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Nuestro mundo muerto (Liliana Colanzi)

El libro lo conforman ocho relatos y una vez leídos no me he dejado huella ninguno de ellos. Pululan ideas interesantes como la de los primeros colonos en Marte, pero la labor del escritor es desarrollarlas y acabarlas con éxito y no he visto nada de esto por ninguna parte. La prosa de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981) me parece muy mortecina, muy de manual, muy de buscar temas resultones que quedan muy bien en la contraportada del libro pero que leídos nos convierten en esclavos de Morfeo.
Esperaba muchísimo más, porque tenía entendido que Liliana era un promesa o una realidad, no lo sé exactamente, pero a mí no me ha parecido ni una cosa ni la otra. Será que he leído recientemente novelas muy potentes de autoras como Rita Indiana, Fernanda Melchor o Mónica Ojeda (La mucama de Omicunlé, Temporada de huracanes, Nefando) y esto me ha resultado muy deslavado, escasamente absorbente, relatos que emiten como estrellas luz muerta hacia este mundo nuestro.

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222 patitos (Federico Falco)

Ya no compro novelas, hay una edad en la que las historias inventadas dejan de interesar. Ahora solo me llaman la atención las biografías, los ensayos, las memorias de los grandes hombres que ayudan a entender el mundo, que explican cómo fueron, cómo son las cosas.

Esto lo afirma Ada, la protagonista de uno de los doce relatos del mismo nombre, de Federico Falco (General Cabrera, 1977) que conforman 222 patitos. Un sentimiento el de Ada que comparto. A veces al leer novelas acuso cierto cansancio como si lo ahí expresado fuera una fotocopia deslucida de la realidad o una fotografía mate del pasado, algo apagado y mortecino. Es cierto que en los ensayos, biografías y autobiografías uno encuentra a menudo el aliento que necesita, así Ordesa, por ejemplo, sin que sea necesario acudir si quiera a los grandes hombres, ni pretender el entendimiento del funcionamiento del mundo.

En todos los relatos está muy presente la muerte, humana y animal, a saber, un perro que es atropellado, en Muerte de Beba, y al que hay que buscar la manera de enterrar. Un perro que tiene una camada, en Un perro azul y su dueña va apagando, ahogándolos, uno a uno, todos los cachorros alumbrados. Otro gato, en El hombre de los gatos, cuyo dueño que está trastornado encierra en una jaula, cual pájaro, hasta que los barrotes pasan a ser una segunda piel y no queda otra que matarlo para aliviar su sufrimiento. Una madre, en Doscientos veintidós patitos, que en su juventud trató de suicidarse y en su senectud cuando acaricia la posibilidad de rematar lo que empezó se va al otro barrio merced a una bala perdida mientras toma el fresco en la fachada de su casa. O bien, en El pelo de la virgen, una niña cuyo hermano pequeño muere, mientras un compañero de clase de su hermana (de la que está prendado) se piensa culpable al sustraer los cabellos que la joven había dejado en una capilla junto a una Virgen, buscando así la sanación del hermano. O bien en Historia del Ave Fénix, el que muere es un pajarraco, en una atracción de feria, llamado a ser el Ave Fénix, reducido todo a un ardid para sacar dinero a los lugareños. Encontramos un respiro en Un hombre feliz, donde tras muchos ires y venires, el protagonista del relato encuentra la paz y la felicidad. No falta tampoco en algún relato como en Las casas en la otra orilla, el manejo de lo desconocido, la figura de ese extraño que se acerca a un menor con no sabemos qué intenciones, donde una cosa lleva a la otra, y donde salir corriendo resulta la mejor opción. Hablaba de muertos, y los muertos siguen. En El tío vidente, hay un incendio que el tío prevé y una sobrina, hacia la que siente algo que se barrunta sin llegar a explicitarse, que sería víctima del fuego, pero donde a la parca le dan cambiazo. En Pinar hay más muerte, con un relato que me recuerda mucho a Fin de Monteagudo. Se reúnen un grupo de amigos, en unas cabañas, y suceden cosas extrañas, fantásticas, donde una chica se volatiliza. En Cuento de Navidad, las reuniones familiares son el momento propicio para sacar los muertos a pasear y dejar que el pasado fluya por el presente, invocando a los que ya no están y sentándolos en el banquete del ahora.

No entresacaría ningún relato porque algunos como Doscientos veintidós patitos que ofrecen muchas posibilidades como la intención de un sucidio en una familia, narrado por una madre a toro pasado, se queda en agua de borrajas, o en Ada, esa imposiblidad de arraigar de Ada, al pasar de la ciudad al campo al casarse, su posterior desamparo, su consumirse en aquel páramo que para su marido es un oásis, tampoco me acaba de cuajar.

Édouard Levé

Édouard Levé (Suicidio)

La tristeza me persigue pero yo soy más lento, podemos enunciar a modo de pórtico.

Leo que Édouard Levé en su novela Autorretrato, en su última páginas hablaba de un amigo suyo que se suicidó volándose la tapa de los sesos a los 25 años. Suicidio va dedicado a este amigo. Al contrario de la mayoría de novelas fúnebres que vienen a ser cartas abiertas, ya sean a hijos, padres, madres o hermanos muertos, con las que los que se quedan explicitan lo jodido que es no tenerlos nunca más a su vera, aquí Levé dice no sentir dolor, ni pena por la ausencia de su amigo. Al morir joven, su amigo queda así idealizado, sin verse afectado por el óxido del tiempo, como aquel niño cuyo padre muere joven y cuando el hijo rebasa la edad del padre y llega a la vejez tiene la sensación de que se ha convertido en padre de su padre y se queda con la mirada perdida como las vacas mirando al tren sin entender nada y así Levé nos va hablando de su amigo, y no sé si lo que dice de este es cierto o se lo inventa, porque lo que manifiesta son algunas cosas objetivas y otras muchas son pensamientos del difunto o aspectos de su forma de ser. A la hora de hablar de su amigo le serían de utilidad a Levé además de lo que conocía de primera mano en su trato e intimidad con el difunto, los tercetos encontrados y que se reproducen al final de la novela, en los que el muerto ya adelanta que la felicidad le precede, la tristeza le sigue y la muerte le espera. Al poco de entregar este libro a su editor Levé a sus 42 años hace lo propio y se ahorca. Cuando uno lee las páginas finales no entiende el suicidio como algo dantesco, desgarrador, sino todo lo contrario, más bien como una forma de vivir la muerte, pues como dice Levé morir a los noventa es morir la muerte. Tanto su amigo como Levé quieren ser dueños de sus vidas, y buscan el escenario, el momento y la forma de irse ante de ser arrollados por el destino. Se toman esa libertad para hacer con su vida lo que quieren, como recogía Henri Roorda en su libro Mi suicidio, porque su vida es suya y a nadie más le pertenece, aunque como sopesa el amigo muerto o Levé ambos saben que se puede entender su marcha como un acto de egoísmo, donde no solo se va y descansa ya para siempre el que se suicida, sino que de paso arrastra en su caída hacia el vacío a todos aquellos familiares y amigos que lo querían mucho y vivo.

Eterna Cadencia. 2017. 95 páginas. Traducción de Matías Battistón

Prólogos – Eterna Cadencia

Me preguntaba el otro día si se editan libros que recojan prólogos, pues algunos son muy buenos y devienen en magníficos ensayos. En Eterna Cadencia han recopilado un buen número de prólogos de los libros que han editado este año. Me parece una idea estupenda que bien se podía hacer extensible a otras editoriales. Aquí os dejo el enlace para que os demoréis sin prisas.

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Yo el Supremo (Augusto Roa Bastos)

Este año se cumplen 100 años del nacimiento del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005). No se me ocurre mejor homenaje -si acaso hay otro mejor- que rendirle, que leer su obra.

Augusto Roa Bastos exiliado casi perpetuo -cuatro décadas estuvo fuera de Paraguay- escribió en 1973, Yo el Supremo, perteneciente a ese género de literatura con dictadores de por medio que inauguró El señor Presidente (1946) y al que siguieron El recurso del método (1974) o El otoño del Patriarca (1975).

Podemos pensar que leer la biografía ficcionada de un dictador puede ser o bien aburrida (en el caso de asomarnos a un dictador del estilo de Fujimori, que ufanamente decía no haber tenido ningún maestro a recordar) o bien gorestomagante, pues de sobra sabemos lo que deparan las dictaduras y el poder despótico a todos aquellos que no muestran su entusiasmo y fervor con el régimen en el poder. Aquí el dictador, el déspota, el tirano, es el paraguayo José Gaspar Rodríguez de Francia, en el poder absoluto entre 1814 y 1840.

Roa Bastos le saca todo el jugo posible al lenguaje recurriendo a sinonimias, antonimias, aliteraciones, deconstrucciones (enferma-edad, fini-quitan, fide-indigno, sin-ceridad), retruécanos, calambures, erratas (en las que cuesta dilucidar si lo son o no) y a toda clase de juegos de palabras que convierten la lectura de este lenguaje, apabullante, deformado y original, en objeto de experimentación para Roa Bastos a lo largo de casi 600 páginas y en algo gozoso para el lector de facto estupefacto que guste de la continua sorpresa que nos deparará la novela, la cual trata mediante algo tan correoso como el lenguaje evocar ese poder absoluto del tirano, para poco a poco y a medida que leemos, constatar el poder, también absoluto, del lenguaje, aquel que Roa maneja con soltura cervantina, yoyceana, gabrialgarciamarquezana, presentando, construyendo y deconstruyendo la figura de Gaspar Francia, dictador letrado y letraherido cuyas palabras, en su opinión jaulas-atáudes, más partidario de la acción que la palabra, Decir, escribir algo no tiene ningún sentido. Obrar sí lo tiene- vertirá en su Cuaderno privado, en su Circular perpetua, en su Libro de apuntes, textos dictados a su fiel de fechos, su secretario Patiño, anotaciones espasmódicas, dice, este discurso que no discurre, dice, textos que se completan con las notas del Compilador, que dan otro enfoque a lo leído, corrigiendo, confirmando o contradiciendo, pues la narración es como un cubo de Rubik, cada color un enfoque y sobre cada cubo la posibilidad de girar sobre su eje, yuxtaponiendo realidad y fantasía, lo dictado y lo pensado, sueño y vigilia.

Todo comienza con un pasquín fijado en la puerta de una catedral imitando este la letra del dictador, en el que se propone qué hacer ante la muerte -figurada se ve- del tirano, una vez decapitado y su cabeza puesta en una pica por tres días.

La búsqueda denodada del autor material de esa afrenta caligráfica por parte del Dictador, le llevará a quien se aventure a perderse en esta maraña de palabras, a conocer de primera mano, aquellos años en los Paraguay, comienzos del siglo XX luchaba por su independencia, por desprenderse del yugo del Imperio Español sin ir caer en las manos de Brasil o Argentina.

Gáspar no anda falto de autoestima, ni de aires o huracanes de grandeza según vemos:

Yo no escribo la historia. La hago. Puedo rehacerla según mi voluntad, ajustando, reforzando, enriqueciendo su sentido y verdad.

Verá cumplido su cometido de Padre de la Patria al proteger el bienestar común, la libertad, la independencia y la soberanía de la Nación.

Gaspar quiere arreglar el pasado y enderezar el presente. Nada mejor a tal fin que su Dictadura Perpetua.

En mi afán de sacar al Paraguay de la infelicidad, del abatimiento, de la miseria en que ha estado sumido por tres siglos.

El país ha salido ganando. Para la gente-muchedumbre todos sus males se han vuelto bienes, dice.

El pueblo, no la plebe, es el único monumento viviente al que ningún cataclismo puede convertir en escombros ni en ruinas, replica cuando hace ver que no le interesan las estatuas, ni los bustos ni ninguna manifestación escultórica del poder, convertidas siempre en ruinas.

Las críticas que le hacen proceden de extranjeros que pasan por Paraguay y frecuentan y sufren al Dictador. Rengger, Longchamp, los hermanos Robertson, criticando todo ellos el denominado Reino del Terror.

Hasta la página 200 no hay ninguna nota personal sobre el dictador. Su relación con su padre no es nada buena y antes de que este muera, ante la solicitud de su padre de verlo antes de morir: Mi perdón no le protegerá del trabajo de las moscas primero, de los gusanos después. Señor, se trata del alma del anciano. El crápula de ese anciano no tiene alma, y si la tiene es por un descuido del despensero de almas. Por mí que se vaya al infierno.

A pesar de los pesares, el Dictador se siente solo, preso en una soledad tan absoluta como lo es su poder.

Por todas las lejanías he pasado con mi persona mía a mi lado, sin nadie. Solo. Sin nadie. Sin familia. Solo. Sin amor. Sin consuelo. Solo. Sin nadie. Solo en país extraño, el más extraño siendo el más mío. Solo. Mi país acorralado, solo, extraño. Desierto. Solo.

No parece que sobre su conciencia, si la hubiera, pesen las muertes de 68 conspiradores acaecidas cuando se hace con el poder absoluto. Un ratio bajo según él para 24 años de mandato.

Gáspar pasa de exteólogo a repúblico, a Pastor, con el destino de un pueblo forrado en su porvenir. Un Gáspar que apuesta por la austeridad que respeta el culto religioso, pero arremete contra los curas y sus malas acciones.

Despotrica de aquellas misioneros que en lugar de la cruz usaban sus miembros para preñar y no de fe precisamente. Si la iglesia, si sus servidores quieren ser lo que deben ser, tendrán que ponerse algún día de parte de los que nada son, dice.

Para Gáspar la ley lo es todo. Conoce y lee a Monstesquieu a Voltaire, a Racine. No es creyendo sino dudando como se puede llegar a la verdad que siempre muda de forma y condición, dice, pero él tiene muy claro que es el Elegido, pues a pesar de que según él a ningún paraguayo le falte instrucción y puede expresarse en propiedad, esto no le supondrá ninguna amenaza a su poder absoluto el cual no lleva en la etiqueta fecha de caducidad alguna, más allá de lo que la naturaleza le disponga.

Todo lo enunciado es lo que Gáspar dice de sí mismo, ficcionado por Roa Bastos atendiendo a todo lo que tuvo a mano para documentarse y rellenando él los intersticios de la historia, la de Gáspar y la otra.

Al final se agradece el ajuste de cuentas.

Cuando la llama de la Revolución se había apagado en ti, seguiste engañando a tus conciudadanos con las mayores bajezas, con la astucia más ruin y perversa, la de la enfermedad y la senectud. Enfermo de ambición y de orgullo, de cobardía y de miedo, te encerraste en ti mismo y convertiste el necesario aislamiento de tu país en el bastión-escondite de tu propia persona.

Leo casi al final de la novela.

Desde niño, cuando leía un libro, me metía dentro de él, de modo que cuando lo cerraba seguía leyéndolo (como la cucaracha o la polilla, !eh!)

Esto me sucede a mí ahora con esta obra maestra, suprema, o como queramos panegirizarla, donde la escritura es re/di/ab/+solución.

Eterna Cadencia. 2017. 576 páginas. Prólogo de Josefina Ludmer.