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Resort (Juan Carlos Márquez)

Aquellos que alguna vez hayan ido con niños pequeños a un hotel sito en un lugar turístico playero reconocerán en esta novela de Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) lo ajustado e in/verosímil de las anécdotas que alimentan la narración. Los que no hayan estado, además de unas cuantas risotadas, se harán una fidedigna composición de lugar de lo que deparan estos resort atiborrados de alemanes.

Márquez lo lleva todo al límite, parodiando situaciones cotidianas que su aguda mirada convierten en un auténtico disparate y esperpento, porque lo inteligente de la vitriólica narración es demostrar cómo la naturaleza humana a pesar de verse sofocada a diario por la educación, la cortesía y la diplomacia, a veces se desboca y lleva por ejemplo a un hombre a pelearse con otro sobre la orilla de la playa al ver a su hijo llorando, ofendido, desconsolado y quien sabe si agredido, o cómo la desorganización en un comedor lleva a este mismo hombre a perder los nervios con los camareros, u otro tanto le acontece en la piscina, donde le cantará las cuarenta al socorrista enchufado, ante una realidad burocratizada y mórbida, engordada a golpe de reclamaciones.

A las andanzas de la mujer, el hombre y el niño, se añade otro hilo narrativo de suspense que en parte aviva la narración, pues hay un niño alemán que ha desaparecido en el hotel, lo que le da alas al autor para tratar el asunto de las desapariciones y las consecuencias que esto pudiera acarrear al hotel, al sector turístico e incluso a las relaciones internacionales entre los países implicados, lo que llevará a unos cuantos agentes de policía a pernoctar en el hotel y de paso tener que lidiar estos con algo tan inflamable y capicúa como el deseo del cuerpo de la compañera o de la compañera del cuerpo, así como la fidelidad inhibidora, o la llegada de un bebé al hogar y el olor a ácido del vómito, la habitación como una prolongación del hospital…

No tiene mucho sentido entrar a mayores, porque esto supondría ya un destripamiento de la novela -y ya sabríais entonces quién es el asesino- que podéis leer en un periquete y en mi caso con sumo agrado, porque su falta de pretensiones y su humor (en ocasiones muy gamberro, como la de la voz omnisciente ante al granizado noticiero) me ha complacido tanto (aunque me haya resultado insuficiente su extensión) que éste es el primer libro que leo de Márquez pero no será de Los últimos.

Pedro Mairal

El año del desierto (Pedro Mairal)

El año del desierto de Pedro Mairal es la historia de una amenaza; la intemperie -un desierto que avanza- va cercando la Capital (Buenos Aires), lo que obliga a su población a tener que adaptarse a las nuevas circunstancias. Una amenaza que no es solo climatológica, sino que se ve agravada por la violencia generada por las bandas de la Provincia, que tratan de entrar en la Capital, y la respuesta también violenta del ejército, lo que se traduce en algaradas callejeras y muertos en las calles.

Lo que sucede lo vemos a través de los ojos de la joven María, quien vive con su padre, el cual morirá tras pasar éste varios meses en coma catódico (este es un momento absurdo y muy posiblemente lo mejor de la novela). El novio de María desaparece en una manifestación, es obligado a colaborar con su país tras ser alistado contra su voluntad en el ejército y finalmente acaba desertando y desapareciendo del mapa.

A medida que la intemperie avanza todo se complica; aumentan las dificultades, surgen las tensiones y la carestía hace aflorar los instintos más violentos. A María ya sin su padre y sin ningún familiar cerca, le toca buscarse la vida, después de perder su trabajo como secretaria en una de esas Torres que son como ciudades verticales. María debe reciclarse; como ella son muchos los que a consecuencia de la intemperie (que bien podría ser la Crisis) han perdido sus trabajos y sobreviven como pueden trabajando en lo que se les ofrece, así María, que encontrará empleo haciendo de enfermera en un hospital hasta que le obligan a marcharse a fin de no contraer la enfermedad, limpiando luego camas en hangares de un puerto, oficiando de cantante y barragana en un lupanar, ya bajo el apelativo de Molly, donde la vida de las chicas que trabajan con ella no vale nada, en manos de un Obispo despótico, una María siempre en movimiento, dejando más tarde la Capital, rumbo hacia Luján y finalmente a la deriva ante un horizonte azul monocromático: solo agua y cielo alrededor.

La imaginación de Mairal se cifra en dar cuenta de una ciudad asolada, en crisis, convulsionada, histérica, ante una amenaza que al comienzo de la novela avanza a buen ritmo pero que luego se queda en suspenso, pues uno imagina un escenario mucho más apocalíptico, abocado al precipicio, pero esto no es así, pues a pesar de todo la Capital aguanta, y la gente mejor o peor sigue haciendo su vida (más allá de la Intemperie, y más allá de la Política), incluso como dice alguien en la novela, la desgracia va por barrios y lo que sucede doce cuadras más allá no les concierne, porque cada barrio es un mundo propio. Esto despista, porque sin transición pasamos de vislumbrar el fin de la humanidad a algo que tiene las características propias de una crisis: carestía, manifestaciones violentas, hambrunas, enfermedades, hospitales bajo mínimos, las fuerzas del orden campando a sus anchas, el caos enseñoreándose por las calles, etc.

A las novelas como la presente les encuentro un pero, y es que o se escribe algo radicalmente nuevo o bien todo son ecos, interferencias de películas vistas y libros leídos que se cuelan en la narración. Así, leyendo la novela pensaba en La constelación del perro, en Brilla mar del Edén o en películas como Los últimos días, por citar algunas. Películas y libros, en los que los humanos se enfrentan ante una amenaza, ante lo desconocido, ante algo que decolora su porvenir y ante una situación donde el único afán es ya sobrevivir y en donde las conductas humanas a fin de cuentas siempre son clónicas y donde lo único que pudiera ser para el lector vivificante, subyugante y atractivo, sería una prosa radical, febril, enfermiza, delirante que en Mairal -tirando éste de manual y en una línea muy clásica, a pesar de algunos ribetes gore en las postrimerías- no la he encontrado, más allá de ser la novela un desplazar a María, su personaje, por distintos lugares y escenarios que languidecen, no por la intemperie, sino porque la novela no da mucho más de sí, una vez que las cartas están sobre la mesa y uno anhela entonces más “que acabe ya” que el “que dure sine die”.

El no haber pisado yo nunca Buenos aires y el no ser argentino, implican que mucho de lo que Mairal nos refiere, algo parecido a un palimpsesto en descomposición donde asoman los estratos, tanto a modo metafórico como mediante correspondencias históricas, a uno se le escapen y sólo capte lo arriba enunciado, lo cual tiene algo, o mucho que ver, presumo, con mi valoración de la novela.

Javier Moreno

Acontecimiento (Javier Moreno)

Javier Moreno
2015
Salto de Página
178 páginas

Javier Moreno es un escritor que suscita mi interés. Eso explicaría que haya leído hasta el momento tres novelas suyas: Click, Alma y 2020.

En Acontecimiento, el discurso tiene un mayor peso que la narración.

La novela comienza con esta frase: Si quieres que lo nuestro siga adelante tendrás que buscarte una amante.

Enunciado que le permite al autor reflexionar a través de su personaje sobre las relaciones de pareja cuando a medida que pasan los años la pasión y el deseo dejan paso a la monotonía, cuando las diferencias en la manera de entender el sexo dentro de la pareja entre el hombre y mujer se hacen evidentes y casi irreconciliables.

“El orgasmo era para mí la cúspide de la relación entre dos seres, el modo en el que el placer nos desfiguraba y nos amasaba durante un instante, dinamitaba las convenciones del día a día”.

Una disociación entre amor y sexo de la que nuestro protagonista es capaz, pero que en el caso de su pareja no parece posible.

Hay reflexiones acerca de lo que supone la llegada de un hijo, la paternidad; una oportunidad para volver a creer de nuevo en palabras como la inocencia, la esperanza, el amor incondicional, también irracional: la abominación de los pitagóricos.

Además de los devaneos parejiles y el bálsamo filial también hay lugar para la amistad, ese amor sin sexo que supera cualquier embate. “La amistad entendida como esos dos puntos de un círculo que se separan, pero que fieles a una geometría inapelable, volverán a encontrarse en el futuro”. Así los amigos.

El protagonista es un publicista de éxito, para quien “La estadística es la metafísica de nuestra época”, para quien “Todo acto humano es un acto de consumo”, consciente de que en esta sociedad de la información la publicidad debe adaptarse a un nuevo escenario “donde la persuasión se ve relegada ante la contundencia de los datos (esos datos que dejamos en nuestra presencia en la red). Tú eres así y estos son tus atributos. Cómpralos si puedes”. Esa es la síntesis. El protagonista no es un nativo digital, pero se siente a gusto en las redes sociales, ante dinámicas de reconocimiento y de retuiteo constante, en esos muros de facebook que a pesar de que a mí se me antojan más bien como paredones de la intimidad, enganchan cada vez a más gente.

“La gente se refugia en las redes sociales para ponerse a salvo del azar de esa aglomeración de cuerpos a través de la esfera protectora de los amigos y contactos. Las redes sociales transforman la intensidad de la vida en el aburrimiento de la intimidad, el automatismo de la convención social en la intensidad del mensaje corto”.

La perspectiva del protagonista es la de un horizonte cuyos atributos son la vacuidad y la insignificancia. Un presente tan acelerado ante el que preguntarse “Cómo ser hombres de nuestro tiempo, cuando nuestro tiempo muta demasiado rápido”.

Hay momentos para las infidelidades, donde la prosa del autor mezcla sexo y humor tecnológico “No hay emoticonos para expresar la sensación de mi polla haciéndose sitio a través de su coño húmedo”.

Decía al comienzo que había en la novela más discurso e ideas que sustancia narrativa que se plasma en media docena de momentos puntuales: la escena de cumpleaños de un niño en El Retiro, la conversación que mantiene en una limusina cavernaria con su amigo Antonio, el puñetazo que le arrea en toda la jeta Urdazi, el polvo que echa en un baño a una compañera de trabajo, las reuniones de grupo en el trabajo, la reprimenda a un joven vecino que hurga en su correspondencia…

Y son esas ideas lo mejor de la novela, ideas que trascienden la pátina intelectual, para afianzarse con entidad, merced a momentos discursivos como la Teoría de la españolidad vía jamón, o todo aquello que Javier Moreno tiene que contarnos sobre las redes sociales y las relaciones de pareja, embrollos todos, donde nos perdemos y consumimos, todos.

Polaris

Polaris (Fernando Clemot 2015)

Fernando Clemot
Editorial Salto de Página
2015
185 páginas

Los personajes centrales de Fernando Clemot parecen dar por válida aquella máxima que nos diría que “somos memoria y pasado”.

Tanto el Leo Carver de El golfo de los poetas), como el C. de El libro de las maravillas) y ahora este Christian de Polaris, los tres son más pasado que futuro, e incluso que presente. Los tres son pecios humanos, amasijos de carne arrumbada, sentinas decrépitas que apestan a orines, a podredumbre.
Uno alcoholizado (Leo), el otro desmemoriado (C.) y otro, Christian, ansiado, atormentado, medicalizado y desmemoriado.

Si tengo que elegir un párrafo que explique lo anterior y en definitiva la obra novelada de Clemot sería este:

“Ahora ve usted que el dolor y la memoria discurren siempre por un único conducto, como la orina y el semen, placer y excreción, tormento y memoria, son gotas de mercurio atrapadas en un vidrio. El dolor tiene más vitalidad, se revuelve a menudo y chirría como un hierro al rojo, se gira y larga un zarpazo. El dolor tiene instinto y la memoria no. El dolor se defiende, es una alimaña atrapada en una canalera de obra y la memoria es un asesino más sosegado como podría serlo una enfermedad, tal vez no sea más que eso”.

Eso es. Dolor y memoria. Y ansiedad, y mucho recuerdo atormentando al sujeto que recuerda, que sueña pesadillas, que convive con la ansiedad. Nuestro Christian.

Si El libro de las maravillas transcurría a lo largo de seis días y El golfo de los poetas en cinco, Polaris transcurre a lo largo de unas horas, en las que el doctor de la embarcación Eridanus, Christian, será interrogado por dos hombres, Vedt y Dodt, a fin de esclarecer lo que ha pasado a bordo del barco las horas previas.

No es una narración lineal sino que hay continuos saltos al pasado, donde se irán fraguando las historias de Christian y de otros miembros de la tripulación, que también aparecen en escena, con la II Guerra Mundial como telón de fondo ensangrentado, un narración que al quebrar el tiempo tiene algo de reflujo, algo de resaca, algo hipnótico, que desasosiega y mucho.

La historia va más allá de saber qué es lo que ha sucedido, de conocer por qué razón Christian está siendo interrogado, de dilucidar qué parte de responsabilidad tiene él en esos aciagos acontecimientos.

Clemot nos va decantando la historia gota a gota, con una narración que requiere mucha atención por parte del lector, dado que los diálogos están embutidos en el texto, sin diferenciación y uno debe asignar cada voz que habla a cada uno de los personajes que ocupan la escena, y hay unos cuantos, con mayor o menos presencia.

Por encima del quehacer cotidiano de los miembros de la tripulación está La Central, que guiará las acciones de todos ellos con unas cartas que contienen unas instrucciones que nadie incumple por muy extrañas e irracionales que puedan parecer a priori. Una Central que se conforma como un ente superior, más allá de la razón (o de la sinrazón) y de las pulsiones humanas, reduciendo a todos ellos a meras cobayas, peones de ajedrez de un tablero nuevo que están por moldear, allá por 1960 y con los efectos de la II Guerra Mundial todavía supurando.

Un presente que se dibuja para Christian como un barco anclado en medio de la nada, y un pasado que vuelve una y otra vez a la mente de éste dándole zarpazos, atormentándolo, devorándolo en sueños, vaciándolo de su ser, si es que aún hay algo ahí en su interior que lo haga humano.

Recuerdos que llevan a Christian a su niñez, a la casa paterna, a su hermano enfermo, a las noches bélicas en Creta, en el bando alemán, bajo aquellas estrellas inasibles que siempre estaban ahí, espectadoras mudas de aquellos que como Christian arrastraban su corona de espinas cada día vivido.

Cada libro de Clemot es para mí un acontecimiento. Merece la pena acercarse a sus historias, compartir su mirada musculada, su prosa potente, sus personajes dolientes (alejados de la geografía local) camino del precipicio.

Con este libro Clemot va del “suspense” al notable alto.

Padres, hijos, primates (Jon Bilbao 2011)

Padres, hijos, primates, Jon BilbaoLa cita que da comienzo a libro de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), del escritor Graham Greene, de su obra El tercer hombre, dice así:

Un hombre no cambia porque descubras más cosas sobre él.
Sigue siendo el mismo.

Cuando el libro está llegando a su fin leemos lo siguiente.

Esa furia que sientes no es suficiente. No te ha cambiado. Sigues siendo el mismo de antes. (pag. 149)

Si a un personaje le pase lo que le pase siguiera siendo el mismo, si no nos encontrasemos ante un viaje horizontal, vertical, o transversal, lo que leamos puede llegar a importanos un comino, tanto como las acciones que el protagonista, Joanes en este caso, llevara a cabo, en España, México o en Puerto Rico.

Joanes se encuentra en México, en la Rivera Maya, junto a su mujer y su hija, porque su suegro va a celebrar su boda en Cancún, cuando el huracán Gerald les obligará a dejar el hotel en el que se alojan, desplazándolos a otro en el interior, sin posibilidad de volver a España durante unos días. Joanes mientras tanto espera una llamada, un contrato por suscribir, que podría cambiar la suerte de su negocio.

Lo que comienza siendo un cara a cara entre Joanes y su suegro: la manida relación donde uno (el suegro) ya está de vuelta de todo, un hombre hecho a sí mismo, capaz de arreglar la vida (con sus cuadros) de los suyos, con un chasquido, y el otro es un joven de una generación anterior que se encuentra en edad de demostrarlo todo, a quien las cosas no le van bien con su negocio, y quien ha tenido que claudicar varias veces frente al suegro para obtener financiación, enseguida queda fuera de campo y no se aborda posteriormente.

Luego el asunto del libro se centra, o mejor, se ceba, con la relación que Joanes tuvo con un profesor de matemáticas, en la Escuela de Ingenieros, con quien mantuvo una relación especial. Un profesor prepotente, humillador, vanidoso, odiado por su alumnado en bloque, pero a quien Joanes a pesar de todo ello tributa admiración, aunque más tarde llegue a la conclusión de que fue él, el profesor, quien le destrozó la vida (con esas recomendaciones, o no recomendaciones que le permiten a uno encontrar o no el trabajo de su vida). Luego viene el jueguecito de te conozco, no te conozco, tu cara me suena, ahora sí me acuerdo de ti, etc y unas parrafadas que dejan el suspense en suspenso y la novela tocada de muerte, cuando el autor nos instruye sobre la Inteligencia artificial o la comosgonía de Hörbiger (será que a los Ingenieros, como Jon Bilbao, cuando les da por desbarrar echan mano de lo que conocen)

Como en una novela el autor puede o mejor dicho debe hacer lo que le salga de las falanges, Jon consigue que en México, en una carretera secundaria, Joanes se encuentre con su profesor y la mujer de este, en silla de ruedas, quienes a resultas de un motín acaecido en el autobús en el que viajaban han sido expulsados de las vísceras del autocar y abandonados a su suerte y acontezca entonces el resto de la historia, o la historia en sí, en la que cual película de suspense nos encontramos ante sucesivos golpes de efecto, donde aunque el personaje no cambia (al menos en apariencia, porque es evidente que nuestras acciones sí nos transforman), sí que sucederán muchas cosas, dado que si no hay labor de introspección personal (el autor se guarda mucho de desvelar la naturaleza de sus personajes y con eso juega, cimentando el suspense y alimentando la trama), al menos habrá que enganchar a lector de alguna manera, y nada mejor que echar mano de un buen repertorio de explosiones, crímenes, pinceladas gores, falanges amputadas, monos enfurecidos que saldan deudas pendientes, seres humanos sin escrúpulos que evolucionan desde la sapiencia hacia la violencia, un Huracán que puede arrasarlo todo (por fuera y por dentro), etcétera, para meterlo todo en la batidora y darle al play.
Sí, estamos leyendo una película.
Yo, prefiero verlas (Haute Tension por ejemplo), de ahí que este libro no me haya convencido, a pesar de que Bilbao consigue crear expectación y un ambiente hostil y asfixiante con escasos mimbres.

La prosa de Jon en esta novela (no he leído sus libros de relatos) vuela muy bajito. Se deben hacer virguerías con las palabras (hablamos de un escritor, no de un taxidermista): no es este el caso. La lectura me ha resultado lineal y funcional, nada ambiciosa (no le pido a Jon que escriba como Ospina, pero los mexicanos de Los Tigres hablan como si fueran de Valladolid) ni provocadora. El escenario donde transcurre la historia viene a ser lo de menos. A la postre no es relevante su ubicación en México, el Huracán e incluso el mono de marras, tanto como el negro o el suegro, si bien todo ello facilita la bajada a los infiernos del alma humana de Joanes y del Profesor.

Lo importante podríamos pensar que es el concepto. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para proteger a los nuestros (humanos o primates), o bien para salvar el pellejo?. Sobre esta pregunta, Jon escribe su libro y sus personajes, sus acciones nos ofrecen la respuesta. Si bien no se trata en una primera instancia de una cuestión de supervivencia a vida o muerte, sino más bien de una concatenación de infortunios que mezclados con el resentimiento, los falsos temores, la desconfianza en el otro y la maldad congénita, convierten la naturaleza humana en una bomba de relojería, capaz de todas las macarradas inimaginables.

A pesar de lo escrito aquí, pónganlo todo en solfa y denle una oportunidad a este libro de Jon Bilbao, dado que si buscan otras reseñas en internet, todas ellas, y digo todas, son positivas: no digo más.

Editorial Salto de Página