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Los que duermen (Juan Gómez Barcena)

Ardicia tenía de consumar ciertas lecturas de libros de relatos como el de Ednodio Quintero (Cuentos salvajes) o Evelio Rosero (Cuentos completos), ambas ya en curso. Otras, finalmente consumadas y disfrutadas como Fábrica de prodigios de Pablo Andrés Escapa o Los que duermen de Juan Gómez Bárcena, ésta que nos ocupa.

Los que duermen supone la primera incursión, y la última de momento, de Juan Gómez Bárcena en el relato. Publicado en 2012 por la editorial Salto de Página y felizmente recuperado este año por la editorial Sexto Piso, dónde Bárcena publicara también su estupenda novela Kanada.

Los que duermen lo conforman 15 relatos (Cuaderno de bitácora, Fábula del tiempo, La leyenda del rey Aktasar, Cuaderno de bitácora II, El regreso, El mercader de betunes, La virgen de los cabellos cortados, Zigurat, El padre fundador de Alemania, Hitler regala una ciudad a los judíos, Los que duermen, Las buenas intenciones, Como si, 2374, La espera), breves, pues el libro no supera las 145 páginas.

En las notas de agradecimiento Bárcena agradece a quién le enseñó a interrogar el pasado. Mucho de eso hay en estos proteicos relatos que me recuerdan a otros de Olgoso o de Escapa, por lo variado de los mismos, muchos de los cuales bucean en el pasado, como en Los que duermen con las momias que hoy pueblan los museos, donde estos fueran una especie de limbo o infierno en el que las momias de marras purgaran un castigo se viera así perpetuado ad infinitum o yendo hasta el campo de concentración de Theresienstadt, en el que en 1944 los nazis ofician allí la pantomima ante un comité de la Cruz Roja haciendo pasar aquel campo de exterminio por otra cosa, una ciudad en la que los judíos vivían estupendamente, representando incluso una obra de teatro en la que los forzados actores, niños, tendrán así la única manera de desquitarse de su infausto y estéril porvernir; los cuadernos de bitácora I y II, en los que como hiciera Ferlosio en Fragmento de una carta de Yndias, Bárcena se mide, se prueba, se ensaya, para recrear el destino trágico de la nave San Telmo allá por 1565, a la deriva y sin tripulación ninguna; recreación a su vez la que pergeña el autor cuando recurriendo a Aquiles, troca el anhelo de éste de dejar de ser inmortal, abandonando el gineceo, para morir con gloria eterna como mortal, por una vida instilada en la medianía común del resto de los mortales, permutando su existencia por la de un mercader de betunes, pero disfrutando a fin de cuentas del hecho de estar vivo superados los setenta: la supervivencia como un don. Supervivencia llevada a cabo por duplicado (de momento) cuando hay opción a la resucitación, crionización mediante, en el 2374, relato anodino en el que al igual que le sucede al Aquiles del otro relato, la alternativa de ser felices o desdichados es consecuencia de nuestra existencia que en todo caso va al haber.

Los relatos más sorprendentes y sugestivos se me antojan La espera, donde a un mundo de hombres creados por un Dios se sucede un mundo de máquinas creadas por hombres, ya extinguidos, máquinas que esperan anhelantes que el Gran hombre descienda de nuevo sobre ellos; el otro relato es Como si, donde se lleva a cabo un rebobinado histórico comenzando en 2012 para ir hasta el Big Bang tocar la pared y volver cagando leches de nuevo al 2012, despojados de pasado, amnésicos, todo presente, todo futuro (si se diese), reseteando todo en cada generación. Las buenas intenciones, muestra un cara a cara entre una hija y su madre con unas hechura delirantes y trágicas que me lleva hasta La azotea de Trías, cuando la mentira y la ficción son la única realidad soportable por ambas, o ni con esas; Los elementos históricos se despliegan en otros relatos como La leyenda del Rey Aktasar, Fábula del tiempo o El regreso que cifran bien el pulso narrativo de Bárcena (que cuando escribió estos relatos tenía 28 años), aunque algunos como Zigurat o El padre fundador de Alemania me resulten muy flojos. Lo que me ha chocado es leer tres veces, en distintos relatos, “hombres que arañaban los frutos de la tierra con esfuerzo“.

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Palomitas (Juan Pablo Fuentes)

El destino o la casualidad van disponiendo ante mí libros que guardan cierta conexión. En el anterior que he leído La moral del comedor de pipas, comer pipas se convertía casi en una filosofía de vida, donde al comedor de las mismas el cerco que creaba con las cáscaras le servía casi de murete frente a la expectante realidad circundante. En Palomitas de Juan Pablo, en la contraportada nos advierte de que pocas cosas hay más agradables que sentarse en un banco con palomitas y ver la vida pasar.

No sé si conocen los microgramas de Walser. Sin llegar a semejante delirio achicador Juan Pablo escribe sus relatos en un formato que ya no sería un libro de bolsillo, sino de libro de monedero, porque las dimensiones del libro son del formato chuleta, de las que nos hacíamos en el colegio en EGB.

El microlibro lo forman 11 relatos o microrrelatos, el último formado por cuatro entradas cada una de diez palabras.

Hay algo que recorre los amenos y sugerentes textos que adopta la forma de una energía vital que impele por ejemplo a un Superviviente a seguir siéndolo, como si los lazos de sangre ganasen de calle a los cantos de sirena de una soga, las ganas de burlarse, en Wasabi, de los demás haciendo acopio de humor macabro aún a costa de poner en riesgo su vida, el ronroneo maullador de la melancolía En la ciudad que lloraba en un cajón; las ardorosas expectativas luego atemperadas y puestas a punto de nieve en Iceberg, el aroma del sexo de aquel Verano de 1986 que deja ahora un retrogusto adolescente de cuando la vida era tal y algunos recuerdos superan el puesto de control de la desmemoria; más ausencia y la añoranza que nunca se nos van hay en Caramelos de limón, porque pegajosas como son, siempre se adhieren al cielo del paladar, como una magdalena permutada aquí en caramelo evocador; en Deudas vencidas sobre un dicho se construye un relato cuya conclusión valida dicho dicho con ángeles caídos, Mefistófeles, Steve Jobs y el Vaticano por medio; Limpieza metódica me lleva a Tesis y hasta aquí puedo aggggghhh…; en Intercambio brilla el humor negro al plantear la rivalidad de dos amigos, o conocidos o contemporáneos, llevada hasta sus últimas consecuencias; El mensaje deriva hacia lo fantástico, quién sabe si también orgiástico, encontrando a la joven que dé perfecta réplica al avemaría, y no me refiero a un dueto con Bisbal.

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El corazón y otros frutos amargos (Ignacio Aldecoa)

Está bien Wikipedia pero es aún es mejor recurrir a libros en papel y echar mano por ejemplo de Examen de ingenios de Caballero Bonald, y leer lo que este nos cuenta de Ignacio Aldecoa: Una persona radicalmente libre, que aquilató sabiamente su estilo y lo fue dotando de un neto vitalismo en la búsqueda de correspondencias entre sus andanzas humanas y sus experiencias literarias. Un experto en el arte de contar historias cuándo murió, narraciones donde Aldecoa da cuenta de su buen oído gramatical, de un airoso barroquismo en las descripciones de una excelente dinámica adjetivadora (esto referido a su novela Gran Sol, para Bonald la más atractiva de las novelas náuticas españolas), de su pericia lingüística.

Si leemos El corazón y otros frutos amargos, escrito por Aldecoa en 1959 (según la revista Quimera el mejor libro de relatos español del siglo XX), que recoge los siguientes relatos: En el kilómetro 400, La urraca cruza la carretera, Rol del ocaso, Young Sánchez, Un cuento de reyes, Al otro lado, Entre el cielo y el mar, Los hombres del amanecer, Esperando el otoño, Atrás de la última parada, El corazón y otros frutos amargos, se confirma lo enunciado por Bonald.

La mayoría de los relatos versan sobre personas que realizan distintos oficios, a los que toca dar el callo: camioneros, marineros, mesoneros, peones.., ya sea trabajando en fábricas, barcos o en cuadrillas. Personas para las cuales el porvenir siempre está por ver, luchando cada día por su jornal, auxiliándose entre ellos, asentados en la precariedad y/o en la miseria, dueños de un ocio inexistente, cuya esperanza se cifra en unos manos vacías.

Relatos siempre inconclusos, abiertos, aderezados con diálogos sucintos pero precisos, mostrando una realidad áspera, dura, erizada, fatigosa, muy vívida, resumida en párrafos como el siguiente:

La madre tenía las crenchas de un rubio sucio como del color del papel de estraza. La madre tenía la roña metida en los poros de la piel de las manos de tal manera, que aunque se lavase no se le iría. Era la porquería de la mujer que hace coladas para cuatro personas, que lava los suelos, que guisa, sube el carbón y trabaja, si le queda tiempo, de asistenta en una casa conocida. La porquería en los nudillos, en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos, en las muñecas. La porquería como un tatuaje.

Este año se han reeditado los cuentos completos de Ignacio Aldecoa. Una muy buena noticia, que consumaré con la lectura de los mismos.

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El miedo (Guy de Maupassant)

La obra de Guy de Maupassant está muy diseminada en distintas editoriales en España: Alianza, Valdemar, Periférica, Eneida, Alba, Nórdica, Marbot, Akal, Siruela, Cátedra, Random House, Austral, etc, que recogen tanto sus novelas como sus relatos. Artemisa ediciones bajo el título de El miedo, con traducción de Assumpta Roura, agrupa cinco relatos, uno de ellos con el mismo nombre.

El miedo opera en los mismos como su columna vertebral, miedos que consisten en temerle a la soledad y comenzar a desvariar y creer que esposándose dejará de tener miedo, como le sucede al protagonista de Él, con cierto parecido con El horla. El miedo es la crónica de una venganza anunciada y no ejecutada, siendo ese estado de espera y zozobra lo que imprime la desazón en los personajes, compartida también por el lector. En !quién sabe! objetos inanimados toman vida poniendo en juego la salud mental de su propietario, que pide ser recluido, como hiciera Maupassant ante el avance de su enfermedad. Los más curiosos me parecen Junto a un cadáver, que resulta ser el de Schopenhauer, lo que da pie para hablar de la gigantesca labor de escepticismo llevado a cabo por el filósofo, el cual ante la visita ineludible de la parca, acaba descomponiéndose y hediendo como el resto y Un caso de divorcio, donde un abogado trata de obtener el divorcio, para su defendida, alegando que su esposo no está en sus cabales, empleando como arma un diario del mismo, relato que le permite a Maupassant expresar su opinión sobre el sexo femenino y su nula confianza en el matrimonio, como hace también en su relato Él: Sigo creyendo que el matrimonio es una barbaridad y convencido de que ocho de cada diez maridos llevan cuernos. Es lo menos que se merecen por haber sido tan imbéciles encadenando sus vidas, por renunciar al amor libre, la única cosa divertida y buena que hay en el mundo, por cortar las alas a la fantasía la que nos empujan todas las mujeres, etcétera.

Poco a poco voy avanzando en los relatos de Maupassant y no creo que tarde en hincarle el diente a los cuentos completos publicados por Páginas de Espuma, que en dos volúmenes recoge los más de 300 relatos publicados por Maupassant.

¿El placer del viajero?

Leyendo el relato de Guy de Maupassant Las hermanas Rondoli, me venía en mente la novela de Ian McEwan El placer del viajero. Maupassant quizás peca de aguafiestas, aunque su juicio resulta muy lúcido y agudo (teniendo en cuenta que el relato se escribió a finales del siglo XIX). El comienzo de su relato dice así:

Cambiar de lugar me parece algo inútil y fatigoso. El sueño inquieto de las noches en tren con sus dolores de cabeza y sus agujetas, despertar derrengado en ese cajón rodante, alimentarse del olor a carbón y de las execrables cenas de la fonda en plena corriente, esa sensación de mugre en la piel y de polvo en los ojos y en el vello, todo esto, creo yo, no es más que el horrible principio de lo que debe ser un agradable viaje de placer. Después del Rápido vienen las tristezas del hotel, del gran hotel lleno de gente, !y sin embargo tan vacío!, Y la cama desconocida, desoladora y sospechosa, especialmente para mí, que tanta importancia le concedo. Es el santuario de la vida. Le entregamos nuestros desnudos y fatigados cuerpos para que los reanime y los descanse entre la blancura de las sábanas y la tibieza de lo edredones. Es el lugar donde pasamos los más dulces momentos de la existencia, los del sueño y los del amor. La cama sagrada. Debemos respetarla, venerarla y amarla como lo mejor y más dulce que tenemos en el mundo. no soy capaz de levantar una semana de hotel sin un estremecimiento de asco. ¿Qué habrán hecho ahí dentro la noche anterior?. ¿Qué clase de gente desaseada y repugnante habrá dormido en ese mismo colchón?. Pienso entonces en los seres horribles que encontramos cada día, en los desagradables jorobados de carnes granujientas y manos negras, que llevan a imaginar cómo tendrán los pies y el resto de su cuerpo. Se me vienen a la mente todos aquellos que traen consigo asquerosos olores a ajo o a humanidad, los deformes, los purulentos, las secreciones de los enfermos y todas las fealdades e inmundicias del hombre. Y pienso que todo eso ha pasado por la misma cama donde yo voy a dormir. Me dan náuseas tan solo con meter el pie.
¿Y las cenas de los hoteles? Interminables escenas de mesa redonda entre gentes aburridas o grotescas, o bien terribles y solitarias cenas en la mesita de un restaurante, frente a una vela mortecina cubierta con una pantalla. ¿Y qué me dice de las desaladoras noches en una ciudad desconocida?. ¿Hay algo más lamentable que la caída de la tarde en tierra extraña? Caminamos al azar en medio de un movimiento y una agitación tan sorprendentes como los de los sueños. Miramos esos rostros, que no hemos visto nunca y que nunca más veremos, oímos voces que hablan de cosas que no son diferentes como en una lengua que no comprendemos. Experimentamos la atroz sensación de estar perdidos. Tenemos el corazón en un puño, las piernas fláccidas y el alma abatida. Andamos como si huyéramos; lo hacemos para no volver al hotel donde nos sentiríamos aún más perdidos, porque es como regresar a casa, pero a una casa de todos, y en la que todos pagan. De modo que terminamos por desplomarnos en la silla de un café iluminado, cuyo reflejos dorados son mil veces más agobiantes que la sombra de la calle. Y es en ese momento, delante de una caña babeante traída por un camarero a la carrera, cuando nos sentimos tan abominablemente solos, que nos asalta una especie de locura, una imperiosa necesidad de salir de allí, ir a cualquier otro sitio con tal de dejar aquí la mesa de mármol bajas araña resplandeciente.
Nos damos cuenta de pronto de que realmente estamos solos en el mundo, siempre y en todas partes; en los lugares conocidos, el trato familiar nos crea la ilusión de fraternidad humana. Precisamente en estas horas de abandono, de negro aislamiento en las ciudades lejanas,pensamos largo y tendido, y vemos las cosas con claridad. En esos momentos reconocemos la vida tal y como es, fuera de la óptica de la eterna esperanza, al margen del engaño de las costumbres adquiridas y de la confianza en la llegada de la felicidad siempre soñada.

Al estar lejos comprendemos lo cercano, lo breve y lo vacío que es todo; al buscar lo desconocido nos percatamos, por fin de cuán mediocre es la vida y de lo pronto que se acaba; al recorrer el mundo vemos lo pequeño que es y lo semejante en todas partes. !Ay! Bien conozco yo las noches de paseo sin rumbo por calle remotas. Las temo más que a cualquier otra cosa.