Archivo de la etiqueta: Literatura Rusa

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El capote (Nikolái Gógol)

Sírvame este relato corto para darme a conocer a Nikolái Gógol (autor ruso que murió a los 43 años), cuyas Almas muertas siempre están ahí desde tiempo ha en mi porvenir lector.
Esta narración corta supone una crítica contra una sociedad burocrática y funcionaril donde algunos viven a cuerpo de Rey sin dar un palo al agua, mientras que otros, como el pendolista protagonista recibe muy magro reconocimiento para su excelsa labor como escribano. Oficinista gris que me recuerda en su oficio, estoicismo y renuncia a Bartleby.
La historia es tan sencilla de referir como explicitar de qué manera le cambia al protagonista la vida algo tan simple como una prenda de vestir. Aquí un capote. Parece algo trivial, pero no lo es, porque una prenda de abrigo en Rusia con sus rigores (mortis) climatológicos puede suponer, y de hecho supone, una frontera entre la salud y la enfermedad, o ya a mayores, entre la vida y la muerte, como se verá.
A la crítica social terrenal se añaden luego elementos fantásticos de ultratumba, cuando media el arrepentimiento, tarde ya.
Relato muy disfrutable que se lee en un pispás.

Nórdica Libros, 2012, 104 páginas, traducción de Víctor Gallego Ballestero, ilustrado por Noemí Villanueza

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La muerte de Iván Ilich

La muerte: un selfie con la nada

Me resulta imposible no tocar la muerte sin recurrir al ensayo Filosofar es aprender a morir (Libro I, Capítulo XX) de Montaigne, que acaba así: Dichosa muerte aquella que no deja tiempo para preparar semejante aparato. El aparato va referido a la cabecera de la cama asediada por médicos y predicadores.
Mucho de esto le sucede a Iván Ilich, protagonista de la novela de Lev Tolstói al que no le faltó una vida acomodada de esplendor y riquezas materiales, que sufrió los sinsabores del matrimonio y gozó de los claroscuros de su progenie. Somos testigos de su auge y de su caída, de cómo mediada la cuarentena la enfermedad lo merma, socava, aniquila y borra, mientras debe lidiar durante unos cuantos meses con un final inmutable que lo pondrá en contra del mundo, al tiempo que se siente tan deseoso como temeroso de quitarse del medio, en la creencia de que su existencia -enferma y doliente- es una carga para sus familiares.

Lo que Iván experimenta, su miedo a morir, en mayor o menor medida, antes o después, es un sentimiento que todos experimentamos con un nudo en la garganta y cierta angustia.
Antes de expirar Iván piensa que “la muerte ya no existe” y así es, porque la muerte no llegamos a experimentarla, a vivirla, llegamos hasta la meta sí, a veces en condiciones calamitosas que acrecientan nuestro miedo o las ganas de partir, pero la muerte la experimentaríamos si pudiéramos volver de ella, cruzar la meta, volver la vista atrás y vernos ir.

No es el caso.

Nórdica libros, 2013, 160 páginas, traducción de Víctor Gallego Ballestero

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Eugenio Oneguin (Alexander S. Pushkin)

Conversando el otro día con un amigo, éste me habló de Alexander S. Pushkin (1799-1837) y de cómo un bisabuelo suyo, Abraham Aníbal, fue llevado como rehén a Constantinopla para de allí ser conducido a Rusia por un enviado ruso, y como el emperador Pedro el Grande le concedió formación militar, de tal manera que llegó a ser general. Pushkin (que según Dostoievski toda la gran literatura rusa posterior salió directamente de Pushkin) presentaba cabellos rizados, un rostro moreno, labios gruesos.
Esta conversación (y esto que leí hace uno meses: Dale la vuelta a tu vida. Si finges la realidad, si vives la ficción como real, verás que ni la actuación aburre ni la vida pesa, Yo, quizás lo hayas descubierto, soy Eugenio Oneguin) me animó a leer a Pushkin.

Eugenio Oneguin (obra a la que Pushkin dedicó siete años) es una de esas novelas que uno quiere leer desde hace décadas y hoy le llegó la hora. Lo primero que sorprende es la forma, ya que hablamos de una prosa con aspecto de poesía, la cual creo que con la traducción se pierde bastante por el camino.

He leído la cuidada edición de Cátedra con abundantes notas a pie de página, las cuales ofrecen una importante ayuda de cara a interpretar mejor el texto, dado que esta obra de Pushkin abunda en la referencialidad ya sea de obras propias o ajenas.
Pasean por las páginas a su vez un montón de personajes rusos ya sean novelistas, poetas, militares, figuras políticas, etcétera.

Las notas nos permiten entender mejor el contexto histórico de la época, ya que Pushkin habla de los decembristas de 1825, el romanticismo -Byron está muy presente- del que Pushkin ironiza y la influencia francesa que se verá reemplazada por la británica.

Este poema de largo aliento lo entiendo como la manifestación de la imposibilidad amorosa, amor que Eugenio Oneguin profesa a Tatiana, a la que primero renuncia, para más adelante intentar recobrarla, sin éxito. La historia resulta verosímil, pues Oneguin no se engaña a sí mismo o no tanto como para llevar la situación al límite, a texturas trágicas.
Mucha de la ironía que destila Pushkin va referida a mofarse de sus congéneres literarios, chascarrillos que en el caso de no conocer la entidad del agraviado quedarán diluidos en la ignorancia del lector.

La narración resulta dinámica, atrevida, amena y vertiginosa.

Hay acción, con un duelo donde muere un amigo de Oneguin a resultas de un pistoletazo de éste, y amor, que deviene en desamor. Precisamente Pushkin murió a los 37 años en un duelo de un balazo.

La historia acaba con un punto y seguido no con un punto y final, dónde Oneguin seguirá su camino, y nosotros el nuestro.

La he leído con mucho agrado, pero no me parece ni de lejos una obra maestra.

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Apuntes de invierno sobre impresiones de verano (Fiódor Dostoievski)

En una tienda de viajes próxima a mi casa leía hoy en el escaparate “Noruega al completo todo en 8 días“.

En el prólogo de este libro Dostoievski dice lo siguiente:

No tengo nada especial que contar, y menos aún que apuntar ordenadamente, ya que no vi nada en orden y si algo vi, no tuve tiempo de apreciarlo. Estuve en Berlín, en Dresde en Wiesbaden, en Baden-Baden, en Colonia, en París, en Londres, en Lucerna, en Ginebra, en Génova, en Florencia, el Milan, en Venecia, en Viena, y en algunas de ellas dos veces !y todo eso, todo eso lo recorrí en dos meses y medio exactos!. ¿Acaso es posible apreciar algo como se debe cuando se han recorrido tantos caminos en dos meses y medio?.

Se agradece por tanto la sinceridad de Dostoievski al reconocer la imposibilidad de conocer un país en tan poco tiempo.

Este libro no es una guía de viajes ni nada parecido. Dostoievski pone el acento más en el paisanaje que en el paisaje. Establece relaciones entre Francia y Rusia. Tengo todavía fresca la lectura de Los demonios donde había en la novela un aluvión de términos franceses. Dostoievski reflexiona sobre la identidad rusa, en especial sobre las élites rusas, aquellos nobles muy viajados que se consideraban extranjeros en su propio país.

Aborda el concepto de frontera. Hablo de paisanaje porque Dostoievski se centra sobre todo en los burgueses franceses a los que hace objeto de su ironía, de sus burlas. Como toda generalización sus apreciaciones me resultan truncas, de muy corto alcance. Reflexiones que quizás tienen un mayor valor dentro de una novela -por boca de un personaje- que como un
ensayo.

El texto me resulta errático y un tanto deslavazado.

Lo más interesante en mi opinión es cuando Dostoievski reflexiona sobre el concepto de fraternidad: ese engarce entre el Yo y el Otro, y el respeto a nuestra libertad individual.

Un libro este de Dostoievski que ha como dice Nadiezhda en el epílogo ha sido analizado posteriormente por múltiples estudiosos desde un punto vista sociológico, filosófico, religioso… a pesar de lo cual aquí veo más apuntes que pespuntes.

Hermida editores. 2017. 130 páginas. Traducción de Alejandro Ariel González

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Los demonios (Fiódor M. Dostoievski)

Thomas Bernhard en sus Relatos autobiográficos, de los que ya hablé hace un tiempo, comentaba que en su mocedad, mientras se encontraba hospitalizado cayó en sus manos Los demonios de Dostoievski y decía que tras leer esta novela pasó una buena temporada sin leer nada, porque sabía que lo que vendría después iba a ser una gran decepción, y que le haría encontrarse ante un abismo. Que nunca había leído un libro de aquella insaciabilidad y radicalidad, que se encontraba ante una obra literaria salvaje y grande y que pocas novelas habían tenido sobre él un efecto tan monstruoso.
Entiendo lo que dice Bernhard, dado que Dostoievski acerca a sus personajes al precipicio; personajes que en su tramo final parecen haber perdido el juicio contra la razón. Muy presente está la muerte, ya sea mediante el suicidio o sobre posibles crímenes, cometidos o por cometer, pues como se leerá, al final muere casi hasta el apuntador. Maneja Dostoievski términos como abyecto, vil, ruin, abominable, repulsivo, emponzoñar, repugnante… palabras aniquiladoras que recorrerán después toda la obra de Bernhard.
Es comprensible que esta radicalidad, este salvajismo presente en la novela, a Bernhard, en aquellos años joven, enfermo e inflamado de nihilismo, todo esto que presentara Dostoievski en este novela endemoniada le imantara como a la mariposa el fanal.
Si hubiera llevado a la práctica lo que defendía Oscar Wilde de abandonar prontamente aquellos libros que nos nos gustan, conclusión a la que según Wilde podemos arribar tras leer unas pocas páginas, esta novela la hubiera dejado arrinconada allá por la página 200.
Me parece interesante la novela cuando surge el personaje de Stavrogin, pero luego, a mi entender la narración languidece bastante, se demora demasiado en menudencias y me aburre con tanta palabra en francés, que no veo que aporte nada al texto, más allá de conducirnos a leer las continuas notas a pie de página, a aquellos que no sabemos francés.
Dostoievski parodia o loa a otros personajes reales, de tal manera que este juego de similitudes y diferencias sería muy apreciado entre los lectores de su época que manejarían regocijados toda esta información y puyazos referenciales, pero que son pólvora mojada si no conocemos a las personalidades mentadas.
En la narración ya desde el comienzo, hay mucho humo, demasiado, pero no veo el fuego por ninguna parte. Hay un discurso sobre el fanatismo, sobre el ejercicio del poder, sobre el aborregamiento de las masas, sobre la falta de testas pensantes en los pagos rusos, sobre la necesidad de Dios…, pero todo el andamiaje sobre el que se sustenta, es tan desmedido como, muy a menudo, tedioso. En otras novelas como Crimen y castigo o El jugador, las dos que había leído anteriormente de Dostoievski -Los hermanos Karamazov la tengo ya olvidada- sí que vi ese fuego, ya fuera a través de un humor ácido o de un desmenuzamiento del alma humana asombroso. Aquí, salvo el discurso de Stepan Trofimovich en su defensa de la belleza, mientras su auditorio, mitad cafres, mitad bestias, todos ajenos a la belleza, tratarán de lincharlo, la confesión de Stavroguin al padre Tijón (capítulo IX de la parte segunda, que en este volumen figura como una anexo posterior al final, capítulo suprimido cuando se publicó y añadido a partir de 1922), el cuestionamiento de la figura del laureado escritor (que me recuerda a Retiro de Dovlátov) aquel que escribe para la patria, la posteridad, las coronas de laurel”, centrado en la figura del ínclito Karmazinov, esa ironía muy presente en el texto donde las clases nobles, incluidos los escritores hablan del pueblo, sin conocerlo personalmente, más bien de oídas, un pueblo que viene a ser una idelalización como recoge bien las palabras de Stepan Trofimovichyo amo al pueblo, me parece indispensable, aunque nunca lo había visto de cerca”, donde sí que hay fuego de metralla (trasunto de Turguénev al que Dostoievski dedica estas palabras: Hablando en términos generales, si se me permite expresar mi opinión en materia tan delicada, todos estos individuos dotados de un talento mediocre, que muchas veces alcanzan en vida la consideración de genios, o poco menos, no sólo desaparecen después de su muerte de la memoria de la gente casi sin dejar huella y de manera repentina, sino que incluso en vida, en cuanto aparece una nueva generación que toma el relevo de aquella en la que habían florecido, ocurre que son olvidados y despreciados por todo el mundo con una rapidez increíble. Entre nosotros es algo que ocurre de forma abrupta, como los cambios en la decoración teatral. !Oh, no ocurre así con Pushkin, con Gógol, con Molière, con Voltaire, con esos creadores que realmente tienen algo nuevo que decir), el resto, es solo eso, humo, y ramificaciones que se extienden demasiado como para no acabar perdiendo el interés.
La edición, a cargo de Alba en su serie Clásica Maior, con abundantes notas a pie de página, presenta algunas erratas, como cambiar un mensaje por un menaje, comerse algún que y alguna otra cosilla que he advertido.
Decía Andrés Trapiello en esta entrevista que el problema del Quijote es que lo leemos en una lengua muerta, pues lo leemos en un castellano de hace cuatro siglos, mientras que otros clásicos que leemos traducidos se van actualizando y renovando con nuevas traducciones, en nuestro beneficio.
Me hace gracia leer aquí cómo los personajes de Dostoievski se van de parranda o se “funden” su capital, y otros giros modernos, que a fuer de hacer más cómoda y manejable la lectura, a su vez, no sé si no la degradan.

Alba editorial. 792 páginas. 2016. Traducción de Fernando Otero Macías.