada seguro hallarás en cualquier cosa que se pliega a la opinión.

¿En el hombre qué es lo mejor? La razón: gracias a ella va por delante de los animales, se acerca a los dioses. La razón consumada se denomina virtud y se equipara a la honradez.

No es un asunto trascendental estar vivo: todos tus esclavos lo están, todos los animales; lo trascendental es morir honrosa, sabia, valerosamente. Considera cuánto tiempo llevas ya haciendo lo mismo: comida, sueño, libídine. Tal es la rueda que una y otra vez se recorre.

Querer morir no solo lo puede el sabio o el valiente o el infeliz, también el hastiado.

La vida si falta arrojo para morir, es servidumbre.
Quieres vivir ¿sabes?. Temes morir: ¿por qué?. ¿Esa vida no es muerte?.

Como una comedia, así es la vida: lo que importa no es lo que dure, sino que esté bien representada. Nada tiene que ver con el tema en qué pasaje acabas. Acaba tú donde quieras: eso sí, acaba con una frase bien dicha.

Morirás, no porque estés enfermo, sino porque estás vivo.

Agarra con los dientes estos principios: no hundirse en la adversidad. No confiar en la prosperidad. Tener ante los ojos todos los caprichos de la fortuna, como si fuera hacer cualquier cosa de la que es capaz. Lo que se espera durante largo tiempo es más llevadero cuando sucede.

La mentira es endeble: se transparenta si la miras con cuidado.

Si quieres valorarte, deja un lado el dinero, la casa, tu rango, considérate a ti mismo por dentro: ahora los otros te dicen lo que valen y tú los crees.

Ningún odio es más dañino que el que proviene de la vergüenza de un beneficio no correspondido.

Hay que vivir como si viviéramos a la vista de todos, hay que dirigir nuestros pensamientos como si alguien pudiera mirar en lo más hondo de los tu corazón. Lo que nos hace peores es que nadie echa la vista atrás para examinar su vida; pensamos qué vamos hacer, y aun eso pocas veces, no pensamos qué hemos hecho; pero la organización del futuro del pasado.

Los llamados placeres, cuando sobrepasan la medida, son castigos.

No debemos tan solo escribir ni tan solo leer: lo uno apagará las energías y las agotará (me refiero al estilo) lo otro las anulará y debilitará. Por tanto, hay que pasar alternativamente de acá para allá y atemperar lo uno con lo otro, a fin de que la pluma le vaya dando cuerpo cualquier cosa que se recoja en la lectura.

¿Y qué es lo destacado de una vida feliz? Que es plena. El sabio es un experto en la doma de males: el dolor, la pobreza, la ignominia, la cárcel, el destierro, cosas espantosas en cualquier otro sitio, cuando le llegan a él, son mansas.

Virgilio, que no procuraba hablar con la mayor exactitud sino con la mayor elegancia y que no pretendía instruir a los campesinos sino deleitar a sus lectores. Las riquezas envanecen los ánimos, producen soberbia, concitan envidia y enajenan la mente hasta tal punto que el prestigio del dinero nos agrada aunque luego nos pueda hacer daño.

La filosofía no pide nada a nadie, levanta su edificio entero desde el suelo.

Querer saber más de lo que basta es una especie de desenfreno. ¿Y qué decir de cómo esa entrega total a las artes liberales nos vuelven pesados, charlatanes, impertinentes y engreídos, y hace que no aprendamos lo necesario precisamente por haber aprendido lo innecesario?.

Con mucho desperdicio de tiempo, con muchas molestias para los oídos ajenos nos ganamos ese cumplido: !Qué hombre tan culto!. Contentémonos con ese título algo más agreste: !Qué hombre tan bueno¡.

La filosofía es afán de virtud, pero a través de la propia virtud; tampoco la virtud puede darse sin su indagación afanosa y la indagación sin ella a la vez. ¿Para qué sirven muchas alcobas?. Os acostáis en una sola. No es vuestro cualquier otro lugar donde no estáis.

Escríbelo, para que, al escribirlo, lo leas, encaminándolo todo a la moral y apaciguar la furia de las pasiones. Estudia, no para saber algo más, si no para saberlo mejor.

Hemos nacido para lo que ya tenemos a mano: todo nos lo hacemos difícil porque desdeñamos lo fácil. Hace deserción de la naturaleza el lujo, que día a día se aviva, va creciendo a lo largo de tantas generaciones y desarrolla los vicios con su inventiva. Primero empieza desear cosas superfluas, luego las nocivas, finalmente somete el alma al cuerpo y le ordena que sea esclava de su libídine.

El sabio ha dejado claro ante todos que es el más próspero aquel que no necesita de prosperidad. La recompensa es precisamente no dejarse prender por ninguna recompensa. La virtud no lo sobreviene más que al alma instruida y adoctrinada y llevada hasta la percepción a través de una práctica continua. La ceniza iguala a todos. Nacemos desiguales, morimos iguales.

¿Qué es la vida feliz? Una calma despreocupada y continua. Esta nos la otorgará la grandeza de ánimo, nos la otorgará el ser porfiados y constantes a la hora de juzgar bien. ¿Cómo se llega a esto? Si se examina la verdad completa, si se mantiene en nuestra conducta el orden, la moderación, el decoro, una voluntad inocente y benévola, atenta a la razón y nunca alejada de ella, amable a la vez que admirable. En fin, por dejártelo escrito en fórmula breve, el alma del varón sabio debe ser tal como la que conviene a un dios.

El placer es un bien propio de bestias: con el agregamos lo irracional a lo racional, lo deshonesto a lo honesto: ¿Tan importante es para la vida humana ese cosquilleo del cuerpo?. Hay menos distancia del feliz al completamente feliz que del desgraciado al feliz.

No debemos preocuparnos de vivir mucho tiempo sino de vivir lo suficiente; porque para vivir mucho tiempo necesitas al destino, para vivir lo suficiente necesitas a tu alma. La vida es larga si es plena, y encuentra su plenitud cuando el alma se devuelve a sí misma su propio bien y pasa a tener en su poder el domino de sí misma. Hagamos que nuestra vida no se agrande mucho sino que pese mucho. No hay día que no mire como el último de mi vida.

¿Quieres saber cuál es la duración mayor de una vida? Vivir hasta ser sabio; quien llega a ello no alcanza un límite muy lejano sino el más lejano.

La vida dichosa no es aquella que se basa en el placer sino la que se basa en la naturaleza, cuando se enamore de la virtud como el bien único del hombre y huya de la torpeza como su único mal, sabrá que las restantes cosas -riquezas, cargos, buena salud, fuerza, poder- son intermedias y no se cuentan ni entre los bienes ni entre los males.

Los preceptos de la sabiduría deben ser definidos y claros; si en algo no están bien definidos, quedan fuera de la sabiduría. La sabiduría conoce los límites de la realidad.

La naturaleza no nos predispone para ningún vicio: ella nos engendra puros y libres. No puso a la vista nada de lo que excita a nuestra codicia: colocó el oro y la plata bajo tierra y nos permitió pisotear y aplastar todo eso que da lugar a que nos pisoteen y aplasten.

La prosperidad elimina la rectitud. ¡Qué lejos han llegado los males de nuestra salud! Estos son los intereses que pagamos por ansiar los placeres más allá de toda medida y razón.

Entre las causas de nuestros males está el que vivimos a ejemplo de los demás, no nos organizamos según la razón, sino que nos dejamos arrastrar por la costumbre.

Repara en la finalidad de todas las cosas y prescindirás de lo superfluo.

Daña por igual el amor correspondido que el esquivo: si se nos corresponde quedamos presos, si se nos deniega nos metemos en la pelea.

La filosofía te proporcionará algo que no creo que haya nadas más grande: nunca te pesará tu propia persona.

Busca qué escribir, no cómo; y eso mismo, no para escribirlo, sino para sentirlo, a fin de que esas cosas sentidas más bien las apliques a ti, y por así decirlo, las firmes.

Nada te será tan útil para moderarte en todo como el pensar de continuo en una existencia que es breve y además insegura: hagas lo que hagas, echa cuentas de la muerte.

Aconsejo que al oír o leer a los filósofos se procure dirigir todo al propósito de hallar la felicidad, con preceptos beneficiosos, frases nobles y estimulantes que aplicar luego a la realidad de la vida.

Aquellos que no acuden a sus preceptores con la intención de cultivar sus mentes sino su ingenio. De este modo, lo que antes era filosofía se ha convertido en filología.

El propósito del que enseña y del que aprende, decía, debe ser el mismo, el uno buscará ayudar y el otro hacer progresos.

Desparramamos la propia filosofía en vanidades. Padecemos desmesura en las letras tal como en otros aspectos: no aprendemos para la vida sino para la escuela.

Hay que despreciar las riquezas: son el salario de la esclavitud.

Si quieres escapar de esas cosas que te abruman no tienes que estar en otra parte.

No debes airear la filosofía; muchos incurrieron en riesgos por manejarla con insolencia y obstinación: que ella te quite los vicios pero que no se los eche en cara a otros: que ella no reniegue de las costumbres comunes, ni obre de manera que parezca que condena cualquier cosa que evita hacer. Es posible ser sabio sin alharacas, sin enojos. Hay que sacudirse el ansia de vivir y hay que aprender cuándo padecerás lo que alguna vez hay que padecer; importa lo bien que vivas, no lo mucho; pero a menudo ese mismo bienestar requiere que no dure demasiado. Quien desperdicia el presente está pendiente del futuro. A los que viven para la esperanza se les escapa cada instante cercano y les asalta la codicia y el miedo a la muerte, que es el más lamentable y vuelve todo lamentable.

Una vida sin propósito es errabunda; y si hay que trazar un propósito, los principios empiezan a ser necesarios.

Fue Tavares (al que le quedo muy agradecido) quien me puso en la pista de las Cartas a Lucilio, después de leer esto en una entrevista:

Séneca es una referencia […] este interés contemporáneo en la obra del narrador romano es porque “en su primera carta, Séneca habla del tiempo, como todas las personas en el siglo XXI. Séneca le contesta a Lucilio diciendo que le sugiere que haga una lista de las cosas que ha hecho durante un día y cuánto tiempo le han tomado, y después haga otra tabla donde separe lo que es esencial de las cosas que son secundarias. Al final le dice ‘mañana haz sólo las cosas esenciales y tendrás todo el tiempo del mundo”. Pero también le interesa Séneca porque habla de la muerte, porque “ser filósofo no es saber teorías, es saber que vas a morir y vivir sabiendo que vas a morir”. “Si una persona va a ver una película que no es buena o lee un libro que no es bueno, actúa como si fuera inmortal, como si tuviera todo el tiempo. La idea de que cada día es una dádiva, sin sentido religioso, me gusta mucho porque nos coloca en la urgencia de la existencia. Séneca me dio la idea entre lo urgente y lo esencial, que es lo que cambia la vida de las personas. Tenemos en nuestras vidas una cuestión: pasamos mucho tiempo atendiendo cosas urgentes y no las esenciales. Hay que volver urgente lo esencial, ponerle ese sello. Cuando preguntas a una persona por qué no ha cumplido los sueños que tenía a los 20 años, no sabe responder y eso hay que pensarlo, por eso es importante la filosofía”.

Y como una lectura muy a menudo nos conduce o aboca a otras, mañana comenzaré el año leyendo a Lucrecio y su De rerum natura.

2 pensamientos en “Cartas a Lucilio (Séneca)

  1. Francisco Socas

    Gracias por tu atenta y excelente reseña de mi traducción. Cuentas con una versión mia del De rerum natura en BCGREDOS. FSocas

  2. Francisco H. González

    Muchas gracias Francisco.
    Me sorprende tanto como me satisface, que un eminente latinista arribe hasta las playas desérticas de estos devaneos librescos y deje un comentario.
    Buscaré esa traducción tuya en Gredos para leer a Lucrecio tal y como se merece.

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