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Duelo de alfiles

Duelo de alfiles (Vicente Valero)

Es un misterio hacia dónde nos conduce una partida de ajedrez, dice Vicente Valero. Lo mismo podemos decir de la literatura. Si en El arte de la fuga Valero recreaba episodios singulares de la vida de San Juan de la Cruz, Friedrich Hölderlin y Fernando Pessoa, en Los extraños abordaba su propia historia rememorando a su familiares, en Las transiciones nos llevaba al año en que murió Franco con una novela, suerte de autobiografía sentimental, o en Experiencia y pobreza, Walter Benjamin en Ibiza, nos brindaba un sustancioso ensayo, en su último libro publicado, Duelo de alfiles, emprende unos viajes en los que sigue la pista a Bretch, Benjamin, Nietzsche o Rilke.

Al leer este verano las Iluminaciones de Walter Benjamin, que incluye entre otros las Conversaciones con Bretch o el ensayo En el décimo aniversario de su muerte, la de Kafka, el encuentro de Benjamin con Bretch y sus partidas de ajedrez (disciplina que actúa como hilo conductor. Aparece Alberto, el jugador profesional de Los extraños y se habla también de Novela de ajedrez de Zweig) en Dinamarca en 1934 no me ha pillado de nuevas. Vemos como en La colonia penitenciaria, Kafka ya vaticinaba el nazismo. Otro tanto sucedía con Chaplin, en su película El gran dictador (1940). Leí hace nada Vidas escritas de Marías, y ahí aparecía también Rilke y sus Elegías. Al leer libros como este, son tantas las voces, los ecos, las correspondencias que brotan en mi mente, que parece que la literatura fuera una monomanía, pues a pesar, de que esta es casi infinita (o así la pensamos), siempre hay muchos autores y temas recurrentes, a los que los escritores vuelven y una otra vez. El eterno retorno de lo mismo. Quizá.

No le encuentro demasiados alicientes a lo referido a Valero en su levedad anecdótica a sus correrías por tierras danesas, a su estancia en Turín, que me resulta sota-caballo-rey para los que hemos visitado esa ciudad, o su escapada a Génova de la mano de un matrimonio italiano recién conocido, del que se se hace su amigo.

Creo que en este libro Valero rebaja el tono de su escritura, buscando quizá una pretendida naturalidad (que en Los extraños tocaba la fibra más sensible de un servidor), incluso espontaneidad (pues en el algún momento se sorprende a sí mismo, diciendo (y escribiendo) cosas que no se creería capaz de decir), de corte incluso confesional, lo que me recuerda a En la ciudad líquida de Marta Rebón, con el que tiene elementos comunes, pues aquí el escritor y narrador acude a los santos lugares de la literatura, donde Nietzsche escribiera por ejemplo Ecce homo o Rilke avanzara en sus Elegías de Duino, como si fuera posible una especie de ósmosis que permitiera situándonos en esos lugares, en aquellos castillos y paisajes (curiosa la anécdota de Rilke y la serrería que lo deslocalizará de su anhelada tranquilidad y concentración), ponernos en la piel de sus creadores, algo a todas luces imposible.

Experiencia y probreza. Walter Benjamin en Ibiza

Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza (Vicente Valero)

Los que hemos leído la estupenda novela Los extraños sabemos lo bien que escribe el poeta, novelista y ensayista ibicenco Vicente Valero (Ibiza, 1963). En Experiencia y pobreza Valero recoge el paso del escritor y filósofo alemán por la isla de Ibiza en dos ocasiones, en 1932 y en 1933.
Como hacía Valero en El arte de la fuga con otras figuras como San Juan de la Cruz, Hölderlin o Pessoa, aquí reconstruye a modo de semblanza cómo fueron esos meses que Walter Benjamin pasó en Ibiza, isla mediterránea a la que llegaría por casualidad, al aceptar la invitación que un día le hiciera en una calle de Berlín Felix Noeggerath.
Benjamin atravesaba entonces una crisis personal tras su separación y llegar a la remota y desconocida isla de Ibiza sería una experiencia balsámica y cauterizadora (me recuerda a lo que vivió Alex Munthe en su estancia en Capri). Allí, a pesar de no tener apenas recursos, que le daban lo justo para pagar una habitación y las tres comidas diarias, se embelesa con el paisaje virgen, la contemplación del mar, el clima benigno -un mundo arcaico, ancestral, primigenio que lo subyuga-, y pasa las semanas despreocupado, dándose un baño en el mar al despertar, luego otro baño de sol y ocupando el resto del tiempo en leer y escribir. Su obra Libro de los Pasajes ya estaba en marcha desde 1927 y escribía entonces Infancia en Berlín. Obtenía ingresos con las reseñas de libros que publicaba en la prensa alemana y con colaboraciones radiofónicas, aunque su situación económica empeorará al llegar Hitler al poder, y por su condición de judío pasará de ser un viajero a un exiliado o un fugitivo, como le sucede al final de sus días.

A través de sus diarios y de las cartas que escribe Benjamin, vemos su día a día en la isla, los contactos que irá haciendo -su relación con Walther Spelbink, Jean Selz, Felix Noeggerath, Verspohl, Jokish, su infructuosa relación amorosa con Toet ten Cate…-su mezclarse con los lugareños, su ansia por escuchar sus relatos, por entender sus costumbres, una suerte de topografía física y humana que pasmaría en sus Discursos interrumpidos I; lo provechosos que le resultan sus caminatas por la isla (modelo para otros andariegos como Walser), lo mucho que le gustan la arquitectura local y esos porxos (las funcionales y sencillas casas ibicencas), la manera en que ese mundo arcaico en el que está inserto y que tanto disfruta va dejando paso irremediablemente al progreso, con la construcción del primer hotel en San Antonio de la mano de José Rosselló, ya que a pesar de que Benjamin se adecúa bien a su día a día austero (el miserable le apodan los del lugar) donde no cuenta en su vivienda ni con luz eléctrica ni con agua corriente, algunos ya ven que el turismo puede ser una fuente de ingresos que proporcionaría a la isla el progreso económico y social que necesita, como tendrá ocasión de comprobar Benjamin a su regreso en 1933 donde hay muchos más turistas que la primera vez, sobre todo alemanes y americanos, se han construido muchas casas, el precio de los alquileres va al alza, y no consigue la serenidad y placidez de su primera vez.

Casualmente Benjamin está allá cuando Franco visita la isla en mayo 1933 como Comandante Militar de Baleares y pasa por delante suyo. Una guerra civil española que marcaría en parte el trágico destino de Benjamin, dado que en 1940 tras haber dejado ya Benjamin Ibiza, recalar en París y hacer varias visitas a Bertol Brecht en Skovsbostrand (Dinamarca), quiere entrar en España cruzando los Pirineos siguiendo la ruta Lister y en el puesto fronterizo de Portbou le impiden el paso, al no tener el visado de salida del gobierno francés. Ante la perspectiva de ir a parar a un campo de concentración en Francia la noche del 26 de septiembre de 1940 decide quitarse la vida con unas píldoras de morfina.

Recorrer la vida de Benjamin y esos años capitales y convulsos comprendidos entre 1932 y 1940 de la mano de Vicente Valero me ha resultado una experiencia muy gozosa. No solo porque Valero sea ibicenco y conozca de primera mano de lo que habla (Valero se ha encargado también de la correspondencia ibicenca de Benjamin en Cartas de la época de Ibiza), sino porque su prosa, al igual que me sucedió cuando leí Los extraños me ha seducido de tal manera que al igual que a Benjamin su primera estancia en Ibiza su lectura me reconforta y alimenta.

El libro lo publicó en 2001 la editorial Península. Periférica lo reeditó en 2017 y desconozco si difiere en algo del anterior, porque no se hace ninguna mención al mismo.

Walter Benjamin en Devaneos | La tarea del crítico

Las transiciones

Las transiciones (Vicente Valero)

Vicente Valero
Periférica
2016
116 páginas

Las transiciones bien puede ser una prolongación de su penúltima novela, Los extraños, en la que Valero revivía a algunos familiares, para él extraños, a través de los recuerdos que tenía de ellos o bien con los datos que los familiares vivos le podían facilitar.

Aquí, en lugar de los extraños podemos hablar de los propios (aunque se hace mención en la novela a un familiar ajedrecista o otro que murió en Francia exiliado, que ya aparecían ambos en Los extraños), ya que lo que leemos es parte de la vida de Valero en Ibiza, quien acude al funeral de su amigo Ignacio que muere a los treinta y pocos y ese viaje sin retorno que ha emprendido su amigo, le lleva al autor a regresar a sus años de mocedad, cuando Ignacio, Valero, Julio y Antonio, formaban un cuarteto inseparable, antes de que el paso de los años los desmembrara.

Los hechos se remontan a los meses previos a la agónica muerte de Franco, cuando el autor tenía 12 años y se alarga hasta la celebración de las elecciones, con el paso por la isla de quién resultaría presidente, Adolfo Suárez, con la (incipiente) Democracia y la Libertad, entendidas como conceptos aún sin atributos.

Valero que ya nos refiere en la novela que desde su época escolar salía muy bien parado en las redacciones escolares, rinde aquí homenaje a su amigo Ignacio y a una época, la adolescencia y cumple de paso la promesa que le hizo a Amelia, la hermana de Ignacio, de escribir algo sobre su hermano.

Lejos queda esta novela de Los extraños como si ficcionar lo que pudo pasar, como ocurría en Los extraños, tuviera mas luminosidad y profundidad que narrar lo vivido en primera persona, en esta narración breve y a ratos plomiza, donde para mí, es Alfonso quien cifra lo mejor de la novela, cuando aparece Alfonso uno piensa en el fulgor de Los extraños y esas páginas sí tienen vida propia.

Los extraños

Los extraños (Vicente Valero 2014)

Vicente Valero
Editorial Periférica
2014
176 páginas

Indagar en el pasado es como recorrer un largo túnel con una linterna. Algo aflora, algo vemos, pero todo lo demás permanece en la oscuridad. Está ahí, sí, pero nunca sabremos que se esconde bajo el manto negro que es el pasado.

Vicente Valero autor de esta novela saca a cuatro familiares muertos a pasear. Familiares que para él tienen el estatus de extraños, rostros que nos miran desde un cuadro, desde fotografías descoloridas, como presencias inasibles, que forman parte de su familia, pero cuyo enunciado es una cáscara vacía.

Los cuatro familiares elegidos, son figuras con historia, personajes únicos, singulares, muy viajados todos ellos. Un militar que hará las campañas coloniales africanas y morirá joven, quién coincidirá en tierras africanas con el aviador y escritor Saint-Exupéry. Un artista que dejará Ibiza y la sotana por el transformismo. Un jugador de ajedrez profesional desorientado más allá de los confines de un tablero. Un comandante republicano castrense y bondadoso a quien el nacionalcatolicismo vencedor orillará a tierras francesas hasta el olvido, hasta su muerte.

Valero pregunta a sus familiares vivos, colecciona y atesora anécdotas, postales, recortes de periódico de esos extraños a los que sigue la pista de ultratumba, con varias décadas de retraso y con los pocos datos de los que dispone, brindándonos Valero un fascinante viaje sentimental al pasado, un pasado que nunca acaba de pasar, en unas páginas impregnadas de sensibilidad, donde las figuras de las fotografías cogen cuerpo y relieve, siendo exhumadas gracias a la portentosa prosa y mirada de Valero, que nos lleva a Marruecos a Buenos Aires, a Madrid a Albacete, a Barcelona, ciudades donde esos extraños quieren cumplir sus sueños, siempre truncados estos por la soledad, el desamparo, el fracaso, las enfermedades, las guerras.

Seres tan extraños como fascinantes son los que integran la familia de Valero, que podrían formar parte de la tuya o de la mía, porque el deseo de llevar una vida digna va más allá de insularidades, uniformes, lugares de residencia y ocupaciones.

Si la literatura es emoción y sentimiento, Los extraños, ya en su recta final, me deja tan abatido, tan colmado, tan reconciliado, tan sereno, tan plácido, tan melancólico, tan desgarrado, tan taciturno, que sabiéndome presa de tal cúmulo de sensaciones no puedo menos que recomendar la lectura de esta fabulosa novela, de este magnético y vívido fresco del siglo XX, del ineludible Vicente Valero. Una de mis mejores lecturas de lo que llevamos de año.