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53 días

53 días (Georges Perec)

Georges Perec
Mondadori
Traducción: José Antonio Torre Almodóvar
1990
292 páginas

En este artículo Antonio Muñoz Molina hablaba sobre obras incompletas y fantaseaba con la posibilidad de trabajar durante años en un libro inacabado. A Georges Perec (1936-1982) la muerte le permitió que 53 días, la novela en la que estaba escribiendo, se convirtiese en uno de estos libros inacabados, abiertos.

La narración es un entramado policiaco, donde cuesta muy poco interesarse por la historia de la desaparición en la imaginaria ciudad africana de Grianta de Serval, escritor de novela negra a quien el Cónsul de la ciudad (en estado de excepción) trata de encontrar recurriendo para ello a un profesor de matemáticas, quien recibe del Cónsul un manuscrito de la novela que estaba escribiendo Serval y parece que pueda contener las claves de su desaparición.

De este modo, el narrador e investigador leerá esa novela inacabada, que le remite a otras novelas anteriores de Serval y cuyas tramas le permitirán ir atando cabos, desvelando enigmas, encontrando los juegos de correspondencias a fin de determinar si Serval está desaparecido y es suyo el cadáver más tarde encontrado o si el Cónsul se la ha jugado o si hay incluso una organización criminal detrás moviendo los hilos. Una investigación que le permite al narrador-investigador-lector a través de sus lecturas pergeñar una suerte de microensayo sobre cómo escribir novela negra.

Como lectores estamos a expensas del descubrimiento de nuevas pistas, y la historia se va embrollando cada vez más, a medida que el narrador descubre que esos 53 días del título son un homenaje a los días que necesitó Stendhal para escribir La Cartuja de Parma, novela que tiene mucho que aportar a lo que sucede.

Esta novela me lleva a preguntarme en qué medida un libro no deja de ser un texto codificado, de tal modo que a través de la lectura, de la descodificación, cada lector irá alcanzando un conocimiento distinto de la misma y cuánto de lo que un escritor despliega y empeña en su novela llega realmente a captar el lector, si entendemos la literatura como un todo, donde la imposibilidad de leerlo todo, convierten cada lectura, esta todavía más, en una imposibilidad, al tomar consciencia de cómo se nos escapan como arena entre los dedos, infinidad de juegos, chistes privados, referencias, correspondencias…

Javier Pastor 
Mondadori
2016

Fosa común (Javier Pastor)

Javier Pastor
Mondadori
2016
452 páginas

Había leído anteriormente con agrado Mate jaque (2009) de Javier Pastor. Reincidir era lo propio. El mes pasado, seis años después de la publicación de Mate jaque, Javier publicó Fosa común.

La novela está estructurada en tres partes.

La primera. “Un entonces”. Años de mocedad, de adolescencia, 14 años, los que tiene entonces el narrador el joven Arzain, hijo de militares, residente en Burgos, en 1976, al comienzo de la Transición, pensando el mozo en tener no ya 21, sino los 18 años que otorgarían la mayoría de edad (tras la aprobación del Decreto-Ley en noviembre del 78). Hormonas disparadas. Masturbación. Rozamientos, sobamientos, besos con lengua. Acné. Noches de farra y desenfreno. Porros, borracheras, caricias, confidencias, fanfarronadas, declaraciones… en esa “comunidad primitiva, endogámica, autosuficiente, promiscual”. La adolescencia entrevista como una estación de paso, la vista puesta en la edad adulta, en la liberación filial. Un alud de personajes, conversaciones en tropel, prosa fluida, torrencial, que deviene un vórtice que subsume y marea con frases onomatopéyicas de ritmo frenético, todo febril y tan acelerado como esos espermatozoides raudos y alocados en pos de una entrepierna o en el peor de los casos, de la palma de la mano. “Jurar en voz alta que nunca, nunca más volverá a pasar miedo. Inmadurez”.

Segunda parte. “Un después” Cuarenta años después Arzain es padre de dos mellizas. Recién enviudado. Vuelve a Burgos. Al pasado, rememorando los años de la pandi, los velados abusos familiares ajenos, el niño muerto en la piscina, las escarceos sexuales, el ensañamiento brutal con el que los curas repartían sopapos, los chasquidos de la regla sobre la carne fresca, o ese marcar las entendederas con hierro indeleble, curas en definitiva con carreras prometedoras como pitchers en su destreza en el lanzamiento de llaveros, tizas, borradores.
Y como aquel prisionero que vuelve décadas después sobre sus huellas visitando los campos de exterminio de los que escapó de milagro, así, Arzain volverá al colegio de su juventud, donde constatará que casi todos los curas de entonces se han secularizado, otros suicidado, y sólo quedan ya unos pocos, persistiendo en su oficio, en su fe, los menos, quizás porque sea muy cierto eso de que ingresar en esas sectas (entiéndase el catolicismo) les incapacitaba para el amor y la vida corriente.

Tercera Parte: “Que sirva para algo”. En las dos partes anteriores se deja caer el asesinato de una compañera de Arzain, una chica llamada Cristina, asesinada junto a su madre y sus tres hermanos por su padre, quien se suicidaría tras cometer el acto parricida. El autor recurre a la prensa y encuentra un artículo del ABC, donde de forma sucinta se da testimonio de los hechos acaecidos en 1975, sin apenas dedicarle espacio ni atención. A ese hecho vuelve Pastor para hacer una crónica forense periodística. Lo vemos mover y remover, obtener declaraciones en los juzgados, realizar entrevistas con todo aquel que pueda aportarle algún dato sobre el trágico suceso, hasta conformar un relato, mucho más prolijo que la nota aparecida en el periódico. Como esas muestras de ADN que llegan tarde, si Cristina López Rodrigo hubiera acudido hoy a una comisaría a denunciar los hechos, como en su día hizo, quien sabe, quizás ella y sus hijos estuvieran vivos. Pastor rinde tributo con su investigación a la memoria de Cristina, aquella chica de su edad, de su barrio, aquella chica tan maja a quien su padre barrió de la faz de la tierra, junto a sus seres queridos, sin que generase poco más que un murmullo. Y a quien enterraron junto al resto de su familia, al lado de su padre. Sí, existe el ensañamiento post mortem, y uno no descansa ni después de muerto.

Fosa común la entiendo una novela ambiciosa, una invitación a repensar el pasado, material inflamable éste, sin duda, toda vez que la mayoría decidió que había que mirar para adelante, pasar las páginas negras de la dictadura y de la Inmaculada Transición, y pergeñar un Relato Amable, conciliador, apto para todos los públicos. Después de cuarenta años de progreso, de bipartidismo y de corrupción radical, ahora que la regeneración dio lugar a la degeneración, no está mal volver la vista atrás, a esos años, de democracia embrionaria, no tanto por remover, porque el pasado no deja de ser una lápida, más bien con el ánimo de entender, de comprender, de aprender (no diré de los errores, porque vemos cada día, que de eso no se aprende). Fosa común resulta en este sentido un recurso nutricio.

Leí este libro cuando se me cruzó o me arrolló el cuaderno de Valéry. Corría el riesgo de que un libro anulase al otro. Pues no. Al contrario, recurro a algunas citas de Valéry para acabar la reseña.

Dejó dicho Valéry en sus cuadernos:

“Casi todos los libros que aprecio, y absolutamente todos los que me han servido para algo son difíciles de leer. El pensamiento puede abandonarlos, no puede recorrerlos. Unos me han servido aunque eran difíciles, otros porque lo eran”.

Fosa común no es fácil de leer. A Javier Pastor le gusta ponernos las cosas difíciles (y no hablo de los juegos de palabras y de no poner puntitos al final de las frases), de ahí que muchos abandonarán esta novela a las primeras de cambio, sin acabar la primera parte, ya vencidos, derrotados y crispados ante el aluvión oral grotesco-onomatopéyico de los jóvenes. Un lenguaje y estilo, huelga decir, inmanente a una adolescencia cavernaria.

“La literatura solo me interesa cuanto tiende y contribuye al crecimiento de la mente. En caso contrario, me aburre”.

Sí, leyendo Fosa común no sé si la mente crece, pero volar vuela, y la novela merced al ingenio y una verbosidad apabullante resulta todo menos aburrida y por el contrario muy evocadora. La magia de Pastor es que no sabes por dónde te va a salir y cada página es una aventura, una sorpresa, un reto, un desafío, un borboteo, un palpitar incesante. Esta manera de narrar, en la literatura española actual es una rareza, una singularidad, una maravillosa extravagancia. Si me equivoco, me corrijan.

“Pensad en lo que hace falta para gustar a tres millones de personas. Paradoja: hace falta menos que para gustar a 100. No escribo /no escribiría / para personas que no pudieran darme una cantidad de tiempo y una calidad de atención comparables a la que yo les doy”.

Pastor ha dedicado unos cuantos añitos a escribir esta novela monumental (más por el contenido que por la extensión), de largo aliento, devenido en halitosis histórica, en la plasmación de esa época tardofranquista y luego incipientemente democrática, poco y mal oreada, con olor a sotana mal lavada.

Dentro de 15 años, recurrirá a esta novela aquel que más allá del Cuéntame, quiera saber un algo, o un mucho, de esos años mediados los setenta, porque Pastor no emplea la literatura para reducirse a mostrar el atrezzo de una época, a saber: vestimentas, olores, grupos musicales, costumbres, vicios, entretenimientos, marcas de cigarrillos o de jabones. No. Pastor tridimensionaliza todo esto, y le da cuerpo y alma, y crea una atmósfera que faculta que la novela, respire, viva, se encabrite y dé zarpazos. ¡Así que cuidao, advertido quedas!.

Mate jaque

Mate jaque (Javier Pastor 2009)

Javier Pastor
Mate Jaque
2009
Mondadori
99 páginas

Hace tres días Javier Pastor publicó su última novela, Fosa común (leer reseña). Dos escritores que leo, sigo y admiro me advirtieron de que tenía que leer esa novela. De momento y antes de ir a parar a esa Fosa común, he ido atrás en el tiempo, y no he leído ni Fragmenta, ni Esa ciudad, sino Mate Jaque, la tercera novela que Javier publicó en 2009.

Si gozaste leyendo a Luis Rodríguez o a José María Pérez Alvárez, entonces Javier Pastor te gustará. Si no has leído a los anteriores, debería gustarte igualmente. Pero ojo, no hablamos de un texto al uso. Al igual que los escritores antes citados, la narración de Pastor, es una aventura tan singular y excitante como sorprendente.

El protagonista (en un alarde de nula originalidad por parte del autor) es un escritor asqueado de su vida y de escribir. Ha tenido tres mujeres y aquí parte de la narración me trae ecos de esa obra maestra reciente que es Divorcio en el aire, pues ahí también había varias esposas y las relaciones de pareja, ni eran relaciones y dejaban en entredicho lo que entendemos comúnmente por pareja.

En la narración de Pastor, el relato se principia cuando el protagonista se plantea dejar a su tercera esposa e irse a un balneario a no hacer nada, quien una vez allí, decide no escribir, pero sí recordar, y sus recuerdos versan sobre la paternidad que nunca deseó, sobre el férreo empeño de su mujer de tener descendencia a toda costa, sobre eso de ser artista y escribir libros, y en resumen sobre todo aquello que le ha hecho ser lo que es y hacer lo que hace y decir lo que dice. O no, porque a menudo nada explica nada. Creo. Y Pastor despacha su narración de una manera tan lúcida, con un humor tan negro, en las antípodas de cualquier (biso/ño-/ñez), con esa forma suya de ir metiendo paréntesis, dando capas y texturas al texto, jugando con las palabras, haciendo del lenguaje en manos de una mente fértil, una lectura gozosa. No digo más.

El caso es que a mitad del libro, echando el protagonista una partidita de ajedrez, la voz cambia, y ya no es esta una voz varonil, no, sino la de una mujer, su tercera mujer (la cual lo hubiera dado todo por declararse en estado, como en la canción de Sabina), la que nos habla, y nos cuenta la otra parte de la historia, aderezando lo que ya sabemos, o hemos oído, o leído antes, con otra perspectiva, y la narración es entonces un espejo, roto, hecho añicos, pues nada hay ya que salvar.
Un espejo que puede ser real, o que bien puede ser fruto de una mente perturbada, alucinada, bipolar, que se desdobla, que fantasea con ser padre y madre, un raciocinio a la deriva que confunda la Residencia Argos Mente con el Balneario Monegásgter. Aliteraciones. Ya saben.

Sé que no importa, pero Javier Pastor ha ganado un lector más.

Marcovaldo

Marcovaldo (Italo Calvino)

Italo Calvino
143 páginas
2015
Mondadori

Italo Calvino (1923-1985) escribió los veinte relatos que conforman Marcovaldo entre 1952 y 1963. Como los personajes literarios y cinematográficos del neorrealismo, Marcovaldo lleva una vida precaria, trabaja como operario no cualificado, acarreando pesos, tiene seis bocas que alimentar, las deudas le acorralan, y el porvenir es un presente continuo, donde su situación lejos de mejorar, empeora. Cada relato se corresponde con una estación del año. Un lustro en total.

Marcovaldo se saca las castañas del fuego como buenamente puede y vemos como esa oportunidad de mejorar su situación se convierte en una serie de aventuras/desventuras rocambolescas y disparatadas que siempre acaban mal, como si su destino ya estuviera marcado y su tesón, su empeño, fuera un quehacer estéril.

Hace falta una mirada limpia, cierta ingenuidad, algo de candor, para disfrutar de estos relatos, del que Calvino despacharía más de un millón de ejemplares, al ser este libro una lectura obligada en colegios e institutos italianos. Como cuando somos niños y con una manta y una mesa, en la salita de nuestro hogar, nos montamos nuestra propia casa y la lámpara es nuestro sol, la manta verde nuestra pradera, así Marcovaldo agudo observador, trata de aprovechar todo cuanto le rodea, en ese ambiente de miseria, de frío, de hambre, donde al no tener las necesidades cubiertas cualquier cosa a su alrededor le puede venir bien, ya sean unos funghi, unas muestras gratuitas, los peces de un río, un conejo que hurtará en una consulta, un cartel publicitario de madera del que hacer leña, etc, un Marcovaldo inasequible al desaliento, sacudiéndose éste su pesar, tirándose de cabeza hacia cada nuevo amanecer, con esperanza, una esperanza hecha de carne, sudor y mala suerte.

La prosa de Calvino obra el milagro. Con muy poco texto, en cada relato, Calvino logra divertir, provocar nuestra carcajada (amarga), hacernos reflexionar sobre la situación de Marcovaldo, extrapolable a cualquier otro país y horizonte temporal, a través del humor, de la crítica velada (al consumismo, al marketing, a la codicia inmobiliaria, etc), en la plasmación de un mundo que ya se ha esfumado (allá por los años 60 del pasado siglo), y otro que está sobre la mesa, el de una sociedad opulenta, propia del milagro económico, que colmará a muchos mientras dejará en los márgenes a otros tantos como Marcovaldo, para quien, un cielo raso, una calle nevada, un rayo de sol, una pradera verde, un río límpido, una noche al raso bajo un cielo estrellado, son razón suficiente para seguir avanzando, para seguir asombrándose, para no caer en las redes de la tristeza, ni de la inanidad, para que la intemperie que le rodea y asedia, no lo devore, ni a él, ni a su familia.

Distancia de rescate

Distancia de rescate (Samanta Schweblin 2015)

Samanta Schweblin
Mondadori
2015
124 páginas

Esta novela de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es tan terrorífica como potente.

Háganse un favor. Apaguen la televisión después de cenar. Siéntense en un sofá orejero, déjense iluminar por la luz que derrama la bombilla, cojan esta novela y durante dos horas no hagan otra cosa que leer/sufrir/padecer/gozar.

Apenas media docena de páginas permiten ya ir leyendo entre jadeos, cuando leemos que un niño deja de reconocerse como tal, como si lo hubieran cambiado, que es lo que sucede, cuando gravemente enfermo sus padres a la desesperada y con el único objetivo de salvarle la vida, la mujer de la casa de verde lo transmigrará, lo sacará de sí mismo, y así vencerá el mal, aunque las consecuencias luego sean irreparables.

El niño se llama David, su madre Carla y ésta se desespera al no reconocer a su retoño en esa figura infantil.
Arranca la novela con Amanda en un hospital, agonizando, a su lado David, preguntándola, de modo inquisitivo, y así Amanda se ve relatando los acontecimientos previos a su llegada al hospital, mientras David, va fiscalizando la narración, evitando que ésta se desvíe, actuando como una voz que le dice a la autora de la novela, qué es lo importante, aquellos detalles que no debe dejar pasar por alto, lo que sintió y experimentó en cada momento, y el recurso funciona porque cada que vez que David habla, lo visualizamos, y la saliva se atraganta, y el ambiente que crea la autora es tan asfixiante, tan sórdido y demencial que una vez que el lector se imagina caminando por este particular “campo del terror”, cualquier cosa lo horripilará, ya sean presencias nocturnas, la sola mención de la curandera, la soja que se mueve mecida por el viento, sin animales a la vista, o el deambular de la hija de Amanda, Nina, que en todo momento parece que vaya a correr el mismo infortunio que David a medida que ésta aparece y desaparece de plano.

Samanta aterroriza al lector, lo envenena, lo narcotiza, y se da la paradoja de que uno quiere que acabe ya la novela comprobar si de una vez se rompe ese hilo que materializa la distancia de rescate (aquel vínculo que una a una madre con sus hijos), pero al mismo tiempo que se siga dilatando hasta que la novela implosione de una vez por todas.

Lo dicho. Dejen dos horas para leer esta novela, y luego me dicen si ha valido la pena o no el esfuerzo (en mi caso, deleite)

Quiero seguir leyendo a Samanta. Creo que lo haré con Pájaros en la boca (2009)