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Visionarios

Criticar o parlotear con la punta de los dedos. Sigmund Freud anticipó el Twitter y el Facebook allá por el 1905: “Aquel que tenga ojos para ver y oídos para escuchar se convencerá de que ningún mortal es capaz de guardar un secreto. Si su boca permanece callada, parloteará con la punta de los dedos”.

Contra todo esto. Un manifiesto rebelde (Manuel Rivas). Alfaguara. 2018

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El material humano (Rodrigo Rey Rosa)

A los que escriben las contraportadas de los libros tenían que pasarlos por el polígrafo. Leo “thriller sobrecogedor“. No me lo ha parecido, en absoluto. Sobrecogedor y mucho, era en mi opinión la parte de los crímenes de 2666 de Roberto Bolaño. Cito el libro de Bolaño porque el comienzo de esta novela de Rodrigo Rey Rosa (RRR) me traía ecos de la anterior, en ese empeño por denunciar la injusticia, cuando RRR maneja unas fichas policiales en las que se identificaba a los detenidos tras ser detenidos en muchas ocasiones por majaderías y cosas que leídos nos parecen un sinsentido. A RRR le permiten acceder al Archivo Histórico de la Policía Nacional de Guatemala, y ahí ve el escritor un filón, sustancia narrativa para su novela. El caso es que se pone a escribir y como la novela ve que no avanza, entre quedadas y encuentros que se van posponiendo, RRR muda la novela en diario autobiográfico (Sábado 8 de junio. Día prácticamente perdido, en familia.), y cuando hay que remontar la realidad se recurre a lo onírico, a sueños que son otra forma de narrar y de explicarse a sí mismo. El macabro telón de fondo al que hace mención también la contraportada, va referido a las más de 100.000 personas que fueron muertas por miembros del Ejército guatemalteco entre 1960 y 1996 y de unos 10.000 por miembros de los varios grupos guerrilleros en el mismo período, a la limpieza étnica de indígenas (Miguel Ángel Asturias soltaba perlas como esta: que el indígena era un grupo degenerado y que debía mejorársele cruzándolo con europeos), al secuestro de la madre de RRR durante seis meses, implicado el escritor en su liberación (con el depósito del dinero) y la posibilidad de que las pesquisas que lleva a cabo Rodrigo le permitan poner cara al secuestrador más de dos décadas después, a la angustia que experimenta RRR a medida que investiga, según va jugando con fuego como le dice su padre, pues ya sabemos que al poder no le gusta que los ciudadanos remuevan el pasado y es mejor dejar la cosas quietas, fosilizadas, tanto en Guatemala como aquí. Angustia (miedo dice que llegó a sentir el autor escribiendo esta novela) que ve alimentada por ese teléfono que suena sin que se profiera luego ninguna palabra más, cuyo único objetivo es amedrentar al telefoneado. Esto se despliega en toda la narración y es muy parecido a lo que refería Eduardo Halfon, también guatemalteco en su Biografía bizarra, el cual sufre el acoso más allá de una llamada o un anónimo al recibir la presencia de un hombre en su domicilio que le recomienda que es mejor no andar hablando demasiado. Una invitación para que Halfon dejara su país, idea que también acaricia RRR, que ya se exilió voluntariamente años atrás.

Lo que más he disfrutado son las citas de Voltaire (La necesidad de hablar, la dificultad de no tener nada que decir, y el deseo de tener ingenio son tres cosas capaces de poner en ridículo al hombre más grande) y de Bioy sobre Borges. Decía Mallarmé que “el mundo solo existe para llegar a un libro” o en este caso, como se ve, para llegar a una cita (o varias).

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Rendición (Ray Loriga)

El jurado que premió esta novela con el Premio Alfaguara 2017, habla de novela kafkiana y orwelliana, habla de una voz humilde y reflexiva, habla de una parábola luminosa sobre el destierro, la paternidad, la pérdida y los afectos. Con unos ribetes distópicos no tenemos una novela orwelliana ni kafkiana, esa voz reflexiva del narrador me suena muy simplona, la parábola luminosa es tan transparente como hueca, y respecto al destierro, la paternidad y la pérdida, esta novela nos puede traer ecos de La carretera, cuando una pareja (allá eran un padre y un hijo) con niño postizo en un escenario bélico, debe abandonar (aquí cremar) su hogar y buscar cobijo en una ciudad transparente, donde ese ambiente distópico se despacha de cualquier manera (prefiero con creces otra distopía reciente, El sistema de Salmón), mientras que el narrador, sin estudios ni cultura, va dando cuenta de lo que ve con un tono plomizo y limitado. Es lo que podemos llamar prosatiovivo dado que el lector se monta en unos caballitos o en unas sillas voladeras y da unas cuentas vueltas, no avanza (la novela tiene 210 páginas pero lo narrado resultaría igual con la mitad de páginas pues mucho de lo narrado es forraje distópico), y el dueño de la atracción, aquí el escritor, nos ofrece una “diversión” tan breve como episódica.
El narrador desoye además lo que cantaba Springsteen en No surrender y finalmente tira la toalla.

Uno tiene que saber cuándo su tiempo ya ha pasado, dice el narrador en sus postrimerías. Habida cuenta de los parabienes que esta novela ha recibido no creo que haya espacio para la autocrítica pero quizás para Loriga -del que hacía casi 20 años que no leía nada, desde Trífero- su tiempo ya ha pasado y lo que hacen estos premios no es otra cosa que resucitar un cadáver.

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Transeuropa (Rafael Argullol)

Leí por vez primera Transeuropa en 1999, al poco de su publicación. Ese año el Euro acababa de entrar en los mercados financieros. Diez años atrás había caído el Muro de Berlín. Rafael Argullol (Barcelona, 1949) en Transeuropa, que releo hoy, creo que transforma lo que bien pudiera ser un ensayo en una novela fallida, poniendo a Europa en el punto de mira. La Europa de los márgenes, de la periferia, aquella Europa profunda que se funde casi ya con Asia. La novela, es un relato portátil, donde un hombre se trasladará desde Barcelona a Kazán para inaugurar el puente que él ha levantado sobre el Volga; un viaje en avión y en tren que le permitirá trazar puentes con su pasado, acometiendo un viaje vertical, que le permite desvelar su pasado y enfrentarse a sus fantasmas. Todo ello sostenido por las notas de un violín, las arrancadas por su prima Vera. La narración se alucina y muda onírica a momentos, se embosca en lo fragmentario y el personaje principal, el narrador, Víctor, me resulta desleído, como esas figuras que desde el andén vemos apoyadas en la ventanilla de un tren que pasa a toda velocidad. Lo que hay son poco más que sombras, visiones, espectros, pensamientos como esquirlas, y un movimiento cifrado en ir cruzando ciudades, países: Viena, Brno, Varsovia, Moscú, Kazán, Austria, República Checa, Polonia, Rusia, República de Tartaristán… donde el narrador que viaja y se reconstruye será testigo visual de lo que ante sus ojos se expone, sin poder tampoco poder sacar muchas conclusiones de lo visto, dado que todo es en esta novela crepuscular, efímero, inasible, líquido, más allá de los puestos callejeros o la fisonomía urbana de esas ciudades que mudan de piel cual lagarto a medida que se van demoliendo y reconstruyendo, una Europa que hemos visto que durante buena parte del siglo XX devino un sudario sanguinolento. Tan solo cuatro años antes de la publicación de esta novela finalizaba la Guerra de los Balcanes.

Rafael Argullol en Devaneos | Pasión del dios que quiso ser hombre