Archivo de la etiqueta: Fragmentos

Benito Pérez Galdós

Fortunata y Jacinta

El mundo tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas sacadas a la fuerza, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por declararse a sí mismo que más sabe el que vive sin querer saber que el que quiere saber sin vivir, o sea aprendiendo en los libros y en las aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el trabajo.

Feliz Semana Santa de Pasión Lectora

Cervantes en Tiempo de silencio

Leyendo Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, me encuentro con estas muy interesantes palabras sobre la figura de Cervantes, por boca de Pedro, uno de los personajes de la novela.

“Venia un airecillo cortante desde el Este. Para evitarlo, dejó a un lado la cuesta de Atocha con toda su apertura desabrida y se metió por las callejas más retorcidas y resguardadas de la izquierda. Estaban casi vacías. Siguió andando por ellas, acercándose sin prisa, dando rodeos, a la zona de los grandes hoteles. Por allí había vivido Cervantes -¿o fue Lope?- o más bien los dos. Sí; por allí, por aquellas calles que habían conservado tan limpiamente su aspecto provinciano, como un quiste dentro de la gran ciudad. Cervantes, Cervantes. ¿Puede realmente haber existido en semejante pueblo, en tal ciudad como ésta, en tales calles insignificantes y vulgares un hombre que tuviera esa visión de lo humano, esa creencia en la libertad, esa melancolía desengañada tan lejana de todo heroísmo como de toda exageración, de todo fanatismo como de toda certeza? ¿Puede haber respirado este aire tan excesivamente limpio y haber sido consciente como su obra indica de la naturaleza de la sociedad en la que se veía obligado a cobrar impuestos, matar turcos, perder manos, solicitar favores, poblar cárceles y escribir un libro que únicamente había de hacer reír? ¿Por qué hubo de hacer reír el hombre que más melancólicamente haya llevado una cabeza serena sobre unos hombros vencidos? ¿Qué es lo que realmente él quería hacer? ¿Renovar la forma de la novela, penetrar el alma mezquina de sus semejantes, burlarse del monstruoso país, ganar dinero, mucho dinero, más dinero para dejar de estar tan amargado como la recaudación de alcabalas puede amargar a un hombre? No es un hombre que pueda comprenderse a partir de la existencia con la que fue hecho. (…) ¿Qué es lo que ha querido decirnos el hombre que más sabía del hombre de su tiempo? ¿Qué significa que quien sabía que la locura no es sino la nada, el hueco, lo vacío, afirmara que solamente en la locura reposa el ser-moral del hombre?”

“Pero la cosa es muy complicada. Mientras que Pedro recorre taconeando suave el espacio que conociera el cuerpo del caballero mutilado, su propio racionalismo mórbido le va envolviendo en sus espirales sucesivas.

Primera espiral: Existe una moral -una moral vulgar y comprensible- según la cual es bueno, sensato y razonable el que lee libros de caballería y admite que estos libros son falsos. El libro de caballería intenta superponer sobre la realidad otro mundo más bello; pero este mundo -ay- es falso.

Segunda espiral: Surge, sin embargo, un hombre que intenta que lo que no puede en realidad ser, a pesar de todo sea. Decide pues creer. El mal -que sólo era virtual- se hace real con este hombre.

Tercera espiral: Quien así procede -a pesar de ello- es llamado por sus conciudadanos El Bueno.

Cuarta espiral: La creencia en la realidad de un mundo bueno no le impide seguir percibiendo la constante maldad del mundo bajo. Sigue sabiendo que este mundo es malo. Su locura (si bien se mira) sólo consiste en creer en la posibilidad de mejorarlo. Al llegar a este punto es preciso reír puesto que es tan evidente -aun para el más tonto- que el mundo no sólo es malo, sino que no puede ser mejorado en un ardite. Riamos pues.

Quinta espiral: Pero tras la risa, surge la sospecha de si será suficiente con reír, si no será preciso más bien crucificar al hombre loco. Porque lo específicamente escandaloso de su locura es que pretende imponer y hacer real la misma moralidad en que los que de él se ríen -según afirman- creen. Si alguien dejara de reír por un momento y lo mirara fijamente pudiera llegar a contagiarse. ¿Será un peligro público?

Sexta espiral: Pero no hay que exagerar. No hay que llevar esta conjetura hasta sus límites. No debemos olvidar que el loco precisamente está loco. En ese «hacer loco» a su héroe va embozada la última palabra del autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Todas las puertas quedan abiertas. Lo que Cervantes está gritando a voces es que su loco no estaba realmente loco, sino que hacía lo que hacía para poder reírse del cura y del barbero, ya que si se hubiera reído de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habrían tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su pequeña inquisición local, su pequeño potro de tormento y su pequeña obra caritativa para el socorro de los pobres de la parroquia. Y el loco, manifiesto como no-loco, hubiera tenido, en lugar de jaula de palo, su buena camisa de fuerza de lino reforzado con panoplias y sus veintidós sesiones de electroshockterapia”.

Richard Holmes

Huellas. Tras los pasos de los románticos (Richard Holmes)

Iba leyendo este libro de Richard Holmes (Londres, 1945) y cuando llevaba unas 30 páginas dedicadas a Stevenson, no me convencía, más bien me aburría lo que leía e hice un parón. Una opción era abandonar el libro definitivamente, otra -ventajas que tienen libros de estas características- era abordarlo por cualquiera de los otros tres autores retratados por Holmes.

Me decanté por las páginas finales, las que que Holmes dedica a Gérard de Nerval y el texto se puso entonces muy interesante, con fragmentos como los siguientes:

“Si un joven se dedicaba “al comercio o al sector manufacturero” podía esperar “todos los sacrificios financieros posibles” de su familia; e incluso si no tenía éxito en un primer momento su familia se quejaría pero seguiría ayudándolo. Un hombre que decidiera ser “médico” o “abogado” debería contar con varios años en que no tendría suficientes clientes o pacientes para obtener beneficios, y su familia se “sacaría el pan de la boca” para que seguiría adelante. “Sin embargo, nadie considera que el hombre de letras, haga lo que haga, por mucha ambición que tenga, por muy dura e incansablemente que trabaje, necesite el mismo apoyo en la vocación que ha seguido. O que su carrera que puede acabar siendo tan sólida desde un punto de vista material como las otras, probablemente tendrá -como mínimo en nuestros tiempos- un período inicial que es igual de difícil”.

“La actividad literaria puede dividirse en dos clases. De un lado, el periodismo literario, con el que uno puede ganarse la vida y que da una posición sólida y reconocida a cualquiera que lo practique diligentemente; por desgracia, no lleva a nada elevado ni duradero. Del otro, tenemos la escritura de libros propiamente dichos, obras de teatro, estudios sobre poesía y demás, que en todos los casos es un trabajo lento y difícil; e inevitablemente requiere un trabajo preparatorio largo y un cierto periodo de documentación y estudio sin frutos inmediatos. Sin embargo, solo ahí es donde se encuentra el futuro literario de uno: el prestigio y una vejez feliz y honorable”.

“Lo que escribo ahora gira en un círculo demasiado estrecho. Me alimento de mi propia sustancia y no me renuevo”.

Dejé a Nérval y seguí luego con Shelley, centrándose en el tiempo que pasó en Italia, en Pisa, Nápoles, en La Spezia, donde muere ahogado, mientras navegaba en su velero Don Juan.

Lo interesante de la novela, es que además de que los biografiados son de ánimo viajero, tal que leer es viajar, el autor habla sobre su labor de biógrafo, lo que arroja reflexiones como estas.

“El biógrafo tiene que dominar el lenguaje subjuntivo; tiene que manejarlo e interpretarlo con la misma seguridad que el resto de tiempos del pasado”.

“Sin embargo, el biógrafo va a adquiriendo poco a poco convicciones sobre la personalidad de sus biografiados. Después de estudiarlos y de vivir con ellos durante varios años se convierten a su juicio en una de las verdades humanas más importantes; y pienso que quizá en las más fiables. Esta idea de la personalidad acaba por ser muy fuerte y parece -y es algo extraordinario- que entre biógrafo y biografiado se llega a un relación de confianza.

“El biógrafo ve todos los hechos como parte de un patrón en desarrollo: ve el antes y el después, tanto la causa como la consecuencia. Por encima de todo detecta las repeticiones y la manifestación de un comportamiento significativo a lo largo de toda una vida. A partir de todo esto, he llegado a convencerme de la integridad de la personalidad humana. A largo plazo, incluso los defectos, los deslices, las reacciones contradictorias y los caprichos súbitos de una persona parecen insertarse en un patrón de personalidad”.

“El gran atractivo de la biografía parece radicar, en parte, en su aspiración a un perspectiva coherente e integral de los asuntos humanos […] Al fin y al cabo, la vida pública y privada son coherentes; y la una no tiene sentido sin la otra. La biografía contempla la vida desde un punto de vista griego: el carácter se expresa en las acciones y puede entenderse, aunque no necesariamente justificarse”.

“He llegado a creer que la recreación de la textura cotidiana de una vida concreta -llena de los sucesos prosaicos, triviales, divertidos, rutinarios de una relación amorosa; en una palabra, la recreación de la intimidad- es prácticamente lo más difícil de una biografía; y, cuando se consigue, lo más cautivador”.

Una de las biografiadas es Mary Wollstonecraft, objeto de su interés cuando Holmes quiere conocer de primera mano la revolución francesa de 1789. Paginas quen son un tratado humano, donde la auténtica revolución vine cuando es madre y Mary descubre cosas inéditas en ella, que dejan para el recuerdo textos, recogidos en las Lecciones que escribe para su hija, de gran sencillez pero muy emotivos por los cercanos que resultan.

Finalmente me uní de nuevo a la aventura de Stevenson y de Holmes -que replica y sigue los mismos pasos que el primero, casi con un siglo de diferencia- por las montañas francesas de Las Cevenas. No me gustaba esta narración porque Holmes aquí tenía una mayor presencia, pero luego esta se va minorando y Stevenson se perfila mejor y Holmes además de plasmar al detalle el esfuerzo físico que supone la travesía, transmite bien ese sentimiento contradictorio de querer vivir a salto de mata, solo y sin compromiso y al mismo tiempo la necesidad de tener a alguien cerca. Resulta curioso cómo, si en unas notas Stevenson se muestra sincero, luego a la hora de publicar su periplo por tierras galas, la narración a pesar de ser autobiográfica orilla muchas cosas, tal que el hueso se queda oculto tras una hojarasca de palabras que no permitan llegar a fondo y que quizás sea extensible a buena parte de las autobiografías, que son más bien algo más parecido a una ficción, cuando como hace Stevenson, se mudan los sentimientos y lo expresado ya no era lo que entonces el autor sentía.

He experimentado una sensación de gozo, pareja a la que sentí, o creo que sentí, al leer Peregrinos de la belleza, donde María Belmonte seguía también los pasos, las huellas, de otros escritores por Grecia e Italia. Ambos transmiten su entusiasmo, su pasión y esta lectura amén de amena, enriquecedora y subyugante es una invitación a conocer y a querer leer a estos románticos, a Nerval, a Shelley, a Stevenson y a Mary Wollstonecraft, ahora que ya no son unas entradas en wikipedia, sino algo más cercano, más humano, más corpóreo.

Turner Publicaciones. 2016. 348 páginas. Traducción de Guillem Usandizaga.