Archivo de la categoría: Laura Salas Rodríguez

Joseph Delteil

En el río del amor (Joseph Delteil)

Pienso en Joseph Delteil que deja su pueblo y se muda a París en 1922 y allá a sus 28 años se faja en la escritura de una novela (esta que nos ocupa con la que llamaría la atención de figuras surrealistas como Louis Aragon y André Breton) que le permitirá viajar mentalmente, a él y a nosotros lectores, hasta lugares recónditos -nada menos que hasta Sajalín, Pekín, Mukden, al río Amur…- fantasear y entregarse al aliento cálido de la voluptuosidad, entre guerras orgiásticas, con mujeres guerreras al frente de distintos ejércitos, y dos personajes, dos desertores bolcheviques como un falo de dos cabezas, la de Borís y la de Nikolái, que desean y aman a las mismas mujeres hasta que en su camino se cruza la correosa Ludmila que los seducirá a ambos, los trastornará, los separará y acabarán río abajo, como esas vidas que van a dar a la mar, todo ello para referir acontecimientos violentos, trágicos, amorosos, sensuales, con una prosa poética, fragante, descriptiva, toponímica, cuyo barroquismo y orientalismo o nos ensimisma y transporta a regiones superiores o alimenta nuestra indiferencia y pasotismo. Me he quedado a medio camino.
La portada del libro me recuerda al cartel de la película El desconocido del lago.

Editorial Periférica. 2017. 136 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.

Kim Thuy Periférica

Mãn (Kim Thúy)

Dice la narradora que Mãn significa la enteramente colmada, la que no tiene nada que desear. Curioso porque ella crece sin sueños, sin esperanzas, sin futuro y con un pasado al que va una y otra vez para que sepamos de su existencia triste, de la ausencia de caricias, de la presencia femenina en su vida pretérita y luego un presente con un restaurante (pocas recuerdos son tan poderosos como los evocados por el aroma y el sabor de ciertos platos) y un marido y dos hijos y el tornado de un amor inopinado que brotará y correrá el riesgo de arrasarlo todo: ese nido que dice haber construido ramita a ramita durante dos décadas.

La narración de Kim Thúy (Saigón, 1968) corre el riesgo de resultar ñoña y si no lo es poco le falta. He leído algunos libros traducidos por Laura Salas Rodríguez (como Muerte de un silencio) y tengo la sensación (que ya he comentado en otra ocasión) de que la traducción mejora el libro, pues en los poemas y en libros como el presente cada palabra tiene tal peso específico que cambiar una palabra supone pasar de la tibieza a la emoción.

El otro día leía El canto del cuco en el que Abel Hernández comentaba que en su niñez su madre por las noches le leía a él y a otros familiares el Quijote. Aquí sucede lo propio con Maupassant. Sucede que uno acaba amando a un escritor, luego su lengua, y finalmente su país. En el caso de la narradora quizás esto no sucede pues al dejar Vietnam y mudarse a Canadá, se queda en esa tierra de nadie donde uno no es ya de ninguna parte y extranjero en todos los lugares.

Los apuntes históricos, como la unificación de Vietnam del norte y el sur, con los comunistas en el poder y sus consecuencias (que la narradora sufre en primer persona), son la parte del libro que más me ha interesado.

Periférica. 2016. 134 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.

Clémence Boulouque

Muerte de un silencio (Clémence Boulouque)

El duelo es ya un género en sí mismo. Estos últimos años he leído, que recuerde, Lo que no tiene nombre, La hora violeta, Idea de la ceniza, Los que miran, Mortal y Rosa. Novelas en las que los que se quedan a este lado recuerdan, sobre el papel, a los que no están: en su mayoría hijos o parejas.

Aquí es Clémence Boulouque (París, 1977) quien rinde su particular homenaje, en este caso a su padre, un mediático juez que acabó quitándose la vida, a finales de 1990, con el terrorismo -contra el que se enfrentaba y que lo tenía en el punto de mira- como una de las causas, quizás no la única, pero sí la que mayor peso tuvo en el devenir luctuoso del mismo. Un terrorismo que como se ve no solo mata directamente, sino también indirectamente, provocando muerte y mucho dolor en los que se quedan.

Clémence va al pasado, organiza sus recuerdos y de una manera muy natural y veraz, se nos ofrece en carne viva, pero ojo, no es este un melodrama que busque convertir al lector en un manantial de ojos que diría Umbral, sino que se nota un trabajo, cierto comedimiento, una selección de las palabras que logran la sintonía perfecta -y aquí creo que la labor de la traductora, Laura Salas Rodríguez, juega un papel decisivo- o quizás no haya tal trabajo y el estilo de Clémence sea este, y a la autora sin mayores alardes, sin efectismo alguno, le broten con esta cadencia los recuerdos, enhebrando una narración que va creciendo hasta el clímax, hasta el suicidio, el momento ya irreversible, aquel que sustituye el presente dolor de la pérdida, por el miedo anterior ante una realidad amenazante.

Hay frases que leídas te arponean, palabras como el Arkanoid que brindan un viaje al pasado, pero prefiero que sea el lector el que las descubra.

Nunca dejarán de sorprenderme las autobiografías de miles de páginas de tantos Funes memoriosos que lo recuerdan todo al detalle. Me reconozco más en lo que hace Clémence. Su pasado son unos pocos recuerdos, simples la mayoría, tan simples como lo es la vida: un tránsito con más sombras que luces, con algunos momentos, pocos, inolvidables, que nos dan algo de relieve, sustancian nuestra memoria y nos afirman y donde la literatura, permita quizás a Clémence darle a su padre otra oportunidad, alzarlo de la alfombra y sentarlo a su lado en el sofá, y darle a través de estas palabras huérfanas, a través de estos recuerdos, un achuchón imposible.

Periférica. 2016. 132 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.

El camino de los difuntos

El camino de los difuntos (François Sureau 2015)

François Sureau
Editorial Periférica
2015
Traducción de Laura Salas Rodriguez
48 páginas

Supongamos que hay algo que nos atormenta, que nos aflige, que nos reconcome a lo largo de los años. Supongamos que la culpa tiene poderes de los que el amor carece y un rostro que no podemos olvidar. Supongamos que el remordimiento nos obliga a hacer algo. Podemos entonces tomar confesión si somos creyentes y expiar nuestras culpas. Podemos poner fin a nuestra existencia, cesando así nuestro penar. Podemos también emplear la literatura y escribir un libro, y en 39 páginas, dejar por escrito, que aquello que hizo uno hace mucho tiempo, en gran medida, tuvo mucho que ver con la muerte de alguien. Ese alguien, tiene nombre. Ese alguien es Ibarrategui, un etarra, implicado en la muerte, en 1968, del Comisario Melitón Manzanas, que en 1969 huye a París y allí vive, hasta que un buen día no le conceden el asilo al que aspira y lo mandan de vuelta a España, al País Vasco. Algo que Ibarrategui no desea, que él no quiere, porque sabe que le tienen muchas ganas, todavía más, tras haber criticado por escrito el asesinato de Carrero Blanco en 1973, sabedor de que la dictadura ya no existe en España, pero personas con ganas de verlo muerto, muchas. Y así es. Así sucede. Ibarrategui vuelve, y lo tirotean y así muere. Y quien narra esta historia, es uno de los jueces que negó el asilo a Ibarrategui, el mismo, a quien esta decisión torturará ya por siempre. El mismo que 30 años después de la muerte de Ibarrategui irá al País Vasco, hasta el cementerio de Zestoa, donde está enterrado, caminando desde el caserío donde Ibarrategui vivía, sin saber nunca, si ese camino que recorrió era el camino de los difuntos o no. Y si el autor se siente mejor ahora que antes de escribir el libro no lo sé, pero que a mí me ha maravillado lo mucho que se puede hacer con tan poco, he de decirlo. A los amantes de esos libros que se leen en menos de una hora, leerlo. Al resto, por supuesto, leerlo también. No, no se vayan todavía. Ahora supongamos que Ibarrategui no existió, que el relato no es autobiográfico, sino que todo es una ficción que resulta, eso sí, muy veraz. ¿Cómo se les queda el cuerpo?.