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Para una tumba sin nombre

Para una tumba sin nombre (Juan Carlos Onetti)

Leer a un autor muerto tiene algo siempre de homenaje póstumo. Como afirma aquí Aínsa, Onetti, apartado voluntariamente de los saraos e inmune a la corrosiva vanidad literaria, no tuvo nunca muchos lectores en vida. Después de su muerte creo que esto tampoco ha cambiado. Quizás todo esto tenga que ver con lo que afirma Ricardo Piglia en su libro Teoría de la prosa, a saber, la referencia política actúa como un elemento atado a una función interna en la historia, nada que ver con el agregado progresista de alguien que enuncia en un texto posiciones políticas para dejar contentas a ciertas redes de lectores o a ciertas buenas conciencias que necesitan que esos elementos circulen en un relato. Por otra parte como afirma también Piglia, Onetti aspira a que sus textos sean leídos solamente en relación a sus propios textos. Esto evidentemente presenta al lector ciertos inconvenientes, tal que te metes de lleno en el universo Onettiano de Santa María, y vas descubriendo los ecos, correspondencias, relaciones, solapamientos, en el espacio y en el tiempo de ese mapa en 3D o te quedas a dos velas.

Lo que presenta Onetti aquí es un texto autorrefencial, donde se van alternando el punto de vista del narrador con testimonios de otros personajes, en cuanto a unos hechos de los que podemos dudar de su veracidad, a cuenta de una mujer, Rita y un chivo blanco, presencia animal que nos puede recordar al gallo de El coronel no tiene quien le escriba. Rita se prostituye aquí para que al chivo, al muy cabrón, no le falte de nada. Bien puede ser esto falso, pues el narrador reconoce haber contado algunas deliberadas mentiras.

Sobre hechos inciertos y diferentes puntos de vista, Onetti emplea la narración para conocer, si bien el saber siempre es elusivo, correoso y aquí aún más. Lo que se me hace muy visible es la atmósfera opresiva, decadente, lúgubre, miserable, en la que transcurre la narración. Hay imágenes muy poderosas como aquellos momentos de la carreta camino del cementerio que me abocan a Mientras agonizo de Faulkner de quien bebe Onetti.

Teoría de la prosa

Teoría de la prosa (Ricardo Piglia)

Teoría de la prosa recién publicado por Eterna Cadencia, recoge nueve clases (magistrales) que Ricardo Piglia (1940-2017) impartió en la Universidad de Princeton en 1995. Antes de morir Piglia dedicó sus últimos meses a revisar el material transcripto. Como herencia para la comunidad de lectores este libro lo considero valiosísimo, pues en él ha cristalizado toda la sabiduría y la experiencia -que es mucha- de Piglia como lector y escritor.

El titulo, Teoría de la prosa, bien podría ir acompañado de un subtítulo: Apuntes sobre el universo onettiano. Esto es así porque las nueve clases, en las que Piglia habla de un sinfín de temas que guardan relación directa con la literatura, todas tienen que ver con Onetti, con su universo de Santa María.

El proyecto narrativo de Onetti es uno de los proyectos más complejos y más elaborados de la literatura no sólo latinoamericana, sino de cualquier lengua. Va a ser difícil que encuentren a alguien que haya construido un universo narrativo tan amplio, con tantos registros y tan consistente […] una construcción narrativa de largo aliento.

…los textos de Onetti, donde se entra y se sale de los hechos reales a una dimensión asociada a la fantasía privada y el sueño, por tanto nunca se sabe qué es lo que realmente ha sucedido. Onetti aspira a que sus textos sean leídos solamente en relación a sus propios textos, lo que es extraordinario.

Un universo en el que no hay un punto de fuga, la metáfora son los suicidios que abundan en su obra, dice Piglia.

En cada clase Piglia recurre a distintos textos de Onetti, y los que más presencia tienen son El Pozo, Los adioses, La cara de la desgracia, Para una tumba sin nombre.

Nos habla de cómo Onetti lleva al límite la autonomía del narrador, basado en un pacto con el lector, fundado en la incertidumbre y el escepticismo, el narrador es el primero que desconfía de la verdad de la historia. La potencialidad de la ficción reside en “hacer creer“, en la ficción están en juego sobre todo la creencia y la emoción, nos dice Piglia.

Habla y reflexiona mucho Piglia sobre el concepto de nouvelle, viéndola más próxima al cuento que a la novela. La nouvelle sería la reescritura de un cuento, afirma Piglia.

En la nouvelle todo está el mismo plano porque el narrador es un narrador que no sabe y por eso mantiene vigentes las alternativas posibles de una historia que él mismo parece desconocer, de ahí deriva esa simultaneidad de posibilidades que hemos visto en Onetti con mucha claridad y que también se podría encontrar en Faulkner o Henry James. En un cuento importa qué es lo que va a pasar, y en una nouvelle importa saber qué es lo que ha pasado.

Faulkner, con quien Onetti comparte con la idea de que no es en el mundo literario donde se debe buscar la literatura, nos dice Piglia y Henry James están ahí como dos presencias tutelares, maestros en el arte de narrar. De Faulkner le viene a Onetti dice Piglia aquel narrador que no es confiable, el narrador que se liga con la historia y no es objetivo. El relato muestra una cosa y el narrador dice otra, como dice Henry James “se muestra y no se dice”. En Onetti el narrador está escribiendo el relato, ojo, no debemos confundir narrar con escribir. Escribir fija el lenguaje, mientras que la narración permanece inestable y se dispersa. La escritura está ligada al presente, mientras que el relato tiende al pasado y a narrar lo sucedido.

Un amigo me dijo un día que leer era escribir en voz alta. Onetti a su vez también tiene su propia idea sobre lo que implica una lectura para el lector:

La relación con una narración implica la construcción de una historia en la cabeza, es decir, también genera un relato que se va construyendo a medida que avanzamos en la lectura. Comprender es volver a narrar.

Dice Piglia que la ficción no depende solo del que enuncia, sino que depende también de la recepción y experiencia del lector. El sentido de lo leído depende de la lectura que uno haga y esa experiencia es intransferible, dice. Esto es así, nos puede gustar un libro mucho o nada y hacernos sentir un sinfín de emociones, pero esto no se puede transferir, el lenguaje ahí tiene un límite, decir que algo me gusta o no, que me ha apesadumbrado o me ha colmado de felicidad, no va a ninguna parte, porque lo que ha sido nuestra experiencia lectora queda sólo para nosotros. La experiencia libresca y cualquier otra experiencia, del tipo que sea no se puede transferir.

En cuanto a esta experiencia, Piglia recupera las palabras de Walter Benjamin que ya enunciaba hace casi un siglo que los sujetos no tenían experiencia, entendida esta como el modo en que un sujeto le da sentido a lo que sucede.
La experiencia se produce cuando el sujeto construye una significación con aquello que ha vivido, dice Piglia. Norman Mailer, pedía a sus lectores que tuvieran experiencias, porque solo si mis lectores tienen experiencias van a poder leer mis novelas y sentir la emoción que se narra.

Buena parte del universo de Onetti se construye sobre el enigma, el misterio y el secreto, y Piglia se encarga de matizar cada uno de ellos, que podemos sintetizar así, empleando las palabras de Piglia: Si tuviéramos que imaginar un relato en el que todo quedara claro, estaríamos fuera de la literatura.

Habla Piglia de una diferencia abismal entre literatura y periodismo, según la posición que tiene el que conoce la historia: Dónde se coloca el que narra la historia y qué relación guarda esa historia con el narrador; qué pacto, qué interés, qué tipo de intriga une a la historia con el narrador.

También hay un momento, final, para hablar del papel crucial y necesario que desempeña la traducción.

El traductor de un libro impone su manera de leer ese libro y siempre hace aparecer otra cosa, por eso los clásicos tienen que volver a ser traducidos, porque el traductor fija incluso el estado de la lengua en ese momento, y ese estado cambia constantemente.

En suma, esta Teoría de la prosa es uno de esos textos fundamentales que nos conviene siempre tener a mano, lapicero en ristre.

Eterna Cadencia. 2019. 216 páginas

Lecturas periféricas: Teoría de la novela (Gonzalo Torrente Ballester)

El pozo

El pozo (Juan Carlos Onetti)

Después de leer Los adioses quería leer la primera novela de Juan Carlos Onetti, El pozo, novela breve (apenas 30 páginas, en la edición de las Obras completas, Novelas I, de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, publicada en 1939, cuando Onetti contaba 30 años), pero que casa muy bien con el título de la novela, porque cuando asomado al brocal de un pozo, tiramos una moneda, esperamos escuchar el !plop! del metal abrazando el agua y esa espera nos mantiene en vilo, con la cabeza devorada por la oscuridad circular. Esta novela es una caída, una bajada a los infiernos, un testimonio, una moneda que es un narrador, un hombre cualquiera, un tal Eladio Linacero dispuesto a poner en negro sobre blanco -entre las paredes de una pensión-, hechos indecorosos (una violación por ejemplo), un narrador que a los cuarenta quiere escribir sus memorias, aunque dice que no sabe escribir. Hechos vividos le sobran, dice. Al narrador, pesimista convencido, todo le parece una mierda, todo vacío, intrascendente, así desprecia la política, el amor, la amistad, a quienes le rodean, que se le antojan unos flojos, tanto que aparece por ahí el vigor alemán, ese espíritu que Hitler encarna y que el narrador enaltece (en 1939) –con muy trágicas consecuencias como tuvimos la ocasión de comprobar-, lo suyo es la espera, una especie de Drogo (Buzzati escribió El desierto de los Tártaros, un año más tarde), cuyo enemigo invisible, es un ubicuo NO, camuflado de realidad y de un presente nihilista sin atributos.

El pozo

Los adioses (Juan Carlos Onetti)

Narración enigmática -a pesar de un título muy explícito- donde las haya, la cual se ofrece disgregada, a través un narrador, que oficia de voyeur. Un hombre, en el corredor de la muerte -un sanatorio-, enfermo recibe cartas que son como el tronco para el náufrago. Dos mujeres -vínculos a descifrar-, como sombras, se ciernen sobre él. Cartas que son como la oblea para el creyente, un alimento vital, que le ayudará al hombre lidiar con los días que se amontonan sin apenas relieve: tronco existencial sin anillos.

apretando la carta con aprensión y necesidad de confianza, como si le fuera imposible prever la forma, el dolor y las consecuencias de sus heridas”.

Onetti crea una atmósfera de misterio, que bascula entre la algarabía de la fiesta, la música, canciones del fin de año y el día a día gris, mortecino, hueco y el autor nos hurta datos, pulveriza nuestra comprensión con palabras que exacerban cada instante, crispándolo, desbaratándolo, contraponiéndolo.

Era la despedida, pero él estaba alegre, intimidado, incómodo, mirándonos a mí y al enfermero con una sonrisa rápida”

“Pensaba que ella era demasiado joven, que no estaba enferma, que había tres o cuatro
adjetivos para definirla y que eran contradictorios
”.

Lo cotidiano y fungible, impregnan y golpean a los personajes con una fusta de pesimismo invisible.

Siempre habría casas y caminos, autos y surtidores de nafta, otra gente que está y respira, presiente, imagina, hace comida, se contempla tediosa y reflexiva, disimula y hace cálculos.

Los personajes disueltos en el anonimato universal de lo arquetípico son representaciones, símbolos, ¿de qué?. No sabemos. Más dudas, más confusión (Onetti​ manifestó a menudo que escribía para sí mismo, y que a pesar de que muchos consideraran su literatura muy difícil de leer y traducir, a él en cambio le parecía muy sencilla).
La afilada mirada -la del narrador-, se ve acrecentada por la invención. Lo que sus ojos no ven, su mente lo construye. Porque si los sentidos nos traicionan, una narración, referida a través de alguien que aprehende la realidad desde la barra de un bar, captando información de aquí y de allá o mediante lo entrevisto en cartas leídas a hurtadillas, solo puede abundar en la especulación, en la suposición. Tan falso entonces como verosímil: una contraposición que traza círculos amplios, donde cabe todo.

Estoy manejando el volumen de Onetti Novelas I, que editó Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, así que, afortunadamente, tengo Onetti para rato. Estos adioses, paradójicamente, son una bienvenida al universo Onettiano.