Archivo de la etiqueta: Literatura Francesa

image_1165_1_92575

Moderato cantabile (Marguerite Duras)

Primero La siesta de M. Andesmas, luego Los ojos azules pelo negro, después El parque, más tarde El amor y ahora Moderato cantabile. La escritura de Marguerite Duras constato que ejerce sobre mí una poderosa atracción, tal que periódicamente reincido.

Moderato cantabile, con traducción de Paula Brines, es una novela breve, menos de cien páginas, escrita por Marguerite Duras en 1958, en la que la autora gala muestra su capacidad para crear obras breves pero poderosas. Uno imagina a Duras quitando y poniendo palabras, añadiendo y eliminando comas y puntos, buscando la resonancia de las palabras al caer sobre el papel y ser leídas, el efecto que las mismas producirán en el lector, que como aquí ya va avisado se muestra expectante, los sentidos aguzados.

La acción se sitúa en una pequeña localidad portuaria. En un piso una mujer acompaña a su hijo pequeño a clases de piano. La profesora se desespera con el niño que no se toma la música como debiera, ni parece capaz de retener lo que es el Moderato cantabile y de paso censura también la actitud de la madre para con su retoño. En medio de la clase un baladro la descompone. Luego sabremos que una mujer ha sido asesinada en un bar próximo. La madre, que atiende al nombre de Anne Desbaresdes, siente removerse algo en su interior. Indaga en el bar y así un hombre, Chauvin, entra en el decorado de su vida.

Cada uno dosificará la información que tiene, que no parece ser mucha, pues los diálogos se cierran a menudo con un no sé, un creo. Poco se afirma. Ella quiere saber qué pasó allá, por qué el crimen, quienes eran ellos, si se conocían, si eran amantes, por qué después del crimen él no quería separarse de ella, si él cumplió de manera tan radical el deseo de ella o el suyo propio. Estas preguntas son las que flotan en el ambiente tejiendo un aura de misterio.

La realidad fabril –el bar está en el puerto, y cuando suena la sirena los empleados del astillero toman las calles y poco después el bar- es también febril, cuando Anne templa sus manos temblonas con el vino que bebe como agua, para ya aquietada extraer de Chauvin, con anzuelo, palabras que le permitan saciar su curiosidad, alcanzar a entender algo, difícil, en una mente achispada.

Chauvin el misterioso, exempleado del astillero, ahora en paro, varado en la barra del bar desde donde divisa el espejo alquitranado en el que su mirada se funde y confunde. Chauvin sabe muchas cosas de Anne, sabe quién es ella –la mujer de un rico empresario local dedicado al comercio de exportación e importación- dónde vive (pues ha acudido como empleado a alguna recepción), sabe qué luz es la que corresponde a su cuarto, por qué permanece encendida a altas horas de la noche, conoce su jardín secreto, la nómina floral, arbórea. Chauvin merodea, observa, concluye. Y Anne asiente. El anzuelo, las palabras, son ahora una red. Enmarañados, Anne confiesa que ve a su hijo y le parece una invención. Quiere verlo crecer, mayor ya, extirparse así de su infancia. En el bar todos les observan. Ella, la adúltera, una Bovary portuaria. Cogidas las manos sobre la mesa las miradas fijadas uno en el otro bien podrían decir aquello del poema de Pedro Luis Menéndez, Moriremos de hastío. No lo dicen, pero lo piensan, el morir, el matarse, el desangrarse en un grito como el escuchado, acabar la función con una defunción, pero es una fantasía, un anhelo, un hastío: la forma óptima de vivir la muerte en vida.

IMG_20190425_120620_2_opt

Las tablillas de boj de Apronenia Avitia (Pascal Quignard)

Escrito en 1983 por Pascal Quignard, Las tablillas de boj de Apronenia Avitia, con traducción de Encarna Castejón, tiene el valor del testimonio, el ofrecido por una patricia nacida en el año 343, quien moriría 71 años más tarde.

La primera parte del libro versa sobre la vida de Apronenia Avitia, romana acaudalada, propietaria de diversas villas en distintas zonas de Italia. Madre de siete hijos, si bien la maternidad acababa con el alumbramiento de los retoños, ya que habida cuenta de su desahogada posición económica disfrutaba esta de los servicios ofrecidos por las criadas, nodrizas y un personal superior a las 100 personas, que se encargaban de cualquier pormenor doméstico y de cualquier otra índole. En una tablilla Apronenia afirma que detesta el sollozo de los niños, su llorar quejumbroso, que no le gusta jugar con ellos.

Apronenia vivió aquellos años en los que el cristianismo pasó a ser la religión exclusiva del Imperio romano, en el año 380, desechando los romanos y fundiendo estos la iconografía de los anteriores dioses paganos.

La segunda parte del libro son propiamente las tablillas de Apronenia Avitia, que recogen pensamientos, recuerdos, reflexiones, menudencias, plasmadas en las CLXVIII tablillas de boj del título.

El valor de las mismas reside en que parece ser que en ningún momento Apronenia quería que se hiciesen públicas estas tablillas que actúan a modo de diario. En ellas Apronenia se confiesa a sí misma, se cuenta sin veladuras. Muchas de las tablillas no pasan de ser meros listados o enumeraciones de las cosas que no tiene que olvidar, las cosas que tiene que hacer, donde prima lo crematístico, a saber, intereses de las calendas, sacos de oro, o bien lugares que quiere visitar (los bosquecillos de Pompeya, la villa de Nápoles y la de la isla de Megaris, las termas de Tito, ir al templo de Numa…) o alimentos o bebidas que quiere degustar (queso de Sassina, jalea de higos de la Labulla, peras de Nápoles…), o actividades que le permitirán diluir el tedio.

Las tablillas dan cuenta de la voluptuosidad de Apronenia con sus amantes y nos enteran de que en aquel entonces los hombres patricios se hacían depilar las nalgas y el pubis, escena que Apronenia viendo a su cónyuge afeitar a cuatro patas le da produce cierto repeluco. Vemos cómo los esclavos menores eran a su vez también esclavos sexuales para goce y disfrute de sus amos.

Las tablillas de Apronenia parecen situarla al margen de la realidad imperante, encantada ella en la viscosidad de lo trivial, del ocio rampante, del quehacer estéril, como una burbuja de cristal que solo pareciera resquebrajarse cuando Apronenia tome conciencia de la soledad, la vejez, la enfermedad, su miedo, las muertes de los que la rondan, como cuando muere Posidio Barca, y éste agonizando le dice, No hay otra vida. No volveremos a vernos. Los dos llorábamos. Nos apretábamos la mano, dice Apronenia.

Quignard logra a través de la reproducción (¿o hemos de hablar de fabricación, si Apronenia no fuera más que una invención de Quignard?) estas tablillas, especie de teselas literarias, erigir un mosaico de la época, el siglo IV, no de la mano de una de sus actrices principales (aunque muy bien acomodada), lo cual no resta, a pesar de la sucintez y de ciertas reiteraciones, ni un ápice de interés a lo leído, pues estas tablillas resaltan como un vívido fresco de la época.

Una muy grata sorpresa.

Espasa. 2003. Traducción de Encarna Castejón. 123 páginas.

Pascal Quignard en Devaneos

Terraza en Roma
Vida secreta

portada lomo 9,3mm.indd

Llega el rey cuando quiere (Pierre Michon)

No hace mucho que leí un fantástico libro de entrevistas (dos) al crítico literario Bernard Pivot, publicado por Trama editores con traducción de Amaya Gallego Urrutia. He experimentado el mismo gozo sin tasa de entonces leyendo las trece entrevistas que le hacen a Pierre Michon, (comprendidas entre 1989 y 2005) bajo el título, Llega el rey cuando quiere, publicado por la editorial WunderKammer con traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

Lo curioso del tema es que yo no soy (pero me veo camino de ello) un lector asiduo de Michon, porque solo he leído dos novelas suyas, una de las cuales creo que no me gustó especialmente, El origen del mundo. Mucho más me gustaron sus Mitologías de Occidente. No he leído tampoco sus Vidas minúsculas (el atestado de un fracaso y un liberación del fracaso, un desastre que se convierte en proeza, en palabras del autor), aquella obra de un no escritor que lo convirtió en tal, y sobre el que inciden buena parte de las entrevistas, y ahí reside el único pero que le puedo poner al libro, a saber, ciertas reiteraciones, lo cual deviene inevitable, porque al contrario de un ensayo donde el escritor digamos que se hace las preguntas que desea escuchar y se las responde, aquí el escritor únicamente ofrece las respuestas, y se corre el riesgo de que muchas preguntas sean de la misma índole.

Dicho lo anterior leer un libro de entrevistas de Michon, en mi caso, podría parecer una insensatez. No lo es, porque si nos dejamos arrastrar por la predictibilidad de nuestras lecturas, dejaríamos fuera de campo lecturas que nos son muy necesarias, porque además lo que dice Michon en estas jugosas entrevistas es extrapolable a muchos otros escritores, a todo aquel que se enfrente ante una hoja en blanco, o a ese !anda ya! que le conmina a desistir.

En las entrevistas se nos refiere por ejemplo la forma que Michon tiene de escribir (cuadernos de notas, de trabajo…), la musicalidad de su prosa, la necesidad de verse rodeado de pinturas, su preferencia por las novelas cortas o relatos, con reflexiones de sumo interés sobre lo breve,(lo breve juega con la libertad absoluta, la del acto) sobre la naturaleza de la literatura (La literatura es un acto de no-saber, pero que tiene que saber), acerca del arte (El arte no es nada, pero solo tenemos el arte), el oficio del escritor (un escritor no existe y no cobra si no publica) recorriendo a su vez figuras relevantes o fundacionales como Rimbaud, Faulkner, Proust, Flaubert (lo que escribe Proust es inteligente. Es menos intenso que lo de Flaubert porque es más inteligente. Y no es que Flaubert fuera tonto, pero en Flaubert hay algo brutal, animal, que a mí me recuerda a Hugo; Algo que decía también Savinio, con palabras parecidas sobre Maupassant y Proust), Joyce, Mallarmé….
Pierre Michon

Podría entresacar unos cuantos párrafos que me han gustado mucho, pero prefiero que el lector arribe virgen a estas entrevistas, con las cuales aprenderá mucho no solo de la figura de Michon, también de la literatura y lo que es aún más importante, de la vida.

A ver si me hago con un ejemplar de Lo que dicen las mesas parlantes de Victor Hugo, para seguir disfrutando de las obras que va poniendo a nuestra disposición este Cuarto de las Maravillas.

Gérard de Nerval

Sylvie (Gérard de Nerval)

Quería leer esta nouvelle desde que hace un tiempo leyera Tras las huellas de los románticos de Richard Holmes, donde uno de los biografiados era Gérard de Nerval (1808-1855).

Para Umberto Eco, Sylvie (publicada dos años antes de la muerte de su autor) es uno de los libros más bellos jamás escritos. Una lectura, la de Sylvie que le dejó trastornado. Más tarde supo que a Proust le había sucedido lo mismo.

Lo que el narrador de esta delicada, preciosista, sinéstesica y barroca novela, tributaria del mundo clásico, manifiesta es la imposibilidad del amor, un amor que se le presenta al galán bajo el rostro de tres mujeres, dos a las que conoció en su mocedad y otra en el tiempo presente: una actriz de la que se queda prendado cuando acude en calidad de espectador a un teatro parisino.

La narración supone para el protagonista regresar al pasado, al reencuentro con Sylvie, uno de sus amores platónicos de juventud (cuando ella era joven, alocada, salvaje, andaba descalza y tenía la tez morena), abandonar la ciudad de París por unos días y dirigirse ocho leguas al norte, a pueblos como Ermenonville, Loisy, donde la vida ha cambiado poco, para demorarse en paseos entre bosques, a la vera del río Thève, disfrutando de la calidez de una vida sencilla, donde el pasado se perpetúa en forma de bailes, fiestas y tradiciones que se mantienen con el correr de los siglos, donde late el corazón del pueblo francés, escenas en las que se evidencian las desigualdades sociales entre ellos.

El narrador, a quien conocen como el parisino, dado que a éste le resulta difícil librarse de su estigma urbanita, comprueba en su regreso a la Arcadia rural que Sylvie nunca será suya, que la actriz de la que cree estar enamorado, no es más que el reflejo vago de Adrienne, aquella joven rubia de la que se enamoró por un momento en su juventud, inseminado desde entonces con la semilla amarga del desamor en el que naufragará ya por siempre.

Se hace mención en el texto a la novela de 1761 La Nueva Eloísa de Rousseau (quien residió en Ermonenville), cuando el enamorado recita de memoria pasajes del libro a Sylvie y más tarde cuando ella dice haber leído la novela y verse en la piel de Julia y a él en la de Saint-Preux. Pero al final, disipado el embrujo, él siente a Sylvie más como una hermana que como una amante y solo le resta aferrarse a sus recuerdos de juventud, cuando todo podía haber sido distinto, antes de que la vida los pusiera en caminos diferentes, siempre paralelos por mucho que se empecinen en hacerlos converger.

Acantilado. 2002. 82 páginas. Traducción de Luis María Todó.