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La muerte en Venecia

La muerte en Venecia (Thomas Mann 2001)

Thomas Mann
192 páginas
Editorial Edhasa
Traducción: Juan José del Solar

Gustav Von Aschenbach, el protagonista de la novela, ha superado los cincuenta años, se desplaza, viudo y a paso firme por el territorio de la senescencia, y un buen día, tras un hecho que lo remueve y desasosiega, decide dejar la monotonía y quehacer diario en Munich, la ciudad donde vive, y mudarse unas semanas de vacaciones a Venecia.

Aschenbach es un artista, un escritor afamado, cuyas obras incluso son leídas en las escuelas.

Aschenbach entiende el arte como un corcel impetuoso, a quien solo la disciplina y una actitud ascética y de renuncia es capaz de domeñar, espíritus como el suyo, como el de los poetas, siempre abocados al abismo.

“¿Quién podría descifrar la naturaleza y esencia del temperamento artístico? ¿Quién podría comprender la profunda e instintiva síntesis de disciplina y desenfreno que le sirve de base?.

La llegada a Venecia la hace en barco, pues según Aschenbach “llegar a Venecia por tierra, desde la estación, era como entrar en un palacio por la puerta de servicio.”

Venecia que aúna belleza y podredumbre, se nos presenta como una ciudad inverosímil, de belleza arrebatadora, y también como una ciénaga, pródiga en olores, asaeteada por vientos cálidos como el siroco, febril, por la peste que la asola y despuebla, y ante la cual Aschenbach decide mantenerse impertérrito, en una decisión arriesgada, incluso suicida, como se comprobará, porque sí -la muerte en Venecia- es la suya.

No tarda mucho Aschenbach en querer dejar Venecia, al poco de llegar, pues algo atroz flota en el ambiente que lo crispa y perturba, dejándolo en un estado emocional próximo al desquicie. Si bien, todo cambiará, cuando en el hotel donde se aloja, vea por primera vez a un joven, del que luego sabrá su nombre, Tadzio.

La narración es entonces un diálogo, o mejor, un monólogo, el que mantiene Aschenbach consigo mismo, acerca de la turbamulta emocional que siente crecer en su interior, ante la devastadora presencia del mancebo de quien se ha quedado prendado, ya sin remisión, del adolescente Tadzio.

A partir de ese momento, es la presencia de ese mancebo, esa joven divinidad, de belleza arrebatadora para Aschenbach, quien marcará el compás del dictado del corazón de este. En un juego de miradas, de un buscarse sin encontrarse, con el que “va surgiendo una curiosidad sobrexcitada e inquieta”.

Aschenbach se enamora hasta el paroxismo de una idea, del ideal de la belleza sin mácula, de la juventud sin menoscabo, de lo desconocido, que uno siempre presume como perfecto, corrigiendo cualquier imperfección que se nos presente a nuestros sentidos como tal.

“Pues el hombre ama y respeta al hombre mientras no se halle en condiciones de juzgarlo, y el deseo vehemente es el resultado de un conocimiento imperfecto.”

Aschenbach, racional y reflexivo como es, trata de poner orden y concierto en sus sentimientos, que como lava incandescente, van dejando sus reticencias y principios morales reducidos a cenizas, y para ello recurre al mundo clásico y decide ponerse entonces Aschenbach los ropajes de Sócrates, hablándole a Fedro acerca de la belleza, del amor, de la naturaleza del amado y del amante y empleando la filosofía como ese cepillo capaz de purificar cualquier deseo, que Aschenbach entiende como insano o impropio de alguien como él.

Un deseo, el suyo, reprimido, que aflora, cuando Aschenbach busca la puerta de su amado, como si arrimando su oreja a la puerta de su habitación, lograse así lograr una comunión, figurada antes como imposible, donde la atmósfera mefítica de Venecia, asolada por la peste, hubiera tomado posesión de Aschenbach, y éste se concediera un último deseo, sabiendo que su fin está próximo.

La muerte en Venecia escrita en 1912 es un clásico por méritos propios. Thomas Mann nos ofrece una prosa suntuosa, alambicada, preciosista, de corte clásico, donde lleva hasta lo excelso, esa combinación, tan difícil de conseguir de forma y fondo. En La muerte en Venecia, lo que se cuenta es tan valioso, como el “cómo se cuenta”.

En suma, un placer, un deleite.

Los libros y la libertad

Los libros y la libertad (Emilio Lledó 2013)

Emilio Lledó
176 páginas
RBA libros
2013

Este libro de Lledó recoge textos que van desde mediados de los años noventa, hasta otros escritos hace apenas un par de años. Lledó dedicado siempre al estudio, entregado al pensar filosófico, a la reflexión a la escritura, a la docencia, nos da su parecer sobre el lenguaje como el símbolo más característico de los humanos. Como ya decían los filósofos los humanos eramos animales capaces de hablar. De ese lenguaje, de esa comunicación, surge el entendimiento, la amistad, el arte, la abstracción, las teorías.

«porque por encima de todos los indudables prodigios tecnológicos que en la actualidad nos circundan, y en mucho casos, nos agobian, es el lenguaje, ese aire semántico que enlaza a los seres humanos y les hace comunicarse y entenderse, que forja, como sabemos, el símbolo más característico de la humanidad.»

Lledó hace hincapié en los libros en papel, pues recela de otras plataformas, como si no fuera solo importante el contenido, sino también el soporte, convencido de que el hecho de pasar páginas, tocar el papel, subrayar un texto, o la simple disposición de los libros dispuestos en nuestra librería, hacen que al acercarnos a ellos, sean los libros quienes nos lean, nos expliquen y definan, porque cada libro leído ha robado algo de nosotros, que parece encapsulado entre sus páginas, y que luego a través de las relecturas somos capaces de revivir de nuevo, de recuperar nuestra memoria, o bien, de actualizarla.

«son los libros los que paradójicamente, nos leen a nosotros mismos, los que nos instan a que volvamos a tomarlos en las manos, a descubrir aquel subrayado amarillento, aquella hoja doblada, aquel lomo deshilachado, aquella fecha, aquella dedicatoria «tanto impulso que corre a mi destino, desemboca en tu mundo» que escribió Jorge Guillén.

Entiende Lledó, parafraseando a Terencio Mauro, que los libros son principio de un inagotable diálogo, y que están sometidos a la capacidad, libertad e inteligencia de cada lector.

Hay páginas dedicadas a abordar el eterno debate entre letra impresa e imagen y el valor de cada uno, si bien, Lledó salva a las letras y deja para la imagen, con salvedades, la misión a la que parece hoy abocada la televisión, la de anestesiar y atontar a los televidentes.

En uno de los apartados más interesantes Lledó nos habla de los grandes de la cultura española: Cervantes, Miguel Servet, María Zambrano o Luis Vives, entre otros, al tiempo que detalla el empeño de La Segunda República (1931-1936) por hacer llegar la cultura a todo el territorio español mediante las misiones pedagógicas, la dotación de fondos para las bibliotecas municipales o el empeño por consolidar la Insitución Libre de Enseñanzaque representaba el espíritu de una verdadera revolución pedagógica y cultural, era una empresa demasiado importante y revolucionaria como para que le hubieran permitido resistir. Se tenía que venir abajo, porque su espíritu contradecía, esencialmente, la lamentable pedagogía que, como un penoso y rancio manto de tristeza, cayó sobre todos nosotros«).

Quiere uno pensar, que la cultura, la lectura, la reflexión, es el camino, que nos separa del cerrilismo identitario o patriótico, de la sinrazón tan huera como dañina.

Viendo estos días por televisión riadas de gente huyendo por los caminos y carreteras de media Europa, con un futuro incierto, o territorios españoles que buscan la escisión, creo que vale la pena dedicar un minuto a leer estas palabra de Lledó.


«Sabemos del muro, de todos los muros, pero lo que realmente nos alienta es la posibilidad de levantar puentes, de abrir sendas que unan, levantar arcos que sostienen y afirman. Porque en ese espacio que ensambla orillas y desniveles es una muestra de solidaridad; es fruto de un pensamiento que camina y progresa. Los griegos llamaron método (methodos) a esa forma de organizar los conocimientos y hacerlos avanzar. Pero método tuvo, sobre todo, por su misma etimología (metá-hodós), el sentido de estar en camino, de abrir camino, ser camino»

Emilio Lledó Entrevista en RTVE. Pienso, luego existo.

Diario

Diario 1887-1910 (Jules Renard)

Jules Renard
304 páginas
Editorial: Debolsillo
2009

Leyendo Nada que temer de Julian Barnes, descubrí al escritor francés Jules Renard. Barnes acaba su novela yendo a la localidad donde murió Renard, rindiéndole así su particular tributo. Luego Jaime Fernández, autor de El poeta que prefería ser nadie y de la muy recomendable blog En lengua propia, me habló de los Diarios de Renard, animándolos a leerlos. Dicho y hecho.

Renard como nos explican en el prólogo parece haber quedado al margen de las corrientes literarias en las que se enclavan grandes autores franceses, que han alcanzado la posteridad como Victor Hugo, Balzac, Flaubert, etc.

De Renard nos quedan un sinfín de agudos aforismos. Estos Diarios recogen los años que van de 1887 a 1910, desde los 23 años hasta el año de su muerte, a los 46 años.

Estos diarios recogen bien ese anhelo de Renard de hacerse un hueco en el mundo de las letras, objetivo que consigue a medida que sus obras son cada vez más conocidas, son llevadas al teatro, y consigue ser condecorado y formar incluso parte de la Academia Goncourt y ser alcalde de su pueblo, Chitry.

Todo el diario es literatura, porque para Renard el acto de escribir es toda su vida y sus reflexiones giran una y otra vez en torno a conceptos como la vanidad, la soberbia, la gloria, el talento, el reconocimiento, todo aquello que da relieve a un escritor y deja a otros muchos en la sombra, sin el reconocimiento a sus obras que algunos deberían tener. Y se mueve al mismo tiempo Renard en la contradicción permanente, porque si no quiere otra cosa que pasar a la Historia de las Letras, vive en la certeza de que nunca llegará a nada, jamás será nada.

Los diarios son sinceros y Renard una vez escrito, y dicho lo dicho, no parece hacer nada para corregirse, para enmascararse, para rectificar o dulcificar sus opiniones y reflexiones sobre distintos asuntos. Con respecto a sus hijos, no se ve ni de lejos como el padre ideal, sino más bien como alguien distante, afanado en escribir, en vivir no a través de sus vástagos, sino a través de sus libros, que es otra forma de inmortalidad. No esconde tampoco Renard el sentimiento antisemita que rodea los círculos literarios en los que se mueve a finales del siglo XIX. La lealtad hacia su mujer, sus no infidelidades, es su manera de corresponderla, de quererla.

Muestra Renard también muy a las claras, su ego, su vanidad, su necesidad de que le reconozcan, de que admiren su inteligencia, su talento en cada obra que pergeña, su necesidad de ganar dinero, de tener riquezas, que le permitan llevar una vida desahogada, y sobre estos asuntos nos deja para el recuerdo aforismo hilarantes, agudos y muy lúcidos. Reconoce también Renard lo fácil que es ser socialista de salón, teórico, porque él reconoce no tener el arrojo necesario para entregar su vida a los demás, para renunciar a todo lo que tiene para beneficiar a quienes están mucho peor que él.

Son diarios que muestran además cómo es el mundo literario de ese último cuarto de siglo del Siglo XIX, y todas las zancadillas y trampolines en el que todos los artistas se mueven, sus deseos de entrar en la Academia francesa o en su defecto en la Academia Goncourt.

Respecto a la idea que Renard tenía de sus diarios, lo resume así:
«Leo páginas de este Diario: a fin de cuentas es lo mejor y más útil que he hecho en la vida»

Gracias a ese empeño, quizás un acto de soberbia consistente en pensar que su vida era relevante, tanto o más que sus libros, hoy podemos leer y disfrutar de estos Diarios de Renard («cartas a mí mismo que os permito leer«) que como los buenos libros no se agotan de una sola vez y deben estar siempre a mano, para recurrir a ellos una y otra vez.

Madre Noche

Madre Noche (Kurt Vonnegut, 1962)

Kurt Vonnegut
1962
Círculo de lectores
230 páginas
Traducción: J.C. Guiral

No solo con el número de los asistentes a las manifestaciones el baile de cifras es de risa, con los muertos en los bombardeos pasa parecido. En los bombardeos llevados a cabo en Dresde en 1945 durante la Segunda Guerra Mundial, la cifra de muertos oscila entre 200.000 y 20.000. Más allá del número de muertos, lo que sucedió en Dresde fue otro acto de barbarie más sufrido por la población civil.

Uno de los bombardeados fue Kurt Vonnegut, que se encontraba en esa ciudad los días de los bombardeos, como prisionero americano y retenido junto a otros muchos, en un matadero.

Respecto a este hecho, que a Vonnegut le marcó, dejo dicho esto en el prólogo de su novela Matadero Cinco.

[…] Sólo hay una única persona de todo el planeta que ha extraído algún beneficio (del bombardeo). Yo soy esa persona. Escribí este libro, que me hizo ganar mucho dinero y forjó mi reputación tal y como es. De una manera u otra, he obtenido uno o dos dólares por cada muerto.

Madre noche arranca así:

Me llamo Howard W. Campbell, Jr. Soy norteamericano de nacimiento, nazi por reputación y apátrida por vocación.

Howard está a la espera de ser juzgado por crímenes de guerra. Lo que nadie sabe, salvo tres personas, dos de las cuales ya están muertas a esas alturas, es que Howard es un espía, y que su papel de exitoso propagandista nazi es una representación, tan lograda y minuciosa, tan eficiente en su papel que logra engañar a todo el mundo.

En la novela aparece varias veces el término paranoia, esquizofrenia, lo cual viene al caso pues cuesta entender que semejantes atrocidades pudieran llevarse a cabo, del exterminio de seis millones de judíos hablo, por parte de unos alemanes, a priori, inteligentes, instruidos, cultos, capaces de apreciar tanto el arte, la música clásica, la poesía, la filosofía, como capaces despreciar a otros seres humanos, no arios, tanto como para eliminarlos físicamente por millones.

El rol de Howard es oportuno, porque se trata de un artista, de un escritor dado a fabular, y para él este rol de espía (trabajo al que se ve abocado o al que parece no ofrecer mucha resistencia), le da la oportunidad de ser otro, de interpretar un papel, siempre en esa ambigüedad que le hace pensar al lector, hasta que punto Howard creyó o no en todas las mentiras que ira perpetrando y que difundirá luego por la radio, mentiras que muchos otros abrazarán como la fe verdadera, como el único bastión al que agarrarse, ante un mundo que iba camino de la perdición (según el régimen nacionalsocialista de Hitler), en caso de caer éste en manos de los judíos, comunistas, socialistas, negros, etc.

La historia comienza con Howard en la cárcel esperando el juicio y luego la narración va al pasado, a los años en los que Howard se halla en Alemania y un mando americano lo capta como espía, y luego lo encarcelan y lo liberan un par de veces, hasta que finalmente Howard decide entregarse a las autoridades israelitas para que lo juzguen.

El toque Vonnegut consiste en que Campbell confiese su pasado a unos vecinos judíos, una madre y su hijo que viven en el mismo edificio y que estuvieron en Auschwitz. Momento cumbre de la novela, cuando el hijo, ahora doctor, no quiere saber nada del asunto, pues él es doctor, (y se siente más que) judío, o que sionista, y no quiere impartir justicia, ni cobrarse venganza, y la actitud de Howard no hace otra cosa que incomodarlo, aunque al final logran poner a Campbell en las manos de unos judíos que lograrán así cobrarse tal preciada pieza.

Los personajes de la novela como el reverendo Lionel Jason David Jones, doctor en Cirugía Dental y doctor en Teología, el Führer negro, el conserje del inmueble donde reside Campbell especialista en substancias o Bernard B. O´Hare cuyo único afán es hacerle pagar a Campbell todo su mal, están grillados y se ponen tantas máscaras en su quehacer diario, es tal su desquicie, que aquello es un circo, porque nada es lo que parece, como tendrá ocasión de comprobar Howard cuando descubra que Helga Noth, su amor extinto y luego recuperado, con quien formaba su “nación de dos”, no es ella, sino Resi, su hermana pequeña, siempre enamorada de él, desde sus diez años, edad a la que ya peroraba como si tuviera 18 años.

Parejo sucede con Kraft, su vecino ruso, con quien y frente a un tablero de ajedrez, crean algo parecido a una amistad, una compañía necesaria para ambos, convertidos en pecios arrumbados por la historia, ambos espías, ambos rumiando su soledad en el (es)forzado anonimato.

Sin olvidar tampoco a Bodovskov quien traducirá al ruso las obras de Campbell, que encontrará en un baúl, a quien todo le va de maravilla hasta que deja de plagiar y decide crear, una originalidad artística, proclive a la crítica, que el régimen ruso cortará de raíz, con el fusilamiento del artista.

Vonnegut lleva la narración hasta el delirio con la aparición de revistas como “El Miliciano Blanco Cristiano”, la secta de la Guardia de Hierro de los Hijos Blancos de la Constitución Norteamericana, donde deja en evidencia el mal de una época y no a través del sarcasmo, sino de la fina ironía, con una miríada, inolvidable de personajes contradictorios y perturbados, que nos pueden parecen parecer normales, bajo el manto democrático, pero que ante el dictador de turno, Hitler o cualquier otro no dudarían en abrazar, su causa, por absurda que pudiera parecer.

Y esta novela quizás surja de la reflexión que Kurt Vonnegut se formula en la introducción de la misma.

Si hubiese nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos, habría dejado botas sobresaliendo de montículos de nieve y me habría reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así suele suceder.

En dos palabras. Madre noche. Obra maestra.