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Cómo dejar de escribir

Cómo dejar de escribir (Esther García Llovet)

De Esther García Llovet (Málaga, 1963) había leído Las crudas y Mamut, y en Cómo dejar de escribir, Esther sigue fiel a su estilo: frases cortas, humor acerado, una realidad drenada y por tanto seca, contando historias como ésta, que sucede en Madrid, pero que podría ocurrir en cualquier parte. Personajes creados con muy pocas pinceladas, un argumento mínimo (con un escritor afamado muerto, un tal Ronaldo, y la posibilidad de que un presunto manuscrito suyo desaparecido pueda ver la luz), muy sucinto, y una prosa que parece más propia de un guión cinematográfico -esta novela se ve a la par que se lee- que de una novela, pues Llovet saca adelante 126 páginas donde otro escritor con algo de relleno se iría hasta las trescientas. O más.

Sí tengo siempre la sensación de que Esther no ha parido su obra definitiva, pues esta novela, como las anteriores, aunque se lea en un visto y no visto, sea amena y entretenida, le falta intensidad, ese ramalazo que te sacude y espabila, porque el riesgo que se corre es que todo resulte demasiado abstracto, demasiado vago, demasiado a medio cocer, alimento por tanto del olvido inmediato.

No obstante, las novelas de Esther, quizás porque no escribe como ninguna otra escritora española que haya leído, me siguen interesando.

Retiro

Retiro (Dovlátov)

Qué tendrá la literatura para que levante tantas pasiones y se erijan monumentos de cuerpo entero o bustos, y uno vaya a Mondoñedo y se encuentre con Cunqueiro, o vaya a un garito en Pamplona y comparta barra con Hemingway o vaya a Lisboa y vea a Pessoa en Chiado mientras te tomas un café, y haya escritores como Chejfec que de mocete transcribía párrafos y páginas enteras de Kafka con la idea de que se le pegara algo a la hora de escribir, o aquel que duerme con su novela favorita debajo de la almohada, o bien aquellos escritores que como María Belmonte siguen las huellas de otros escritores, peregrinos de la belleza, por Italia o Grecia, o como Richard Holmes se ponga tras las huellas de los románticos como Stevenson o Gérad de Nerval, como si recorriendo y viendo las cosas que estos vieron, sus biografías fueran más vívidas, más veraces, o como Eduardo Berti que se traslada hasta el sitio en el que vivió Jósef, como plasma en su última novela Un padre extranjero o como sobre la figura de Pushkin se crea -en la residencia en la que permaneció durante los dos años de exilio lejos de San Petersburgo al que fue castigado por el zar Alejandro I- algo parecido a un parque temático -el Zapovednik Puskhinskiye Gory- en tributo a su gloria, ya inmortal. Sobre este último es sobre el que Dovlátov (1941-1990) construye su novela, donde prima el humor absurdo, la gamberrada -con un estilo que me recuerda al de Picabia, de quien hace poco leí con agrado su Pandemonio- el tono disparatado, sarcástico, irreverente, un aire disidente que se mofa del comunismo, pues como dice “todos piden tierras para el pueblo cuando en verdad lo que este quiere (el pueblo) es vodka y nada más, pues no sabría qué hacer con las tierras”. Vodka y alcohol hay mucho en la novela porque el narrador, alter ego del autor, es un escritor -al que no le publican nada y al que el éxito y el reconocimiento se le escurre una y otra vez- alcohólico, quien consigue salir de Leningrado y buscar algo de sosiego en un lugar alejado del mundanal ruido donde trabajará como guía turístico mostrando al pueblo la grandeza de Pushkin, una grandeza de la que Dovlátov se burla, pues todo aquel que no manifiesta algo parecido al fervor hacia el genio de las letras rusas se ve poco menos que como un disidente. El sosiego que encuentra allí el narrador se ve puesto en peligro cuando su mujer y su hija dejen el país y se trasladen a los estados unidos y no sepa si acompañarlas o no. El parque le permite a Dovlátov mostrar una muy particular galería de personajes, a los que hay que sumar los inquilinos de la covacha en la que se alojará, que da lugar a escenas descacharrantes. Si se siguen vertiendo al castellano más novelas de Dovlátov (la presente, bellamente editada por Fulgencio Pimentel), por estos pagos tendrá un lector.


Fulgencio Pimentel. 2017. Traducción y notas de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea. Ensayo biográfico de Lino González Veiguela. 214 páginas.

Sylvia

sylvia (Celso Castro)

sylvia es la cuarta novela que leo de Celso Castro -novela breve, poco más de cien páginas, con interlineados generosos y unas cuantas páginas en blanco- y me parece indudable que el autor tiene un estilo ya reconocible, lo cual tiene sus pros y sus contras. Sylvia creo que afianza o consolida lo perpetrado en sus anteriores novelas. El protagonista es un joven que vive con su madre, su padre se ha suicidado, tiene tendencias suicidas y juguetea con las drogas, con la más dura de todas: el amor. El prota y narrador que refiere los hechos a ese alguien -que somos nosotros los lectores-, recorre los círculos dantescos, pasando del magro paraíso del enamoramiento, del sexo caudaloso, del mundo sobrante más allá del confín epidérmico de su amada, casamiento incluido, al infierno de la separación temporal, del distanciamiento, de los celos degradantes, de las pajas –ya mentales-, del derrumbe emocional, de las consecuencias derivadas de la exposición y vulnerabilidad ante su amada, y luego el tratar de arreglar las cosas, o acabar de joderlas, trayendo un niño al mundo. Celso lo fía todo a los sentimientos humanos: lo que el narrador siente hacia su padre suicida, hacia su madre, hacia su esposa; unos sentimientos que es muy posible que susciten nuestros recelos, porque si no te crees lo que lees, malo, y esa sensación he tenido, más allá de algunos detalles, que muestran lo mejor del autor, como ese no abrazo materno que resulta mucho más doloroso que cualquiera de las reprimendas decibélicas maternas. Celso se decanta por el humor trágico y absurdo y como su personaje tiene todas las rarezas posibles y le dan venadas de todo tipo, todo comportamiento quedaría así justificado, lo que tiene su riesgo si uno espera cierta coherencia en la narración. A no ser que nos quedemos simplemente en lo delirante de la propuesta, en el abundante humor que se gasta Celso, que propicia a cada rato la carcajada, en esa mofa continua hacia aquello que nos salva y aniquila: el amor, y las puyas continuas hacia la poesía, por parte de Celso, un poeta, que corre el riesgo de acabar (si no lo está haciendo ya) escribiendo una prosa automática.

Destino. 2017. 128 páginas

Luis Rodríguez

El retablo de no (Luis Rodríguez)

Donde nos llevó la imaginación donde con los ojos cerrados se divisan infinitos campos…

Antonio Vega

José Angel aceptó dirigir Hamlet porque no le gusta Shakespeare, se dice al comienzo de la novela. No he leído nada de Shakespeare. Nada. Así que la comprensión de la novela por mi parte, en su parte extendida, puede que guarde relación con el conocimiento de esta obra de Shakespeare. O tal vez no.

José Angel, director teatral, va a su bola, dinamita lo convencional, entiende el arte escénico como una creación, no como una representación, por eso mete imponderables en sus obras, intersticios por los que se filtra la vida, que es muerte, caos, confusión.

La novela son dos novelas, una larga y otra corta. La larga contiene la corta, pero cambia el final que da pie para abordar el concepto de identidad, siempre correoso, como ya vimos en La herida se mueve, al no tener claro, de buenas a primeras quien era quien. He empezado por la larga, he seguido por la corta, y he vuelto a leer la larga. He sobrevivido.

Si habéis leído a Luis Rodríguez sabréis que tiene un estilo de escribir peculiar. Ante sus libros me muevo entre la expectación y el desconcierto, entre el regocijo y la estupefacción. Luis hace lo que José Angel. Si uno crea sobre un escenario, el otro lo hace sobre el papel, y la prosa de Luis es libérrima, poco convencional, así que no es extraño encontrar en los diálogos, siempre jugosos, punto suspensivos, interrogantes, y expresiones cotidianas a pie de calle, que hacen lo leído tan natural y veraz que asusta. Luis da alas al lector, juega con él (No alces la voz, que la herida duerme, supongo que será un inédito de Luis) le da un libro, que es como un folleto del Ikea para montar un mueble. Un folleto explicativo que viene en blanco, pues el manual de instrucciones de uso lo tienes que escribir tú, aunque sea a costa de perec(er).

Como en otras novelas anteriores asoma una Cantabria finita, rural, palpable. Hay humor, sexo, filosofía, ternura (la historia del Caravaggio me ha desarmado), muerte, suicidas (todos nos suicidamos en defensa propia) un vivir que es puro teatro (al cual se homenajea), para los protagonistas de la novela en su mayoría actores, a quienes su profesión les da la oportunidad de vivir otras vidas, o eso quieren pensar. Una ilusión que será compartida por todo escritor demiurgo. El meollo de la novela es: ¿Cómo entendemos y nos relacionamos con nuestro pasado?. Podemos pensar que este es algo inamovible, monolítico, o creer como José Ángel que uno puede desplazarse por el mismo encontrando anécdotas nuevas. Y no sólo anécdotas, sino interpretaciones. Uno de los personajes dice en la novela que hace años tenía una respuesta para muchas preguntas y que ahora tiene muchas respuestas para una misma pregunta. Pocas veces he visto tan clara la definición de madurez.

El pasado se vive en el momento pero se interpreta en el futuro. Así muchas cosas que nos suceden de niño o en nuestra juventud, las vamos interpretando al compás del tiempo presente, pues viene a ser como la felicidad, que solo se experimenta a toro pasado, cuando se hace balance y al volver la vista atrás comprobamos que hemos sido felices, o no tan desgraciados como nos pensábamos.

Hablaba antes de desconcierto, y es complicado reseñar un artefacto como este, donde los límites entre realidad, ficción, sueño y vigilia se enmarañan de tal manera, que querer interpretarlo todo se antoja tarea vana.

Escribir es cerrar y abrir paréntesis y meter dentro un puñado de palabras y aventarlas a ver qué pasa.
Luis fiel a su estilo ofrece una novela singular, desconcertante, que invita a leer en bucle, a desesperarse si se quiere, y sobre todo a disfrutar leyendo, tirando, asombrado, por estas páginas a campo traviesa para perderse en(tre) ellas.

Vendrá la muerte y tendrá tus sonrojos… galanías, anda que…

Tropo editores. 2017.

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En la tierra de los santos y los poetas (Alfredo Panzini)

Curioso libro de viajes, dado que los viajeros se desplazan en bicicleta por los caminos de Italia, allá por agosto de 1898, desde Rimini, hasta Scheggia, yendo por la costa adriática, para luego dejar Loreto e ir hacia el interior, hacia Macerata, Asis, Gubbio, Spello (pueblo en el que caí casualmente en unas vacaciones por Italia y me maravilló), Perugia y Scheggia donde finalizará el periplo. Un periplo que diré que me ha sabido a poco, pues uno sigue queriendo leer más sobre las andanzas cicloturísticas de Alfredo Panzini y Pasini.

Lo que ambos registran es el encuentro con los lugareños, ya sean agricultores, peregrinas, cicerones, mendigos, curas; toda suerte de humanidad que uno puede encontrar en los caminos y aldeas. Más allá de referir al lector las características del paisaje -agostado por las fechas que son-, el narrador, inflamado de poesía, a tal fin, rememora los versos de Dante, de Leopardi, pues se trasladan hasta los lugares exactos donde los poetas alumbraron algunos de sus poemas inmortales.

En la narración prima un estilo recargado, rico en detalles, aunque a veces un tanto pomposo. Es curioso que a pesar de que el viaje siempre es territorio abonado para la sorpresa, Pasini, de profesión ingeniero, quiera tener toda la ruta organizada al detalle, de tal manera que no haya lugar para que estos cicloturistas vean algo que no haya sido programado de antemano, lo cual me choca, porque precisamente lo bueno de viajar es salir de la rutina, para entregarse en los brazos voluptuosos del azar, de lo inopinado.

Con este libro de Alfredo Panzini (1863-1939), Ardicia, pone en el mercado su libro número 26 –y si no recuerdo mal, de esta editorial he leído Los caníbales, Dr Krupov, Mi carso, La virtud de Checchina, La maestra-. Al igual que en Mi Carso o La virtud de Checchina, la traducción de Pepa Linares, brilla a buen nivel, a pesar de que he encontrado por ahí un par de deslices, en la concordancia de artículos y sustantivos.