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Henry David Thoreau y los Clásicos

Cuando leí la estupenda biografía de Robert Richardson sobre Thoreau descubrí que éste fue un lector voraz y curioso que dedicaba palabras a los clásicos (a los que tenía en gran consideración) como las que siguen:

No conozco estudios más formativos que los clásicos. Cuando nos sentamos con ellos, la vida parece tranquila y serena, como si quedase muy lejos, y dudo mucho que exista un lugar desde el que se vea tan real, tan poco exagerada, como a la luz de la literatura. En las horas serenas contemplamos el recorrido de los autores griegos y latinos con mayor placer que el viajero que observa los paisajes más bellos de Grecia o Italia. ¿Dónde podríamos encontrar una sociedad más refinada? Ese camino que lleva desde Homero y Hesíodo hasta Horacio o Juvenal es más inspirador que la Vía Apia. Leer a los clásicos, o conversar con esos griegos y latinos del mundo antiguo a través de sus obras, es como caminar entre las estrellas y las constelaciones, un sendero elevado y tranquilo para viajar. De hecho, el verdadero erudito tendrá mucho de astrónomo en sus hábitos. No permitirá que las preocupaciones y distracciones obstruyan su campo de visión, pues las regiones más altas de la literatura, al igual que la astronomía, están por encima de la tormenta y la oscuridad.

Thoreau. Biografía de un pensador salvaje (Robert Richardson) Errata Naturae. Traducción de Esther Cruz Santaella

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Walden (Henry David Thoreau)

Me sorprende leer en Walden algunas citas de libros de Shakespeare, porque en las biografías de Thoreau que había leído hasta el momento no recordaba que Thoreau lo citara. Sí que aparecen en Walden un buen número de referencias clásicas: Ovidio, Homero, Catón…”¿Qué son los clásicos sino el registro de los mejores pensamientos de los hombres? Son los únicos oráculos que no han envejecido, y en ellos se encuentran respuestas a las preguntas más modernas, que ni Delfos ni Dodona podrían proporcionarnos” y citas bíblicas, que Thoreau adapta, transforma o voltea. Parafrasear las citas bíblicas no deja de ser otra manera de sermonear, y si bien Walden (libro que leo coincidiendo con el segundo centenario del nacimiento de Thoreau) apela a cada cual siga su propio camino y no haga la misma vida que su padre, su madre o sus hermanos, apelando siempre a la independencia y al buen juicio, sin pretenderlo, Thoreau, en ciertos momentos, o en muchos, creo que pontifica, y concreta todo su pensamiento en la Conclusión, donde nos invita a despertar, a abrir los ojos, a desperezarnos e ir al meollo de la vida.

El primer capítulo, el más extenso el que tiene que ver con la economía, podemos cogerlo por los pelos, porque a pesar de que da muchas cifras a fin de demostrarse que (se) puede vivir sin prácticamente nada, el terreno donde instala su cabaña se lo cede su amigo Emerson. Dice que es un okupa cuando está allá asentado legalmente. A veces va a comer a casa de sus padres o de Emerson, luego ese modelo eremítico no es tal, así que todo aquello que tiene que ver con la autosuficiencia habría que tomarlo con muchas precauciones. Thoreau lo sabe, y dice que no quiere ser ejemplo de nada, que lo que él hace sólo le sirve a él, y que si alguien trata de replicar lo que él hace es posible que cuando se ponga a ello, él ya esté haciendo otra cosa. Hablamos de un proceder singular no tanto en sus manifestaciones físicas (más allá de que Thoreau plante unas judías, sandías, maíz y otras semillas que le permitirán elaborar su propio pan -sin levadura- y comer y alimentarse de lo que obtiene con sus manos y su trabajo, viviendo una vida sencilla (que no simple) austera (“No hace falta dinero para lo que el alma necesita”) e independiente, cuyas obligaciones y preocupaciones diarias se verán reducidas por deseo propio a la mínima expresión, y donde bañarse en la laguna cada día lo purifica y renueva con cada alborada, bajo el influjo de sus lecturas hindúes) más bien espiritual (siguiendo el imperativo délfico, a saber, conocerse bien a uno mismo, y querer ser uno mismo, saber qué vida queremos llevar, qué es lo sustancial y qué es lo trivial, si queremos adquirir bienes y propiedades o experiencias y crecer hacia adentro, si la riqueza consiste en tenerlo todo o en tener las mínimas necesidades y poder prescindir de casi todo cuanto nos circunda). Thoreau sabe que lo suyo es un experimento y así denomina su paso por Walden. Cree que la vida hay que vivirla, que es tanto como experimentarla. “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido“.

Laguna Walden Pond
Laguna Walden Pond

El problema que le veo a Walden es que alguien lo lea creyendo que este texto es la piedra filosofal o un libro cuyos dictados haya que seguir a pies juntillas, porque Thoreau puede despotricar de los periódicos y ser un ávido lector de los mismos, detestar el café o el té y beberlos, ser vegano y comer animales llegado el caso. Recelar del ruido y de las grandes urbes e irse a pasar una temporada a Nueva York a trabajar como canguro, rehuir el contacto humano que roza el don de gentes y ejercer de conferenciante, detestar lo crematístico pero sabedor de que va a morir mandar a la editorial todos los manuscritos posibles a fin de que su publicación dejara algún capital a su madre y hermana tras su muerte, renegar del ferrocarril y montar en él, apreciar y amar la naturaleza, siempre y cuando la pueda manejar, bajo unas condiciones determinables y tolerables, ya que cuando ésta se vuelve hostil y desapacible, entonces ya no le gustará tanto, como queda constancia en algunas de las excursiones que acomete con escaso aprovechamiento y nulo placer.

Todo lo que Thoreau vierte en Walden lo hace durante los siete años posteriores a su permanencia de 24 meses y dos días en la laguna. En esos años posteriores a su experiencia lagunera Thoreau volvió a la civilización, y se dedicó con ahínco y tesón hercúleo a leer (“La lectura no es un arrullo lujoso en el que las facultades más nobles se duermen, sino, por el contrario lo que nos mantiene alerta y nos exige nuestras horas más despiertas“)y escribir (esto se aprecia muy bien leyendo la biografía de Richardson) y deviene escritor e investigador, e incluso aportará innovaciones tecnológicas en la fábrica de lapiceros de su padre.

Me pregunto que experimentaría el autor al ir construyendo -al ir escribiendo- este Walden, a medida que fuera consciente de que algunas cosas que afirmaba en ese texto, ya no eran así, porque él ya no era el mismo, a resultas de las múltiples lecturas encadenadas que iba acometiendo y que le permitirían ir cincelando su Walden, porque la sociedad iba cambiando (la esclavitud se aboliría al poco de su muerte), porque hay un antes y un después de Walden, y quizás ese tiempo de espera y decantación en su escritura fueran claves para que Walden se publicara solo cuando estuviera listo y Thoreau acertara de pleno esperando el momento justo, y por eso 200 años después de su nacimiento y más de 150 años después de su muerte este vigoroso y muy actual ensayo suyo se siga leyendo en todo el mundo con interés y fruición en muchos apartados, por su capacidad para interpelarnos, para ponernos contra la espada y la pared, para obligarnos a replantearnos muchas cosas, ante este árbol literario que ha dado frutos y es semilla de pensamiento, donde Thoreau se erige en un Atlas moderno, que no soportará sobre sus hombros la bóveda celeste, sino toda la incomprensión ajena hacia su espíritu naturalista, salvaje, indomable e insobornable, la de una mente lúcida y precursora, que confiaba en la razón y el pensamiento tanto como en la naturaleza.

Leí la última parte de este libro sentado en un banco verde, bajo la sombra de un árbol, un chopo creo, y me cagó un pájaro en la mano izquierda mientras leía. Si Thoreau hubiera estado a mi lado seguro que se hubiera reído. Se hubiera encogido de hombros, hubiera mirado hacia el árbol, hacia el cielo y hubiera dicho.

-Estos son los dones de la naturaleza.

Errata Naturae. 2017. 376 páginas. Traducción de Marcos Nava García.

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errata naturae ediciones 
2014

Élisa (Jacques Chauviré 2014)

Élisa
Jacques Chauviré
errata naturae editores
2014

Jacques Chauviré autor de esta breve novela nació en 1915, el mismo año en el que moría su padre en el frente, durante la I Guerra Mundial.

En Francia, Élisa se publicó en 2003 y fue acogida con todos los parabienes de los libreros franceses. Cuando a Jacques le interpelaban acerca de sus motivos para escribir (se ganaba la vida como doctor), respondía reproduciendo las palabras de otros médicos-escritores anteriores a él: cualquier médico sabe que sus victorias son siempre efímeras mientras que las del escritor pueden ser eternas.

¿Es Élisa una victoria eterna?. No, es material fungible.

Élisa es un relato autobiográfico que se remonta a cuando Jacques tenía cinco años y a su casa en el campo, donde el pipiolo vive junto a su madre viuda, un hermano, una abuela severa y algún familiar más, llega Élisa a trabajar como sirvienta.

A partir de ese momento, Jacques o Ivan (porque al estar pendiente de registrar su nacimiento y mediando la muerte de su padre, la madre decide cambiar el nombre y ponerle el mismo que el de su marido, como homenaje a éste) se embelesa con la joven Élisa de labios carnosos, nariz chata, pechos redondeados y turgentes. En fin, que el mocete a pesar de su corta de edad, está que bebe los vientos por ella y no ve momento de estar junto a ella.

Hay quien apenas recordamos nada de cuando teníamos cinco años y otros como Jacques se acuerdan de todo con una nitidez pasmosa (y donde no llega la memoria siempre está a mano la imaginación). Será quizás porque el resto no hemos tenido a esa edad a una Élisa próxima que nos arrullase y nos mostrase sus senos tan a mano y nos dejará abrazarla y acariciarla. Todo desde el cariño que puede ofrecer una tierna criatura de leche, de cinco añitos.

Jacques nos cuenta con una prosa luminosa y ligera el fluir de las estaciones, de los meses, a medida que su pasión se acrecienta, sin ser correspondida por su amada. Al final, como es de preveer, Élisa se casa con un chico y deja la casa de Ivan.

Jacques Chauviré
Jacques Chauviré

No acaba aquí la historia porque entonces sería una historia amena y mínima, sin más. ¿Entonces?. Es menester cerrar el círculo. Élisa e Ivan, bueno Jacques, se merecen un encuentro más. Y lo tendrán.

El enamoramiento o apasionamiento es algo similar a la sed, que sólo saciamos con la presencia de la persona amada. Al que le haya pasado, podrá corroborar o negar esto. Al resto, creerlo a pies juntillas, porque es así.

El problema de Ivan fue que Elisa no pudo ni amamantarlo como bebé ni darle de beber como niño. Cosas que pasan, cuando los nacimientos no están bien ajustados en el tiempo.

Santos que yo te pinte (Julián Rodriguez 2010)

Santos que yo te pinte Julian RodriguezSi Ninguna necesidad (Premio Ojo Crítico de Narrativa 2006) no me había dicho nada, Santos que yo te pinte aún menos. No sé si hablamos de una novela ultracorta o un de relato, pues son 43 páginas, en un libro que ocupa como la palma de mi mano y que se lee del tirón (y conviene hacerlo así) en una hora.

Este artefacto es un batiburrillo, un amasijo de palabras, todas puestas una detrás de las otras, sin saltos ni las interrupciones que propiciaría su organización en capítulos o párrafos en blanco. No, todo va del tirón, desde que empieza hasta que acaba, como cuando alguien se enfurruña y dice: “dejame hablar“, y no ceja en su empeño hasta que ha soltado su discurso, aliviado.

Seguro que Julián Rodríguez, tendría muy claro qué quería decir y cómo lo iba a hacer, y habrá un ejercicio de reflexión previo a la escritura, pero al leerlo uno tiene la sensación de que independientemente de que el autor se haya tirado una década puliendo la obra, desbastándola, hasta decidirse a publicarla o bien, que una tarde se sentara en un bar, con un manojo de servilletas y plasmara en ellas el libro que llevaba en mente, del tirón, el resultado sería el mismo: me ha resultado una obra sin orden ni concierto. Y eso no es malo, lo malo es la falta de chispa, de humor, de ironía, la escasa capacidad de invocar o sugerir nada en el ánimo del lector (yo), que uno vaya adentrándose en la lectura, como quien se pierde en una ciudad y solo busca desesperadamente el coche, sin reparar en nada de cuanto le rodea.

Decía vaguedades, el todo va bien de las ocasiones de compromiso. Vaguedades como las palabras de amistad sucedánea, y el amor sucedáneo y el tiempo sucedáneo. (pag 48)

La magia de la literatura es precisamenta esa, que mientras que a mí Santos que yo te pinte, me ha parecido una ristra de vaguedades, una muestra de verborrea digital, baldía, a otros internautas blogueros literarios, les ha parecido algo tan maravilloso, innovador y sugerente como para afirmar que Julián Rodríguez es uno de los grandes gurús de la narrativa de este siglo, o el futuro de literatura ibérica. Apuntar que según el DRAE un gurú es un maestro o guía espiritual, o a quien se le reconoce una autoridad intelectual: no digo más.

Recuerdo otro libro torrentero, La soledad de las vocales del gallego Jose María Pérez Alvárez, que me gustó muchísimo y , cuyo último libro Tela de Araña, es una obra de arte. Dicho queda.

Lo publica la editorial Errata Naturae, creada en 2008, con la ilustración en la portada de David Sánchez.

Los Planetas, ese grupo andaluz capaz de generar unas fabulosas atmósferas con sus guitarras, tienen una canción que lleva por título Santos que yo te pinte (demonios se tienen que volver).

Esta reseña la puedes leer mientras te escuchas la canción planetaria (si entiendes algo a la primera escucha: enhorabuena). O escuchar directamente la canción y pasar de la reseña, que quizás te salga más a cuenta.

A veces me pregunto de quien será el fantasma que te ha tapado los ojos para que no veas nada.