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Don Álvaro o la fuerza del sino

Don Álvaro o la fuerza del sino (Duque de Rivas)

Don Álvaro o la fuerza del sino es un muy buen exponente del teatro romántico español del siglo XIX. En apenas 100 páginas Ángel de Saavedra -Duque de Rivas (1791-1865)- erige sobre el equívoco una tragedia descomunal, que nada tiene que envidiar a las tragedias griegas, y ya sea por mala suerte, por venganza, o por que los sentidos nos traicionan y sacamos fatales y erróneas conclusiones, en la obra palma todo pichigato.
Por medio se mezcla lo humorístico y lo trágico, el verso y la prosa, un lenguaje coloquial y florido, múltiples escenarios: ya sean estampas rurales, frentes de batalla, o lo recoleto de un convento.
Todo es llevado al último extremo, a la muerte que lo toma todo, ya sea por accidente, o por ensañamiento, pero el caso es que a pesar de que esta obrita de teatro la he leído con cierto regocijo, no sé bien la razón, no me ha llegado y removido tanto como por ejemplo Bodas de sangre, o Antígona, porque no he llegado a ser parte activa de la obra, sino un mero testigo de los acontecimientos, como el si aciago destino de todos los presentes en la obra no llegara a encarnarse.

Eurípides

Hécuba (Eurípides)

Cuentan que Sócrates, únicamente acudía a las representaciones teatrales de Eurípides, considerado el filósofo del teatro, y comparando esta obra con las lecturas previas de Sófocles, es palmario que Eurípides impregna la narración de cuestiones filosóficas, que tienen que ver, aquí por ejemplo con la naturaleza y la educación, con la justicia y el honor, o introducen la duda sobre la existencia de los dioses, y se menta también a los Sofistas, contra los que arremete Hécuba, pues hacen pasar una cosa por lo que no es, prescindiendo de lo objetivo, de la verdad, en pos de lo subjetivo, de la opinión, para convencer o persuadir a cualquier precio; un discurso que me recuerda al Gorgias platónico, donde este ya arremetía contra la retórica.

Como es menester en todo lo trágico, no faltan los hechos funestos, aciagos, luctuosos: la muerte, el exilio, la desgracia a granel, todo aquello, en definitiva, que golpea al ser humano hasta dejarlo reducido a nada, deseando entonces la muerte, ante un porvenir que no quieren ver venir.

La doliente aquí es Hécuba, que como le sucede a Edipo, deja su situación de confort, sustraída a los altos honores que disfrutaba, y pasa de ser reina de Troya a esclava, ya sin país, sin marido, y con un hijo muerto y otra hija, Políxena, camino de ser degollada, para rendir así, tributo a Aquiles.
Hécuba solicita ayuda y clemencia a Agamenón, rey de Micenas, lo cual no impide que su hija muera, y su afán pase entonces por dar sepultura a ambos hijos, pues Polidoro, su otro hijo, que estaba como huésped en casa de Poliméstor, ha sido asesinado por este, y arrojado su cuerpo sin vida al mar.

Ante esta situación, Hécuba, destrozada, clama justicia, y venganza, pues cree que a través la misma verá aliviada su pena. Una venganza que se consuma, tal que Poliméstor verá como matan a sus hijos, antes de dejarle ciego y devenir entonces adivino.

Se anticipa que Hécuba morirá, y también se adelanta la muerte que sufrirá Agamenón, ya tratada en Electra.

Los comentarios vertidos, como ácido, sobre la mujer, son pura misoginia.

Esquilo

Prometeo encadenado (Esquilo)

Esta tragedia de Esquilo tiene como personaje principal a Prometeo, aquel Titán que robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos. Un fuego que es metáfora de las artes, de la razón en definitiva, de todo aquello que le permitió al hombre, salir de la oscuridad, dejar las grutas y progresar en pos de la civilización.

A Prometeo, Zeus se la tiene jurada y lo castiga confinándolo a una recóndita región Caucásica, aherrojándolo a una roca. El caso es que Prometeo, se mantiene en sus trece, defiende lo que ha hecho, no se aboca a la debilidad ni a las demandas del dios Hermes, mensajero de Zeus, y además Prometeo está convencido oracularmente de que Zeus algún día perderá su cetro. Vista la determinación del titán, aquello acaba mal, con el coro y Prometeo camino del abismo.

Por medio de la narración hay momentos hilarantes como ver a Ío -de quien Hera está celosa, pues Zeus se ha encaprichado de ella-, dotada de testa cornífera vagando sin parar por los confines de la tierra.

Esta obra formaba parte de una trilogía, pero al ser la única que se ha conservado, no sabemos cuál hubiera sido la suerte definitiva de Prometeo. Se duda de que esta tragedia sea obra de Esquilo, aunque los entendidos afirman que no hay pruebas para dudar de la paternidad de Esquilo.

Editorial Gredos. 2010. 96 páginas. Bernardo Perea Morales.

Equilo

La Orestíada (Esquilo)

De las 90 obras que escribió Esquilo solo nos han llegado siete, tres de las cuales forman parte de la trilogía conocida como La Orestíada, formada por Agamenón, Las coéforas y Las euménides.

A pesar de que esta obra se titula Agamenón, y hace referencia al rey de Micenas, y hermano de Menelao, líder de las tropas aqueas que tomaron Troya y liberaron a Helena, la obra se centra principalmente en la mujer de Agamenón, en Clitemnestra, la cual tras el regreso después de diez años de su marido del frente, sólo tiene una idea en mente. Matarlo. De tal manera que mientras éste está en la bañera, valiéndose de una red, lo última con una hacha de dos filos. No me queda muy claro si el cobarde Egisto participa o no en la ejecución, pero lo evidente es que es Clitemnestra la que quiere hacer justicia, ante una injusticia, pues nunca pudo perdonar a Agamenón que este inmolara a su hija Ifigenia a los dioses, a fin de tener los vientos favorables que les permitiera tener una singladura exitosa rumbo a Troya. Tampoco ayuda que Agamenón, como vencedor, se trajera como botín de guerra a Casandra (la cual predijo el engaño llevado a cabo con el caballo de Troya, profecía que cayó en saco roto, pues tras dejar plantado a Apolo y no acceder a tener trato con él, este, la condenó a que nadie creyera en sus profecías; don que Apolo le había ofrecido si había cópula), hija de Hécuba, la cual ya en su profecía ve como tiene los días contados, pues al igual que Agamenón, también morirá a manos de la cólera clitemnestriana.

Antes de este luctuoso final, Clitemnestra recibirá la feliz noticia que llevaba tantos años aguardando: que Troya finalmente ha caído, buena nueva a la que le suceden los actos atroces anteriormente referidos.

Tras su criminal acción Clitemnestra y Egisto quedan en el poder, convencida la primera de que ha hecho lo correcto, secundada por los dioses que no ven mal que ante una injusticia (la cometida por Agamenón) se haga justicia con otra injusticia, la de Clitemnestra.

A Agamenón le sucede Las Coéforas, donde Clitemnestra y Egisto morirán, a manos de Orestes y Electra, hijos de Agamenón, que quieren así hacer justicia a su padre, por la vía del matricidio.

Al tratarse de mitos y leyendas, no importa tanto el final, que ya conocemos sino el tratamiento y el estilo del autor, aquí el de Esquilo, muy depurado y siempre conciso y directo.

Las coéforas, segunda parte de la trilogía tras Agamenón, versa sobre la venganza -esa sed infinita- que lleva a cabo Orestes.

Como en otras tragedias, hay un alma en pena, Electra, que tras el asesinato de su padre no levanta cabeza, añorando a su hermano Orestes; hay un extranjero que llega, y quienes lo reciben no saben lo que el lector sí conoce, que el extranjero en este caso es Orestes, el cual viene a matar a Egisto y a Clitemnestra, para así rendir tributo a su padre, vilmente asesinado por su madre. De tal manera que Orestes consuma su engaño, y logra presentarse ante Egisto y Clitemnestra, matar a ambos y hacer justicia, o no, porque está por ver, si la ley del ojo por ojo es la solución a este tipo de males que se suceden de generación en generación, pues Egisto, hijo y nieto de Tiestes también parece provenir de una estirpe maldita, cuya aniquilación parecer ser la única solución posible, por eso, tras la barbarie perpetrada por Orestes, con la connivencia de su hermana Electra (a quien Sófocles y Eurípides dedicaron sus respectivas tragedias), el Coro se pregunte, si Orestes es un salvador, o bien si es la muerte.
Un matricidio que Orestes dudará en cometer, pero que al final realizará, pues le importa más la opinión de los dioses que la voz en contra del resto de los mortales.

Si en Agamenón veíamos a Clitemnestra consumar su venganza, larvada a lo largo de una década, asesinando a su esposo Agamenón a su regreso de Troya, en Las coéforas eran los hijos de Clitemnestra, Electra y Orestes quienes devolvían el golpe, asesinando a su madre. La trilogía se cierra con Las euménides. A Orestes le asedian las Erinias que quieren que este pague por su vil acto matricida. Orestes es protegido por los dioses, por Apolo y por Atenea, pero deciden que sea la justicia quien decida, tras instaurar Atenea el Areópago -tribunal de justicia- donde Apolo defiende a Orestes (y en el cual se condenó a muerte a Sócrates acusado de corromper a la juventud) y el corifeo a las Erinias. Una defensa que es mínima y que se resuelve merced al voto de calidad de Atenea, favorable a Orestes, que es absuelto. A fin de calmar los ánimos de las siempre belicosas Erinias, Atenea les ofrece un cargo como defensoras de la ciudad, de ahí el término Euménide, o benefactora.

La puesta en escena en su día de Las euménides sería espectacular, pero leída no tiene ni chicha, ni mordiente.

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Medea (Eurípides)

Medea es el espíritu de la contradicción: la pugna feroz entre la razón y el instinto. En este caso Medea no puede dar su visto bueno a que su marido Jasón la expulse de su lecho para poner en su lugar a otra mujer, a Glauce.

Medea ve que la mejor manera de aniquilar a Jasón es servirse de sus hijos, matándolos y de paso acabar también con Glauce y con su padre Creonte.
Medea se debate entre hacerlo o no, y al final vence su instinto asesino, su ansia de venganza, pareja a la Electra sofoclea.

Si leemos la prensa o vemos los telediarios -reducidos a poco menos que una concatenación de hechos escabrosos- veremos que servirse de los hijos para hacer daño al otro cónyuge, es práctica habitual, y que incluso hay quienes obran como Medea. Resulta la lectura tan terrible y espeluznante como real.

Si en Sófocles ya leímos parricidios, matricidios, suicidios…, con esta obra de Eurípides, hemos de añadir a los ingredientes de la tragedia griega el infanticidio.

Medea es otro clásico teatral, que no pasa de moda.

Lo curioso, tanto en las tragedias de Eurípides, como en las de Sófocles, y en las tragedias griegas de cualquier otro autor, es que la estructura es casi fija, y lo que varía es el enfoque que le da el autor, y el tratamiento que hacen de un mismo mito, que a menudo se repite, como sucede por ejemplo con la Electra de Sófocles y la de Eurípides.

Gredos Editorial. 2010. 96 páginas. Traducción de Alberto Medina González.