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Napoleón en Chamartín (Benito Pérez Galdós)

Tras haber dado cuenta de las cuatro novelas anteriores, paso a hablar de Napoleón en Chamartín, la quinta novela de la primera serie, de la Guerra de la Independencia de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Tras el éxito español en Bailén, las tropas francesas consiguen asestar pocos meses después antes de acabar 1808, un duro revés a las pretensiones españolas al lograr Napoleón entrar triunfalmente en Madrid sin apenas sobresaltos.

Este episodio (unas trescientas páginas) lo escribe Galdós en treinta días, en enero de 1874, lo cual cifra muy bien la prosa torrencial del autor, su facundia, el buen hacer con los diálogos y lo inteligente de, a través de sus personajes y situándolos en los lugares adecuados, ofrecer un fresco histórico muy vívido y colorista. Por ejemplo, entre las medidas legales que adopta Napoleón está reducir el número de conventos. Como recoge el artículado. El número de los conventos actualmente existentes en España se reducirá a una tercera parte […] Los bienes de los conventos suprimidos quedarán incorporados al dominio de España, y aplicados a la garantía de los vales y otros efectos de la Deuda pública. Este asunto será tratado por los interpelados, por eclesiásticos como el padre Salmón, en trato con Gabriel, que siempre tiene la capacidad de estar en todas las salsas, de tal guisa que incluso seamos testigos de cómo José, el hermano de Napoleón, se pregunta por qué le llaman Pepe Botella cuando él solo prueba el agua. También le endilgarán lo de Pepe Plazuelas, pero eso es otro cantar.

Cuando Napoleón supera Guadarrama y se encamina hacia Madrid ya se ve que los madrileños, con un censo de 500 soldados para defender la ciudad, poco podrán opugnar a los imperialistas, con Napoleón a la cabeza. Los lugareños se abastecen de cuanto tienen a mano, pero esto resulta claramente insuficiente. Además, el ánimo que insuflaba el espíritu de la población durante el 2 de mayo dista mucho del presente, y enseguida se llega a la conclusión de que una retirada a tiempo es una victoria. A pesar de lo cual hay quien, como el Gran Capitán, decida inmolarse antes de caer bajo el yugo francés. El resto se buscará la vida como puede y algunos cambiarán de chaqueta sin miramientos. Ahí tenemos a Santorcaz de ánimo afrancesado al que las nuevas circunstancias le permiten de forma pintiparada pasarse al enemigo para convertirse en jefe de la policía menuda, haciendo su labor con esmero y poniendo entre rejas a todo aquel hostil a los franceses. Cuando el paisanaje defiende su ciudad se encuentran con que en vez de pólvora los cartuchos, no todos, llevan arena. Esto provoca el caos, la rabia ciega, la sinrazón desmedida y el que acabará pagando el pato de tales artimañas será el infausto Juan de Mañara, a quien ajusticiarán sin miramientos, y que Galdós refiere en estos términos:

Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable vergonzoso para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles, paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver del infeliz regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo y llevando los títulos de respetables casas, por los altibajos de esta puntual historia. Pero apartemos los ojos, no miremos, no, ese despojo sangriento que por la calle de la Magdalena, y después por la del Avapiés abajo, arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos, hombres y mujeres tan sólo en la apariencia: cerremos los oídos a sus infames gritos, y sobre todo no miremos ese destrozado cuerpo, aún caliente, a quien las puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van quitando la figura humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue, de lo que era pocos minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que es más digno de consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras pasa esa salvaje bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen, meditemos sobre las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas populares, las más dignas de meditación y estudio.

¿No habéis observado que todos los movimientos populares llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños; pero ningún sutil dedo puede tocar los hilos de esta tela escondida en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros incautos.

Nada hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba Cervantes el vano discurso del vulgo, siempre engañado.

Algo que me trae en mientes unos párrafos de Sobre el agua de Guy de Maupassant.

Hay una frase popular que asegura que «la multitud no razona» ¿Y cómo es que no razona la multitud si cada uno de los que la integran razonan? ¿Cómo es que una multitud hace espontáneamente lo que ninguna de sus unidades haría? ¿Por qué tiene la multitud impulsos irresistibles, determinaciones feroces, arrebatos estúpidos que nada es capaz de contener, y por qué realiza, arrastrada por tales arrebatos, irreflexivas acciones que ninguno de los individuos que la componen sería capaz de realizar? Que un desconocido lance un grito, y súbitamente se apodera de todos una especie de frenesí, y todos, movidos de un mismo impulso, al que ninguno intenta resistir, arrebatados por un mismo pensamiento, que se hace de un modo instantáneo común a todos ellos, aunque sean de castas, opiniones, creencias y costumbres distintas, se abalanzarán sobre un individuo, lo degollarán, lo ahogarán sin motivo, casi sin pretexto, mientras que, tomados aisladamente, serían capaces de arriesgar sus vidas por salvar al que están matando.

En la narración deambula el vivales de Diego, el condesito de Rumblar, el licencioso joven que no ve la manera con la que dilapidar su fortuna y endeudarse, comprometiendo su porvenir, viviendo la vida loca, que encelado por Santorcaz se verá incluso en la tesitura de secuestrar a Inés y tomarla a la fuerza de sus aposentos, que no es otro que El Pardo, donde está Inés junto a su padre, el tío de Amaranta, que de nuevo juega un papel relevante en la historia de los episodios, pues como ya viene siendo habitual mantiene con Gabriel un tira y afloja que siempre le permite al joven situarse, aunque sea episódicamente y brevemente, al lado de su amada (en esta ocasión haciéndose pasar el señor duque de Arión) para confesarle los males que asolan su alma, al tiempo que van comprobando cómo la naturaleza de su relación abunda y se enseñorea en la imposibilidad de estar juntos.

La novela se precipita a un final en el que a Gabriel lo vemos de nuevo preso, tras ser prendido en El Pardo, insurgente de esta gran epopeya, formando el eslabón de una cadena de veinte presos rumbo a Francia, junto a Roque, quien lo enterará del infausto final del Gran Capitán.

Tras la lectura de estos cinco episodios dejo en suspenso, por unos pocos días, camino de Zaragoza, los Episodios para proseguir con otro Mariscal de las letras patrias, César Martín y su De corazones y cerebros.

Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales
Primera Serie: La guerra de la Independencia

1- Trafalgar
2- La corte de Carlos IV
3- El 19 de marzo y el 2 de mayo
4- Bailén
5- Napoleón en Chamartín

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Bailén (Benito Pérez Galdós)

La cuarta novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, Bailén, en su primer capítulo nos tiene en ascuas porque no sabemos cuál ha sido el destino de Gabriel. Al finalizar el mismo se hace mención a un chiquillo y pensamos que es él y acertamos. Gabriel fue fusilado, recibió tres balazos, pero milagrosamente salió vivo. Fue intervenido de urgencia y tras una recuperación de unos días vuelve a la vida, y lo hace en casa de un matrimonio que lo acoge, el formado por Gregoria y Santiago Fernández, alias el Gran Capitán. Al poco recibe nuevas de Inés merced a Juan de Dios que le informa de que no sabe nada de ella, salvo que está viva, puesto que Lobo se la jugó y la entregó a una familia acaudalada. Por ahí ronda Amaranta. Estamos en el 20 de mayo de 1808. Las tropas españolas que están sin Reyes, dado que Carlos IV y Fernando VII (lo cual no evita que durante la batalla los vivas de los soldados estén dedicados a Fernando VII) ya no están en el trono, Napoleón le ha entregado la corona a su hermano José, deciden plantar cara a los franceses, organizar la insurrección por su cuenta en Juntas (en su papel de representantes del poder real, declararon la guerra a Napoleón, organizaron los movimientos de los soldados y recaudaron dinero mediante la supresión de los impuestos y la acuñación de moneda) que irán aumentando de tamaño a medida que muchos militares den de lado a los franceses para pasar a guerrear contra ellos.

El odio a los franceses no era odio: era un fanatismo de que no he conocido después ningún ejemplo. Era un sentimiento que ocupaba los corazones por entero sin dejar hueco para otro alguno, de modo que el amar a los semejantes, el amarse a sí mismos, y hasta me atrevo a decir que el amar a Dios, se adoptaban y se medían como fenómenos secundarios al gran aborrecimiento que inspiraban los verdugos del pueblo de Madrid.

Se conspiraba con el deseo, con las noticias, con las sospechas, con las exageraciones, con las sátiras, con verdades y mentiras, con el llanto tributado a los muertos y las oraciones por el triunfo de los vivos.

Los continuos encuentros y desencuentros entre Gabriel e Inés parecen ser la columna vertebral de estos primeros episodios nacionales galdosianos. Encuentros propiciados por el azar o por la mano del autor. De esta manera Gabriel encontrará a Inés en un convento, dispuesta a ser monja y a olvidarse del mundo y de todos aquellos que lo pueblan, con el convencimiento de que Gabriel está muerto. La aparición de este, cuál resucitado, le infunde nuevos ánimos y bríos, la insufla de la alegría de vivir, aunque conociendo a Galdós ya sabemos que el camino del reencuentro no va ser un camino fácil y tendrá las hechuras de una vía crucis.

Gabriel, Don Luis Santorcaz y Marijuan, un joven mozo aragonés, se encaminan hacia el sur, con la idea de enrolarse en el ejército. Paseos por una Mancha interminable que les trae en mientes al ilustre hidalgo manchego. Como la yesca seca, la insurreción prenderá en los ánimos patrios como un polvorín, en localidades como Bailén, el 19 de julio, en donde los españoles están dispuesto a todo con tal de plantarle cara y aniquilar a los franceses. Para ello se excarcela a casi todos los delincuentes allí confinados que pasan a engrosar las filas del ejército con óptimos resultados. A medida que los lugareños van sufriendo los desmanes y tropelías de los franceses, que los dejan sin cosechas, sin comida, sin bebidas, que ven morir asesinadas a mujeres y niños inocentes, el odio hacia ellos, hacia la canalla, se acrecienta, y sucede entonces lo que parecía imposible, que los españoles derrotasen a los franceses de Napoleón, aquel ejercito que se creía invencible, dueño del mundo y estos tuvieran que alzar la bandera blanca, capitular y pedir la paz.

Lances bélicos que Galdós recrea con todo lujo de detalles. Apenas cuatro años antes Leon Tolstói había publicado la inmortal Guerra y Paz. Me pregunto si Galdós llegaría a leer esta obra al escribir Bailén y siguientes episodios bélicos. Además de describir detalladamente el avance de las tropas, y los avances y retrocesos en pos de la victoria, de cada uno de los dos bandos enfrentados, Galdós hace hincapié en la moral del soldado, en aquello que lo hunde y socava, como el hambre, la sed, el calor infernal, el cansancio acumulado, todos ellos al borde de la extenuación y dispuestos a matar por un buchito de agua.

Lo curioso en esta situación bélica tan al límite es que Gabriel, inserto en el fragor de la batalla, al encontrar en el caballo de Santorcaz unas cartas comprometedoras objeto de su atención -dado que en ellas se habla de su bienamada Inés, de sus presuntos padres y la posibilidad muy real de ser esposada con Diego, un Grande de España, el cual al arrimo de Santorcaz y de su vivo ingenio verá desbaratado su escaso intelecto, fosilizado este en la tradición, la religión, la jerarquía, las prebendas, todos aquellos derechos históricos que Santorcaz pondrá en tela de juicio (ya nos advirtió Cervantes: Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro); un don Diego que desaparece en la batalla y que su madre Doña María y sus hermanas Asunción y Presentación, ven ya como héroe caído en el altar de la patria. Sin embargo su desaparición se resuelve con un final más prosaico y feliz y da lugar a las escenas más jocosas de todo el relato. Pues tras caer determinó servirá don Diego de objeto de chanzas y mofa de los franceses que se lo pasarán en grande con él, divirtiéndose a su costa, organizando una corrida, empinando el codo, echándose unos cantecitos, aprendiéndose la Marsellesa, pues para él todo parece ser poco más que un juego- deja la guerra en suspenso se abstrae del mundo para dedicarse a leer, pues su mundo y su futuro en esos momentos está confinado en las cuartillas que devora anhelante, ajeno a todo.

Galdós siempre tiene muy presente al lector en sus escritos, como si lo tuviera delante, acuciándole este a seguir con la narración, a seguirle contando. Bailén acaba y nos quedamos de nuevo con la miel en los labios, con José huido de Madrid tras la batalla de Bailén. Y con ganas de más, de saber qué sucederá con Napoleón en Chamartín y en Zaragoza.

En cuanto a los libros empleados para la lectura de estos episodios, de momento, primero fue Cátedra para Trafalgar, después Alianza, para el segundo y tercer episodio (en un mismo libro) y para Bailén he recurrido a la edición de Destino, una edición que agrupa los 10 episodios de la primera serie en un único ejemplar. El problema que tiene este libro es que es muy pesado y la letra es muy pequeña lo cual hace la lectura incómoda. Para los dos próximos capítulos, Napoleón en Chamartín y Zaragoza, recurriré a la edición de Espasa, que son novelas con formato enciclopedia, en donde el texto va acompañado con ilustraciones, anexos, etc.

Estas cuatro primeras novelas las escribió Benito Pérez Galdós en 1873. Entonces el autor contaba tan solo 30 años.

Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales
Primera Serie: La guerra de la Independencia

1- Trafalgar
2- La corte de Carlos IV
3- El 19 de marzo y el 2 de mayo
4- Bailén

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El 19 de marzo y el 2 de mayo (Benito Pérez Galdós)

El 19 de marzo y el 2 de mayo es la tercera novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. El protagonista y narrador, al igual que en las dos entregas anteriores, sigue siendo Gabriel. Por carambolas del destino vemos cómo su amada Inés, quien tras quedar huérfana después de morir su madre, marchaba a Aranjuez junto a su tío Celestino, regresa poco después de nuevo a Madrid para enclaustrarse en casa de su tío Mauro y su hermana Restituta dos tenderos que sorpresivamente se desviven por atenderla. Cuidados que no son tales dado que al poco se comprobará que los tíos tendrán a Inés como una esclava, sin otro quehacer encomendado que trabajar, esperando estos que llegue el oportuno pretendiente a quien endosársela y sacar tajada.

Estamos en marzo de 1808, Gabriel está ocupado como cajista en la imprenta del Diario de Madrid. Trabajo que abandona poco después para coincidir con Inés como sirviente de los tíos de esta. Las arcas del Estado están con telarañas después de haber gastado siete mil millones de reales en la guerra con Inglaterra y los ánimos están caldeados. Gabriel sigue emperrado en mejorar su suerte, en favorecer su destino, a lo que el Favorito, el choricero “Godoy” puede contribuir en gran medida, a quien Gabriel, secundado por Celestino tendrá a bien conocer y a quien describirá en estos términos: Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree, pero sí extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre cuarenta años; su cabeza, rectamente conformada y airosa; sus ojos vivos, sus finos modales y la gallardía de su cuerpo, que más bien era pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía, sin duda, la figura de un señor noble y generoso; tal vez su corazón se inclinaba también a lo grande; en su cabeza bullían el desvanecimiento, la torpeza, los extravíos y falsas ideas acerca de los hombres y las cosas de su tiempo. Lucidez que sí parece acompañar al amolador Pacorro Chinitas con cuyas alocuciones Galdós hará aflorar el sentir popular.

El contexto histórico se infiltra en la narración primero con el Motín de Aranjuez, el motín de los cocheros y lacayos, que supone la caída de Godoy, del que Gabriel es testigo sin comulgar con el pueblo convertido en una fiera ciega y vocinglera con el ánimo y la disposición de romperlo todo. Godoy que en un día, en un instante, en un soplo, había caído desde la cumbre de su grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más espantosa […] Sin duda está escrito que la caída sea tan ignominiosa como la elevación.

Celestino también se verá sobrepasado y disgustado con la furia ciega del vulgo:

El vulgo, esa turba que pide las cosas sin saber lo que pide grita “Viva esto y lo otro” sin haber estudiado la cartilla, es una calamidad de las naciones, y yo, a ser rey, haría siempre lo contrario de lo que el vulgo quiere..

Un mes y medio acontece el 2 de mayo, los madrileños toman las calles y plantan cara los franceses.

El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo. Son las reflexiones que le vienen a Gabriel en mientes cinco decadas después al rememorar este día fatídico. Los arcabuces, los cañones, los fusiles se exprimen al máximo generando el caos. Galdós dedica cincuenta páginas muy plausibles, que me recuerdan a la narración de Vuillard en 14 de julio, a describir con pelos y señales la carnicería de la insurrección de ese día abominable: los muertos en combate, las heroicidades locales de militares asesinados como Luis Daoíz o Pedro Velarde, uno a bayonetazos, el otro de un pistoletazo por la espalda; de amazonas como la Primorosa, de lugareños como Pacorro Chinitas que expirará en una situación pareja a la que le aconteció a Marcial en Trafalgar. El paisanaje defendiendo a muerte lo suyo, su tierra, su patria, con navajas, cuchillos, tirando desde las ventanas al invasor agua hirviendo, muebles, macetas, lo que hubiera a mano.

¿Vosotros sabéis lo que es España? Pues es nuestra tierra, nuestros hijos, los sepulcros de nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes, nuestros ejércitos, nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza, nuestro nombre, nuestro religión. Pues todo esto nos quieren quitar. !Muera Napoléon!

Los vivas y mueras: !Viva Fernando! !Viva España! !Muera Napoléon!, los fusilamientos, los que sobreviven a los mismos por la mala puntería de los franceses, y en medio de este caos Inés y Celestino serán apresados. Gabriel, ya sin nada que perder, hará lo posible para reencontrarse con ellos. Con un éxito relativo. Inés será liberada de la huerta del Príncipe Pío con la mediación de Juan de Dios (mancebo empleado de Mauro y Restituta a quien Gabriel engañará con sus industrias y maquinaciones -dando lugar a toda clase de peripecias y enredos- pergeñando para él un amor inexistente. El de Inés). Celestino y Gabriel quedarán allá con sus precarias vidas enredadas entre los hilos de las Parcas.

Alianza editorial. 260 páginas

Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales
Primera Serie: La guerra de la Independencia

1- Trafalgar
2- La corte de Carlos IV
3- El 19 de marzo y el 2 de mayo

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La corte de Carlos IV (Benito Pérez Galdós)

La corte de Carlos IV es la continuación a Trafalgar, segunda novela de la Primera serie: la Guerra de la Independencia, escrita en 1873. El narrador es el mismo, el joven Gabriel, un par de años mayor, aquí tiene dieciséis. Estamos ya en 1807, durante el reinado de Carlos IV y su valido Godoy, al que le arrecian todo tipo de denuestos por las clases populares: corrompido, dilapidador, pecador, ateo, verdugo, venal inmoral, traficante de destinos, polígamo, enemigo de la Iglesia

Gabriel se enamorisca de nuevo, de una mujer, bueno, de dos: Inés, mujer joven, quince años, muy inteligente, hacendosa, costurera de origen humilde, con las ideas muy claras y muy sensata y Amaranta, que se mueve en esferas más elevadas y encarna a la Diosa amorosa, de la cualquier tierna criatura como el campanudo, inexperto y retumbante Gabriel se enamoraría sin remisión. Una Amaranta que le permitirá a Gabriel cruzar una fina línea moral al entrar en la Corte, yendo muy bien advertido con las palabras de Inés: Ya veo que dentro de poco le tendremos a usía hecho un archipámpano, con muchos galones y cintajos, dando que hablar a la gente, y teniendo el gusto de oírse llamar ladrón, enredador, tramposo y cuanto malo hay.

Ha lugar la representación de El sí de las niñas del ilustrado Moratín, con dos bandos enfrentados, tal que unos (los del teatro enemigo Los Caños) quieren arruinar la obra con gritos, pataleos y burlas, mientras que el público en general aprueba la obra, tanto como hará el perspicaz Gabriel quien a pesar de hallarse entre los agitadores, aprecia y pondera (siempre me ha parecido uno de las obras más acabadas del ingenio) en la obra el que más allá de que el amor triunfe, defienda la potestad de la mujer para dar el sí convencida, no por una imposición, un sí que las más de las veces era perjuro porque no se decía de corazón. Eran los tiempos, comienzos del siglo XIX, en los que las mujeres eran propiedad primero de los padres, de los hermanos y una vez esposadas, de sus esposos.

La ama de Gabriel aquí es la actriz Pepa. El teatro está muy presente en la novela, Gabriel tendrá ocasión de debutar como actor dando vida a Pésaro en la tragedia Otello o el Moro de Venecia. Alcanzando tales cotas de verosimilitud la representación, merced al actor Isidoro Máiquez en la piel de Otelo, que la gente se revolvía en sus asientos estremecida, atónita, electrizada; los hombres se esforzaban en sostener el decoro de la insensibilidad. Una puesta en escena tan descarnada, que tiene sus motivaciones, pues tras la interpretación de Isidoro hay una turbamulta de celos y pasiones irrefrenables, que se verá censurada por Moratín, que afirma que lejos de ser este el camino de la perfección, lleva derecho a la corrupción del gusto, y extinguirá en las ficciones el decoro y la gracia, para confundirlas con la repugnante realidad.

La experiencia es una llama que no alumbra sino quemando. Y escaldando podemos añadir, porque Gabriel en su quehacer irá brujuleando, conociendo los intestinos del Real Sitio cuando se ponga al servicio de Amaranta y conozca desde dentro las intrigas palaciegas, la querencia del poder con el Príncipe de Asturias, Fernando VII, retenido, acusado de querer asesinar a su madre, con dos bandos enfrentados los que quieren a Carlos IV como Rey y los que prefieren ver en el trono al Príncipe, que entonces contaba 23 años. Gabriel tiene incluso ocasión de conocer al Rey y vertir observaciones como esta: Era un señor de mediana estatura, grueso, de rostro pequeño y encendido, sin rastro alguno en su semblante que mostrase las diferencias fisonómicas establecidas por la Naturaleza entre un rey de pura sangre y un buen almacenista de ultramarinos.

Gabriel, bajo el influjo de Amaranta, se ve impelido a poner su moral en suspenso si quiere medrar, convertirse en espia, ser todo orejas, para como un correveidile, como un dominguillo arrabalero, ir de aquí para allá con chismes y diretes. Ante la disyuntiva hay una idea que ocupa su cerebro. Si en Trafalgar era la idea de Patria, aquí es la idea del honor. Gabriel quiere mantenerse fiel a sus principios, desoír los cantos de sirena que le hacen creer que puede llegar a lo más alto siendo un don nadie, simplemente obteniendo la protección de la persona adecuada que le permita encumbrarse sin necesidad de tener que demostrar nada a nadie por el camino.

El final de la novela nos deja ya en puertas de la guerra con Francia, con un narrador fatigado que precisa coger aliento, que constata de nuevo que el destino sustrae a sus pretensiones los amores que se cruzan en su camino, como el de la joven Inés (una vez huérfana se mudará a Aranjuez con don Celestino mientras Gabriel permanecerá en Madrid). Así lo dejamos pues, recuperándose y anhelantes de seguir atentos a su subyugante narración.

Alianza Editorial. 278 páginas

A quien leer en una pantalla no le incomode puede leer esta novela (y el resto de los Episodios Nacionales) en el portal Cervantes Virtual.

Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales
Primera Serie: La guerra de la Independencia

1- Trafalgar
2- La corte de Carlos IV

Próxima lectura: El 19 de marzo y el 2 de mayo

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Trafalgar (Benito Pérez Galdós)

Trafalgar, escrita por Benito Pérez Galdós en 1873 es la primera de las 46 novelas que conforman los Episodios Nacionales; título perteneciente a la Primera serie: La guerra de la Independencia.

La voz cantante de la narración la lleva Gabriel, que en su senectud y frisando los 70 años rememora aquello que le aconteció cuando tenía tan solo 14 años y era un niño, así su amor no correspondido hacia Rosita, inalcanzable por su condición social y belleza, quien encontrará el amor del brazo del joven Rafael Malespina.

El joven Gabriel trabaja como mozo para el matrimonio formado por don Alonso y doña Francisca. Alonso y su buen amigo Marcial (conocido como el Medio-hombre) fantasean con enrolarse de nuevo y a fe que lo consiguen, saliendo a hurtadillas de su casa para formar parte de la gran batalla naval, junto a Gabriel, Rafael Malespina y su padre.

El título de la novela, Trafalgar, hace mención a la batalla naval que tuvo lugar en octubre de 1805 entre la Marina de España aliada con la francesa, al albur del Convenio de Aranjuez de 1801, (Napoleón se había proclamado emperador un año antes, en 1904) contra la flota británica de Nelson, Collingwood, resultando España perdedora, con un sinfín de navíos hundidos como el de la portada, el Santísima Trinidad, conocido como El Escorial de los mares (con capacidad para más de 1.000 personas). Batalla a la que también se la conoció como La del 21 (haciendo mención al día en el que aconteció).

Gabriel vivirá la batalla desde dentro, serán apresados por los ingleses, aunque conseguirán librarse de sus captores, se verán parados en medio de la nada sin posibilidad de alcanzar la costa gaditana, será testigo de la muerte de Marcial, de la barbaridad de la guerra y su reguero de muertos, cómo en situaciones límites prevalece el sálvese quien pueda, una visión que se verá filtrada por la épica, la heroicidad y el patriotismo de todos los bandos en liza, auxiliándose unos a otros después de la gran trifulca marítima.

Hay una crítica hacia los gobernantes, en especial hacia Godoy (primer ministro del Rey Carlos IV), el Príncipe de la Paz (título otorgado por el monarca tras suscribir España la paz con Francia mediante el Tratado de Basilea, en 1795), viviendo este a cuerpo de rey, ganando un potosí, acumulado un buen puñado de cargos todos ellos muy bien remunerados, sin rebasar este los límites de las estancias regias, mientras que los marineros y soldados veían cómo se acumulaban las soldadas sin cobrar; marineros que no eran tales pues su falta de destreza y preparación contribuyó a la derrota náutica.

El humor, abundante en la novela va de la mano de todo un figura, don José Manuel, padre de Rafael, embustero compulsivo, que no sabe estar callado ni debajo del agua, de fértil imaginación, cuyos embustes la sociedad validará más tarde, como los barcos a vapor o acorazados; o la adobada y cincuentona Flora, y su desopilante lucha contra el agostamiento vital, que trata de camelar a Gabriel sin éxito.

Humor, amor (no correspondido), épica, heroicidad (la de almirantes como Galiano, Gravina, Churruca, Escaño y la de todos los que murieron en la batalla), patriotismo, y mucha diversión y entretenimiento bélico deparan este Trafalgar (muy buen ejemplo de Historia novelada) de Galdós que uno ha leído con delectación.

No se me ha ocurrido mejor idea para conmemorar el centenario de la muerte de Galdós que acometer durante este año la lectura de sus Episodios Nacionales. Si hay por ahí algún mecenas cultural que me facilite los ejemplares, yo, encantado.

Benito Pérez Galdós en Devaneos:

Fortunata y Jacinta
De vuelta de Italia