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Santuario (William Faulkner)

Santuario (William Faulkner)

Un año después del crac del 29 y tras haber publicado Mientras agonizo y un año antes de publicar Luz de agosto, ve la luz Santuario, obra de la que Faulkner renegará toda su vida (porque la escribe por dinero. Esto ahora no pasa porque los escritores solo escriben por amor al arte) y que incluso no da a leer a su madre, que acabará no obstante leyéndola y obviándola.

Santuario es como un viaje al corazón de las tinieblas: lo más rastrero de la condición humana. La novela, con traducción de José Luis López Muñoz, que se va hasta las 347 páginas quizás no mantenga la intensidad narrativa de las obras arriba citadas o de otras como Absalón, Absalón, e incluso uno tiene la sensación de que se podía haber podado más en la truculenta historia o historias que se nos cuentan, porque lo que Faulkner nos presenta es un grupo de personajes que se sitúan al margen de la moral para convertirse en políticos o senadores corruptos y xenófobos (que no tardan nada en largar su filípica contra los judíos), asesinos, violadores, chulos, todos ellos pisando el fango y refocilándose en él, presos en una tela de araña de la que no pueden escapar y en todo ese ambiente hay un rayo de luz y esperanza en la figura del negro Tommy, que acaba muerto y de un abogado, un tal Horace, que trata de librar de la cárcel a un preso, un tal Goodwin, y socorrer a la mujer y al hijo de este, pero la realidad se impone a machetazos en forma de falsos testimonios, ajusticiamientos públicos, la inocencia de Temple Drake, una chica de diecisiete primaveras agostadas y esclavizadas luego a nuevos anhelos seminales bajo el yugo de un tal Popeye, todo un personaje ya jodido desde la tierna infancia que nunca tuvo, convertido luego en un asesino en serio que eviscera animales con la misma facilidad con la que segará vidas humanas. No sale nadie bien parido ni parado en esta execrable historia; la mujer del presunto asesino defiende a la joven movida más por el deseo de que no caiga su hombre bajo el influjo de la adolescente que por un sentimiento de bondad hacia el prójimo; la joven encuentra en ese ambiente abyecto, cuando algo ya se ha roto en su interior, una liberación, una manera de sustraerse al dominio paterno y a la vida muelle que lleva, para irse al otro lado, a los bajos fondos, hasta un lupanar regentado por una figura inolvidable Miss Reba. Aprovecha ahí Faulkner la ocasión para meter la cuña y calzarnos la historia de los dos perros de Reba con los que se ensaña cuanto puede y para desvelar el «ininteligible» (entonces) proceder de Popeye y la presencia allí de un semental humano.

Ha pasado casi un siglo desde que Faulkner escribiera Santuario y hoy cierto género de novela se ha especializado en ofrecer tramas cada vez más rebuscadas y truculentas, buscando lo literario pero aún más lo cinematográfico. Faulkner logra en Santuario una atmósfera opresiva, deleznable, un ambiente que hiede, y lo hace nueve años antes de la segunda guerra mundial, del holocausto nazi, como si algo en su radar quizás le advirtiera ya entonces de lo que se estaba cociendo en el aire enrarecido.

Absalón, Absalón

!Absalón, Absalón! (William Faulkner)

Después de haber leído Cuerpos del rey de Pierre Michon quería leer !Absalón, Absalón! de William Faulkner. En un Re-Read en Vitoria adquirí un ejemplar de la novela, editada en 1981 por Alianza y Emecé, con traducción de Beatriz Florencia Nelson.

Cada vez llevo peor leer libros como éste, cuyo texto tiene un tamaño tan piojoso, algo parecido a un arial 8. Además, el paso del tiempo le ha pasado factura, y algunos caracteres aparecen en blanco, pero es lo que tenía entre manos.

Si el Ruido y la furia se me atascó cuando intenté leerlo hace tiempo, recuperé más tarde la fe en Faulkner leyendo Luz de agosto y después Mientras agonizo. La seducción, ahora, lejos decrecer se ha acrecentado después de haber leído !Absalón, Absalón!.

Faulkner podía haber optado por una narración lineal para describir los acontecimientos ligados a una estirpe familiar, los Sutpen, con Tomás a la proa, en el sur de los Estados Unidos, en el universo Faulkneriano llamado Yoknapatawpha, durante la segunda mitad del siglo XIX y hasta entrado el siglo XX. De hacerlo así no estaríamos hablando de Faulkner, pues lo que éste tiene en mente es precisamente todo lo contrario. La historia se nos presenta fragmentada, astillada, a través de varios narradores, que van vertiendo en el relato lo que recuerdan, para que los otros sigan completándolo, en base a aquello que recuerdan, o que les han contado. A eso hay que añadir la imaginación de cada cual, como hará Quintín, uno de los narradores, quién a medida que conversa con Shreve, se irá metiendo en la historia, habitándola, creándola. De esta manera el texto se abrirá a la incertidumbre, a la interpretación, y si hay interpretación, para decirlo en palabras del filósofo Mèlich, tiene que haber más de una, porque la interpretación siempre es múltiple, es plural, es infinita, o no es interpretación en absoluto

Así leído, el libro resulta denso, mareante, pues la lectura es un turbión constante de saltos en el espacio y en el tiempo. Como el chiquillo que en el 83 en Zarautz en la playa oye Galernaaaaa y sin tiempo a poner los pies en polvorosa ya se ve apresado por la ola que lo lanza al fondo lo centripeta y luego lo centrifuga y lo devuelve a la orilla aterrado y gozoso con un nudo en la garganta y arena en todos los orificios de su cuerpo, así el lector con Faulkner se ve también arrastrado, sumido en la historia, desmadejando el ovillo de sentimientos encontrados, poniendo un foco de luz en lo obscuro de la naturaleza y condición humana, encadenada a la moral, a la tradición, aunque Tomás Sutpen tiene algo de pionero, de fundador de su propia historia, que nacerá repudiando a su mujer y a su hijo. La pugna siempre entre blancos y negros. Como sucedía también en Luz de agosto, con la pureza de sangre, y esa única gota de café en la leche que nos hace hablar de café con leche, hete ahí, la pugna entre Tomás y su hijo Carlos, nacido de una cuarterona, Eulalia, y por tanto el repudio, y lo que vendrá, pues todo converge hacia el Ciento de Sutpen, donde vive el patriarca acompañado de su mujer, Elena, y sus dos hijos: Judit y Enrique. Cómo sustraerse a la posibilidad del incesto, a la fuerza demoniaca del asesinato, a que la guerra (entre Norte y Sur) haga lo que propicia el no atrevimiento, a lo que sea que se entienda por honra, dignidad, sentido del deber, a la pulsión sexual varonil innominada, a alentar el desaliento, el no porvenir, la fatalidad en cada acción, en todo sino.

Faulkner chorrea estilo, hace continuos malabares con su estructura narrativa y uno parece estar leyendo las sagradas escrituras, un texto infinito, ajeno al tiempo, como si las palabras estuvieran esculpidas en piedra, sin que haya nada redundante, todo es mollar, y a pesar de la densidad, de la complejidad, del desafío, Faulkner fluye, engancha, definitivamente te aturde y lo hace de tal forma que cuando luego coges otra novela te resulta impostada, hueca, trivial, sin aliento ni vida, un cascarón vacío, en suma. Estos son los peligros (que son necesarios arrostrar) de acercarse a ciertos libros, a ciertos autores como Faulkner. Ahora ya me veo preparado para seguir cuando proceda con El ruido y la furia.

Otras reseñas: El blog de Juan Carlos | Cicutadry | El lamento de Portnoy

De paso

Uno deja tan poco rastro, ¿sabe usted? Uno nace, y ensaya un camino sin saber por qué, pero sigue esforzándose; lo que sucede es que nacemos junto con muchísimas gentes, al mismo tiempo, todos entremezclados; es como si uno quisiera mover los brazos y las piernas por medio de hilos, y esos hilos se enredasen con otros brazos y otras piernas y todos los demás tratasen igualmente de moverse, y no lo consiguiesen porque todos los hilos se traban, y es como si cuatro o cinco personas quisieran tejer una alfombra en el mismo bastidor: cada uno quiere bordar su propio dibujo. Claro está que todo ello carece de importancia, pues de otra manera quienes dispusieron el bastidor hubieran arreglado mejor las cosas, y a pesar de todo no deja de tener su trascendencia, puesto que uno se esfuerza, y continúa luchando; cuando de pronto todo ha concluido y sólo nos queda un bloque de piedra con unas inscripciones, siempre que alguien se haya acordado o haya tenido el tiempo necesario para hacer grabar esas letras en el mármol. Pasa el tiempo, llueve y brilla el sol y llega un día en que nadie recuerda el nombre y lo que dicen esas letras nada importa ya. Quizá por eso, si uno puede dirigirse a alguno, cuanto más extraño mejor, y darle algo, lo que sea: un pliego de papel o cualquier otra cosa que nada signifique por sí misma, aunque ellos no lo lean ni lo guarden, ni se preocupen siquiera por destruirlo o arrojarlo, ya es algo porque ha sucedido y puede ser recordado, pasando de una mano a otra, de una inteligencia a otra, al menos es como un grabado, algo que deja rastro, algo que existió un día, pues de otro modo no podría morir también; en tanto que el bloque de mármol jamás podría ser presente, puesto que tampoco llegará a ser pasado, es incapaz de morir o terminar…

!Absalón, Absalón!. William Faulkner. Traducción de Beatriz Florencia Nelson

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Mientras agonizo (William Faulkner)

¿Se puede escribir una novela en 42 días, de corta extensión (239 páginas), al tiempo que se trabaja, que acabe situándose, según Harold Bloom, en la cumbre de la ficción norteamericana?. Eso parece, si nos remitimos a Mientras agonizo de William Faulkner (1897-1962). A lo anterior, añadiría lo que me resulta aún más sorprendente, y es que la prosa de Faulkner se constriñe a un léxico muy básico, donde muchas expresiones, que me cuelguen, que me aspen, se repiten un buen número de veces, por boca de distintos personajes.

Hoy podemos coger un avión y hacer miles de kilómetros y situarnos en las antípodas en un lapso de tiempo de unas pocas horas. En esta novela, escrita en 1929 (con traducción de Jesús Zulaika), la narración va a paso de burra, o de mula, tal que el tránsito, el paso al más allá de una mujer tras agonizar, camino de ser enterrada, se convierte en una odisea, de hecho, el título según Faulkner viene de un pasaje de la misma.
Addie Bundren ha muerto y su voluntad era ser enterrada junto a sus familiares en un pueblo que dista a unas cuantas millas de donde vivía. Su marido se toma a pecho cumplir la voluntad de su mujer, y terco como una mula, junto a su hijos e hija se ponen en camino, que deviene tortuoso. Sobre la bóveda celeste, además de unos cuantos buitres carroñeros, está Dios controlando todo, escuchando los ruegos, las imprecaciones, las oraciones de estos humanos, de estos arrieritos, que desde allá arriba deben parecer poco menos que hormigas atribuladas en su miseria. La fragmentaria narración se ofrece con capítulos a los que los distintos personajes irán poniendo voz. Narración no lineal, pues en alguna ocasión volvemos a cuando Addie estaba viva.

La sombra de Faulkner es alargada. Un buen número de escritores nos dirán que leyendo sus obras dejaron la poesía para pasarse a la prosa, o descubrieron que lo suyo sería escribir. Es comprensible. Uno lee a Faulkner y parece sencillo escribir, parece algo simple, no parece que haya mucho misterio en poner unas cuantas palabras sobre el papel, para contar una historia, que parece no tener mucha miga, sólo en apariencia (pues como nos dijo Faulkner: solo tenemos para escribir el espacio de un sello de correos, pero si se profundiza debajo de ese sello hay un planeta entero). El caso es que finalizas la novela y los personajes siguen bailando y hollando en la cabeza, sorprendido el lector con ese inesperado final, preguntándose acerca de la suerte que correrán Darl o Dewey Dell, la pierna de Cash, el fantasioso Vardaman (un libro de relatos se titulaba así: Mi madre es un pez), la joyita de Jewel, o el patriarca Anse, cuya historia dental te mordisquea las entrañas.

Como decía Luciano G. Egido, una vez finalizada una novela ésta ya no es palabra, sino memoria del lector. Así sea.

William Faulkner en Devaneos | Luz de agosto

Luz de agosto

Luz de agosto (William Faulkner 1932)

Publicada en 1932 poco después de El ruido y la furia (1929), Luz de agosto es entre otras muchas cosas la historia de un viaje, de una fuga, de un tránsito. La que lleva a cabo la joven embarazada Lena Grove, quien abandona su hogar (la compañía de la familia de su hermano) en busca del hombre que la dejó en una situación doblemente embarazosa.

Así, en el camino, de carreta en carreta, ayudada por las personas que se cruzan en su deambular, acabará Lena llegando a la localidad de Jefferson, donde parece encontrarse su hombre, un tal Burch.

En lugar de Burch, Lena se topa con un tal Bunch, que nada tiene que ver (parecidos semánticos a parte) con el padre de la criatura, quien a pesar de todo, prendado por la belleza, juventud y lozanía de Lena, se decide a ayudarla, llevando su bonhomía a límites desconocidos, incluso para él.

Hay ahí cierto misterio, y suspense, en pos de saber si Lena encontrará finalmente a Burch o no, si de producirse el encuentro qué sucederá a continuación, qué se dirán, si Burch huirá de nuevo o arrostrará su nueva situación o si seguirá tan irresponsable como siempre. Luego, sin apenas darnos cuenta, una vez que Lena ya está asentada, esperando dar a luz, Faulkner nos cuenta la vida de Christmas, el socio de Burch, un blanco de sangre negra, atormentado y maldito, abandonado al nacer, al descubrir los abuelos de la criatura que es de sangre negra y adoptado tras un período en un orfanato, por una familia, los McEachern, cuyo padre adoptante es alguien intransigente, duro, violento, caligrafiando su derrota con la sangre ajena, y látigo en mano, sobre la piel endurecida de Christmas, enfermizo este en sus creencias religiosas, quien entiende la violencia como una enseñanza, algo necesario y a veces piadoso e incluso catárquico.

Christmas hará uso de su voluntad, para cumplir el fatal destino que cree tener marcado a fuego a consecuencia de su sangre negra, su sacrificio ineludible. Un personaje, Christmas, quien nunca sabe qué es lo que es, ni tampoco que es lo que no es, un alma en pena, un corazón fugitivo en todo caso, a quien un negro le explicará a las claras su razón de ser (o de no ser)

«Tu eres peor que negro. No sabes lo que eres. Y más que eso: nunca lo sabrás. Vivirás, morirás y no lo sabrás nunca»

Alrededor de Lena pululan otros personajes como Hightower, un párroco defenestrado y vilipendiado por la conducta «inapropiada» de la que fue su esposa, devenido un pecio humano, arrumbado a la orilla del camino esperando el descabello, la señorita Burden, con quien Christmas convivirá y yacerá, en una relación oscura, sórdida, alimentada por los fantasmas de ambos, Bunch, asociado a Christmas en la venta ilegal de Wiskhy capaz de delatar a su socio a cambio de los dólares que ofrecen por la cabeza del asesino de la señorita Burden y en última instancia tenemos a los abuelos de Christmas, que se acercarán al pueblo intentando ver a este una vez más, antes de su ejecución, lo que nos permitirá conocer más detalles sobre Christmas y ver así por ejemplo, el engarce del subalterno Doc siempre vigilante con Christmas, a la sazón, su nieto repudiado.

La novela fluye, con la prosa subyugante de Faulkner, en manos de un narrador omnisiciente. Un juego de voces, pensamientos, reflexiones, donde podemos palpar lo que es el racismo, la incomunicación, la violencia latente, la religión opresora, el sexo maldito, las profecías autocumplidas, creando Faulkner una tensión en el relato, una atmósfera enfermiza, que deviene a ratos asfixiante.

Lena haciendo suya la cita de Saramago «El fin de un viaje es sólo el inicio de otro» se irá de Jefferson como llegó, como si su único fin fuera ese, deambular, viajar, someterse o más bien, adaptarse, a la realidad que le toca vivir en cada momento, en cada situación, sea en pos de Burch, al lado de Bunch o junto a quien quiera protegerla. Un empeño por parte de los hombres que la rodean que nunca se materializará, porque Lena no se necesita más que a sí misma para salir adelante, porque Lena es una superviviente, es la esperanza hecha carne, es esa luz que nunca se extingue, ese amanecer posterior a la noche cerrada.