Archivo de la etiqueta: Literatura Mexicana

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Conjunto vacío (Verónica Gerber Bicecci)

Hay cosas, estoy segura, que no se pueden contar con palabras. Esto aparece en el libro de Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981). Una reflexión que la autora lleva a la práctica, empleando no sólo palabras, sino también diagramas, lenguajes inventados (cambiando el orden de las sílabas), para expresar el exilio, la desaparición, el fracaso amoroso.

La que narra es una hija, con su madre desaparecida. Sufre el mismo desamparo que su hermano. La suya, una mirada que va del cielo al infinito. Del telescopio a la introspección de un pasado correoso. El tiempo en sus manos como una masa madre que moldear.
Una relación amorosa que renuncia a llamar a lo suyo principio de algo, a fin de evitarse así los finales.

Me ha parecido una novela tan singular y arriesgada como anodina.

Pepitas de calabaza. 2017. 199 páginas.

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Confabulario (Juan José Arreola)

Comenta Juan José Arreola (1918-2001) que a sus doce años leía a Whitman, Baudelaire, Schwob, Papini. Luis Goytisolo comentaba que a esa misma edad leía a Flaubert.
Si visitamos hoy cualquier librería y nos vamos a la zona infantil y miramos las estanterías de 12 años encontraremos libros repolludos, poblados de magos y ratones.
No somos lo que leemos, porque a menudo y a pesar de que pongamos la mejor voluntad, erramos en nuestras lecturas. Más bien creo que somos lo que queremos leer, somos el nivel de exigencia que ponemos en lo que leemos, y somos nosotros los que poblamos nuestro horizonte de aquellas lecturas que consideramos ineludibles.
Juan José Arreola estaba en ese horizonte, en ese porvenir, a la espera de ser leído.

He disfrutado de estos relatos pero quizás menos de lo esperado. Aprecio la imaginación de Arreola que se dispersa en estos relatos que van atrás y adelante a lo largo de los siglos, desde Eva hasta hoy; curiosa se me antoja la aparición del barón Büssenhausen, ya que en los relatos de Escapa, Mientras nieva sobre el mar, que leí recientemente también aparecía este personaje histórico. Muy presente está lo religioso en relatos como el El silencio de Dios, Un pacto con el Diablo, o el de Pablo, que es uno de los que más he disfrutado, por su ánimo totalizador, cíclico. No faltan los dramas parejiles y los ribetes de ciencia ficción como esas muñecas de látex que parecen las precursoras de las bacantes robóticas que ya estarán presentes en los burdeles en pocos años y casi todos los relatos ofrecen finales abiertos a la interpretación, para que seamos nosotros los que elucubremos sobre los porqués. Esta variedad de temáticas y emplear dos milenios como material narrativo, le permite a Arreola fabular -e incluso cambiar la naturaleza de las hormigas- y como si fuera un agente del Ministerio del tiempo, asentarse en el mojón temporal deseado, y contar la historia, ensancharla o reformularla -a menudo con solvencia- a su manera.

RBA. 2012. 160 páginas.

Literatura mejicana en mis Devaneos | Valeria Luiselli, Guadalupe Nettel, Juan Rulfo, Federico Guzmán Rubio, Álvaro Enrigue, Enrique Serna, Yuri Herrera

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Los ingrávidos (Valeria Luiselli)

Hasta la fecha había leído dos libros de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983): Papeles falsos y La historia de mis dientes.

Los ingrávidos es con diferencia el que más me ha gustado de los tres.

Una lectura apresurada de esta novela puede llevarnos a considerarla como una divertida fantasmada, con personajes que se difuminan, pierden cuerpo y gravidez hasta su desaparición. Bajo esa apariencia superficial, si dedicamos algo más de tiempo a releer ciertos fragmentos, podemos apreciar entonces el humor gamberro y desinhibido que impregna la narración, la prosa filosa e intersticial, las jugosas reflexiones sobre el acto de escribir y sobre la literatura; «escribir novelas es tratar de congelar el tiempo sin detener el movimiento de las cosas«, como escribir sirve para afirmar su existencia -en el caso de la narradora, quien reconstruye su pasado transformándolo: una ficción que infecciona la realidad, cuando su pareja lea lo que su mujer escribe y la ficcion actúe entonces como acicate para tomar decisiones y también en el caso de Owen- como si posar las palabras sobre un papel equivale a fijar nuestro cuerpo sobre una balanza que acredite nuestra corporeidad, el juego de espejos que permite la dilatación espacial y temporal, donde el tiempo se repliega, tal que los dos narradores de la novela, a pesar de haber vivido en décadas distintas puedan confluir -siempre con el metro como espacio de encuentro, transición, descubrimiento y ocultamiento-, en ese espacio que construye Luiselli, un espacio real, irreal y verosímil, fantástico y subyugante, porque lo que la autora perpetra, logra lo que muy pocas novelas materializan, que es nada menos que dejar perplejo -perplejidad (pareja a la experimentada por mí al leer a Yuri Herrera) que aboca a la fascinación- al lector, no porque Luiselli invente un lenguaje nuevo, que no es el caso -donde aquejada del buen espíritu Vila-Matiano no faltan un buen número de referencias literarias: Federico García Lorca, Emily Dickinson, Ernest Hemingway, Walt Whitman, Francisco de Quevedo, Ezra Pound, William Carlos Williams, Louis Zukofsky, Herman Melville, Roberto Bolaño…, sino porque la lectura de estos fragmentos narrados en primera persona, vividos, fantaseados, ficcionados, friccionados, tamizados por el talento de Luiselli, deparan una lectura gozosa.

Aparecen en la narración niños y mascotas y hay ahí algo esencial que puede pasar desapercibido en los breves diálogos que los niños mantienen con la narradora, su madre, o con el padre menguante. Ahí vemos cómo en la labor de educar por parte de los adultos, sus continuas correcciones, no hacen otra cosa que lastrar o castrar la imaginación de sus hijos.

Editorial Sexto Piso. 2011. 144 páginas.

Pedro Páramo

Pedro Páramo (Juan Rulfo)

Con Pedro Páramo, Juan Rulfo demuestra lo que se puede hacer en muy pocas páginas cuando se tiene talento, imaginación y una historia (que son muchas) que contar. Son menos de 90 páginas las que tiene la novela, las cuales una vez leídas, me dejan la sensación de haber realizado un viaje largo e intenso.

El protagonista es Juan Preciado, quien va a Comala, siguiendo los deseos de su madre recién fallecida, que le impele a que vaya a rendir cuentas a su padre, al que no conoce, un tal Pedro Páramo.

Una vez allá, Juan verá todo cuanto le rodea a través de los ojos y de las descripciones que le hizo su madre y que Juan ha interiorizado de tal manera, que hace suyas.

En su búsqueda, se topa con personajes de todo tipo: el padre Rentería, un cura que se debate entre su idealismo y la lealtad a sus principios y el servilismo al cacique local, no comulgando ni con unos ni con otros, abrazándose finalmente a un movimiento revolucionario, una pareja de hermanos incestuosos que tratan de tapar su pecado, al menos ella, buscando alguien en quien expiar su culpa. Miguel, el hijo de Pedro Páramo, tan tarambana como su padre, despiadado y mujeriego, que encuentra la muerte bajo los cascos de un caballo. Y no faltan las mujeres, las víctimas de la historia, en manos de hombres que las seducen y abandonan, que las violan, y que abusan de ellas de múltiples maneras, ya sean ellos, padres, hermanos, caciques, etc.

Pedro Páramo es un buen ejemplo del caciquismo rampante, acomodando este sus malévolas acciones a sus fines y empleando para ello la violencia de todo tipo, e incluso casamientos forzados cuando se trate de preservar su patrimonio.

Y más allá de la crítica social, que es precisa y contundente, la novela exuda una atmósfera enfermiza, plagada de voces de ultratumba, que pueblan la novela y que nos exigen un esfuerzo a fin de asociar esas voces a los distintos personajes o fantasmas e ir juntando también los terrones de información que Rulfo hábilmente nos va suministrando, a lo largo de su relato; un relato vibrante, subyugante y cuajado de humor e ironía, que debe leerse con detenimiento, a fin de apreciar todo lo que contiene, que es un mundo en miniatura, porque el error sería leer esta novela a toda velocidad como si fuera un relato más del montón que se puede despachar en un par de horas.

Así lo hice yo hace dos décadas y leído ahora de nuevo, con detenimiento, paladeándolo, he disfrutado de esta lectura, de esta maestría que muestra Rulfo en la condensación narrativa, como pocas veces he experimentado con un texto tan breve como intenso.