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Democracia

Democracia (Pablo Gutiérrez)

Antes de leer Nada es crucial y con Cabezas cortadas entre manos recupero las notas de lectura de una novela que disfruté mucho cuando la leí a finales de 2012: Democracia.

Pablo escribe como los ángeles y ¿cómo escriben los ángeles os preguntaréis?. Escriben bien, creo, como entidades celestiales que son, si bien esto ya es objeto de la literatura post-terrenal.

A Pablo no le falta ambición (un escritor sin ambición sirve para escribir prospectos). Con la que está cayendo el autor se pone el mono de trabajo y pluma en mano (es un decir, pues la mayoría de escritores tiran de portátil) se afana en la tarea de describir la situación que vivimos de hace cuatro años a esta parte.

El inicio es la caída del banco de inversión Lehman Brothers. Esa burbuja inmobiliaria que nadie quería desinflar: bancos, ayuntamientos, administraciones, agentes de la propiedad inmobiliaria, hipotecados, etc, finalmente estalla. Por culpa de los derivados financieros, por la codicia de muchos, por la estulticia de otros tantos, por la nula supervisión, por el postulado que siempre se cumpliría que decía que «el precio de la vivienda siempre irá al alza» y que dejó de cumplirse, por querer cumplir sueños que se tornaron pesadillas atiborradas de desahucios y suicidios, todo se acabó yendo al garete.

El capitalismo salvaje sufrió un golpe en la línea de flotación y quienes estaban abajo, como siempre, sufrieron-sufren-sufrirán, las consecuencias en sus carnes cada día más magras, mientras que los que barajaban las cartas, cambiaron de juego, pero no ideales: seguir enriqueciéndose a toda costa.
Coger eso que está ahí delante de tus narices en un mercado liberalizado que facilita el darwinismo social.

De hecho vemos cada día que los políticos dan dinero a los bancos porque piensan que será mejor que se hunda un país con sus ciudadanos-votantes dentro, antes que unas cuantas entidades financieras privadas (ya saben, privatizamos los beneficios y ponemos todos el culo cuando hay pérdidas: es decir las socializamos), porque es mejor servir al capital que atender al capital-humano, porque es mejor desmantelar las ayudas en educación destinadas a la diversidad, proyectos PROA, entre otros, que negarle lo que piden a estas entidades financieras codiciosas, que después de hundirse por su pésima gestión, ahora nos toca reflotar, talonario en mano entre todos.

El día que el banco de inversión Lehman Brothers cae (un eufemismo porque tanto Lehman Brothers como la aseguradora AIG, eran demasiado grandes para caer y el Estado ya tenía puesto el colchón relleno de billetes de 100 pavos debajo para minimizar la caída, con la máquina de hacer billetes a todo trapo), el joven Marco, nuestro protagonista es cesado en su empresa.

Ese momento marcará el punto de inflexión existencial de Marco, quien vivirá también su personal caída, su bajada a los infiernos, su derrumbe, el socavamiento interior, la ruptura con todo lo que era su mundo, una vez dinamitada la relación laboral, la familiar y la afectiva serán piezas de dominó buscando tierra. Dispondrá entonces de toneladas de tiempo libre que la pesarán como una losa. Tiempo en el que conectará con tres anarquistas con los que abrazarse a una idea superior: La ciudad. Primero versos, luego piedras, la algarada.

Sirviéndose de la figura de George Soros, el húngaro que desde la pobreza crearía un Imperio, un hombre (des)hecho a sí mismo, filántropo y multimillonario, capaz de hundir países con sus transacciones financieras, cual trilero sobre el tapete, el autor nos presenta la cara menos amable de ese capitalismo salvaje, de aquellos que sin escrúpulos de ningún tipo y aprovechando(se de) la legislación vigente y el libre mercado especulan con cualquier cosa (apostando por ejemplo cuanto tiempo tardará en quebrar una empresa, o cual será el precio del arroz el año próximo), como quien echa una partida de monopoly en una cafetería, una tarde de domingo, sin importar qué sucede con cada una de las transacciones realizadas, siempre y cuando estas permitan aumentar los beneficios de quien las realiza o de sus inversionistas y cebar así el vellocino de oro.

Es plausible que Pablo Gutiérrez en poco más de doscientas páginas haya sido capaz de decir tantas cosas, de lograr tantas texturas, de alimentar su obra con un sinfín de matices, con hechos actuales (ahí están las cargas policiales, el movimiento 15M, Okupas, Graffiteros, guerrilleros urbanos, trepas, hijos de papá, materiales de deshecho, presentadoras televivisas exitosas venidas a menos, etc..) con iconos modernos como Bansky y otros que no lo son tanto pero que a uno le emocionan, como ver citado por ahí a Ramon Trecet (narrando con voz de bardo las epopeyas de Magic Johnson, Larry Bird, Isiah Thomas), el manejo de los Rotring, esas cositas que a los que somos de la quinta de Pablo nos emocionan.

La prosa de Pablo es musculosa (novelahalterofílica), vibrante (novelaasentimiento: este tío es cojonudo), sugerente (novelaqueincitaaescribir), crítica (novelalarealidadesotra: sobran futbolistas piscineros), esponjosa (novelabizcocho con bien de levadura que hace que crezca según se cuece o lee), gomosa (novelachicle que se pega al paladar), proteínica (novelabovril) y está llena de hallazgos (eso ya depende de cada lector), y nos lo narra todo con un ritmo que nos es imposible dejar de leer, seguir avanzando, seguir gozando.

No puedo pedir más a un libro, ni a muchas personas.

El libro me ha gustado muchísimo. Y no sólo a mí. A Lupita (la de la foto) entodavía más. De hecho se le salían los ojos de las órbitas a cada rato: no os digo más.

Pablo Gutierrez en Devaneos | Rosas, restos de alas

Blog de Pablo Gutiérrez | El adjetivo mata

Enrique Vila-Matas
www.devaneos.com

Esta bruma insensata (Enrique Vila-Matas)

Yo soy capaz de albergar dos escritores o más afirmaba Vila-Matas en una entrevista reciente. El riesgo de leer tanto y tan bien es convertirse como lector en una suerte de ventrílocuo por el que hablen Las Musas. Otra posibilidad, yendo a mayores y ante una personalidad que se sueña fragmentaria es devenir una antología de 136 personajes ficticios, pessoanos. Al tiempo.

En su día leí una novela en buena parte compuesta por letras de las canciones que formaban la banda sonora audible de la vida del narrador. Ray Loriga en su novela Héroes tiraba continuamente de citas, muchas extraídas también de las canciones, que ponía en boca de un adolescente. Vila-Matas subió la apuesta y se tiró un órdago desde sus comienzos en la escritura, tal que ahora –y siempre- se le ha criticado al autor catalán por su afición desmesurada por las citas en todos sus artículos, ensayos, novelas. A mí, el aluvión de citas ajenas (también luego reformuladas, mejoradas, incluso Enriquecidas), al igual que su web, han ensanchado tanto mi horizonte lector que solo puedo mostrar aquí mi agradecimiento. Si uno lee las Cartas a Lucilio verá que Séneca menta a Epicuro para advertirnos que esos que veneran las palabras por ser del maestro y no aprecian lo que se dice sino quien lo dice sepan que las cosas buenas son patrimonio común. Vamos, que todos andamos a vueltas con las mismas palabras desde el comienzo.

Para salir al paso de estas críticas, en su descargo y en su descaro, Vila-Matas podía haber empleado el formato ensayo, pero se ha decantado por la novela. El personaje principal es Simon un traductor previo y surtidor de citas, aquellas que proveerá a su hermano menor, convertido en el Gran Bros, un exitoso autor residente en Norteamérica quien se infla a vender libros de sus “cinco novelas veloces”, y hace de su invisibilidad su pendón flameante. Ya en harina veo que el libro no son solo citas -que el narrador defiende porque le va la vida en ello (o le da de comer, aunque poco)- sino que la narración va construyéndose sobre arquetipos autorales de todo tipo, a saber, la invisibilidad de Salinger, Banksy, Pynchon, la manía de citar o hacer literatura o arte con citas, a lo Perec, la confiabilidad o no del narrador -ahí entra Nabokov– la tensión de publicar y renegar luego de lo publicado y desear volver a la pureza del anonimato y ahí pienso en Bufalino, pensamiento que por otra parte seguramente haya sido instilado en mi cabeza a resultas de la lectura de unos de los ensayos recogidos en Impón tu suerte.

Narrar supone recordar. Narrar es también conocer, para decirlo con Piglia y también crear. Volver y revolver pues en aquellos días, años atrás. Los recuerdos del narrador se entreveran mezclados tiempos y espacios: vemos al narrador caminar por el Cap de Creus, cerca de Cadaqués y acabar en Portugal, sin abrir ninguna puerta, basta simplemente con verse allá, rememorar a su Padre muerto y redivivo en la narración, situarse en el día del advenimiento de la República catalana el 27 de octubre de 2017 y su tratamiento como relato, como ficción, como la tragedia que vuelve como farsa, sin que el narrador decida abanderar ninguna causa, ni con hunos ni con otros; sentir al narrador en su soledad unánime, trágica, unamuniana, acaso ¿un explorador del abismo?, fatigado de vivir en su mente, flotando tal vez en el mar muerto de su propio ser, para decirlo poéticamente como el luso, desubicado ante una orfandad que viene a ser como el modo avión de los móviles, aquel estado de inacción o postración del que solo te saca una llamada de emergencia, que aquí será la que propicie el reencuentro con su hermano oculto, invisible, quien se hará cuerpo y mala sangre Simon. Ocasión para contrastar sus distintas formas de entender la literatura, quizás la parte más discursiva de la novela, en donde Vila-Matas aborda la irresoluble cuestión de la ficción y la no ficción, difícil de deslindar una de otra, porque como se afirma, al pasar al papel los recuerdos ya ordenamos, filtramos, depuramos y eso implica una construcción, un artificio, una realidad ficticia. Ocasión también para reflexionar acerca del precio de la fama, del éxito, la necesidad de ocultarse, de renunciar.

Al informar a una amiga de esta lectura que comencé ayer, sin haber leído ésta nada de Vila-Matas, me preguntaba ¿Pero se le entiende? No solo se le entiende, sino que uno se divierte y entretiene mucho leyendo a Vila-Matas, valorando su audacia, su humor (aquí hay unos cuantos momentos esperpénticos que propician la carcajada, como ese Pynchon que viene a ser una actualización del aedo Homero, pues Pynchon se nos hace saber, son muchos, lo cual explicaría los altibajos de su producción novelesca), su prosa libérrima exenta de tasas, su amor por la literatura cifrada en parte en la irrefrenable pulsión citadora, con personajes nada gravosos aunque disparatados y podría abundar más pero preferiría no hacerlo, por consumar el arte de no acabar nada y dejarlo en este .

Enrique Vila-Matas en Devaneos

Impón tu suerte
El viajero más lento
Dublinesca
Perder teorías
El día señalado
El viaje vertícal
El viento ligero en Parma

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El asesino tímido (Clara Usón)

El asesino tímido es lo primero que leo de Clara Usón y no me ha disgustado, sin llegar tampoco a entusiasmarme. Constato con amargura que a pesar de que la imaginación humana es infinita, al final, cuanto más lees vas comprobando que ciertos temas se repiten una y otra vez, ya sea en las novelas o en los ensayos. Cuando leí Los suicidas de Di Benedetto una pareja ponía sobre la mesa los pros y contras de estar vivo y las razones para no llevar a cabo un suicidio. Era un debe y un haber existencial, donde había que justificar la razón por la que uno decidía no quitarse del medio. Algo parecido se dice aquí por boca de Camus. Se habla también de otra cuestión clave, ¿por qué hay algo y no hay nada?. Hace nada leía La penúltima bondad de Josep Maria Esquirol y ahí estaba también esta pregunta encima de la mesa, donde se hablaba también como en esta novela sobre la relación entre la vida y la muerte, sobre si la muerte es lo que da sentido a la vida, o si la vida es un triunfo sobre la muerte, porque precisamente podría no haber nada y sin embargo aquí estamos, viviendo, venciendo a la muerte, en un eterno presente, de momento.

Aparece en la novela el cuento La dama del perrito, gran relato de Chéjov donde es muy cierto lo que se dice: que una vida es insuficiente y a menudo uno baraja dentro de sí distintas existencias, una aparente, la que todos conocen, y otra más profunda, que puede desdecir la anterior, un desdoblamiento soportable que me recuerda al artículo de Jaime Fernández, Funcionarios de día, poetas de noche.

Clara Usón habla también de la novela de Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra, novela con la que encuentro similitudes pues ahí también se hablaba de actrices del llamado destape, en ese cine de los setenta donde había que despelotar a las actrices bajo cualquier circunstancia. Actrices como Mónica Randall, Victoria Vera, o Sandra Mozarovski cuya muerte es el armazón de la novela, o no, porque Usón, brazos en jarras bien podría decir: ahora hablaré de mí. Y habla, sí, habla.

Sandra murió muy joven, según cuentan al precipitarse de noche desde un balcón mientras regaba unas macetas. Esa versión Clara la pone en duda, le resulta inverosímil y la novela se adentra en la investigación del caso cual novela de suspense. De paso sale la figura del anterior rey, Juan Carlos, sus devaneos amatorios, sus múltiples ¿conquistas? y se cuestiona si la muerte de Sandra no fue obra de los servicios secretos que quisieron apartar a Sandra del monarca. Todo son hipótesis. A su vez aparece por ahí Wittgenstein, el famoso matemático y filósofo y Usón pergeña una pequeña biografía que nos permite tomar conciencia de su desmedida inteligencia, aportando datos curiosos como su labor como docente, sin comulgar éste con la pedagogía de la no agresión. Leyendo sobre este filósofo me venía en mientes el relato de Thomas Bernhard, Goethe se muere, sobre el imposible encuentro entre Goethe y Wittgenstein, el cual aquí se convierte en un personaje más con el que Usón, que es a su vez otro personaje, cuando la novela se vuelve autobiográfica, dialoga, o monologa. Hay momentos familiares entre madre e hija, nada fáciles, sin devenir apegos feroces ni tampoco un cántico a los progenitores como en Ordesa, o quizás sí, porque en caso de naufragio la única tabla de salvación será, como Usón tendrá ocasión de comprobar, su madre.

Usón despacha o ventila su vida con crudeza (y con agudeza como cuando habla de El primer amor), testigo de una autodestrucción que se llevaría a lomos de la coca y otras drogas a un sinfín de jóvenes en los infaustos ochenta. En ese sentido y como hacía Vilas con el alcohol, Usón también logra dejar las drogas, abandonar el pozo negro y cual Sísifo arrastrar y arrostrar su piedra ladera arriba, o su pluma hasta los confines del papel, hoja a hoja, día a día, novela a novela, en una tarea tan inútil como cualquier otra.

El primer amor

En El asesino tímido, la última novela de Clara Usón, que llevo mediada, más que los devaneos regios patrios, me interesan mucho más pensamientos como el presente.

El primer amor es el ingenuo, pues el segundo ya nos coge en guardia, resabiados, sabemos que puede terminar, que lo más probable es que, antes o después, tenga fin, y nuestros actos -lo que decimos o lo que callamos, lo que permitimos, lo que no toleramos, lo que exigimos-, vienen dictados por la prevención o el cálculo, por el escarmiento, la humillación sufrida, no queremos que nos vuelvan a hacer daño o tal vez no queremos herir de nuevo, ya no somos capaces de una entrega sin reservas, hemos perdido la espontaneidad, la confianza ciega, ahora fingimos y maquinamos por apasionados que estemos, y quizá por eso el primer amor es el único que es para siempre, que se vive como eterno, aunque dure poco más de un mes como en mi caso.

Mo Yan

Cambios (Mo Yan)

Comentaba el otro día El mapa del tesoro escondido, novela disparatada de Mo Yan que no me acabó de convencer. Ahora reincido con el Nobel chino y lo hago con Cambios, particular autobiografía escrita un par de años antes de recibir el premio de la Academia Sueca.

Mo Yan espiga de su pasado una serie de hechos acontecidos en su época escolar (incluyendo la expulsión del centro por una nadería), su paso por el ejército, su labor como profesor, sus comienzos en el mundo literario y su posterior éxito inmerecido (según el) y contrasta lo que fue, con lo que es ahora, los cambios del título y que el autor ha visto en la sociedad china durante estas décadas, desde su nacimiento a mediados del pasado siglo XX.

Me resulta curiosa la falta de pretensiones y aires de grandilocuencia de Mo Yan como memorialista, que se sustrae en su rememoración del pasado a cualquier atisbo de solemnidad y lo que le viene en mente y lo que nos refiere son episodios algunos muy graciosos como esa pelota de ping-pong que va a parar de la raqueta de una alumna, Lu Wenli, a la garganta de su profesor y contrincante que a un tris está de costarle a este la vida, si bien quiera el destino que más tarde acaben ambos esposados y luego ella viuda, o las andanzas de otro amigo de la escuela, He Zhiwu, buen negociante que sabrá sacar jugo a la coyuntura social y aprovechar la apertura del mercado chino, o las pretensiones de los chiquillos de conducir un camión (un Gaz 51 convertido en un personaje más) cuando fuesen mayores, cifrándose ahí sus ilusiones y esperanzas primeras, al tiempo que vemos como el pasar del tiempo irá disolviendo las capas sociales, pasando a ser estas algo más permeables tras la muerte de Mao, o las anécdotas relativas al rodaje de la película Sorgo rojo, ópera prima de Yimou, basada en la novela de Mo Yan que acercaría a los lugareños a las estrellas de cine chinas, las cuales como apunta Mo Yan no se daban tantos aires como las actuales.

Seix Barral. 2010. 128 páginas. Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard.

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Karoo (Steve Tesich)

Steve Tesich
2013
560 paginas
Seix Barral
Traducción: Javier Calvo

El protagonista de la novela es un escritorzuelo -no un escritor- sino un reescritor, modelador de textos ajenos, tal que esos guiones imperfectos se conviertan en joyas engastadas en la maquinaria de la producción fílmica Hollywoodense, quien se halla en ese momento existencial en el que la vida se despeña y uno va detrás, cuando uno anhela descansar de sí mismo, sin llegar al extremo del suicidio, cuando la carga de significado de cuanto uno hace o no hace, abruma, lastra, merma, socava, irrita, frustra.
Así más o menos parece que se siente Saúl Karoo, el protagonista de esta novela que hace del humor saturado y corrosivo su seña de identidad y es su columna vertebral y que entre bromas y veras, irá desgranando los males, el absurdo y el patetismo de las sociedades del llamado primer mundo, a pesar de que hayan pasado casi 20 años desde su publicación en 1998, dos años después de que Steve Tesich (quien ganó el Oscar al mejor guión original por la película Breaking away) muriera y muchas de las cosas que se dicen en la novela, se hayan visto agravadas, habida cuenta de que internet no había entrado en nuestras vidas, convertidas ahora en una amalgama de tupidas redes sociales, donde la intimidad se cede gratuitamente al dominio público virtual.

La novela, editada por Seix Barral, con traducción de Javier Calvo, es un guion disparatado, donde Saúl, patético y genial, tierno y excéntrico, con una relación patológica con la verdad, que refiere sin miramientos a completos desconocidos y a su vez mentiroso compulsivo con sus seres más próximos, cuya propia identidad entiende como un sumatorio de estados emocionales, marida sus éxitos laborales con el fracaso de su matrimonio, que se verá aliviado con la llegada de una joven, a quien conoció telefónicamente cuando ésta tenía 14 años y dio a su hijo recién nacido en adopción a un par de ricachones de mierda: Saúl y su esposa.

El azar querrá que Saúl y la joven se vuelvan a encontrar, lo que da pie, como el resto de las situaciones de la novela a escenas hilarantes. Cuando Steve Tesich habla de que Dante si viviera hoy dedicaría un anillo de su Infierno a las cintas transportadoras de los aeropuertos, acierta. En esta ocasión y en otras muchas, puesto que Tesich es un agudo y filoso observador, a quien le gusta meter el dedito en la llaga, en los ojetes, tal que las muchas carcajadas que provocan (a no ser que uno, al igual que Saúl es inmune al alcohol,
lo sea para el humor) estallan en la garganta y si no tragas a tiempo corres el riesgo de ahogarte. Dicho queda.

El libro va a más hasta que Saúl y demás familia se van a España de vacaciones, a Sotogrande, o Rollogrande y entonces la novela corre el riesgo de serlo. Decía antes que la columna vertebral de la historia era el humor, una columna que se verá truncada por la tragedia, sí, la MUERTE, siempre hambrienta, siempre insaciable, siempre jodiéndonos la vida.

La narración entonces se vuelve más fúnebre, más reflexiva, menos humorística, ni siquiera hay humor negro, y si Saúl se mirase en el espejo ya no vería ni una (di)versión de sí mismo; brota el elemento familiar, la madre de Saúl está ya vieja, apergaminada, emboscada en los efluvios de la decrepitud y todo resulta más triste de leer que otra cosa, y entonces la narración fantástica homérica (donde Saúl es Odiseo), sobre una goleta solar, cerrará el libro de una manera bastante extraña.

Concluyo diciendo que algunos libros como el presente parecen serlo pero no lo son, son más bien agujeros negros, cuya prosa torrencial, su flujo narrativo, su humor barrenador, ejercen un campo gravitatorio tal, que succionan todo cuanto hay a su alrededor; así desaparece el sofá orejero, desaparece el puff, desaparece el lec…

La luz es más antigua que el amor

La luz es más antigua que el amor (Ricardo Menéndez Salmón)

Ricardo Menéndez Salmón
Seix Barral
2010
173 páginas

Tuve este libro entre manos cuando se publicó en 2010. Lo hojeé y lo dejé. Seis años después y fruto de la casualidad, cae esta novela de nuevo en mi poder y tras las recientes y muy gratificantes lecturas de Los caballos azules y El Sistema, mis ganas de leer a Salmón se ven acrecentadas.

La novela torna en un ensayo que reflexiona sobre la creación artística. El autor, se convierte en personaje de la obra, bajo la figura de Bocanegra. Lo vemos durante la adolescencia, en el instituto, donde al amparo de una redacción escolar (Lux antiquior amore) se principia su genio creador, se desborda su lava creativa, la anunciación de un escritor en ciernes.
En su vida adulta, Bocanegra afronta en un hospital las postrimerías de la muerte de su exmujer, enferma de cáncer y Ricardo nos brinda unas bellas páginas sobre lo que es enamorarse, amar alguien, explotar por dentro, despojarse de las máscaras, concebir el sexo como una inmersión, no sólo física. Una inmersión, a dos, en la que todo lo que circunda a los amantes queda en suspenso.
Bocanegra tras ocho novelas publicadas, incluida su Trilogía sobre el mal, pergeña la escritura de este manuscrito en 2010, La luz es más antigua que el amor, de la que hablará éste en su discurso, devenido ya una celebridad, al ir a recoger el Nobel de Literatura en el año 2040.

Lo interesante del libro, además del inmanente estilo del autor: potente, pródigo en matices, fecundo, hay unas reflexiones interesantes sobre aquello que conduce a alguien a escribir, a coger un pincel, «espíritus irredentos, un poco salvajes, que ganados por la tristeza no dedican sus vidas sólo a engendrar, comer beber y defecar, sino que intentan buscar un sentido, un para qué, una dimensión más allá de las evidentes a toda esa plétora derramada que es la vida humana«.

Nos cuenta Bocanegra que él escribe para evitar la entropía, la muerte, que cada vez que la dignidad humana fracasa, levanta la mano, y la hace caer sobre el papel, quizás para colmar esa ambición de querer contarlo todo.

El resto de los artistas de la novela: Rothko, Adriano de Robertis, Semiasin, los tres pintores conciben la pintura como un desafío hacia la religión, hacia el régimen totalitario, hacia eso que llamamos cordura. Pintar como destino, grande o pequeño, pero destino al fin y al cabo.

La creación, el éxito, no los aparta del precipicio. Como los poetas de Fin de poema tampoco Rothko sabe oponer nada a la muerte, a cuyo encuentro irá volándose la tapa de los sesos.

«Mi capacidad de mirar es tal que mis ojos terminarán por consumirse. Y este desgaste de las pupilas será la enfermedad que me llevará a morir. Una noche miraré tan fijamente en la oscuridad que terminaré dentro de ella»

Palabra de Rothko.