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Ciervos en África

Ciervos en África (Manuel Fernández Labrada)

Cuando leí La muerte de los héroes de Carlos García Gual ya se enunciaba que la muerte de estos héroes presentaba distintas versiones. Otro tanto sucede cuando leemos las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, donde vemos obras distintas sobre una misma figura, como pudiera ser Antígona, la creación de Sófocles, a la que George Steiner dedicó su ensayo Antígonas, sobre la influencia que mitos como el de Antígona han ejercido en los siglos siguientes en artistas y pensadores de todo tipo.
Conviene traer aquí las preguntas que se hacía Gual en este artículo sobre la autoridad de los mitos griegos:
¿Por qué un puñado de mitos griegos, el de Antígona entre ellos, reaparece en el arte del siglo XX en un sentido casi obsesivo? ¿Por qué Edipo, Prometeo, Orestes, Narciso, no quedan relegados a la arqueología?”. Quizas sea porque Los mitos griegos -a diferencia de los dogmas- invitan a renovadas y múltiples reinterpretaciones, y se enriquecen con ellas, nos dice Gual.

El autor de este libro, Manuel Fernández Labrada (Jaén, 1958) recurre a los textos grecolatinos, que nos dice que ha leído con deleite, para dando otra vuelta de tuerca, poner su imaginación y su talento en la creación de una suerte de fábulario apócrifo, que a poco que se conozca quienes fueron mitos o figuras como Zeus, Caronte, Prometeo, Odiseo, Afrodita, Pandora, Teseo, Atlas, Nausícaa, Circe, Eco, Narciso, Afrodita, Pandora, Horacio, Apuleyo, Plinio, etc, ofrecerá al lector buenas dosis de entretenimiento y unos cuantos conocimientos (los mitos y personajes que nos resulten desconocidos, afortunadamente, siempre los tendremos para su consulta y conocimiento a un golpe de click).

He disfrutado mucho con la prosa y el humor que gasta Manuel en la reformulación de algunos mitos donde vemos, por ejemplo, a Orfeo abandonando a su suerte a Eurídice, convencido este de que el poder de su arte era superior que el poder del amor (hacia su amada); las debilidades étilicas de los dioses, como Dioniso, muy aficionado a empinar el codo; la manera en la que Prometeo escapa a su castigo sirviéndose de un buitre; aquel árbol que a poco ultima a Horacio y que pudiera haberse tratado de un laurel; cómo engañan a Atlas para endiñarle una tarea de mucho peso, y cómo de vez en cuando ciertos zarandeos de este resultan catastróficos para los humanos o como dado el escaso aprecio que existía por la higiene en la Edad Media se explicaría que teorías como la de Arquímedes tardasen tanto en llegar. Acabo con esta reivindicación que transcribo:

MIDAS REIVINDICADO

La suerte del rey Midas no parece tan terrible si la comparamos con la de algunos escritores y eruditos actuales, que todo lo que tocan lo convierten en plomo.

No es este el caso.

Ediciones TREA. 2018. 192 páginas

Eurípides

Hécuba (Eurípides)

Cuentan que Sócrates, únicamente acudía a las representaciones teatrales de Eurípides, considerado el filósofo del teatro, y comparando esta obra con las lecturas previas de Sófocles, es palmario que Eurípides impregna la narración de cuestiones filosóficas, que tienen que ver, aquí por ejemplo con la naturaleza y la educación, con la justicia y el honor, o introducen la duda sobre la existencia de los dioses, y se menta también a los Sofistas, contra los que arremete Hécuba, pues hacen pasar una cosa por lo que no es, prescindiendo de lo objetivo, de la verdad, en pos de lo subjetivo, de la opinión, para convencer o persuadir a cualquier precio; un discurso que me recuerda al Gorgias platónico, donde este ya arremetía contra la retórica.

Como es menester en todo lo trágico, no faltan los hechos funestos, aciagos, luctuosos: la muerte, el exilio, la desgracia a granel, todo aquello, en definitiva, que golpea al ser humano hasta dejarlo reducido a nada, deseando entonces la muerte, ante un porvenir que no quieren ver venir.

La doliente aquí es Hécuba, que como le sucede a Edipo, deja su situación de confort, sustraída a los altos honores que disfrutaba, y pasa de ser reina de Troya a esclava, ya sin país, sin marido, y con un hijo muerto y otra hija, Políxena, camino de ser degollada, para rendir así, tributo a Aquiles.
Hécuba solicita ayuda y clemencia a Agamenón, rey de Micenas, lo cual no impide que su hija muera, y su afán pase entonces por dar sepultura a ambos hijos, pues Polidoro, su otro hijo, que estaba como huésped en casa de Poliméstor, ha sido asesinado por este, y arrojado su cuerpo sin vida al mar.

Ante esta situación, Hécuba, destrozada, clama justicia, y venganza, pues cree que a través la misma verá aliviada su pena. Una venganza que se consuma, tal que Poliméstor verá como matan a sus hijos, antes de dejarle ciego y devenir entonces adivino.

Se anticipa que Hécuba morirá, y también se adelanta la muerte que sufrirá Agamenón, ya tratada en Electra.

Los comentarios vertidos, como ácido, sobre la mujer, son pura misoginia.

Esquilo

Prometeo encadenado (Esquilo)

Esta tragedia de Esquilo tiene como personaje principal a Prometeo, aquel Titán que robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos. Un fuego que es metáfora de las artes, de la razón en definitiva, de todo aquello que le permitió al hombre, salir de la oscuridad, dejar las grutas y progresar en pos de la civilización.

A Prometeo, Zeus se la tiene jurada y lo castiga confinándolo a una recóndita región Caucásica, aherrojándolo a una roca. El caso es que Prometeo, se mantiene en sus trece, defiende lo que ha hecho, no se aboca a la debilidad ni a las demandas del dios Hermes, mensajero de Zeus, y además Prometeo está convencido oracularmente de que Zeus algún día perderá su cetro. Vista la determinación del titán, aquello acaba mal, con el coro y Prometeo camino del abismo.

Por medio de la narración hay momentos hilarantes como ver a Ío -de quien Hera está celosa, pues Zeus se ha encaprichado de ella-, dotada de testa cornífera vagando sin parar por los confines de la tierra.

Esta obra formaba parte de una trilogía, pero al ser la única que se ha conservado, no sabemos cuál hubiera sido la suerte definitiva de Prometeo. Se duda de que esta tragedia sea obra de Esquilo, aunque los entendidos afirman que no hay pruebas para dudar de la paternidad de Esquilo.

Editorial Gredos. 2010. 96 páginas. Bernardo Perea Morales.

Turner Fondo de Cultura Económica

El camino de los griegos (Edith Hamilton)

Llegué a este ensayo a través de una conferencia de Carlos García Gual. En términos Herodotianos, decir que este ensayo me ha parecido una maravilla.

Llevo todo el mes de enero entregado a la lectura de los trágicos griegos: Esquilo (aquel que despojó la guerra de toda gloria, aquel hombre que vio la vida tan dramáticamente que para expresarse, tuvo que inventar el drama), Sófocles y Eurípides, y este ensayo de Edith Hamilton (1867-1963), que no había sido traducido al castellano hasta 2002, ha sido el perfecto colofón -palabra griega, por cierto-. Hay unos cuantos ensayos dedicados a cada uno de los integrantes de este trío inmortal, matizando sus diferencias -y estableciendo analogías con otras obras de Shakespeare (como Macbeth), así como a Aristófanes, el comediógrafo que se mofaba y satirizaba todo, quien no pudo (o no quiso) burlarse de Sófocles a quien Edith considera el griego quintaesenciado: directo, lúcido, sencillo, razonable, a Píndaro (el poeta griego más difícil de leer, y el más imposible de traducir, nos dice la autora), y a otros escritores historiadores y viajeros como Heródoto (una rara avis, un amante de la humanidad, refiere Edith), Tucídides o Jenofonte, autores de obras como Anábasis o Historia de la guerra de Peloponeso, que no veo el momento de leer.

Unos ensayos que además de breves y amenos, pues Edith emplea un lenguaje sencillo y directo, nada pomposo, resultarán sumamente interesantes para todo aquel interesado en conocer mejor el espíritu de los griegos clásicos, y descubrir de paso todo aquello que fueron capaces de cimentar hace más de dos mil años, en ciudades como Atenas, ciudades de hombres libres (una libertad entendida no solo como la igualdad ante la ley, sino una libertad de pensamiento y de expresión, en contraste con el imperio persa donde todos los ciudadanos eran súbditos, con los que el Rey podía hacer lo que le viniera en gana), que paradójicamente asumían la esclavitud como algo consustancial, hasta que Eurípides, por vez primera, en su obra Hécuba, la cuestiona.
Se nos refieren las Batallas de Salamina, de las Termópilas, plantando los griegos cara al imperio persa, defendiendo estos su libertad -su don más preciado-, venciendo, cuando lo tenían todo en contra. Hay también espacio para abordar la literatura griega (llana directa y objetiva) y la religión griega, que supera la magia y su lugar lo ocupan los dioses olímpicos de Homero y más tarde Dionisios.

He disfrutado mucho con este libro de Edith, esa clase de libros, cuya consecuencia primera -además de deleitarnos aprendiendo- es conducirnos a nuevas lecturas, abriendo así nuevos caminos, pues al final leer, es atar cabos, seguir caminos, perderse por ese mundo de letras.

Turner Fondo de Cultura Económica. 2002. 331 páginas. Traducción de Juan José Utrilla.

www.devaneos.com

Medea (Eurípides)

Medea es el espíritu de la contradicción: la pugna feroz entre la razón y el instinto. En este caso Medea no puede dar su visto bueno a que su marido Jasón la expulse de su lecho para poner en su lugar a otra mujer, a Glauce.

Medea ve que la mejor manera de aniquilar a Jasón es servirse de sus hijos, matándolos y de paso acabar también con Glauce y con su padre Creonte.
Medea se debate entre hacerlo o no, y al final vence su instinto asesino, su ansia de venganza, pareja a la Electra sofoclea.

Si leemos la prensa o vemos los telediarios -reducidos a poco menos que una concatenación de hechos escabrosos- veremos que servirse de los hijos para hacer daño al otro cónyuge, es práctica habitual, y que incluso hay quienes obran como Medea. Resulta la lectura tan terrible y espeluznante como real.

Si en Sófocles ya leímos parricidios, matricidios, suicidios…, con esta obra de Eurípides, hemos de añadir a los ingredientes de la tragedia griega el infanticidio.

Medea es otro clásico teatral, que no pasa de moda.

Lo curioso, tanto en las tragedias de Eurípides, como en las de Sófocles, y en las tragedias griegas de cualquier otro autor, es que la estructura es casi fija, y lo que varía es el enfoque que le da el autor, y el tratamiento que hacen de un mismo mito, que a menudo se repite, como sucede por ejemplo con la Electra de Sófocles y la de Eurípides.

Gredos Editorial. 2010. 96 páginas. Traducción de Alberto Medina González.