Archivo de la etiqueta: Editorial Seix Barral

IMG_20180523_153812

El asesino tímido (Clara Usón)

El asesino tímido es lo primero que leo de Clara Usón y no me ha disgustado, sin llegar tampoco a entusiasmarme. Constato con amargura que a pesar de que la imaginación humana es infinita, al final, cuanto más lees vas comprobando que ciertos temas se repiten una y otra vez, ya sea en las novelas o en los ensayos. Cuando leí Los suicidas de Di Benedetto una pareja ponía sobre la mesa los pros y contras de estar vivo y las razones para no llevar a cabo un suicidio. Era un debe y un haber existencial, donde había que justificar la razón por la que uno decidía no quitarse del medio. Algo parecido se dice aquí por boca de Camus. Se habla también de otra cuestión clave, ¿por qué hay algo y no hay nada?. Hace nada leía La penúltima bondad de Josep Maria Esquirol y ahí estaba también esta pregunta encima de la mesa, donde se hablaba también como en esta novela sobre la relación entre la vida y la muerte, sobre si la muerte es lo que da sentido a la vida, o si la vida es un triunfo sobre la muerte, porque precisamente podría no haber nada y sin embargo aquí estamos, viviendo, venciendo a la muerte, en un eterno presente, de momento.

Aparece en la novela el cuento La dama del perrito, gran relato de Chéjov donde es muy cierto lo que se dice: que una vida es insuficiente y a menudo uno baraja dentro de sí distintas existencias, una aparente, la que todos conocen, y otra más profunda, que puede desdecir la anterior, un desdoblamiento soportable que me recuerda al artículo de Jaime Fernández, Funcionarios de día, poetas de noche.

Clara Usón habla también de la novela de Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra, novela con la que encuentro similitudes pues ahí también se hablaba de actrices del llamado destape, en ese cine de los setenta donde había que despelotar a las actrices bajo cualquier circunstancia. Actrices como Mónica Randall, Victoria Vera, o Sandra Mozarovski cuya muerte es el armazón de la novela, o no, porque Usón, brazos en jarras bien podría decir: ahora hablaré de mí. Y habla, sí, habla.

Sandra murió muy joven, según cuentan al precipitarse de noche desde un balcón mientras regaba unas macetas. Esa versión Clara la pone en duda, le resulta inverosímil y la novela se adentra en la investigación del caso cual novela de suspense. De paso sale la figura del anterior rey, Juan Carlos, sus devaneos amatorios, sus múltiples ¿conquistas? y se cuestiona si la muerte de Sandra no fue obra de los servicios secretos que quisieron apartar a Sandra del monarca. Todo son hipótesis. A su vez aparece por ahí Wittgenstein, el famoso matemático y filósofo y Usón pergeña una pequeña biografía que nos permite tomar conciencia de su desmedida inteligencia, aportando datos curiosos como su labor como docente, sin comulgar éste con la pedagogía de la no agresión. Leyendo sobre este filósofo me venía en mientes el relato de Thomas Bernhard, Goethe se muere, sobre el imposible encuentro entre Goethe y Wittgenstein, el cual aquí se convierte en un personaje más con el que Usón, que es a su vez otro personaje, cuando la novela se vuelve autobiográfica, dialoga, o monologa. Hay momentos familiares entre madre e hija, nada fáciles, sin devenir apegos feroces ni tampoco un cántico a los progenitores como en Ordesa, o quizás sí, porque en caso de naufragio la única tabla de salvación será, como Usón tendrá ocasión de comprobar, su madre.

Usón despacha o ventila su vida con crudeza (y con agudeza como cuando habla de El primer amor), testigo de una autodestrucción que se llevaría a lomos de la coca y otras drogas a un sinfín de jóvenes en los infaustos ochenta. En ese sentido y como hacía Vilas con el alcohol, Usón también logra dejar las drogas, abandonar el pozo negro y cual Sísifo arrastrar y arrostrar su piedra ladera arriba, o su pluma hasta los confines del papel, hoja a hoja, día a día, novela a novela, en una tarea tan inútil como cualquier otra.

El primer amor

En El asesino tímido, la última novela de Clara Usón, que llevo mediada, más que los devaneos regios patrios, me interesan mucho más pensamientos como el presente.

El primer amor es el ingenuo, pues el segundo ya nos coge en guardia, resabiados, sabemos que puede terminar, que lo más probable es que, antes o después, tenga fin, y nuestros actos -lo que decimos o lo que callamos, lo que permitimos, lo que no toleramos, lo que exigimos-, vienen dictados por la prevención o el cálculo, por el escarmiento, la humillación sufrida, no queremos que nos vuelvan a hacer daño o tal vez no queremos herir de nuevo, ya no somos capaces de una entrega sin reservas, hemos perdido la espontaneidad, la confianza ciega, ahora fingimos y maquinamos por apasionados que estemos, y quizá por eso el primer amor es el único que es para siempre, que se vive como eterno, aunque dure poco más de un mes como en mi caso.

Mo Yan

Cambios (Mo Yan)

Comentaba el otro día El mapa del tesoro escondido, novela disparatada de Mo Yan que no me acabó de convencer. Ahora reincido con el Nobel chino y lo hago con Cambios, particular autobiografía escrita un par de años antes de recibir el premio de la Academia Sueca.

Mo Yan espiga de su pasado una serie de hechos acontecidos en su época escolar (incluyendo la expulsión del centro por una nadería), su paso por el ejército, su labor como profesor, sus comienzos en el mundo literario y su posterior éxito inmerecido (según el) y contrasta lo que fue, con lo que es ahora, los cambios del título y que el autor ha visto en la sociedad china durante estas décadas, desde su nacimiento a mediados del pasado siglo XX.

Me resulta curiosa la falta de pretensiones y aires de grandilocuencia de Mo Yan como memorialista, que se sustrae en su rememoración del pasado a cualquier atisbo de solemnidad y lo que le viene en mente y lo que nos refiere son episodios algunos muy graciosos como esa pelota de ping-pong que va a parar de la raqueta de una alumna, Lu Wenli, a la garganta de su profesor y contrincante que a un tris está de costarle a este la vida, si bien quiera el destino que más tarde acaben ambos esposados y luego ella viuda, o las andanzas de otro amigo de la escuela, He Zhiwu, buen negociante que sabrá sacar jugo a la coyuntura social y aprovechar la apertura del mercado chino, o las pretensiones de los chiquillos de conducir un camión (un Gaz 51 convertido en un personaje más) cuando fuesen mayores, cifrándose ahí sus ilusiones y esperanzas primeras, al tiempo que vemos como el pasar del tiempo irá disolviendo las capas sociales, pasando a ser estas algo más permeables tras la muerte de Mao, o las anécdotas relativas al rodaje de la película Sorgo rojo, ópera prima de Yimou, basada en la novela de Mo Yan que acercaría a los lugareños a las estrellas de cine chinas, las cuales como apunta Mo Yan no se daban tantos aires como las actuales.

Seix Barral. 2010. 128 páginas. Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard.

image

Karoo (Steve Tesich)

Steve Tesich
2013
560 paginas
Seix Barral
Traducción: Javier Calvo

El protagonista de la novela es un escritorzuelo -no un escritor- sino un reescritor, modelador de textos ajenos, tal que esos guiones imperfectos se conviertan en joyas engastadas en la maquinaria de la producción fílmica Hollywoodense, quien se halla en ese momento existencial en el que la vida se despeña y uno va detrás, cuando uno anhela descansar de sí mismo, sin llegar al extremo del suicidio, cuando la carga de significado de cuanto uno hace o no hace, abruma, lastra, merma, socava, irrita, frustra.
Así más o menos parece que se siente Saúl Karoo, el protagonista de esta novela que hace del humor saturado y corrosivo su seña de identidad y es su columna vertebral y que entre bromas y veras, irá desgranando los males, el absurdo y el patetismo de las sociedades del llamado primer mundo, a pesar de que hayan pasado casi 20 años desde su publicación en 1998, dos años después de que Steve Tesich (quien ganó el Oscar al mejor guión original por la película Breaking away) muriera y muchas de las cosas que se dicen en la novela, se hayan visto agravadas, habida cuenta de que internet no había entrado en nuestras vidas, convertidas ahora en una amalgama de tupidas redes sociales, donde la intimidad se cede gratuitamente al dominio público virtual.

La novela, editada por Seix Barral, con traducción de Javier Calvo, es un guion disparatado, donde Saúl, patético y genial, tierno y excéntrico, con una relación patológica con la verdad, que refiere sin miramientos a completos desconocidos y a su vez mentiroso compulsivo con sus seres más próximos, cuya propia identidad entiende como un sumatorio de estados emocionales, marida sus éxitos laborales con el fracaso de su matrimonio, que se verá aliviado con la llegada de una joven, a quien conoció telefónicamente cuando ésta tenía 14 años y dio a su hijo recién nacido en adopción a un par de ricachones de mierda: Saúl y su esposa.

El azar querrá que Saúl y la joven se vuelvan a encontrar, lo que da pie, como el resto de las situaciones de la novela a escenas hilarantes. Cuando Steve Tesich habla de que Dante si viviera hoy dedicaría un anillo de su Infierno a las cintas transportadoras de los aeropuertos, acierta. En esta ocasión y en otras muchas, puesto que Tesich es un agudo y filoso observador, a quien le gusta meter el dedito en la llaga, en los ojetes, tal que las muchas carcajadas que provocan (a no ser que uno, al igual que Saúl es inmune al alcohol,
lo sea para el humor) estallan en la garganta y si no tragas a tiempo corres el riesgo de ahogarte. Dicho queda.

El libro va a más hasta que Saúl y demás familia se van a España de vacaciones, a Sotogrande, o Rollogrande y entonces la novela corre el riesgo de serlo. Decía antes que la columna vertebral de la historia era el humor, una columna que se verá truncada por la tragedia, sí, la MUERTE, siempre hambrienta, siempre insaciable, siempre jodiéndonos la vida.

La narración entonces se vuelve más fúnebre, más reflexiva, menos humorística, ni siquiera hay humor negro, y si Saúl se mirase en el espejo ya no vería ni una (di)versión de sí mismo; brota el elemento familiar, la madre de Saúl está ya vieja, apergaminada, emboscada en los efluvios de la decrepitud y todo resulta más triste de leer que otra cosa, y entonces la narración fantástica homérica (donde Saúl es Odiseo), sobre una goleta solar, cerrará el libro de una manera bastante extraña.

Concluyo diciendo que algunos libros como el presente parecen serlo pero no lo son, son más bien agujeros negros, cuya prosa torrencial, su flujo narrativo, su humor barrenador, ejercen un campo gravitatorio tal, que succionan todo cuanto hay a su alrededor; así desaparece el sofá orejero, desaparece el puff, desaparece el lec…

La luz es más antigua que el amor

La luz es más antigua que el amor (Ricardo Menéndez Salmón)

Ricardo Menéndez Salmón
Seix Barral
2010
173 páginas

Tuve este libro entre manos cuando se publicó en 2010. Lo hojeé y lo dejé. Seis años después y fruto de la casualidad, cae esta novela de nuevo en mi poder y tras las recientes y muy gratificantes lecturas de Los caballos azules y El Sistema, mis ganas de leer a Salmón se ven acrecentadas.

La novela torna en un ensayo que reflexiona sobre la creación artística. El autor, se convierte en personaje de la obra, bajo la figura de Bocanegra. Lo vemos durante la adolescencia, en el instituto, donde al amparo de una redacción escolar (Lux antiquior amore) se principia su genio creador, se desborda su lava creativa, la anunciación de un escritor en ciernes.
En su vida adulta, Bocanegra afronta en un hospital las postrimerías de la muerte de su exmujer, enferma de cáncer y Ricardo nos brinda unas bellas páginas sobre lo que es enamorarse, amar alguien, explotar por dentro, despojarse de las máscaras, concebir el sexo como una inmersión, no sólo física. Una inmersión, a dos, en la que todo lo que circunda a los amantes queda en suspenso.
Bocanegra tras ocho novelas publicadas, incluida su Trilogía sobre el mal, pergeña la escritura de este manuscrito en 2010, La luz es más antigua que el amor, de la que hablará éste en su discurso, devenido ya una celebridad, al ir a recoger el Nobel de Literatura en el año 2040.

Lo interesante del libro, además del inmanente estilo del autor: potente, pródigo en matices, fecundo, hay unas reflexiones interesantes sobre aquello que conduce a alguien a escribir, a coger un pincel, “espíritus irredentos, un poco salvajes, que ganados por la tristeza no dedican sus vidas sólo a engendrar, comer beber y defecar, sino que intentan buscar un sentido, un para qué, una dimensión más allá de las evidentes a toda esa plétora derramada que es la vida humana“.

Nos cuenta Bocanegra que él escribe para evitar la entropía, la muerte, que cada vez que la dignidad humana fracasa, levanta la mano, y la hace caer sobre el papel, quizás para colmar esa ambición de querer contarlo todo.

El resto de los artistas de la novela: Rothko, Adriano de Robertis, Semiasin, los tres pintores conciben la pintura como un desafío hacia la religión, hacia el régimen totalitario, hacia eso que llamamos cordura. Pintar como destino, grande o pequeño, pero destino al fin y al cabo.

La creación, el éxito, no los aparta del precipicio. Como los poetas de Fin de poema tampoco Rothko sabe oponer nada a la muerte, a cuyo encuentro irá volándose la tapa de los sesos.

“Mi capacidad de mirar es tal que mis ojos terminarán por consumirse. Y este desgaste de las pupilas será la enfermedad que me llevará a morir. Una noche miraré tan fijamente en la oscuridad que terminaré dentro de ella”

Palabra de Rothko.