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9788494044144

El cocodrilo (Fiódor Dostoievski)

Fiodor Dostoievski desata su vis más cómica en El cocodrilo para ofrecernos un relato donde el absurdo toma el mando, tal que un fulano, sin darse cuenta es absorbido por un cocodrilo, sin que la historia devenga gore. Una vez instalado cómodamente el okupa forzoso dentro del animal, quiere éste aprovechar la coyuntura para sacar de ese ingerimiento algo provechoso, entregado al estudio y a sus pensamientos, porque lo que le sobra en esa caverna animal es tiempo.

A su alrededor, su amigo hace lo posible por sacarlo de allí, mientras se suceden las escenas a cual más absurda, como considerar la posibilidad de que la nueva situación laboral del engullido adopte la forma de una comisión de servicios o incluso llegar a valorar la posibilidad de empadronarse allí dentro.

Mientras, los periódicos se hacen eco de la noticia -a su manera-, y se preocupan más de salvar al animal, que tras ingerir a un humano se muestra agotado, !incluso se le saltan las lágrimas del esfuerzo!, que de preocuparse por el estado del humano devorado.

La mujer del desaparecido -ante una situación que parece no incomodarla en demasía- ya ocupa su tiempo libre con otros pretendientes, mientras el dueño del cocodrilo y su mujer, una pareja de alemanes devorados por su afanes crematísticos, sólo están dispuestos a abrir en canal a su mascota a cambio de una cifra astronómica, propiedades inmuebles e incluso rangos militares.

Dostoievski se mofa de los funcionarios, de los periodistas, de la codicia, de la inhumanidad, de ese beneficio económico que se antepone a cualquier otra circunstancia -la vida humana, por ejemplo-, todo ello narrado con mucha ironía y gracejo pero sin dar los zarpazos lacerantes que soltaba por ejemplo en El jugador.

El final queda abierto a cualquier posibilidad.

Lo edita Gadir con traducción de Enrique Moya Carrión e ilustraciones de Eugenia Ábalos.

Chéjov

La isla de Sajalín (Antón P. Chéjov)

Antón P. Chéjov
Alba Editorial
2005
Traducción, introducción y notas por Víctor Gallego Ballestero
450 páginas

En 1900 Tolstói oyó hablar de las duras condiciones de trabajo que sufrían los braceros que trabajaban en la vía férrea Moscú-Kazán; jornadas de 35 horas seguidas. Tosltói decide ir a verlo con sus propios ojos. Escribiría sobre ello en “Contra aquellos que nos gobiernan”, para denunciar esta situación.

Diez años antes, en 1890, Chéjov hace lo propio cuando desoyendo muchas voces decide ir a la Isla de Sajalín, al sur de Siberia, donde acaba Asia, al norte de Japón. Podemos reflexionar acerca de qué le mueve a Chéjov -en aquel entonces ya un escritor de prestigio, que ha dejado de ejercer como médico para dedicarse a la escritura- a realizar un viaje de esa magnitud; un viaje peligroso, duro, fatigoso, que le cuesta realizarlo más de once semanas y tener que recorrer más de 10.000 kilómetros, con el único fin de ir a Sajalín y registrar lo que ve: la realidad cruda, dura, inhumana, donde se ubican las dependencias de una colonia penitenciaria, en un territorio en donde conviven colonos, hombres libres, ex presos, funcionarios locales y autoridades. Lo que Chéjov ve es un mundo opresivo -no sólo por las condiciones climatológicas, que impiden que en la taiga crezca algo cultivable, pues las temperaturas solo suben de los cero grados unos pocos meses al año- enmarcado por el mar, donde el horizonte es poco más que una legua de tierra ante los ojos.

Chéjov no busca el dramatismo, porque el dramatismo está ahí. No necesita irse por la tremenda, porque la soledad, la tristeza, el desamparo, el tedio, la desesperanza de los que allí viven es notoria. Casi nadie está allá por voluntad propia y todos sueñan con volver al continente, sentir el calor, dejar de pasar hambre y despojarse de esa intemperie que ya es parte de su naturaleza.

Chéjov, que antes de ir para Sajalín se empapa a fondo de todo lo que se ha escrito sobre la isla -la cual durante siglos se pensó que era una península y cuyos derechos sobre la isla no estaban claros ni para Rusia ni para Japón, que compartirán la parte más meridional de la isla- una vez sobre el terreno, toma notas de lo que sus ojos registran -e incluso asume su incompetencia a la hora de narrar, cuando por ejemplo visita una mina, porque carece según él del lenguaje apropiado y nos remite a un libro- ejerce de censor -no porque censure, sino porque durante tres meses censa a la población local- entrevista a sus habitantes, conoce de primera mano las dependencias penitenciarias, dado que le dan acceso total a las instalaciones y así ve celdas abarrotadas, malolientes -ante la escasez de letrinas- pródigas en chinches, donde el ser humano deviene ganado, ante la falta de soledad, privacidad e intimidad, donde todo se hace en comunidad, situación ante la cual, nos dice Chéjov, el espíritu del encarcelamiento -que supone reeducar y reinsertar- no es posible, cuando el ser humano no tiene un momento para estar a solas consigo mismo y no puede entonces reflexionar, rezar o buscar en definitiva cierta paz interior.

Tres cuartas partes del libro las dedica Chéjov a recorrer toda la isla y a dejar por escrito un registro de todos los asentamientos en los que hay vida humana en la isla de Sajalín. Una tarea exhaustiva, prolija, farragosa, que es igual de farragosa – a ratos- de leer, pues en cada colonia que Chéjov visita anota el número de hombres y mujeres, el número de propietarios y copropietarios, de colonos, de hombres libres, de agricultores -si los hay- el número de verstas que se dedican a la agricultura o a cualquier otra actividad, y cuales son los medios que tiene la colonia para salir adelante. A menudo, encuentra algún parroquiano que le refiere alguna anécdota; la mayoría de ellas crueles, descarnadas, brutales, propias de un lugar al margen del mundo; un paraje que tiene más de purgatorio y de círculo dantesco que de otra cosa.

A pesar de ser una isla, cuando nieva y luego hiela, Sajalín queda unida por el hielo al continente y se puede pensar que es fácil huir. Hay quien lo intenta, pero son escasos los intentos que prosperan. El frío, el hambre, las ventiscas, el terreno accidentado y ratos pantanoso, no ayuda en la huida.

Habla Chéjov de lo común que es azotar a los presos, de tal manera que en caso de embriaguez, indisciplina o altercados, el preso se lleva cien latigazos de premio. Curiosamente no está penado acostarse con niñas de trece años, que en muchos casos son los propios padres quienes las venden u ofrecen a cambio de dinero o comida a funcionarios, colonos o agricultores; mujeres que reciben el mismo tratamiento que cualquiera animal.

Habla Chéjov de la alta tasa de analfabetismo que ronda el 90% entre los nacidos en Sajalín, y también dice que nunca ha conocido mujeres más estúpidas que las de Sajalín. Comenta que la enfermedad que mata más gente sobre todo entre los 25 y los 40 años es la tuberculosis.

Hay detalles cómicos; un humor que no se busca, ni se pretende, pero que la realidad manifiesta sin querer, a saber: cuando Chéjov entrevista a los guiliakos, una raza que vive en Sajalín, en su estudio no podrá determinar cual es su color de piel, dado que no se bañan nunca desde que nacen hasta que se mueren. El olor de su cuerpo, sumado al de los pescados que salan a las afueras de su tiendas te revuelven las tripas solo de imaginarlo.

Queda muy claro que las cárceles son jaulas, que los castigos físicos endurecen a la víctima y al verdugo, que la inhumanidad se convierte en moneda de cambio, y que en una atmósfera tan viciada es difícil llevar una vida normal, así que las únicas salidas son la muerte, el suicidio o el regreso al continente.

El libro lo edita Alba en su serie Clásica Maior, con prólogo y traducción de Víctor Gallego Ballestero. Salvo alguna errata: cabecar por cabecear, víspera por víscera, o ente por entre, y algún acento, la edición es impecable y el libro implacable.

De haber hecho esta lectura forzado no sé que hubiera pasado, porque el libro se las trae, y tiene más de suplicio que de placer, más de tundra que de vergel.

En fin, hacer lo que queráis con vuestro tiempo. Yo hacía años que quería leer esta novela (me acuerdo que me la recomendó Aurora un día en Twitter) y ahora que la he acabado me siento tan jubiloso y liberado como el colono al que le permiten regresar al continente.

La lectura de esta novela nos permitiría hablar largo y tendido acerca de qué es -o qué entendemos por- periodismo y qué es -o qué entendemos por- literatura, pues aquí Chéjov ejerce de reportero, pero aportando dotes de escritor y el resultado es este libro.

Para conocer mejor la figura de Chéjov, su bondad, su humildad, vale la pena leer el Ensayo que le dedica Thomas Mann en su libro Ensayos sobre música, teatro y literatura. Chéjov nunca fue consciente de su valía y no quería creérselo demasiado
Hasta el final creía estar tomando el pelo a sus lectores, al no verse esté capaz de dar respuesta a las grandes preguntas.
Cuando Katia, mujer a la que aprecia y quiere, le fórmula desesperada y angustiada ¿Qué he de hacer? Una sola palabra, implora ella. No lo sé. Por mi honor y mi conciencia Katia, no lo sé replica Chéjov, ella lo abandona. No lo sabe, pero escribe, no lo sabe, pero da forma a la verdad con sus historias, que deleitan a un mundo menesteroso, con la oscura esperanza, casi la seguridad, de que la verdad y la forma armónica tienen un efecto liberador sobre el alma y pueden preparar el mundo para una vida más bella y adecuada para el espíritu. Palabra de Mann.

www.devaneos.com

Borges y los clásicos (Carlos Gamerro)

Carlos Gamerro
Eterna Cadencia
174 páginas
2016

Con buenas cartas es muy fácil ganar la partida. Escribir un ensayo sobre Borges y la relación de éste con Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes y Joyce, es navegar con el viento a favor. Dado que Borges y el resto son genios indiscutibles, mal lo tiene que hacer Gamerro para que este libro no resulte interesante, que lo es y mucho.

A los que conozcan la obra de Borges al dedillo, lo que aquí se refiere: cinco conferencias transcritas de Gamerro, quizás encuentre pocas cosas que le sorprendan. En mi caso, la lectura de este libro no hace otra cosa que animarme a abundar más en la vasta obra de Borges; una lectura que creo que resulta tanto más provechosa en cuanto más lecturas de clásicos atesoremos en nuestra memoria (y hablo del cerebro, no de un disco duro).

Si leemos este ensayo conociendo La Odisea, La Divina Comedia, don Quijote, las obras de Shakespeare, o el Ulises de Joyce, disfrutaremos mucho más intensamente de lo leído. Borges, ávido lector, buen estudioso de estos clásicos, los tendrá luego muy presentes a la hora de escribir sus obras, como va desgranando Gamerro con El Aleph, El hacedor, El inmortal, La memoria de Shakespeare, Un soldado de Urbina, Ni siquiera soy polvo, Sueña de Alonso Quijano

Es muy interesante la opinión que le merecen a Borges las traducciones, siempre a favor de que haya cuantas más mejor, adaptadas a los nuevos tiempos, dado que los lectores cambian, y considerando por otra parte que la traducción permite que un libro sobreviva. Un Borges que cuando se acerca al Quijote por vez primera lo hace a una traducción en inglés.

Igualmente interesante resulta lo que Gamerro señala que Bloom dijo acerca de que cada escritor se medía en primera instancia con sus padres literarios o precursores; ya que cuando un escritor quiere escribir algo, otro antes ya lo ha hecho.

Se reflexiona también sobre el acto de crear, sobre si viene a ser como algo que el escritor necesitara derramar sobre el papel, lo que podría ser el caso de Cervantes, que tuvo una vida muy azarosa, o si por el contrario se crea para llenar un vacío, como puede ser el caso del inagotable Shakespeare, a quien escribir le permitía superar su vida anodina, creando el mundo más poblado de la literatura; un demiurgo solo superado por Dios.

Joyce llegó a decir que si Dublín desapareciera del mapa se podría volver a reconstruir sin mengua a partir de las páginas de su novela. Tal que si visitamos la ciudad no queremos ver Dublín, si no el Dublín del Ulises, como si lo que no figurase en la novela, existiese, pero no fuera de nuestro interés, y por tanto invisible a nuestro mirar. Ahí reside la magia de la literatura, su potencia, su capacidad, no sólo para describir la realidad, sino para crearla, a través de las palabras, del lenguaje.

Thomas Bernhard

Relatos autobiográficos (Thomas Bernhard)

Thomas Bernhard
Anagrama
496 páginas
2009
Traducción: Miguel Sáenz

Relatos autobiográficos: El origen, El sótano, El aliento, El frío, Un niño.

Al igual que Montaigne, Thomas Bernhard (1931-1988) toma su persona como objeto de estudio.

El origen es la primera novela de lo que sería su pentalogía autobiográfica.

Su relato no esconde nada y muestra a las claras la nefasta influencia que el nacionalsocialismo y el catolicismo ejercieron sobre su persona cuando éste tenía trece años y Alemania había perdido la segunda guerra mundial y los aliados arrasaban con sus bombardeos ciudades alemanas y austriacas como Salzburgo donde vivía Bernhard y que éste detalla con tal precisión que su lectura sobrecoge.

Donde otros justifican y esconden, Bernhard acusa, crítica, detesta su ciudad, sus gentes, su atmósfera opresiva y violenta, la educación aniquiladora recibida, la vileza y abyección reinante; una sociedad suicida y enferma en definitiva, que aniquila al ser humano, lo abole y nutre de desmemoria.

El único rasgo de humanidad el autor lo encuentra en su ilustrado abuelo. De los abuelos Bernhard dice cosas que comparto como esta:

Los abuelos

Es El origen un libro que considero valioso, no tanto por el estilo del autor que a ratos resulta cargante, sino por el testimonio que da Bernhard, por hablar donde otros callan, por referir hechos, vivencias, experiencias, que la mayoría opta por obviar, maquillando un pasado que les haga sentirse bien, a gusto con su vileza y su desmemoria.

En El sótano la presencia del abuelo está más difuminada y aunque Bernhard sigue defendiendo que para él ha sido su abuelo alguien fundamental, es crítico con él, entiende que la soledad de este no es buena para nadie, y ese es un camino estéril que él no quiere seguir.

Un buen día Bernhard a sus dieciséis años decide que no quiere ir más al colegio, que no quiere recibir una educación reglada, que quiere trabajar y conseguirá un trabajo en el sótano de Podlaha que funciona como un colmado, donde puede explotar su vena comercial y relacionarse con la gente, sentirse útil y por ende feliz.

En el sótano Bernhard se realiza y su estado de bienestar se acrecienta cuando comienza a recibir clases teóricas de música y de canto, y es en ese cultivarse, donde Bernhard alcanza la plenitud, algo parecido a la felicidad.

Esto es lo bonito, lo agradable. Por otra parte Bernhard, como todo escritor que se precie, es una aguafiestas, que gusta meter el dedo en la llaga, y en este caso, el objeto de sus críticas es hablar de un poblado de Salzburgo, la ciudad contra la que Bernhard dirige sus invectivas, centrándose en el poblado de Scherzhauserfeld, ese barrio donde la pobreza y la marginalidad se dan la mano, donde está ubicado el sótano, lo que permite a Bernhard conocer una realidad desagradable, pero a su vez fortalecedora, pues eso que ve, también es humanidad, más humanidad que lo que Bernhard había conocido hasta la fecha.

Es curioso leer como Bernhard cambia de dirección, pero va a su vez en contra de lo que parece ser lo razonable, pues siendo él un joven muy blandito ir a parar a un barrio marginal, donde realizará tareas físicas, sustraído de la educación que reciben los chicos de su edad no parece ser lo mejor para su “educación” y sin embargo, a pesar de parecer tenerlo todo en contra, aquello funciona, el sótano le abre la puerta a una existencia plena, intensa, a algo parecido a una vida provechosa, que se quedará en suspenso cuando un resfriado se vea agravado y tenga a Bernhard durante cuatro años, de los dieciséis a los veinte,, calentando camas de hospital.

Y acaba Bernhard, siendo más Bernhard que nunca.

Nos hemos vuelto capaces de resistir, y no se nos puede derribar ya, no nos aferramos ya a la vida, pero tampoco la vendemos demasiado barata, quise decir, pero no lo dije. A veces levantamos la cabeza y creemos decir la verdad o la aparente verdad (sobre esto hay unas páginas en la novela especialmente interesantes), y la volvemos a bajar. Eso es todo.

Afirma Thomas Bernhard en El aliento que sin sus lecturas (Shakespeare, Cervantes, Sterne, Pascal, Montaigne, Hamsun, Schopenhauer…) se hubiera destruido. Acierta. En mi caso, de no ser por la lectura, estaría, no destruido, pero viendo El hormiguero, por ejemplo o incluso haciendo cosas aún peores.

Bernhard tiene 18 años y aquejado de pleuresía se encuentra ingresado en un hospital, ubicado en la habitación de morir, donde están confinados todos aquellos que ya sin esperanza alguna son dejados allí hasta su muerte. Bernhard es el único que saldrá vivo de allí, en un ambiente pródigo en olores, secreciones, sudores, alimentado de dolor y sufrimientos ajenos que acontecen en las postrimerías de la muerte, precedida de la enfermedad.
De ese infierno, ante ese aliento, halitosis más bien, de la muerte a diario, Bernhard aprende una lección, necesaria según él, pues le permite experimentar situaciones que de otra modo le sería imposible llegar a sentir.

Aparece de nuevo su abuelo, aquel que ha sido su mentor, su maestro, durante sus 18 años, su abuelo, un tipo poco familiar, para quien su hogar han sido siempre sus pensamientos, quien muere sin cumplir los setenta, mientras Bernhard sigue hospitalizado. Una muerte que es una liberación, al verse ahora Bernhard sólo frente al mundo, lo cual le impele a actuar, a luchar, a tomar sus propias decisiones.

Después de la muerte del abuelo Bernhard recobra, o inicia, mejor dicho, una relación con su madre que nunca había existido. Descubre el amor materno, la ternura, el placer de la charla, de compartir recuerdos, pero la muerte siempre acecha y a Bernhard le dura poco la alegría.

A su madre le diagnostican un cáncer terminal y a él, tras salir del hospital y pasar una temporada en un sanatorio de un pueblecito entre montañas (ocupando su tiempo en amenas y sustanciosas conversaciones con su compañero de habitación, sus lecturas de libros y de periódicos, con los que mantendrá ya desde entonces una relación de dependencia y repulsión, heredada de su abuelo), sale de allí recuperado de su pleuresía, pero con un problema en un pulmón, que le abocará otra vez poco después a recorrer una senda de hospitales y médicos.

Se olvida Bernhard de los placeres que le deparaba su trabajo de vendedor en el Sótano, sabe también que el mundo de la música y del canto es ya un mundo extinto.

Más decepciones para Bernhard.

Al igual que en los libros anteriores Bernhard tira del baúl de los recuerdos, sin escatimar nada; pensamientos e ideas que pueden generar hostilidad, como lo que dice de los médicos, pero Bernhard quiere -ese es su empeño- ser fiel a lo que le sucedió y aproximarse a su pasado, con estos apuntes, estas notas, jirones que buscan la verdad de sus pensamientos, sin tamizarlos por la ficción, sin edulcorarlos por la melancolía. Y de nuevo el estilo Bernhard resulta agudo y filoso.

En El aliento, donde acababa el anterior libro, Thomas Bernhard estaba en contacto con la muerte en su estado más crudo y después de curarse de su pleuresía, a sus 18 años deja un sanatorio para entrar en otro, en Grafenhof, aquejado de una sombra en el pulmón, lo cual le acarrea pasar algo más de un año entre enfermos, rodeado de nuevo de podredumbre, decrepitud y muerte.

Lo que nos cuenta en El frío es que si al comienzo se deja ir (abocado a un nihilismo, sin esperanza), al final vence la inercia y decide vivir, pues cree que estar vivo después de la guerra es una suerte, a pesar de que su situación personal no es nada favorable dado que su madre se muere de cáncer y él se enterará de ello leyendo el periódico.

Así, sin su abuelo, y con su madre muerta, sin las dos personas por tanto que más ha querido, por ese orden, a su lado, ya sabe lo que es estar sólo; un desamparo que Bernhard no obstante ve como algo positivo, como un horizonte despejado, que no es tal, pues aunque fantasea con poder cantar, verá que no le es posible y si dejar Grafenhof, dándose él el alta, le proporcionará alguna alegría, esta incipiente ilusión se verá ahogada prontamente, toda vez que vuelva a Salzburgo, se vea mendigando un trabajo, ocultando su precaria salud, y detestando Salzburgo, sus gentes y esos oficios que sin sentido, sin finalidad, deparan a los empleados lo justo para sobrevivir.
Bernhard acaba la novela salvando su vida de chiripa, tras sufrir una embolia tras desatender los controles periódicos a los que está obligado someterse.

En su condición de paciente Bernhard dispone de mucho tiempo para leer y refiere que después de leer Los Demonios pasó una buena temporada sin leer nada, porque sabía que lo que vendría después iba a ser una gran decepción, y que le haría encontrarse ante un abismo. Que nunca había leído un libro de aquella insaciabilidad y radicalidad, que se encontraba ante una obra literaria salvaje y grande, que pocas novelas han tenido sobre él un efecto tan monstruoso.

Un niño es el último título de la pentalogía y describe parte de la infancia de Bernhard, cuando este es un niño de corta edad. Lo asombroso es que Bernhard recuerde con tal grado de minuciosidad cosas que le pasaron hace más de cuarenta años, y no sólo sea la narración la descripción de momentos históricos muy interesantes como el auge del nacionalsocialismo, los estragos de la guerra en una población alemana masculina muy diezmada y hambrienta, los bombardeos de los aliados sobre las ciudades alemanas o de los espacios físicos, sino que sea capaz de recordar cuales eran sus pensamientos y sus sentimientos hacia su abuelo, hacia su padre, hacia sus hermanos o hacia su tutor.

El relato es igual de trágico que los anteriores. Dice Bernhard que al escribir no hay que guardarse nada y así hay que entender la manera en la que Bernhard recuerda, o recrea momentos muy desagradables de su existencia como su fase de meón, que le supuso ser objeto de burla y escarnio. Momentos trágicos que se alternan con otros épicos, como la locura de coger una bicicleta e ir desde su pueblo hasta Salzburgo que le acarreará una paliza a manos del vergajo de buey de su madre, la cual vuelca el odio que siente hacia su marido -que la abandonó- en el hijo de ambos.

Bernhard entiende que su madre lo maltrate, pero a su vez, no entiende que necesite tenerlo lejos de ella. Esas contradicciones en las que abunda la novela son lo mejor de libro, pues muestran a las claras la naturaleza humana, esa madeja de sentimientos, afectos, sueños, frustraciones que se van cociendo a fuego lento en nuestro cerebro, mientras la vida pasa y nos aniquila.

Bernhard no ceja en su empeño en hacernos saber lo importante que ha sido su abuelo para él, y aquí tiene un peso importante, pues cuando Bernhard sufre, cuando le hacen daño, no sueña con vaciar sus lágrimas en el faldero de su madre, sino en el hombro de su abuelo, un escritor y filósofo, solitario, asocial, que vivía de su trabajo de escritor, lo que significaba que tenía que vivir a expensas de su mujer y de su hija, porque de lo suyo, de su oficio de escritor, no se podía vivir.

Es curioso que este libro que describe los hechos ocurridos cuando Bernhard es un niño, mientras el resto abordan su adolescencia y principios de su vida adulta, lo escribiera Bernhard el último.

No sé si me pasará como a Bernhard cuando leyó Los Demonios, que se encontró ante un abismo, sin ganas de querer leer más, consciente de que lo que leyera sería una decepción mayúscula.

Lo claro es que estos cinco libros, no te aniquilan, pero te remueven y vapulean con su crudeza, con su verdad y dejan una huella, indeleble, quiero pensar, gracias a un testimonio de las décadas de los años 30, 40 y 50 de gran valor.