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Monsieur Teste (Paul Valéry)

Leo: Pese a mis esfuerzos sólo seguía sus palabras con mucha dificultad, limitándome al final a retenerlas. Leo: No me aburre oír cosas abstractas o demasiado elevadas para mí; le encuentro un encanto casi musical. Hay una parte del alma que puede gozar sin entender, y que en mí es muy grande. Dice Valéry en el prefacio: estaba firme en mi deseo infinito de claridad, mi desprecio de ídolos y convicciones, mi desagrado con lo fácil y el sentimiento de mis límites. Pienso: ¿Dónde acaba la memoria y empieza la imaginación?. No hay lindes, cuando la imaginación (re)crea la memoria.

Leo: Y las palabras más derechamente nos alcanzan -esas que nos hacen a su autor más cercano que ningún otro hombre, que hacen creer que el eterno muro entre los espíritus cae- podían venir a sus labios. Valéry escribe este palimpsesto a los 25 años, y digo Palimpsesto porque desde su nacimiento este texto, La velada con Monsieur Teste fue creciendo en extensión y profundidad, durante cuatro décadas,hasta un final intelectual: Marcha fúnebre del pensamiento.

A Valéry solo le interesaban los textos difíciles y exigía a sus lectores, el mismo esfuerzo que a él le costaba parir a sus retoños. Advierte que ya en lengua original su lectura no es demasiado fácil y que trasladarlo a otra lengua presenta dificultades casi insuperables. Muy plausible la labor del traductor José Luis Arántegui, no porque el texto no siga siendo abstracto, impenetrable, inasible, incómodo, que es la impronta de Valéry, sino por trasladar fielmente ese espíritu, en un texto que más que ladrillo es piedra y que tirada al centro de un estanque, no se va al fondo y se sustrae de nuestra mirada y de nuestra memoria al instante, sino que crea ondas expansivas, círculos concéntricos con piel de concertina.

Leo y concluyo:

Mire, todos los tontos se reclaman de la humanidad y todos los débiles de la justicia; interesados, unos y otros, en la confusión. Evitemos el rebaño y la romana de esos Justos tan mal enseñados; golpeemos a quienes quieren hacernos semejantes suyos. Sólo o tiene que acordarse de que entres los hombres no hay más que dos relaciones: la lógica o la guerra. Pida siempre pruebas, la prueba es la cortesía elemental que siempre se debe. Si rehúsan, recuerde que está siendo atacado, y que se le va a hacer obedecer por todos los medios. Será usted preso por la dulzura o por el encanto de cualquier cosa, apasionado por la pasión de otro; se le hará pensar lo que no ha meditado ni sopesado; será usted enternecido, encantado, deslumbrado: sacará consecuencias de premisas que se le habrán fabricado, y con algún genio inventará usted -lo que conoce de memoria.

Henri Roorda

Mi suicidio (Henri Roorda)

Henri decide suicidarse a los 55 años. No lo hace a consecuencia de una enfermedad terminal, o porque su situación económica sea desesperada o por cualquier otra circunstancia de manual. Más bien Henri creo que entiende que la libertad nos permite disponer de nuestra vida a nuestro antojo.

Henri quiere un proceder regido por la exaltación, el entusiasmo, el gozo, un vivir con embriaguez, en suma. Cuando esa ilusión, ese entusiasmo, esa chispa falta, vivir es simplemente acumular días. Henry tiene hambre de ternura, un hambre insaciable que acabará matándolo/se. Sus 30 años de docente, esa formación de jóvenes espíritus tampoco le deparará ninguna alegría.

Me resulta el suyo un testimonio franco, veraz, sincero. A pesar de su brevedad, he encontrado en el texto -este librito que hace las veces de nota de suicidio- unas cuantas frases interesantes que reproduzco a continuación.

El Estado no ofrece a quienes instruyen a los escolares ocasión de renovar su tarea y de rejuvenecer de esta manera su pensamiento. ¿Consiste su base en transmitir entusiasmo los jóvenes? No, el entusiasmo es peligroso. Por mi parte, me gustan los inicios, las salidas, los impulsos renovados.

Me deprimiría menos la perspectiva de volver a dar mis lecciones si los que me pagan me dijeran: “Dé a estos niños lo mejor de su pensamiento”. No tengo nada en común con esos funcionarios que se sienten orgullosos de ser una “rueda” más del engranaje social. Necesito emocionarme con las verdades que enseño.

No estaba hecho para vivir en un mundo en el que se debe consagrar la propia juventud como preparación para la vejez.

Hay corazones a los que nuestra estúpida moralidad condena una juventud demasiado corta y a una vejez demasiado larga. La vejez no sirve para nada.

Si yo hubiera creado el mundo, habría situado el amor al final de la vida. Los seres humanos se habrían visto sostenidos, hasta el final, por una esperanza confusa pero prodigiosa.

Trama editorial. 2014. 64 páginas. Traducción de Libertad Aguilera.

El Principito

El Principito (Antoine de Saint-Exupéry)

Después de acabar este cuento maravilloso he leído este artículo de Gianni Rodari acerca de la imaginación en la literatura infantil, donde leo cosas muy interesantes. Ahí se habla entre otras muchas cosas de cómo la ideología de un escritor está siempre presente al escribir, como una parte constitutiva de su personalidad, así, Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), de profesión piloto, tras combatir en La Segunda Guerra Mundial como piloto de reconocimiento y al caer Francia en manos de los nazis, se exilia a los Estados Unidos y allá escribe Piloto de Guerra en 1942, donde refiere sus aventuras bélicas y un año después, en 1943, un año antes de su muerte, este cuento El Principito, que se podrá entender de muchas maneras pero que a mí me parece sobre todo un relato antibélico, una mano tendida al otro, que en este caso es un niño, un Principito de cabello rubio, amo y señor de un planeta con tres volcanes (del tamaño de un taburete) y una curiosidad insaciable, que le sirve de alimento vital, una curiosidad que no le permite dejar un pregunta sin respuesta, y que le permite al autor muy sutilmente ir presentando una galaxia de planetas (el texto viene ilustrado con las bellas acuarelas del autor) en manos de humanos aburridos, grises, codiciosos, tan limitados en sus vidas como en sus actividades, como las absurdas normas a cumplir, como en el caso del farero, o en el recuento de estrellas distantes que alimentan la codicia y el ansia de tener, aunque sea alto intangible. El Principito no anhela riquezas, ni ser el mandamás de un planeta, el quiere no estar solo, y la compañía (compañías no exentas de servidumbres y que en cierto modo domestican la libertad) de su curiosidad, de un cordero, de una flor, de las puestas de sol, le bastarían.

Saint-Exupéry fue piloto, muchas horas de su vida las pasó en las nubes, y eso quizás explique que a la hora de escribir algo, las estrellas, aquellas que siempre estaban allá en lo alto, a su vera, hablándole al oído, haciéndolo reír o llorar, tuvieran que aparecer en este texto y nos dejaran un final de cuento tan triste y hermoso.

No me explico cómo no lo había leído hasta ahora.

Escribidme enseguida, decidme que el principito ha vuelto.. !ufff!

Salamandra. Traducción de Bonifacio del Carril. 2016. 95 páginas.

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Pandemonio (Francis Picabia)

Muy grata sorpresa la que me ha deparado esta novela de Francis Picabia (1879-1953), escrita en 1924 y publicada por vez primera en 1974. Picabia despliega en su narración chanzas, burlas, retruécanos, humor negro, para mostrar su ateísmo, su antimilitarismo, su idea del amor, del matrimonio, su concepción del arte (“el verdadero pesimista ni escribe ni pinta. Se dedica a cualquier cosa salvo al arte, una enfermedad que confiere un buen pelo, unos ojos bonitos y una piel sedosa porque suprime cualquier contacto con la vida y sus manifestaciones. Los enfermos sacan su interior al exterior. Y son incapaces de amar, de andar y de de reír. Son incapaces incluso de envejecer sin que por ello pueden evitar una muerte lenta que deja intactos su buen pelo, sus ojos bonitos y su magnífica piel“), ya sea la pintura, o la literatura, donde el ubicuo escritor en ciernes Lareincay es una creación impagable, un escritor que debe dar a conocer cada página que escribe y que con tanto salero enjuicia el narrador y escuchante de las gestas literarias de ese potencial genio creador: Lareincay (que me recuerda al Eloi de La linterna sorda de Renard, en esa necesidad imperiosa de reconocimiento hacia su obra).

La acción transcurre en su mayor parte en París, poblado de personajes míticos como Breton, Aragon, Duchamp, Picasso…, objeto casi todos ellos de las invectivas de Picabia, blanco de su tono burlón, inmisericorde, de una animadversión que no se orilla, vela, ni dulcifica.

El narrador con tono desenfadado y gamberro se burla de todo y de todos. Su humor corrosivo me resulta subyugante. La narración no da tregua porque continuamente cambia el escenario: pistas de baile, locales, inmuebles, alocados viajes en coche… Me gusta el espíritu satírico de Picabia, ese mofarse de todo, el poner todo en tela de juicio y quitar gravedad a las cosas, aligerándolas con su espíritu crítico, con su humor inteligente y punzante.

Pandemonio es una lectura que me ha entusiasmado, tanto que solo puede recomendarla. En algunos momentos, cuando Picabia habla del arte en los Estados Unidos me venían en mente otras páginas de Julio Camba, aquellas que éste dedicaba a la manera que tenían los yanquis de concebir el arte: en serie.

La novela va acompañada con 199 notas, que permiten entender mejor a Picabia, lo cual es una pega, porque sin ellas creo que el texto sería mucho más críptico y sería difícil entender muchos de los juegos de palabras, dobles sentidos y muchas de las críticas y chanzas que Picabia nos ofrece.

Queda Pandemonio como un interesante retrato del París de comienzos del Siglo XX, donde surgen movimientos como el dadaísmo y demás movimientos culturales, donde Picabia, como se explica en las notas, dice una cosa y defiende la contraria, víctima de un espíritu de contradicción, de una sinceridad atropellada y de un sentimiento de huida, que en todo caso, no lo sumirá en el inmovilismo sino en un quehacer (artístico) continuo y fecundo, en un deambular frenético y muy vital, que tan bien se explicita en esta alegre, gamberra y dicharachera novela.

Malpaso ediciones. 2015. 145 páginas. Traducción de Paula Cifuentes.

Clémence Boulouque

Muerte de un silencio (Clémence Boulouque)

El duelo es ya un género en sí mismo. Estos últimos años he leído, que recuerde, Lo que no tiene nombre, La hora violeta, Idea de la ceniza, Los que miran, Mortal y Rosa. Novelas en las que los que se quedan a este lado recuerdan, sobre el papel, a los que no están: en su mayoría hijos o parejas.

Aquí es Clémence Boulouque (París, 1977) quien rinde su particular homenaje, en este caso a su padre, un mediático juez que acabó quitándose la vida, a finales de 1990, con el terrorismo -contra el que se enfrentaba y que lo tenía en el punto de mira- como una de las causas, quizás no la única, pero sí la que mayor peso tuvo en el devenir luctuoso del mismo. Un terrorismo que como se ve no solo mata directamente, sino también indirectamente, provocando muerte y mucho dolor en los que se quedan.

Clémence va al pasado, organiza sus recuerdos y de una manera muy natural y veraz, se nos ofrece en carne viva, pero ojo, no es este un melodrama que busque convertir al lector en un manantial de ojos que diría Umbral, sino que se nota un trabajo, cierto comedimiento, una selección de las palabras que logran la sintonía perfecta -y aquí creo que la labor de la traductora, Laura Salas Rodríguez, juega un papel decisivo- o quizás no haya tal trabajo y el estilo de Clémence sea este, y a la autora sin mayores alardes, sin efectismo alguno, le broten con esta cadencia los recuerdos, enhebrando una narración que va creciendo hasta el clímax, hasta el suicidio, el momento ya irreversible, aquel que sustituye el presente dolor de la pérdida, por el miedo anterior ante una realidad amenazante.

Hay frases que leídas te arponean, palabras como el Arkanoid que brindan un viaje al pasado, pero prefiero que sea el lector el que las descubra.

Nunca dejarán de sorprenderme las autobiografías de miles de páginas de tantos Funes memoriosos que lo recuerdan todo al detalle. Me reconozco más en lo que hace Clémence. Su pasado son unos pocos recuerdos, simples la mayoría, tan simples como lo es la vida: un tránsito con más sombras que luces, con algunos momentos, pocos, inolvidables, que nos dan algo de relieve, sustancian nuestra memoria y nos afirman y donde la literatura, permita quizás a Clémence darle a su padre otra oportunidad, alzarlo de la alfombra y sentarlo a su lado en el sofá, y darle a través de estas palabras huérfanas, a través de estos recuerdos, un achuchón imposible.

Periférica. 2016. 132 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.