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El arte del puzle (José María Pérez Álvarez)

Mi vida está herida en su misma raíz

Van Gogh

Soy víctima de una alegría cósmica, no motivada por alguna alineación astral, sino por la concurrencia de tres novelas recién publicadas de mis escritores favoritos, a saber: 8.38 de Luis Rodríguez, La escapadade Gonzalo Hidalgo Bayal y El arte del puzle de José María Pérez Álvarez.

El arte del puzle se abre con una cita de Perec extraída de su novela El condotiero. A fin de cuentas toda novela no deja de ser un puzle. Cada página una pieza y hasta que no finalizamos su lectura no obtenemos la imagen real del libro.

La mujer de la portada, a la que vemos tecleando, puede ser Ana Alvárez Ruiz, la protagonista y alma de la novela. Poeta, narradora, que se acaba suicidando, matándose en defensa propia, un tiempo que, en las postrimerías, cuando vivir es ganga, ya es de descuento. Un suicidio que siempre es ir camino de Heming

La novela con una prosa dervíchica, que me recuerda a La soledad de las vocales, va tratando de desentrañar o cuando menos aproximarse, al porqué de tal suicidio, cuando a Ana, en lo literario, y por tanto en su vida, le iba muy bien, con premios, reconocimientos, ventas y.

El narrador omnisciente refiere la historia de Ana, de su hijo (no deseado), de su marido Abelardo (al que no le une nada. El matrimonio es otro malentendido), y lo hace en segunda persona, lo que le permite cuando toca hablar del hijo cantarle las cuarenta, ponerlo de vuelta y media (tontaina, melón, imbécil, majagranzas de mierda), enjuiciar su proceder, su naturaleza de andaba, de vivalavida. Un hijo que dejadas atrás las drogas, los arrebatos delictivos, los movimientos comunitarios, las estancias hanscastorpianas y afincado en la cuarentena, sentirá siempre la figura de la madre muerta como una sombra ominosa; un hijo que siempre deberá justificar su vida en (de)función de ella.

Si una de las novelas de Goytisolo recogía que el nacimiento de un fulano era un error, aquí lo que se nos dice es que la vida, según Ana, es un malentendido (que tratará de exorcizar con la escritura; cuando escribir pasa por desollarse el culo en una silla escribiendo hasta que se te quede pelado como el de un mono, ni más ni menos), porque la inspiración te pillará trabajando, ya que no hay musa que valga

-Que allí no había una puñetera musa (encendió otro cigarro), allí (señaló con el pulgar hacia atrás) había trabajo, horas de insomnio, lectura, desesperación, sufrimiento, disciplina- y si entra una musa en el chalé le retuerzo el pescuezo porque la literatura no es una visita de las musas sino un viaje al fondo de la soledad o de la locura, aunque no sé si entenderás esta frase.

y una penitencia, según Abelardo. Para el hijo puede ser también una orgía, un laberinto, un puzle. Un hijo al que el tiempo pasará por encima metamorfoseando su figura juvenil materna por la del padre fondón. No es óbice para que la morbidez y la voluptuosidad se alíen, Berta mediante, para enhiestar una parte del lector con unas escenas sexuales tan grasientas como subidas de tono (en las que uno agradecería un ebook para poder pasar las páginas con la napia y tener así las dos manos libres, para aplaudir).

La narración, desordenando las piezas, va y viene y no se detiene por distintas décadas del siglo pasado, por ejemplo, con la inauguración del Valle de los Caídos, allá por 1959, con el XXI desfile de la victoria (para mí el mejor capítulo del libro, y hay muchos muy buenos), aquella España que olía a incienso y sudorina, la España de la ginebra y el tabaco o yendo hasta el hundimiento del Prestige o a las caídas de las torres gemelas en fechas más recientes.

La memoria aquí se ve tamizada y en el cedazo ¿qué queda?. En la memoria del hijo un puñado de recuerdos que tienen que ver con su madre, su belleza, su correosidad, sus devaneos, sus ires y venires, la ausencia de ella, su amor grandioso hacia ella y una fijación incluso incestuosa, eviscerada de alguna página cajapandórica de Thomas Mann.

Los recuerdos filiales no cambian, pero a medida que se van superponiendo, a medida que la experiencia se ensancha y profundiza, el hijo irá mudando el concepto que tenía de su padre, al que su madre había facetado y despachado, despechada, con ternas como esta: boxeo, ginebra, novelas del oeste.

A José María Pérez Perec Alvárez se le reconoce (y todo reconocimiento es poco) cuando se lo lee (con esta van ocho). Es menester entregrarse a su prosa vigorosa, al rico léxico, a la sintaxis polifónica, ser testigo y copartícipe a su vez del humor proteico que aletea y alimenta cada página; textos trufados o abonados de neologismos (puntoycomatoso, vivasfranco, laguardiamilitaracaballoenuniformedegala, jimmyfontanamente…), referencias pugilísticas (ese deporte que se despliega entre doce cuerdas (flojas)), fílmicas: las películas de Ford, Berlanga o el neorrealismo, Casablanca, canciones de Amália Rodrigues, a esculturas de Giacometti, cuadros de Hopper, Millet, Egon Schiele (presente también en el Self-portrait as St. Sebastian que encabeza el blog del autor del mismo título que la novela) y a la literatura que lo inunda todo: poetas suicidas como Ferrater, Sexton, Plath, personajes Galdosianos, Valleinclanescos, obras de Cela, Kerstész, Bukowski, Filloy, Nabokov o esa industria editorial que acogerá al hijo de la suicida, ofreciendo este más de mil contraportadas, fajas y demás arsenal panegíricopublicitario de libros que no ha leído, y ni falta que le hace.

Supongo que a una determinada edad, liberado ya del yugo laboral, instilado en la jubilación, con un porvenir que se presenta como un desierto de tiempo sin márgenes, la literatura puede ser la salvación o la condena. Esta novela parece una manera de conjurar el miedo, no sé si a la muerte o quizás a la página en blanco, si la existencia como le sucede a Ana se encontrara en ese momento en el que pierde textura, olor y sabor.

Me precipito en un final sin adjetivos, solo sustantivos:

Literatura, palabras, grafías, gracias

José […] Alvárez publica esta novela en la editorial asturiana Trea tras su paso por la gallega Trifolium, donde publicó Tela de araña, Examen final, Nembrot (en su versión extendida) y Predicciones catastróficas.

Ediciones Trea. 2019. 299 páginas.

José María Pérez Alvárez en Devaneos

Tela de araña
Examen final
Nembrot
Predicciones catastróficas
La soledad de las vocales
Un montón de años tristes

Ese momento (José María Perec Álvarez)

Ese momento en el que sabes que no vas a vender un puto libro en tu puta vida. Ese momento en el que sabes que sólo van a leerte media docena de amigos, a lo mejor un crítico ocioso y cuatro colegas que te aprecian. Ese momento en el que te desentiendes de los maestros a los cuales pusiste como ejemplos a los que debías aspirar. Ese momento. Ese momento en el que coges el bolígrafo y empiezas a acumular líneas y párrafos y capítulos con la certeza de que estás escribiendo para ti. Ese momento en el que descubres tus limitaciones. Ese momento en el que eres consciente de que tu nombre no aparecerá en suplementos literarios, ni en revistas; de que jamás te llamarán de una feria del libro para firmar ejemplares; de que nadie te reclamará para coloquios ni mesas redondas ni otros alardes literarios. Ese momento en el que las editoriales rechazarán tus manuscritos. Ese momento en el que eres consciente de que el mundo se circunscribe a tu despacho, a tu mesa de trabajo, a los libros que te rodean y nada más, apenas nada más. Ese momento en el que te das cuenta de que ya nada es posible fuera de una cierta decencia para escribir. De que tuviste a tu alrededor personas que confiaban en que fueras capaz de hacer algo extraordinario pero descrees ya de lo extraordinario si proviene de ti mismo. Ese momento en el que mundo se reduce a lo que diariamente te rodea, esa basura miserable. Ese momento en el que disfrutas más de lo que lees que de lo que escribes. Ese momento en el que te gustaría mandarlo todo a la mierda pero algo te impulsa a seguir. Ese momento en el que descubres que hay numerosos escritores excelentes que de alguna forma compensan lo que tú eres incapaz de conseguir. Ese momento en el que percibes que estás en una división inferior a la que te gustaría pertenecer. Ese momento en el que tu incapacidad te invita al silencio; ese momento en el que te preguntas ¿para qué seguir intentándolo? Ese momento brutal en el que el mundo se te cae encima y u optas por transigir con la maldición o decides poner punto final a lo intentado hasta ahora. Ese momento en el que en vez de esgrimir el bolígrafo piensas que es mejor abrir un libro ajeno o salir a beber un vino. Ese momento en el que te avergüenzas de lo que has firmado. Ese momento en el que tienes la seguridad de que el silencio es la mejor opción que debes admitir contra toda esperanza. Ese momento. Acaso ese momento cruel. Ese momento en el que la vida se paraliza y sales al balcón a fumar un cigarrillo y ves un cielo medianamente azul que nada te sugiere. Ese momento. Ese momento en el que estableces una rutina que te exima de escribir: salir a caminar, beber una cerveza, hablar con algún conocido, regresar a casa, leer a otros autores, ceñirte a la tristeza o a la melancolía, convertirte en presidente de la comunidad de vecinos. Ese momento en el que sabes que nunca escribirás nada medianamente digno, medianamente inolvidable. Ese momento en el que sabes que nadie se preocupará por ti, que ningún agente literario reclamará tus libros ni editorial alguna se interesará por lo que escribes, que no puedes aspirar a ningún premio, que sólo te queda esa vana esperanza, esa vana costumbre de emborronar páginas sin ningún destino que no sea el del olvido, ese momento. Justo en ese momento, es que cuando debes empezar a escribir.

vía | Caterva de palabras

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Predicciones catastróficas (José María Pérez Álvarez)

No nace esta literatura de un taller de escritura (re)creativa, no es prosa de laboratorio, no, más bien aquí lo que nos ofrece José María Pérez Álvarez a sus 65 tacos (Presidente honorífico del Sindicato Nacional de Autores Invisibles (SNAI)) al que he dedicado unas cuantas palabras con anterioridad, pues esta es la séptima novela que leo suya, la cuarta publicada en Trifolium, en ediciones como la presente muy meritorias, ya desde la preciosa portada, la calidad del papel, la tipografía y la ausencia de erratas, es esa literatura que opera –y fracasa- como parapeto contra la muerte, el vacío, la soledad; la prosa de la enfermedad, del vómito y la resaca, del infarto, de la sonrisa y la carcajada (es esta una novela hilarante y delirante: una broma continua que me place infinitamente más que otras bromas infinitas) de las noches de farra o en vela (o en cirio), de los escritores suicidas que pueblan el texto (Plath, Sexton, Ferrater), las palabras que se instilan y hollan el papel: fruto (maduro) de una vida vivida, bebida y vívida (porque como leo en el Diario Volátil de Miguel Sánchez-Ostiz y según afirma Matzneff: el pesimismo lúcido es vivificante), años que pesan y posan y de-cantan: ya sea por Sabina, Brel, Arjona o Manel, páginas plagadas de guiños a otras lecturas: Ulises, Rayuela, La divina comedia, La vuelta al día en 80 mundos, los versos de Petrarca, los apuntes del putero Charles (Bukowski), el perroFlushvirginiano, los guiños autorreferenciales como el comienzo de La soledad de las vocales, o reformulaciones de lo que aparecía en Cabo de Hornos “sin estos imponderables e incertezas la vida sería tan aburrida como una sesión parlamentaria”. Si acercas tu pabellón auditivo al libro oirás su tictac, si pas(e)as las manos por sus páginas (no leo en digital) verás que se repliegan, si te concedes el homenaje de leerlo, porque aquí ya sería reiteración hablar de fiesta (así que diremos orgía) del lenguaje verás que todo libro es un ser vivo, en hibernación, hasta que lo abres y cobra vida, porque leer es exhumar, leer es un bocaboca, leer en este caso es darte un jeringuillazo, un pelotazo de aquilatada literatura, merced a un aluvión de palabras (265 páginas) que me conquistan y me colonizan, donde cabe toda la nada: desde la grosería, hasta el exabrupto, desde la metaliteratura hasta la autofricción, desde la realidad despellejada hasta la utopía de pensar que una joven de 20 años pueda enamorarse de un señor (profesor de literatura jubilado (¿guiño Bayalino?) y escritor) de sesenta. Al revés sí. Rowling vs Twain. Una narración que es una carta, una bella confesión de amor (sea esto lo que cada cual entienda por ello) una botella con mensaje arrojada al mar, un demarraje, un dejar un pelotón -todo buen escritor es (o ha de ser) un excelso escalador- y perpetrar una Odisea (sin Penélope y con la literatura como única patria, en minúscula), un dejarse ir sobre el papel en estado de efervescencia, porque esta novela es eso: es la pastilla que echamos en el vaso y vemos consumirse sin remisión, como el amor del narrador hacia esa joven, un amor no consumado, sí consumido, como ese tatuaje que es calcamonía, porque como dice la canción Lo nuestro no pregunta por futuros, ni por stock options, podemos añadir, porque aquí no hay futuro (sino yesterdays) ni primas, sino el ER(R)E que ER(R)E del desamor, o del amor no correspondido. Decía Iniesta (el cantante) “quiero oír alguna canción que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor y que empiece en sí y no en no”. Aunque esta novela no empiece con un Sí, pero sí la clausure con un Sí, paradójicamente, ese sí es un rotundo NO. Como la vida misma.

Imponderables

Nacho confirmó que los futuros proyectados no se cumplen nunca, se cumplen otros futuros, los imprevistos, y que eso era lo que le prestaba a la existencia su pizca de sal (sic) porque si sólo sucediesen los futuros proyectados la vida sería una tediosa sesión parlamentaria y él estaría muerto de cirrosis.

Cabo de Hornos. José María Pérez Alvárez. DVD Ediciones (2005)