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El Yaciyatere (Horacio Quiroga)

Tenía ganas de leer algo de Horacio Quiroga y encontré por casa un libro suyo de relatos, este de El Yaciyatere, de los que regalaban comprando el diario El Sol. La edición es chusca así que leer y nadar en erratas es todo uno. El libro lo componen relatos bastante breves. En ellos la naturaleza se muestra hostil, pero no letal. Ya sean unos vientos horrorosos como El Simún que da título a un relato, las altas o bajas temperaturas o las crecidas del río que no hacen más que complicar la vida de los que viven a los márgenes de los mismos o en poblaciones tropicales como las de los relatos. Me resulta curiosa la manera que tiene Quiroga de narrar, porque en casi todos los relatos hay una voz que narra y su historia se ve desplazada por otras historias que le son referidas al narrador, pasando a ser estas las historias que más peso tendrán luego.
Queda bien plasmado ese ambiente natural, acechante, exuberante y asfixiante que Quiroga también conocía pues frecuentó y habitó la selva, si bien, tampoco les veo a los relatos mucha chispa, mucho recorrido, y si bien la prosa no se hace pesada, el resultado tampoco me parece nada reseñable. Había leído que Quiroga tenía a Poe por maestro, pero en estos relatos no he sentido nada especial, terrorífico, ni significativo en su lectura. Será cuestión de dar con el libro preciso. Este creo que no ha sido la mejor manera de principiarme en el universo quiroguiano.

El pozo

El pozo (Juan Carlos Onetti)

Después de leer Los adioses quería leer la primera novela de Juan Carlos Onetti, El pozo, novela breve (apenas 30 páginas, en la edición de las Obras completas, Novelas I, de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, publicada en 1939, cuando Onetti contaba 30 años), pero que casa muy bien con el título de la novela, porque cuando asomado al brocal de un pozo, tiramos una moneda, esperamos escuchar el !plop! del metal abrazando el agua y esa espera nos mantiene en vilo, con la cabeza devorada por la oscuridad circular. Esta novela es una caída, una bajada a los infiernos, un testimonio, una moneda que es un narrador, un hombre cualquiera, un tal Eladio Linacero dispuesto a poner en negro sobre blanco -entre las paredes de una pensión-, hechos indecorosos (una violación por ejemplo), un narrador que a los cuarenta quiere escribir sus memorias, aunque dice que no sabe escribir. Hechos vividos le sobran, dice. Al narrador, pesimista convencido, todo le parece una mierda, todo vacío, intrascendente, así desprecia la política, el amor, la amistad, a quienes le rodean, que se le antojan unos flojos, tanto que aparece por ahí el vigor alemán, ese espíritu que Hitler encarna y que el narrador enaltece (en 1939) –con muy trágicas consecuencias como tuvimos la ocasión de comprobar-, lo suyo es la espera, una especie de Drogo (Buzzati escribió El desierto de los Tártaros, un año más tarde), cuyo enemigo invisible, es un ubicuo NO, camuflado de realidad y de un presente nihilista sin atributos.

El pozo

Los adioses (Juan Carlos Onetti)

Narración enigmática -a pesar de un título muy explícito- donde las haya, la cual se ofrece disgregada, a través un narrador, que oficia de voyeur. Un hombre, en el corredor de la muerte -un sanatorio-, enfermo recibe cartas que son como el tronco para el náufrago. Dos mujeres -vínculos a descifrar-, como sombras, se ciernen sobre él. Cartas que son como la oblea para el creyente, un alimento vital, que le ayudará al hombre lidiar con los días que se amontonan sin apenas relieve: tronco existencial sin anillos.

apretando la carta con aprensión y necesidad de confianza, como si le fuera imposible prever la forma, el dolor y las consecuencias de sus heridas”.

Onetti crea una atmósfera de misterio, que bascula entre la algarabía de la fiesta, la música, canciones del fin de año y el día a día gris, mortecino, hueco y el autor nos hurta datos, pulveriza nuestra comprensión con palabras que exacerban cada instante, crispándolo, desbaratándolo, contraponiéndolo.

Era la despedida, pero él estaba alegre, intimidado, incómodo, mirándonos a mí y al enfermero con una sonrisa rápida”

“Pensaba que ella era demasiado joven, que no estaba enferma, que había tres o cuatro
adjetivos para definirla y que eran contradictorios
”.

Lo cotidiano y fungible, impregnan y golpean a los personajes con una fusta de pesimismo invisible.

Siempre habría casas y caminos, autos y surtidores de nafta, otra gente que está y respira, presiente, imagina, hace comida, se contempla tediosa y reflexiva, disimula y hace cálculos.

Los personajes disueltos en el anonimato universal de lo arquetípico son representaciones, símbolos, ¿de qué?. No sabemos. Más dudas, más confusión (Onetti​ manifestó a menudo que escribía para sí mismo, y que a pesar de que muchos consideraran su literatura muy difícil de leer y traducir, a él en cambio le parecía muy sencilla).
La afilada mirada -la del narrador-, se ve acrecentada por la invención. Lo que sus ojos no ven, su mente lo construye. Porque si los sentidos nos traicionan, una narración, referida a través de alguien que aprehende la realidad desde la barra de un bar, captando información de aquí y de allá o mediante lo entrevisto en cartas leídas a hurtadillas, solo puede abundar en la especulación, en la suposición. Tan falso entonces como verosímil: una contraposición que traza círculos amplios, donde cabe todo.

Estoy manejando el volumen de Onetti Novelas I, que editó Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, así que, afortunadamente, tengo Onetti para rato. Estos adioses, paradójicamente, son una bienvenida al universo Onettiano.

El discurso vacío

El discurso vacío (Mario Levrero 2007)

Mario Levrero
2007
Caballo de Troya
169 páginas

Llego a esta novela de Levrero después de leer Últimas noticias de la escritura de Chejfec, donde se habla de este libro, con el que Levrero se obliga a ejercicios de cambio de caligrafía como un modo de mejoramiento del propio carácter moral y de las virtudes de su creación.

No tengo claro que a Levrero estos ejercicios de caligrafía le mejoraran su carácter moral ni las virtudes de su creación, pero en tanto en cuanto la razón de un escritor es escribir y si es lo de los que saben que todo lo que escriban verá la luz, Levrero se puede permitir una novela como esta, sin apenas argumento, donde a modo de diario el autor irá plasmando su día a día, tanto caligráfico como existencial, y ante textos como este siempre me pregunto ¿dónde acaba la cháchara intrascendente y empieza lo trascendente?.

Es esta una pregunta sin respuesta.

El libro presenta momentos interesantes, pero esto no es algo claro de ver, sino que atenderá más bien a los gustos del lector, que en esta novela y en cualquier otra, encuentre algo en el texto que de una u otra manera le interpele y le permita rellenar este, aparentemente, discurso vacío.

De todo lo dicho en la novela, me interesan las reflexiones que Levrero (con su particular humor) se hace acerca de la convivencia con su mujer, sobre como maridar la necesidad de estar acompañado, con su necesidad de que respeten su soledad, en pos de la paz y la tranquilidad, anhelante de un silencio benéfico. También la necesidad de ese Levrero creador y autoral, de “ver mi nombre, mi verdadero nombre y no el que me pusieron, en letras de molde. Y más que eso, mucho más que eso, quiero entrar en contacto conmigo mismo, con el maravilloso ser que me habita y que es capaz, entre muchos otros prodigios, de fabular historias o historietas interesantes“.
Y muy jugosa es su reflexión final, el epílogo, sobre lo que acontece cuando uno llega a cierta edad, donde “uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones. Lo que uno ha sembrado ha crecido subrepticiamente y de pronto estalla en una selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva: pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la idea misma de “salida” es incorrecta: no podemos salir porque al mismo tiempo no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde salir, porque la selva es uno mismo y una salida implica alguna clase de muerte o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de muerte de apariencia inofensiva, hoy sabemos que aquellas muertes eran las semillas que sembramos de la selva que hoy somos.

Este epílogo, es para mí sin duda lo mejor de la novela, en la que Levrero ejerce de funambulista, caminando durante 169 páginas sobre el alambre, suspendido sobre un vacío que se afana en devorar la paciencia del lector.
Y al final, Levrero logra llegar al otro lado y nosotros con él.
Aplausos.
Levrero, aquel ilusionista