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Juan Benet, saltador de pértiga (Enrique Vila-Matas)

Puede parecer raro y supongo que hasta difícil de ver, pero la obra de Benet no ha dejado nunca de estar presente en lo que he ido escribiendo a lo largo de los años. Es más, creo que he perdido dinero por su culpa, porque fue el que me contagió la necesidad de no hacer concesiones al lector y escribir básicamente para pocos, quizás sólo para uno mismo, porque siempre he tenido la impresión de que en cuanto el escritor se guía por el público está perdido.

En fin, nada tan raro si nos atenemos al hecho de que fue uno de los escritores que en mis primeros años de lector más apresó mi atención, leí (y hasta releí) a fondo alguno de sus libros, siempre con asombro y cierta admiración. De hecho –esto es algo que he descubierto con el paso de los años–, el primer libro que publiqué, Mujer en el espejo contemplando el paisaje (1973) es una especie de Una meditación en miniatura.

Y bueno, insisto: mi concepción de lo que debía de ser un escritor se forjó con Juan Benet, en quien he visto siempre un escritor ejemplar, un literato de la estirpe de los antiguos y un fascinante creador de opiniones radicales, como las que emitiera cierto día del verano del 72 en una casa de Cadaqués en la que con él se habían reunido cuatro de sus más famosos discípulos y yo, que de discípulo no tenía nada y que si había ido a parar a aquella casa era por pura casualidad y si seguía en ella era porque nadie me lo había impedido, pues, de habérmelo prohibido alguien –algo que siempre vi factible, dado el carácter de secta que tenía el grupo de amigos–, estoy seguro de que me habría ido por timidez, ipso facto.

De entre lo que dijo aquella tarde un radical Benet –blandiendo en todo momento con elegancia un gran vaso de whisky– me acuerdo especialmente de su afirmación de que la literatura debería haber sido hecha sólo por poetas malditos.

Es una frase extrema que a veces enlazo con un recuerdo que sitúo alrededor de 1980, en los días que iba a publicarse Saúl ante Samuel, novela que le había costado siete años de duro trabajo. Le entrevistaron no sé dónde, y él describió así su colosal (en todos los sentidos) obra: “Un libro pesadísimo, quizá el más pesado que me he propuesto nunca”.

Esa frase hoy sonaría bien rara. Los de marketing temblarían, y muchos de sus lectores se quedarían perplejos, quizás por no estar sincronizados con la probabilidad –que hace cuarenta años todavía existía, incluso en el mundo de la industria editorial– de que si alguien nos dice que su novela es pesadísima puede estar queriendo en realidad indicarnos que se ha divertido mucho creando una obra lenta, compleja, analítica, profundamente comprometida con el estilo, etc. Pensar en Juan Benet me ha remitido siempre a la famosa frase de Einstein: “La creatividad es la inteligencia divirtiéndose”. Quizás por eso siempre he pensado que tuvo que ser para él enormemente divertido tratar con su obra de poner al día –de un solo salto de pértiga– a la narrativa española y situarla a la altura de la mejor literatura europea del momento, pues no se olvide que se mostró siempre radicalmente anonadado ante el desastre general de la cultura literaria española, anonadado sobre todo de que hubiera renunciado ésta a las virtudes del Quijote (“robadas” por los ingleses, franceses, alemanes y rusos) y se hubiera hundido en las raíces del más provinciano costumbrismo.

Su salto de pértiga fue segado por la muerte, y de ahí que su obra quedara incompleta y su ambición –sin duda extraordinaria– interrumpida, lo que cambió el curso de la historia de la literatura española al propiciar la aparición de la llamada “nueva narrativa”, un cambio de rumbo que con Benet vivo habría sido difícil, creo, de llevar a cabo.

En cualquier caso, su intento de transformación de la literatura española ha quedado como un hito casi milagroso en la historia de nuestras letras, ha quedado como un hito y también –voy a decirlo, aunque puedo estar equivocado– como un misterio y un problema.

El problema siempre ha sido qué hacer con él, con el gran escritor y con su obra tan singular. Y en cuanto al misterio, el mayor misterio del mismo viene siendo que el enigma se renueve cada vez que volvemos a hacernos la pregunta que el propio Benet se formuló en El Señor abandona a Tobías, una cuestión de fondo de carácter digamos que nietzscheana que el gran Gonzalo Sobejano destacó con perspicacia en su maravilloso trabajo crítico para desentrañar la trama secreta de Saúl ante Samuel. Es una pregunta que sigue hoy esperando a que alguien se anime a intentar darle una respuesta de altura:

“¿Es que alguna teoría del lenguaje o cualquier otra ciencia ha explicado dónde están el presente, el pasado y el futuro, dónde las respectivas fronteras, hasta dónde los dominios, qué les distingue?”

Puede que mientras leíamos esta pregunta, hasta nos hayamos aburrido por momentos, incluso podría ser que no hubiéramos entendido algo, por lo que quisiera aprovechar ahora para subrayar que esto no deberíamos preocuparnos demasiado, pues a fin de cuentas nadie dijo que la literatura tuviera que ser divertida. Es más, me gustaría saber por qué la realidad debería ser fácil de entender.

*Publicado en Revista de las Artes del Ensayo el 27 marzo 2020

Tales. La revista del relato corto

Tales

El número 12 de Tales, la revista del relato corto, no puede resultarme más interesante. Comienza con un relato de Campos Reina autor que deseaba leer hacía ya un tiempo, desde que compré Trilogía del Renacimiento. Relato titulado Las noches de Li Bao, sedoso y sugerente. Le sucede luego otro relato, este a cargo de Enrique Vila-Matas titulado Un cuento sin Navidad. De un recuerdo, una anécdota, una observación de la que también participa Tabucchi, Vila-Matas pergeña un relato portátil, siempre hilando autores y referentes.

El siguiente relato es obra de Marco Llull y lleva un título muy literario, Djuna y Sylvia P. . Una Plath y una Barnes, que son aquí dos jóvenes que van de farra, ven algo monstruoso en un río, sin riesgo de caer en el vientre de aquel cachalote de performance, se proyecta la joven en internet dejando un rastro que desasosiega a la madre de Sylvia. Una Djuna que se interna en el Dédalo urbano para ser vomitada tras un escarceo y poco después en cualquier parte de la ciudad, que la amparara poco después en su vientre, en el subte.

Avanzamos y nos encontramos con una conversación -introducida por Almudena Sánchez– entre Eloy Tizón, uno de los mejores cuentistas en mi opinión, y Juan Casamayor editor de Páginas de Espuma, editorial fundamental para entender el relato en España.
Interesantes reflexiones las que vierten para comprender mejor el lector las inseguridades y la solitaria labor del escritor y el papel fundamental que desarrolla el editor en el acompañamiento y gestión de los egos de los autores.

Sigue un relato, El precio de la amistad, de Kjell Askildsen, que me ha parecido muy flojito. Luego otro, de Spiros Vretós, El robo de las granadas, que juega con lo simbólico, en donde la creación artística es algo tan absorbente que deja en suspenso cualquier acción moral. Inacción que luego revertirá sobre el lienzo. Cuando la pintura muda en sangre.

Con fruición devoro la entrevista que Gonzalo Campos Suárez le hace a Samanta Schweblin. Me interesa lo que afirma sobre los talleres literarios. Estos le adelantaron lecturas fundamentales, a saber, Cheever, Puig. Una escritura que a Samanta le permite acercarse a lo que le asusta, angustia, de una manera más activa, de preguntarse cosas que no puede contestarse desde el mundo real.

Y acabamos con dos cuentos muy buenos, el primero de Cristina Sánchez Andrade, El niño que comía lana. En la línea de Las inviernas, pero aquí todo más tensionado, más feroz, en un ambiente rural cerrado en el que las ausencias ahogan el porvenir de un niño, al que un cordero le abre un portal, episódico, a otra realidad, inasible.

Acaba la revista con un relato inédito de 1987 de Queirós, En la playa, con traducción de Javier Coca, en el que el luso arremete contra una señora sita en una playa de Normandía que encarna lo peor de esa clase de personas más preocupadas de sus ca(r)nes que de la suerte de los propietarios de las piernas que sus dientes desgarran.

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Morir en agosto (Javier Martín)

Todos los caminos conducen a Roma. Aplicado a la literatura esto viene a ser que Todos los caminos (me) conducen a Enrique Vila-Matas. Comienzo los Cuentos salvajes de Ednodio Quintero y ahí está el prólogo de EVM. Leo El reino de Tavares y ahí está el prólogo de EVM. Principio el 2020 leyendo Morir en agosto (2004) de Javier Martín y me imagino que ya se van haciendo una idea de quién es el prólogo. Sí, EVM escribe el prólogo y además es un personaje de la novela, como también lo es Roberto Bolaño, que seis años antes había publicado Los detectives salvajes, cuya estructura replica Javier. Un Javier muy dado a lo metaliterario de ahí que la presencia de EVM sea ineludible porque cuando éste un buen día pilló a las musas distraídas y a bocajarro les preguntó Que és la metaliteratura, sin titubeo alguno y cual corifeo respondieron Y tú nos lo preguntas. La metaliteratura eres tú, Enrique.

Morir en agosto supuso el debut como novelista de Javier Martín (1965, Andorra (Teruel)) y a su vez supuso también casi el debut de una editorial en sus albores. Hablo de Candaya. Este fue su segundo título editado. ¿Saben cuál fue el primero? Mariana y los comanches de Ednodio Quintero. La literatura, se ve, es un circuito cerrado.

La novela es un circunloquio de 264 páginas. Si Bolaño nos tuvo en cantar durante un sinfín de páginas en pos de Cesárea Tinajero, Javier hace aquí lo propio sin desvelar hasta el final qué sucedió con Ruth Balvey, una joven a la que Santos Puebla frecuentó durante dos veranos en su pueblo cuando tenía 13 años.

La primera parte son fragmentos de testimonios de amigos y familiares de Santos Puebla que dan como resultado una naturaleza muerta -todas lo son- un bodegón humano que no permite llegar al centro del ser de Santos, escritor con obra escasa que se relame en el durante, en la imposibilidad, en el solaz de lo inconcluso (ahí entra EVM y el discurso bartlebyiano, la escritura como algo parecido a escribir en la niebla, el espacio en el papel en el que la realidad y la ficción se confunden, aparean, amalgaman), pero a su vez con la idea y el empecinamiento de escribir una novela que le permita exorcizar su pasado y hacer la autopsia a sus recuerdos, con las limitaciones de la memoria y las asechanzas del olvido.

La segunda parte es el testimonio de Julián Ríos, «facultativo» que trató a Santos y encarrila la narración por las laderas del ensayo acomodando su discurso a la crítica a una sociedad obsesionada por la seguridad, que no acepta la muerte, ni la diferencia, que censura cualquier alteración en la conducta y aumenta el censo de locos en los manicomios. Presente la figura de Panero y ese FIN inasumible por aquellos que aspiran a la eternidad, que deshechan el lastre del pasado y el presente les parece poco más que una anécdota.

Finalmente el circunloquio concluye. Sabremos quién fue Ruth y qué pasó con ella y en qué medida esto conformó o deformó (cuando la existencia es un sumatorio de días con más fusta que fuste) al Santos escritor, a quien la literatura, a pesar de todo, salvaría del vacío, o eso dice.

Un notable debut el de un Javier que me parece que no ha publicado más novelas, regresando así a la alegría del inédito y del repliegue en el anonimato.

Enrique Vila-Matas
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Esta bruma insensata (Enrique Vila-Matas)

Yo soy capaz de albergar dos escritores o más afirmaba Vila-Matas en una entrevista reciente. El riesgo de leer tanto y tan bien es convertirse como lector en una suerte de ventrílocuo por el que hablen Las Musas. Otra posibilidad, yendo a mayores y ante una personalidad que se sueña fragmentaria es devenir una antología de 136 personajes ficticios, pessoanos. Al tiempo.

En su día leí una novela en buena parte compuesta por letras de las canciones que formaban la banda sonora audible de la vida del narrador. Ray Loriga en su novela Héroes tiraba continuamente de citas, muchas extraídas también de las canciones, que ponía en boca de un adolescente. Vila-Matas subió la apuesta y se tiró un órdago desde sus comienzos en la escritura, tal que ahora –y siempre- se le ha criticado al autor catalán por su afición desmesurada por las citas en todos sus artículos, ensayos, novelas. A mí, el aluvión de citas ajenas (también luego reformuladas, mejoradas, incluso Enriquecidas), al igual que su web, han ensanchado tanto mi horizonte lector que solo puedo mostrar aquí mi agradecimiento. Si uno lee las Cartas a Lucilio verá que Séneca menta a Epicuro para advertirnos que esos que veneran las palabras por ser del maestro y no aprecian lo que se dice sino quien lo dice sepan que las cosas buenas son patrimonio común. Vamos, que todos andamos a vueltas con las mismas palabras desde el comienzo.

Para salir al paso de estas críticas, en su descargo y en su descaro, Vila-Matas podía haber empleado el formato ensayo, pero se ha decantado por la novela. El personaje principal es Simon un traductor previo y surtidor de citas, aquellas que proveerá a su hermano menor, convertido en el Gran Bros, un exitoso autor residente en Norteamérica quien se infla a vender libros de sus “cinco novelas veloces”, y hace de su invisibilidad su pendón flameante. Ya en harina veo que el libro no son solo citas -que el narrador defiende porque le va la vida en ello (o le da de comer, aunque poco)- sino que la narración va construyéndose sobre arquetipos autorales de todo tipo, a saber, la invisibilidad de Salinger, Banksy, Pynchon, la manía de citar o hacer literatura o arte con citas, a lo Perec, la confiabilidad o no del narrador -ahí entra Nabokov– la tensión de publicar y renegar luego de lo publicado y desear volver a la pureza del anonimato y ahí pienso en Bufalino, pensamiento que por otra parte seguramente haya sido instilado en mi cabeza a resultas de la lectura de unos de los ensayos recogidos en Impón tu suerte.

Narrar supone recordar. Narrar es también conocer, para decirlo con Piglia y también crear. Volver y revolver pues en aquellos días, años atrás. Los recuerdos del narrador se entreveran mezclados tiempos y espacios: vemos al narrador caminar por el Cap de Creus, cerca de Cadaqués y acabar en Portugal, sin abrir ninguna puerta, basta simplemente con verse allá, rememorar a su Padre muerto y redivivo en la narración, situarse en el día del advenimiento de la República catalana el 27 de octubre de 2017 y su tratamiento como relato, como ficción, como la tragedia que vuelve como farsa, sin que el narrador decida abanderar ninguna causa, ni con hunos ni con otros; sentir al narrador en su soledad unánime, trágica, unamuniana, acaso ¿un explorador del abismo?, fatigado de vivir en su mente, flotando tal vez en el mar muerto de su propio ser, para decirlo poéticamente como el luso, desubicado ante una orfandad que viene a ser como el modo avión de los móviles, aquel estado de inacción o postración del que solo te saca una llamada de emergencia, que aquí será la que propicie el reencuentro con su hermano oculto, invisible, quien se hará cuerpo y mala sangre Simon. Ocasión para contrastar sus distintas formas de entender la literatura, quizás la parte más discursiva de la novela, en donde Vila-Matas aborda la irresoluble cuestión de la ficción y la no ficción, difícil de deslindar una de otra, porque como se afirma, al pasar al papel los recuerdos ya ordenamos, filtramos, depuramos y eso implica una construcción, un artificio, una realidad ficticia. Ocasión también para reflexionar acerca del precio de la fama, del éxito, la necesidad de ocultarse, de renunciar.

Al informar a una amiga de esta lectura que comencé ayer, sin haber leído ésta nada de Vila-Matas, me preguntaba ¿Pero se le entiende? No solo se le entiende, sino que uno se divierte y entretiene mucho leyendo a Vila-Matas, valorando su audacia, su humor (aquí hay unos cuantos momentos esperpénticos que propician la carcajada, como ese Pynchon que viene a ser una actualización del aedo Homero, pues Pynchon se nos hace saber, son muchos, lo cual explicaría los altibajos de su producción novelesca), su prosa libérrima exenta de tasas, su amor por la literatura cifrada en parte en la irrefrenable pulsión citadora, con personajes nada gravosos aunque disparatados y podría abundar más pero preferiría no hacerlo, por consumar el arte de no acabar nada y dejarlo en este .

Enrique Vila-Matas en Devaneos

Impón tu suerte
El viajero más lento
Dublinesca
Perder teorías
El día señalado
El viaje vertícal
El viento ligero en Parma

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Aprender a rezar en la era de la técnica. El reino #4 (Gonçalo M. Tavares)

Concluyo con la lectura de Aprender a rezar en la era de la técnica, después de 725 páginas, la tetralogía de los libros negros de Gonçalo M. Tavares recogidos bajo el título de El reino.

Tavares es muy poco dado al aspaviento a la pirotecnia y al espectáculo que es la sustancia de cualquier bestseller. Tavares está a otra cosa, lo suyo cae más del lado de las ideas, del pensamiento, de una filosofía que aborda la naturaleza humana y recorre todos los intesticios de El reino. Lo compruebo cuando después de haber leído buena parte de la novela -ésta es la más larga de las cuatro- el protagonista, el doctor Lenz Buchmann que pasar de manejar el bisturí y operar a los enfermos, a tratar de erradicar el mal de la sociedad, o más bien a instilarlo (con las palabras del padre siempre presentes: Hacer lo que se quiere es el primer peldaño, el segundo es hacer que los demás quieran lo que nosotros queremos; Un ideario construido sobre el miedo: Era el miedo lo que movilizaba, era el miedo lo que hacía visible el único instinto universal, que no excluía a nadie y del que se podía afirmar que no existía nada que no estuviera, o quisiera estar, vuelto hacia él, a modo de ciertas plantas que buscan la mejor posición para recibir la luz, en este caso una luz negra. El miedo exigía de todas las cosas orgánicas un compromiso, un reposicionamiento, una atención, una preparación para el movimiento decisivo; Primero, construir un peligro sin origen identificable; luego, gracias a éste, forzar el movimiento de la población; por último, preparar el Estado fuerte del que saldrían dos clases de personas: las que protegen y las que son protegidas), seducido por los cantos de sirena de la política, donde abrevan la ambición y se refocila el poder a sus anchas, cuando este doctor digo, tras dar el salto con éxito a la política y llegar casi a lo más alto –pues era alguien que ve los dos campos de la existencia: el estratégico y el anatómico; que ha nacido para influir a los hombres de uno en uno, y también a todos en su conjunto-, tras convertirse en el número dos del partido, ve inerme cómo la enfermedad viene a socavarlo. Ahí Tavares rehuye el camino más previsible -hete ahí su singularidad y su grandeza- pues lo cómodo sería mostrar cómo un tipo frío e inteligente se sirve de la política para dar rienda suelta a su ambición desmedida y engrosar en este caso un partido de corte nacionalsocialista. No, Tavares antes de que eso pase (lo cual nos recordaría a otras novelas con mandos nazis como protagonistas) aboca, o despeña, a su personaje por otros derroteros: la enfermedad, el declive, la merma física y mental, el no porvenir, el lugar constreñido a dos metros cuadrados, lo que ocupa la cama del enfermo.

Aunque las cuatro novelas no están conectadas explícitamente sí que hay entre ellas resonancias. Aquí Lenz -que en su estado moribundo se puede emparentar en su desahucio vital con Mylia, la protagonista de Jerusalén) reprocha a un hombre que se lamente como lo hace de haber perdido un dedo, ese hombre es Walser (el protagonista de La máquina de Joseph Walser), el dedo es el índice, aquel que le impide a un hombre apretar el gatillo, aquel gatillo que brindaba un final de ruleta rusa en La máquina de Joseph Walser, el índice que no se ve capaz de emplear Lenz, cuando quiere hacer lo mismo que su padre cuando comenzó su declive: volarse la tapa de los sesos con una pistola. Eso sueña hacer Lenz, si bien su final es menos belicoso y se resuelve con una llamada, dejándose ir.

El reino (Gonçalo M. Tavares). Seix Barral. 2018. 744 páginas. Prólogo de Enrique Vila-Matas. Traducción de Rita da Costa.

Un hombre: Klaus Klump
La máquina de Joseph Walser
Jerusalén
Aprender a rezar en la era de la técnica