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Clémence Boulouque

Muerte de un silencio (Clémence Boulouque)

El duelo es ya un género en sí mismo. Estos últimos años he leído, que recuerde, Lo que no tiene nombre, La hora violeta, Idea de la ceniza, Los que miran, Mortal y Rosa. Novelas en las que los que se quedan a este lado recuerdan, sobre el papel, a los que no están: en su mayoría hijos o parejas.

Aquí es Clémence Boulouque (París, 1977) quien rinde su particular homenaje, en este caso a su padre, un mediático juez que acabó quitándose la vida, a finales de 1990, con el terrorismo -contra el que se enfrentaba y que lo tenía en el punto de mira- como una de las causas, quizás no la única, pero sí la que mayor peso tuvo en el devenir luctuoso del mismo. Un terrorismo que como se ve no solo mata directamente, sino también indirectamente, provocando muerte y mucho dolor en los que se quedan.

Clémence va al pasado, organiza sus recuerdos y de una manera muy natural y veraz, se nos ofrece en carne viva, pero ojo, no es este un melodrama que busque convertir al lector en un manantial de ojos que diría Umbral, sino que se nota un trabajo, cierto comedimiento, una selección de las palabras que logran la sintonía perfecta -y aquí creo que la labor de la traductora, Laura Salas Rodríguez, juega un papel decisivo- o quizás no haya tal trabajo y el estilo de Clémence sea este, y a la autora sin mayores alardes, sin efectismo alguno, le broten con esta cadencia los recuerdos, enhebrando una narración que va creciendo hasta el clímax, hasta el suicidio, el momento ya irreversible, aquel que sustituye el presente dolor de la pérdida, por el miedo anterior ante una realidad amenazante.

Hay frases que leídas te arponean, palabras como el Arkanoid que brindan un viaje al pasado, pero prefiero que sea el lector el que las descubra.

Nunca dejarán de sorprenderme las autobiografías de miles de páginas de tantos Funes memoriosos que lo recuerdan todo al detalle. Me reconozco más en lo que hace Clémence. Su pasado son unos pocos recuerdos, simples la mayoría, tan simples como lo es la vida: un tránsito con más sombras que luces, con algunos momentos, pocos, inolvidables, que nos dan algo de relieve, sustancian nuestra memoria y nos afirman y donde la literatura, permita quizás a Clémence darle a su padre otra oportunidad, alzarlo de la alfombra y sentarlo a su lado en el sofá, y darle a través de estas palabras huérfanas, a través de estos recuerdos, un achuchón imposible.

Periférica. 2016. 132 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.

El doctor Héraclius Gloss

El doctor Héraclius Gloss (Guy de Maupassant)

Guy de Maupassant
Periférica
102 páginas
2015
Traducción: Manuel Arranz

Quien decida acercarse a los relatos de Guy de Maupassant (1850-1893) tiene el divertimento asegurado. El humor inteligente también. Con Los domingos de un burgués en París, disfruté de lo lindo (reseña)

Esta novela la escribió Maupassant a los 25 años, es anterior por tanto, a Bola de Sebo y al resto de obras que le consagraron, si bien se publicó un par de décadas después de su muerte.

El protagonista es El Doctor Héraclius, un título, el de doctor, que va pasando de padres a hijos, hasta llegar a él, sin saber precisar nadie en qué es Doctor Héraclius. Gloss está soltero, y entregado al estudio, fajado en buscar la Verdad y la piedra filosofal. Se obsesiona con la metempsicosis, doctrina que cree en la transmigración de almas. Doctrina que tuvo valedores como Pitágoras. Así se llama precisamente el perro de Héraclius.

Esa obsesión por acercarse a esta Verdad parece estar reñida con el sano juicio, y Gloss a ojos vista de sus vecinos adopta un comportamiento extraño, toda vez que al conferir Gloss a los animales un estatuto parejo al humano, no sólo dejará de comer animales sacrificados, aferrándose a la causa vegetariana, sino que su casa devendrá en algo parecido a un zoo doméstico.

Especial relación trabará con un mono, a quien trata de igual a igual, y de quien llega a pensar que es el autor del manuscrito que a Gloss trae de cabeza. Un manuscrito que luego cree haber escrito él, pues a medida que las almas van transmigrando, a lo largo de dos milenios, cree ser Gloss quien lo pergeñó tiempo atrás. Delirios en definitiva.

Brilla el humor de Maupassant a lo largo de todo el relato y hasta su salvaje final va hilando fino, metiendo puyitas, ofreciendo una sátira descacharrante, donde queda claro que los humanos somos capaces de entregar nuestro raciocinio a un postulado, e incluso, poco después, al contrario, siempre lejos del eclecticismo que nos permita picotear de aquí y de allá y forjar nuestro pensamiento propio con mimbres heterogéneos.

La editorial Periférica sitúa en el epicentro de nuestra emoción a Maupassant, un autor fundamental.

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Salvad Venecia (Jean Lorrain 2015)

Jean Lorrain
Editorial Periférica
2015
80 páginas

Esta pieza breve la escribe Jean Lorrain (1855-1906) en 1905. Hace por tanto, 110 años. Ya entonces, el autor quería salvar Venecia a golpe de letra, y a ello se pone, cantando a los cuatro vientos, las gestas, y maravillas sin igual de Venecia, esa ciudad que es más palacio que ciudad, esa reina del mar y hermana de la luna, esa ciudad con más de cien iglesias, y su legión de campanarios horadando el cielo, esa ciudad que no puede dejar indiferente a cual espíritu sensible. No sólo Lorrain, otros famosos como D´Annunzio, Byron, Musset, Wagner, Maurice Barrès, también se quedaron prendado de Venecia y propalaron sus virtudes.

Se lamenta Lorrain de que un tal Thomas Cook puso en aquellas fechas en marcha en Venecia el turismo de masas. Si a comienzos del siglo XX aquello era una locura con turistas en su mayoría europeos, ahora, con la llegada de esos monstruos marinos que conocemos como transatlánticos, la cosa, lejos de mejorar ha empeorado, hasta límites grotescos.

Ya entonces, se pensó incluso en soterrar todos los canales, en asfaltar toda la ciudad, la cual sería como despojar a Venecia de sus atributos. A día de hoy, Venecia, esa ciudad que emerge de la laguna, es lo que es por su canales, por esas avenidas y calles de agua que son su seña de identidad y su reclamo.

El año pasado fui a Venecia con la ilusión de visitar esa ciudad o Palacio sobre la laguna y apenas pude ver nada entre riadas de turistas (como yo), así que mi estancia en dicha ciudad me dejó un regusto amargo.

Ahora bien, a día de hoy, no sé si hay algún momento propicio para visitar la ciudad, cuando el turismo es para Venecia su razón de ser (y veremos sí también, de perecer).

Acaba la novela con una cartita que Lorrain escribe a su madre, a quien pide que la guarde, para más adelante tener éste una prueba por escrito sobre qué impresión le causó la ciudad la primera vez que la visitó.

A quienes como Lorrain se dedican al buen vivir y no les faltan recursos ni posibles, Venecia les ofrece muchas posibilidades.

A quienes entonces y ahora se ganan el pan con el sudor de su frente, Venecia se les antojará como otra ciudad cualquiera, cuya belleza ni les toca, ni seduce, más proclives al hedor de los canales que a otros pensamientos fruto de la ensoñación y la inflamación poética.

Idea de la ceniza

Idea de la ceniza (María Virginia Jaua 2015)

María Virginia Jaua
Editorial Periférica
2015
168 páginas

Idea de la ceniza es la primera novela de María Virginia Jaua (Madrid, 1971).

A medida que leemos, a menudo, reverberan en nuestras cabezas ecos de otras lecturas. En este caso, leyendo esta novela, no me quitaba de la cabeza Contra el viento del norte de Glattauer. Aquí, y al igual que en la novela de Glattauer, un hombre y una mujer, avivan su deseo mutuo, mediante correos electrónicos.
La diferencia es que en la novela de Jaua, los amantes sí se conocen, se han visto, han estado unas horas juntas, y una vez separados, disociados, sienten que tienen, que quieren estar juntos de nuevo, que lejos del ser amado, nada vale la pena, nada tiene sentido, nada les reconcilia con el día a día y todo es un estado de espera o desespera, que aflige y lacera. Nada que no sepa aquel que alguna vez se enamoró.

Como a ninguno de los dos les va Skype, ni similares, sino escribir, la manera que tienen de comunicarse, de contarse sus pensamientos, sus desvelos, sus sueños y fantasías, es a través de la palabra escrita.
La narración opera pues como una suma de correos, de ida y vuelta, de afirmaciones y réplicas.

El amor apasionado, en toda relación que se principia, reduce y esclaviza los pensamientos (los muy elevados también) al roce de la piel ajena, la palabra a un jadeo, la esperanza a una carne que tremola al ser acariciada.

Ambos, se escriben, se quieren, se desean, se anhelan, se ven juntos, y les separa un océano y la comunicación virtual es mejor que nada, pero a la postre un artificio, mera tecnología, algo muy alejado de la persuasión de una caricia, de un beso con saliva, de una lengua lamiendo oquedades…

Sienten ambos dos que sus vidas más allá de la distancia, están unidas, telepática, física, intelectual, sexual, escritura y espiritualmente. Ahí es nada.

Y todo lo que empieza acaba. Y (SPOILER) acaba bien, en principio.

La pareja se junta, se ven las caritas, colman su deseo, el oráculo les da la razón. Estaban hechos el uno para el otro. Se casan.
Y luego viene la muerte, y a él se lo lleva.
Y ella pergeña entonces este libro autobiográfico, como epitafio, “como ese monumento a la inexistencia de los otros, a la exclusiva existencia de los nombres, de su escritura, aunque no se hayan pronunciado ni se hayan escrito“.

Jaua antes de acometer la narracion @pistolar, diserta sobre el duelo, sobres esa asunción del vacío que deja siempre el que se va y Jaua nos quiere ahí, a nosotros lectores, para conmemorar este amor suyo completo, pleno, materializado, en su lucha contra los elementos. Un amor a su vez truncado, huérfano, ya, no correspondido, asimétrico. Y ante ese duelo la pregunta no es “qué muere o quién muere, sino qué, de toda esa experiencia, sobrevive”.

Hoteles

Hoteles (Maximiliano Barrientos 2011)

Maximiliano Barrientos
126 páginas
2011
Editorial Periférica

La última novela de Maximiliano Barrientos, La desaparición del paisaje, es la crónica de un regreso, un ejercicio de reconstrucción de un pasado, velado, cercenado y fragmentado. En esta novela, escrita en 2011, los personajes en lugar de regresar, huyen, son fugitivos de sus propias vidas, que se extravían por carreteras desiertas, dormitando en Hoteles, hablando con extraños, acumulando kilómetros, y experiencias, quieren creer que construyéndose un pasado, fabricando imágenes, que son las que construye y plasma sobre el papel Barrientos, flashes de escaso impacto, como cuando nos alumbran con una linterna y luego el haz de luz se dirige a otra parte.

El autor registra este tiempo fugitivo en tres voces que narran. Las voces de Tero, Abigail y Adriana. La última, es una niña que fantasea con los efectos de una tercera guerra mundial. Los dos primeros una pareja de adultos, ex actores porno. Circunstancia esta que parece reclamar una atención que luego cae en saco roto, dado que esa profesión no afectará a la historia en grado mínimo (más allá del típico tópico que hace que la gente rechace o no mire con buenos ojos a quienes hacen de la pornografía su medio de vida).

Barrientos plasma la sociedad líquida en la se insertan estos jóvenes. Si la vida de sus padres fueron largos viajes, relaciones duraderas, costumbres solidificadas, la de estos jóvenes por el contrario es la vida del movimiento, del deambular en múltiples viajes rápidos, cortos y a menudo dolorosas relaciones.

Si en La desaparición del paisaje Barrientos (novela de mucho mayor recorrido que esta) ofrecía una mirada capaz de emocionar, estos Hoteles, y el deambular de los personajes, deja poco margen a la imaginación. Sus personajes son como los coches que vemos pasar desde un área de servicio a toda velocidad: presencias reales a quienes la velocidad transfiere la cualidad de fantasmagóricas y episódicas.

La lectura de Hoteles me confirma el salto que Barrientos ha dado en estos cuatro años. Aquí ya había cosas que iban cogiendo forma, personajes que pedían la palabra, cierto estilo embrionario, que en su última novela Barrientos resuelve con maestría
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