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Luis Rodríguez

El retablo de no (Luis Rodríguez)

Donde nos llevó la imaginación donde con los ojos cerrados se divisan infinitos campos…

Antonio Vega

José Angel aceptó dirigir Hamlet porque no le gusta Shakespeare, se dice al comienzo de la novela. No he leído nada de Shakespeare. Nada. Así que la comprensión de la novela por mi parte, en su parte extendida, puede que guarde relación con el conocimiento de esta obra de Shakespeare. O tal vez no.

José Angel, director teatral, va a su bola, dinamita lo convencional, entiende el arte escénico como una creación, no como una representación, por eso mete imponderables en sus obras, intersticios por los que se filtra la vida, que es muerte, caos, confusión.

La novela son dos novelas, una larga y otra corta. La larga contiene la corta, pero cambia el final que da pie para abordar el concepto de identidad, siempre correoso, como ya vimos en La herida se mueve, al no tener claro, de buenas a primeras quien era quien. He empezado por la larga, he seguido por la corta, y he vuelto a leer la larga. He sobrevivido.

Si habéis leído a Luis Rodríguez sabréis que tiene un estilo de escribir peculiar. Ante sus libros me muevo entre la expectación y el desconcierto, entre el regocijo y la estupefacción. Luis hace lo que José Angel. Si uno crea sobre un escenario, el otro lo hace sobre el papel, y la prosa de Luis es libérrima, poco convencional, así que no es extraño encontrar en los diálogos, siempre jugosos, punto suspensivos, interrogantes, y expresiones cotidianas a pie de calle, que hacen lo leído tan natural y veraz que asusta. Luis da alas al lector, juega con él (No alces la voz, que la herida duerme, supongo que será un inédito de Luis) le da un libro, que es como un folleto del Ikea para montar un mueble. Un folleto explicativo que viene en blanco, pues el manual de instrucciones de uso lo tienes que escribir tú, aunque sea a costa de perec(er).

Como en otras novelas anteriores asoma una Cantabria finita, rural, palpable. Hay humor, sexo, filosofía, ternura (la historia del Caravaggio me ha desarmado), muerte, suicidas (todos nos suicidamos en defensa propia) un vivir que es puro teatro (al cual se homenajea), para los protagonistas de la novela en su mayoría actores, a quienes su profesión les da la oportunidad de vivir otras vidas, o eso quieren pensar. Una ilusión que será compartida por todo escritor demiurgo. El meollo de la novela es: ¿Cómo entendemos y nos relacionamos con nuestro pasado?. Podemos pensar que este es algo inamovible, monolítico, o creer como José Ángel que uno puede desplazarse por el mismo encontrando anécdotas nuevas. Y no sólo anécdotas, sino interpretaciones. Uno de los personajes dice en la novela que hace años tenía una respuesta para muchas preguntas y que ahora tiene muchas respuestas para una misma pregunta. Pocas veces he visto tan clara la definición de madurez.

El pasado se vive en el momento pero se interpreta en el futuro. Así muchas cosas que nos suceden de niño o en nuestra juventud, las vamos interpretando al compás del tiempo presente, pues viene a ser como la felicidad, que solo se experimenta a toro pasado, cuando se hace balance y al volver la vista atrás comprobamos que hemos sido felices, o no tan desgraciados como nos pensábamos.

Hablaba antes de desconcierto, y es complicado reseñar un artefacto como este, donde los límites entre realidad, ficción, sueño y vigilia se enmarañan de tal manera, que querer interpretarlo todo se antoja tarea vana.

Escribir es cerrar y abrir paréntesis y meter dentro un puñado de palabras y aventarlas a ver qué pasa.
Luis fiel a su estilo ofrece una novela singular, desconcertante, que invita a leer en bucle, a desesperarse si se quiere, y sobre todo a disfrutar leyendo, tirando, asombrado, por estas páginas a campo traviesa para perderse en(tre) ellas.

Vendrá la muerte y tendrá tus sonrojos… galanías, anda que…

Tropo editores. 2017.

Tropo Editores

Dos olas (Daniel Pelegrín)

Daniel Pelegrín (Murcia, 1973) mezcla dos historias que transcurren en Portugal, una fragmentada y ambientada en el presente y la otra en el siglo XVIII. La presente me resulta deslucida y mortecina donde los sucesos dramáticos que relata la joven Adélia: la soledad y desamparo que ésta siente -a pesar de su familia, sus amigos, sus compañeros de facultad, su novio, su amante, su tesis-, un embarazo no deseado a resultas de un hombre que calcula mal la marcha atrás, el aborto practicado en condiciones muy poco deseables, no acaban de cuajar y la figura del profesor universitario, el novio que sale del armario, y sobre todo la figura de Adélia componen un fresco muy poco vívido, donde lo más interesante me resulta la descripción de la ciudad de Lisboa vista por los ojos de Adélia.
Digo yo que si la idea es mostrar la soledad que siente un personaje, en este caso Adélia, no es necesario estar todo el rato con la palabra soledad a vueltas, sino que debe ser la lectura del relato la que nos permita empatizar con esa soledad que el personaje siente.
Por el contrario, la historia pretérita, la de la tesis en la que trabaja Adélia, la de la vida de Inês do Carmo, acusada de brujería por el Santo Oficio (aunque este tema que parece primordial queda orillado) me resulta más atractiva, más interesante. El lenguaje que maneja ahí el autor es más florido, romancero, exuberante, la ambientación es más rica: Faro, Coimbra, Tavira, Lisboa. El relato de su vida, que Inés referirá a la decumbente Isadora, está muy bien dosificado, tiene más carne, más fluidos (etílicos y corporales) y los personajes, ya sean Inés, Domingos, la Borrachona, Isadora, tienen más mordiente.

Como en el libro se van intercalando ambos momentos históricos, capítulo a capítulo, uno desea ir al pasado una y otra vez, de tal forma que el ceniciento presente acrecienta mi deseo de ir directamente a la crepitante narración pretérita, y conocer así la historia de Inés. No sé qué hubiera pasado si Daniel hubiera dejado el presente y hubiera pergeñado directamente una novela histórica. Parece ser que las historias de Adélia e Inés confluirían en un limbo temporal. No lo veo, porque las dos olas del título son dispares. Una es pura galerna, la otra, calma chicha.

Tropo editores. 2013. 222 páginas.

La herida se mueve

La herida se mueve (Luis Rodríguez 2015)

Luis Rodríguez
Tropo Editores
2015
Ilustración de portada: Óscar Sanmartín Vargas
192 páginas

Luis Rodríguez, autor de esta novela, ha publicado anteriormente otras dos, La soledad del cometa y Noviemvre, que algún crítico ya ha clasificado de obras maestras. Ahí queda.

En nuestro país la mayoría de nuestros escritores son ocultos a la fuerza, es decir, son invisibles a lo Pynchon porque no les queda otra, porque nadie compra sus libros. Luego hay otros como Luis que no hacen nada por darse a conocer, más allá de escribir, se entiende, porque ahora parece que si no sales en todos los medios, y no estás todo el día dando la brasa en todas las redes sociales existentes, no eres nadie en el mundo de las letras. De Luis parece que por no haber, no había ni fotos, pero esto no es así y quien quiera poner rostro al autor que se gaste 18 euros, y se compre el libro, como he hecho yo.

Es mejor no leer muchas cosas acerca de lo que otros escritores dicen de Luis porque entonces el libro quizás te tiemble en la mano al cogerlo. Cosas buenas se entiende: que si es un purasangre, que si una rareza, que si un autor secreto. ¿He dicho buenas?.

Si además te fijas en su contraportada advierten de que esto no es una novela, que no hay trama, que el narrador hace trampas, que hasta que puede ser que el autor no exista, etc. Un texto, el de la contraportada, que previene y subyuga al mismo tiempo, y que se parece al Triángulo armónico de Huidobro, de quien aparece también un hilarante poema en la novela.

Cuando oímos decir que si la novela está muerta, que si la ficción ha recibido ya la extremaunción, que si el fin de la literatura es un hecho consumado…, un libro como este, es un zasca en todo el morro.

90.000 palabras hay en el diccionario. Las combinaciones a la hora de escribir son casi infinitas. Quien a menudo da muestras de agotamiento son los escritores, porque materia prima con la que trabajar tienen de sobra, pero siempre es más fácil tirar de frases (des)hechas y de lugares comunes, o escribir directamente novela histórica o erótica.

Todo este preámbulo para qué.
¿?.

En ocasiones uno tiene la gran satisfacción de gozar leyendo. No hablo de un goce epidérmico, siguiendo las andanzas más o menos divertidas de un personaje, de un sentido del humor que revista la trama, o de ciertos brotes verdes de ingenio, incluso de ciertos hallazgos verbales. NO.

Dice Vicente Luis Mora que Luis no se parece escribiendo a nadie ni siquiera a sí mismo.
-¿?
-Ya

Esto tiene consecuencias. Y es que a medida que vas leyendo el libro, uno (yo) experimenta extrañeza, asombro, perplejidad, el nacimiento de una voz que te dice (“Este Luis está zumbado, qué cúmulo de extravagancias“), hilaridad, cierto movimiento de cabeza que acalla la voz anterior y dice, o proclama (“Joder, cómo se las gasta el Luis y que bien escribe el cabrón), y luego vienen los chispazos ¿cuánticos? (unos cuantos), la descarga de alta tensión, el frenesí, LA FIESTA DEL LENGUAJE, y el final. Y el índice. ¿O es el ANULAR?

En el pueblo no la entienden, hacen del puto entendimiento un rasero soberbio y torpe. Las gafas son el último rescoldo de una esperanza -por eso son de aumento-; una frontera -por eso son gafas-; hay tanta significación y misterio en el acto de ponerse gafas cada mañana que…

Algo parecido al placer de leer este libro me sucedió cuando leí Seducciones de Roberto Vivero, Examen Final de José María Pérez Alvárez, o entre culebras y extraños de excelso castro.. Los tres gallegos: Galicia calidade.

Y respecto al rastro de las palabras, sería una pena que se perdieran otras muchas, además de las que se citan en el libro como rodea, lumia, raquera, albardado, paletón, sincio...

-¿?
-¿Qué?
No he dicho nada del argumento. ¿Para qué?.
-Ya

!Déjate de leer reseñas y no pierdas el tiempo, hazte con un ejemplar y date un chute de buena literatura!.

Esta reseña está en construcción así que a medida que vaya releyendo la novela, habrá recortes o implantes.

Un ojo siempre parpadea

Un ojo siempre parpadea (Miguel Carcasona 2015)

Miguel Carcasona
Tropo editores
2015
155 páginas
Ilustración: Óscar Sanmartín Vargas

Para todos aquellos que se fueron a vivir a una urbanización y comprobaron que el amor periférico agravado por la paternidad/maternidad era un viaje sin retorno hacia la felicidad, para aquellos que gastaron alguna broma durante su juventud y ésta devino macabra y fatal, para aquellos que desearon a una chica por encima de sus posibilidades y acabaron con el corazón esquilmado, para aquellos a quienes el destino se la tenía guardada mientras conducían, para aquellos que disfrutaron de lo lindo con El Ministerio del tiempo y con las historias paralelas y con personajes que encallan en el pasado, para aquellos que comprueban cada verano del 82 que nunca serán otra cosa que unos pagafantas, para todas aquellas mujeres que buscan o fantasean con una salida o una fisura en su áspera y aborrecible realidad, para aquellos a quienes les dieron una oportunidad y la desaprovecharon, para todos aquellos que creen que el pasado se repite y que todo lo malo vuelve, para todos aquellos que se orgasman escuchando a Brel, para todos vosotros y para otros muchos, este libro de relatos de Miguel Carcasona (Sangarrén 1965) quizás os interese porque lo que es a mí todas estas escenas cotidianas (y trilladas y manidas y muy manoseadas), más o menos dilatadas (y muchas paridas con forceps y medio abortadas), marcadas por el sexo, el fracaso, el hastío, el deseo insatisfecho y el mal fario, a mí me han convencido entre muy poco y casi nada.

La portada, obra de Óscar Sanmartín Vargas, como todas las suyas, es muy buena.

Oscar Sanmartín

El martirio del obeso (Henri Béraud, 2013)

Henri Béraud
Tropo Editores
2012
140 páginas
Traducción: Verónica Fernández Camarero
Ilustración de portada: Óscar Sanmartín Vargas

Henri Béraud fue un escritor gordo. A los 37 años escribió El martirio del obeso con el que ganaría el Premio Goncourt en 1922, publicada en nuestro país en 1960 y reeditada y traducida en 2013 por Tropo Editores con espléndida traducción de Verónica Fernández Camarero.

Atendiendo al título del libro la pregunta que nos podemos formular es si el martirio del obeso guarda relación con las penosidades de una dieta rigurosa o con desventuras de otro tipo. Sucede lo último. Nuestro protagonista sufre, o mejor, se martiriza, al constatar que nunca obtendrá el amor de la mujer que desea, una amiga suya, la cual tras ver al marido engastado en otra mujer, decide coger a su amigo el gordo del brazo y darse a la fuga. Eso explica que la preciosa portada (obra de Oscar Sanmartín), nos presente a un gordo, en posición de cachalote invertido, y un barco, dado que este libro es la crónica de una singladura, un delirio errabundo, de una huida por múltiples países que durará seis meses, azuzados por el marido infiel convertido en cornudo, que va surcando mares y cielos en su búsqueda y captura.

Si los tullidos producen lástima y los jorobados rechazo y miedo, los gordos producen hilaridad. Esta es la premisa de Béraud. Y como él fue gordo y sufrió en sus carnes, o mejor, en sus grasas, las puyas ajenas, se desquita agusto en esta breve novela contra sus acosadores, y así arremete contra los flacos, los delgados, los magros, los alfeñiques, contra esos escuchimizados que más que hombres malhumorados y enfermos son sólo el esbozo de algo.

Más allá de las invectivas contra los delgados, Béraud también hace autocrítica, se mofa, y mucho de sí mismo, de sus grasas, de sus mantecas, de sus lorzas, de su vientre aerostático, dando por bueno muchos de los tópicos que parecen formar ya parte del ADN de la gente oronda.

El libro alterna lo cómico con lo trágico, porque nuestro personaje, agarrado del brazo de quien primero es su amiga y luego su inconfesada amada, se siente como un sujetavelas, un pagafantas, un hombro/e mullido en el que consolarse, y poco más. Esa tensión sexual no resuelta, convertido en un monólogo interior, irá socavando y soliviantando a nuestro personaje hasta el paroxismo, si bien el final dejará las cosas en su sitio y cada cual en su lugar.

Un libro al fin y a la postre muy jugoso, de amena lectura, donde Henri mediante el humor, la prosa fértil, la ironía, el sarcasmo y unas cuantas reflexiones muy lúcidas (me ha gustado sobrte todo su disertación sobre los viajes y las esperanzas que depositamos en los mismos), nos presenta la desdicha burguesa y los desvelos humanos en toda su abundancia.

Recomendable. Un bocado para sibaritas.

Como sucede con las películas donde a menudo encontramos en la red multitud de portadas distintas, aquí se da la circunstancia de que tenemos otra portada del libro alternativa.
Me gustan las dos, aunque la segunda antes de haber leído el libro me hacía pensar en un final canibal, el cual ni afirmo ni desmiento. A leer toca.

martirio obeso