Archivo de la etiqueta: Alfaguara

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Rendición (Ray Loriga)

El jurado que premió esta novela con el Premio Alfaguara 2017, habla de novela kafkiana y orwelliana, habla de una voz humilde y reflexiva, habla de una parábola luminosa sobre el destierro, la paternidad, la pérdida y los afectos. Con unos ribetes distópicos no tenemos una novela orwelliana ni kafkiana, esa voz reflexiva del narrador me suena muy simplona, la parábola luminosa es tan transparente como hueca, y respecto al destierro, la paternidad y la pérdida, esta novela nos puede traer ecos de La carretera, cuando una pareja (allá eran un padre y un hijo) con niño postizo en un escenario bélico, debe abandonar (aquí cremar) su hogar y buscar cobijo en una ciudad transparente, donde ese ambiente distópico se despacha de cualquier manera (prefiero con creces otra distopía reciente, El sistema de Salmón), mientras que el narrador, sin estudios ni cultura, va dando cuenta de lo que ve con un tono plomizo y limitado. Es lo que podemos llamar prosatiovivo dado que el lector se monta en unos caballitos o en unas sillas voladeras y da unas cuentas vueltas, no avanza (la novela tiene 210 páginas pero lo narrado resultaría igual con la mitad de páginas pues mucho de lo narrado es forraje distópico), y el dueño de la atracción, aquí el escritor, nos ofrece una “diversión” tan breve como episódica.
El narrador desoye además lo que cantaba Springsteen en No surrender y finalmente tira la toalla.

Uno tiene que saber cuándo su tiempo ya ha pasado, dice el narrador en sus postrimerías. Habida cuenta de los parabienes que esta novela ha recibido no creo que haya espacio para la autocrítica pero quizás para Loriga -del que hacía casi 20 años que no leía nada, desde Trífero- su tiempo ya ha pasado y lo que hacen estos premios no es otra cosa que resucitar un cadáver.

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Transeuropa (Rafael Argullol)

Leí por vez primera Transeuropa en 1999, al poco de su publicación. Ese año el Euro acababa de entrar en los mercados financieros. Diez años atrás había caído el Muro de Berlín. Rafael Argullol (Barcelona, 1949) en Transeuropa, que releo hoy, creo que transforma lo que bien pudiera ser un ensayo en una novela fallida, poniendo a Europa en el punto de mira. La Europa de los márgenes, de la periferia, aquella Europa profunda que se funde casi ya con Asia. La novela, es un relato portátil, donde un hombre se trasladará desde Barcelona a Kazán para inaugurar el puente que él ha levantado sobre el Volga; un viaje en avión y en tren que le permitirá trazar puentes con su pasado, acometiendo un viaje vertical, que le permite desvelar su pasado y enfrentarse a sus fantasmas. Todo ello sostenido por las notas de un violín, las arrancadas por su prima Vera. La narración se alucina y muda onírica a momentos, se embosca en lo fragmentario y el personaje principal, el narrador, Víctor, me resulta desleído, como esas figuras que desde el andén vemos apoyadas en la ventanilla de un tren que pasa a toda velocidad. Lo que hay son poco más que sombras, visiones, espectros, pensamientos como esquirlas, y un movimiento cifrado en ir cruzando ciudades, países: Viena, Brno, Varsovia, Moscú, Kazán, Austria, República Checa, Polonia, Rusia, República de Tartaristán… donde el narrador que viaja y se reconstruye será testigo visual de lo que ante sus ojos se expone, sin poder tampoco poder sacar muchas conclusiones de lo visto, dado que todo es en esta novela crepuscular, efímero, inasible, líquido, más allá de los puestos callejeros o la fisonomía urbana de esas ciudades que mudan de piel cual lagarto a medida que se van demoliendo y reconstruyendo, una Europa que hemos visto que durante buena parte del siglo XX devino un sudario sanguinolento. Tan solo cuatro años antes de la publicación de esta novela finalizaba la Guerra de los Balcanes.

Rafael Argullol en Devaneos | Pasión del dios que quiso ser hombre

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Carta de los ciegos para uso de los que ven (Mario Bellatin)

Rara, rara, rara. Esta novela de Mario Bellatin, la primera que leo, es extraña y me recuerda a NOG. Las citas de Diderot y de Mateo al comienzo nos dan unas cuantas pistas. Qué podemos esperar de una narración a cargo de una invidente, sorda pero cocleada, custodia de su hermano, también invidente y sordo, en un centro donde están recluidos desde que allí los dejara su madre y que sirven como alimento de una jauría de perros hambrientos, si osasen salirse del centro, mientras que ocupan su tiempo en so-correrse mutuamente y en un taller de escritura, a cargo de un escritor famoso, dice él, que les anima a escribir y a tomar consciencia de lo que sienten al tiempo que escriben y crean personajes y situaciones. Lo curioso aquí es ver qué sentimos nosotros al leer una narración tan peregrina, tan inasible y tan extraña, al enfrentarnos a la oscuridad con un cirio en ristre, mientras sopla el viento, una narración donde se mentan a Rulfo, Lydia Davis, Mahoma, piras de perros carbonizados…, que me traía en mientes un relato donde a unos fulanos les dio por plantar un faro en medio de un desierto a cientos de kilómetros del mar, algo de eso hay aquí, de romper las costuras de la realidad, de la razón y lo verosímil (la narradora es ella y él, según le vaya dando) e ir hacia algo más primario, como sería aprehender este mundo nauseabundo y áspero con el tacto y el olfato, no en busca de frases aseadas y pulidas, sino espigando algo de este caos, de este sinsentido, de este mundo que desde la ceguera y la sordera se antoja tan difícil de arrostrar, como para el lector será encarar esta “novela”.

Anagrama. 2017. 90 páginas.

Laura Ferrero

Piscinas vacías (Laura Ferrero)

Cuando te tiras de cabeza en una piscina vacía tienes todas las de perder. Cuando coges un libro que es un cascarón vacío tienes todas las de perder. Cuando un libro comienza ya en parada cardiaca y cada nuevo intento de reanimarlo, cada relato sucesivo no hace otra cosa que demorar la agonía, tienes todas las de perder. Cuando coges un libro y a falta de faja o de recomendaciones de otros escritores para leer el libro que tenemos entre manos, la editorial, en este caso Alfaguara, tiene que recurrir a frases como estas: Vale la pena, !Un libro fascinante!, Muy recomendable, Extrema sensibilidad. Como la vida misma, breve pero intenso, cuando leemos sentencias de este pelo, decía, que son las opiniones de lectores que puntuaron con cinco estrellas este libro, que la autora, Laura Ferrero, se autopublicó en megustaescribirlibros.com con tan buena acogida que más tarde Alfaguara decidió incorporarlo a su catálogo, me asaltan todas las dudas del mundo.
Lo he acabado por inercia.
No encuentro literatura en ningún relato, más bien es un folleto publicitario plagado de separaciones, divorcios, infidelidades, niños muertos, intentos de suicidio, niñas muertas, ancianos teleasistidos tirados por los suelos: todo un cúmulo de fatalidades ante las cuales el lector debería implicarse, desgarrarse por dentro, verterse en lágrimas, arrancarse la piel a jirones. Pues no. Nada de esto me sucede porque todas las historias y conflictos se agotan en el título, en la frasecilla lapidaria, sobre la que crecen -es un decir- los relatos, que abundan en lo tópico y manido, con unos personajes emborronados, de nula entidad, que se ven obligados a decir algo para saber que son humanos y no ositos de peluche, y cuyos problemas son casi los mismos en todos los relatos. ¿Cuántas historias de infidelidades hay? ¿Cuántos matrimonios rotos?. Podemos decir. “Es que esto que nos cuenta Laura está a la orden del día”. Sí. Pero abordar lo cotidiano no garantiza nada cuando se hace de una manera tan epidérmica y tan insulsa.

Si un libro de estas características abre la puerta a otros productos similares, tenemos todas las de perder, cuando hablamos de literatura, porque hablamos de literatura y no de productos.

Una amiga comentaba el otro día en GR “a todos nos iría mejor si la gente fuese más lectora y menos escritora“.

Pues eso.

Alfaguara. 2016. 197 páginas.

Manuel Rivas

Las voces bajas (Manuel Rivas)

Manuel Rivas
208 páginas
2012
Alfaguara

Sea la literatura un eco, un eco de voces en sordina; voces que nos cuentan anécdotas, vivencias; voces humorosas, melancólicas, que nos retrotraen a la España del franquismo, donde el narrador entrevera sus recuerdos escolares (los castigos físicos como plan pedagógico, o excursiones para ir al bar a ver un combate de boxeo, liderados por su profesor) con los familiares (un padre albañil y con vértigo que odia las multitudes, una madre lectora absorta no sólo en las vidas de los santos, una hermana anarquista y libertaria, a la que le dolía el mundo…), con las pérdidas irreparables que la edad o el cáncer arrebatan; momentos de la infancia en un paraíso inquieto, un paraíso donde los caballos de colores comían espinas, un paraíso duro, donde las mujeres jugaban al fútbol y sus manos eran devoradas por la sosa, con hombres taciturnos y a ratos alegres, animososos por el fútbol, por la música; derrotas cifradas en la entrega paterna de un precioso saxofón a alguien a quien le hace más falta, un narrador que sigue el consejo de su madre una noche en la que al llegar su padre a casa empapado, ésta le recomienda a su hijo que se busque un trabajo en el que no tenga que mojarse, unas palabras que como sucede en El perdedor de Bukowski le llevan a su destinatario a pelear desde entonces, no con los puños, sino con las palabras, contra el carro de una máquina de escribir.

Los últimos capítulos están dedicados a la materialización de la carrera de escritor de Manuel Rivas, primero con unos poemas que le permiten acceder a trabajar como meritorio en el periódico el Ideal y más tarde realizando unas prácticas en TVE, un Rivas que mientras estudia periodismo en la facultad, al entregar una redacción, su profesor le reprocha que aquello no era periodismo, que era literatura. Rivas escribiría años después el estupendo El periodismo es un cuento, donde abordaría esta cuestión.

Rivas tiene un estilo propio, reconocible, y ese manoseado realismo mágico que se le achaca, quizás sea la manera que tiene él de mirar; una mirada sensible, prolija, poética, que no rehuye la magia de las cosas, una magia que es eso que está ahí y que no vemos: el envés de las cosas, su entraña.

El libro ahora ya cerrado, da paso a otras voces, a unas risas libres, de mujeres, ora su madre, ora su hermana, que resuenan por los campos vacíos, que la memoria y la escritura de Rivas reverdecen.