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Sylvia

sylvia (Celso Castro)

sylvia es la cuarta novela que leo de Celso Castro -novela breve, poco más de cien páginas, con interlineados generosos y unas cuantas páginas en blanco- y me parece indudable que el autor tiene un estilo ya reconocible, lo cual tiene sus pros y sus contras. Sylvia creo que afianza o consolida lo perpetrado en sus anteriores novelas. El protagonista es un joven que vive con su madre, su padre se ha suicidado, tiene tendencias suicidas y juguetea con las drogas, con la más dura de todas: el amor. El prota y narrador que refiere los hechos a ese alguien -que somos nosotros los lectores-, recorre los círculos dantescos, pasando del magro paraíso del enamoramiento, del sexo caudaloso, del mundo sobrante más allá del confín epidérmico de su amada, casamiento incluido, al infierno de la separación temporal, del distanciamiento, de los celos degradantes, de las pajas –ya mentales-, del derrumbe emocional, de las consecuencias derivadas de la exposición y vulnerabilidad ante su amada, y luego el tratar de arreglar las cosas, o acabar de joderlas, trayendo un niño al mundo. Celso lo fía todo a los sentimientos humanos: lo que el narrador siente hacia su padre suicida, hacia su madre, hacia su esposa; unos sentimientos que es muy posible que susciten nuestros recelos, porque si no te crees lo que lees, malo, y esa sensación he tenido, más allá de algunos detalles, que muestran lo mejor del autor, como ese no abrazo materno que resulta mucho más doloroso que cualquiera de las reprimendas decibélicas maternas. Celso se decanta por el humor trágico y absurdo y como su personaje tiene todas las rarezas posibles y le dan venadas de todo tipo, todo comportamiento quedaría así justificado, lo que tiene su riesgo si uno espera cierta coherencia en la narración. A no ser que nos quedemos simplemente en lo delirante de la propuesta, en el abundante humor que se gasta Celso, que propicia a cada rato la carcajada, en esa mofa continua hacia aquello que nos salva y aniquila: el amor, y las puyas continuas hacia la poesía, por parte de Celso, un poeta, que corre el riesgo de acabar (si no lo está haciendo ya) escribiendo una prosa automática.

Destino. 2017. 128 páginas

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entre culebras y extraños (celso castro 2015)

celso castro
Editorial Destino
2015
154 páginas

para mí un libro nuevo de celso castro es un acontecimiento. acometí entre culebras y extraños, que así se titula lo último de celso con ilusión, y he quedado con su lectura más que satisfecho

he leído las dos anteriores novelas de castro, el afinador de habitaciones y astillas, y ésta última sigue la misma línea y tiene el mismo (buen) estilo

hay quien busca una salida en los libros de autoayuda. yo encuentro una salida o varias en los libros de celso

el protagonista, de nuevo es un joven adolescente, que vive con su madre, a quien se le muere el padre con 16 años, quien gusta de reflexionar, abismado entre lecturas filosóficas de filósofos atormentados, pesimistas, apesadumbrados: nietzsche, schopenhauer, kierkegaard y siempre anda con citas de ellos en la boca, con los perros de schopenhauer, con el caballo de nietzche y en todos ellos encuentra el acomodo racional a sus cuitas, a sus tormentos

el joven a ama a sofía, es por ende un filósofo, amante del saber, del conocimiento, empezando por él mismo, y cuando uno hurga y remueve en su interior, a medida que va tocando las fibras de su ser, las cuerdas de su alma, la música que reverbera tiene más de requiem que de charanga

y es la mirada del joven una mirada tan franca, tan realista, tan inteligente, tan inocente, tan bello su sentir, tan puros sus sentimientos, que celso logra desarmarme, arrasarme por dentro, vencer mis defensas, aniquilarme, reducirme a la nada, a tal punto que uno no sabe si las postreras lágrimas son de alegría o de tristeza

celso, un alquimista, del tedio no, de las verdaderas emociones

deseo que su siguiente novela, si la hay, no sea dentro de cuatro años

El último lapón (Olivier Truc 2013)

El último lapón Olivier Truc
Olivier Truc
2012
Editorial Destino
505 páginas

De un libro ambientado en Laponia, en un territorio compartido por Suecos, Noruegos y Fineses, superado el círculo polar ártico, donde durante buena parte del año no hay apenas luz y donde hace un frío del carajo, donde la gente uno se imagina que tiene que ser dura de pelar, esperaba tener entre manos una historia consistente, dura, potente, salvaje, glacial y si me apuran, atípica, habida cuenta del marco en el que se desarrolla.

El periodista metido a escritor (una moda muy popular por estos lares: David Cantero, Baltasar Magro, Pilar Navarro, Teresa Viejo, Màxim Huerta, Isabel San Sebastián, Marta Robles, Arturo Pérez-Reverte…) , el frances Olivier Truc residente en Suecia, nos brinda un noir ártico, esto es, la típica novela negra (muy mediocre en este caso) donde hay algunos crímenes, amputaciones de orejas, un tambor sami desaparecido y unos mapas que pueden brindar la ocasión de descubrir una mina de oro o de uranio. Ahí es nada.

Como Truc parece ser que conoce bien el tema de las minorías, aprovecha sus conocimientos para meterlos de rondón en el libro, y ahí tenemos a los lapones, los samis, los noruegos corrientes, el Partido del Progreso, todo ello de manera testimonial, porque todo lo que se nos cuenta queda en la superficie y no puede resultar más ramplón y patatero. De ahí que algo tan jugoso como es la colonización o el desmantelamiento de razas autóctonas como eran los lapones en Escandinavia se reduzca a un mero titular, a un breve enunciado, ese barniz que a muchísimos libros les permite colgarse la etiqueta de novela histórica.

Truc escribe bastante mal, o quizá sea que la traducción tampoco brilla a gran nivel, y ciertas cosas las he tenido que releer para confirmar la pésima redacción de muchas partes del libro, con una sintaxis que centrífugaba mi ánimo lector hacia otras latitudes.

Aparecen por ahí cosas como “el culo altivo” (digo yo que mejor sería hablar de un culo en pompa o respingón que de un culo altivo o erguido), propio de los toreros españoles (o eso nos cuenta Truc), el inspector de policía que “picotea” una y otra vez (de hecho parece que no sabe hacer otra cosa) en su bol de regalices, frases hechas como: andaba como Pedro por su casa, a ojo de buen cubero, así a la buena de Dios o esas reiterativas miradas torvas (¿acaso no hay otra manera de mirar?) y demás elementos literarios que maneja con poco tino Truc que lejos de resultar atractivos desincentivan la lectura.

Esta manera de escribir plana, ramplona y funcional, a Truc le funciona, dado que muchos lectores entienden y alaban el libro de Truc como “un libro ameno y de fácil lectura“, amén de estar contentos y felices porque ahora saben muchas más cosas sobre los lapones y el desprecio de algunos nórdicos hacia ciertas minorias escandinavas.

El protagonista es Klemet, un policía de los renos próximo a la jubilación, que en sus años mozos no se comía en un colín, asentado en su rol de pagafantas, que maldice en el momento presente todos los polvos que no echó en su día, si bien eso le brindó el papel de chico bueno. Como estaba entrado en carnes, le decían Gordo y se fue de su pueblo, y volvió de la academia de policía un tiempo después todo cachitas, a pesar de lo cual sigue solito. A su lado -cosas de la paridad- le ponen a una compañera, Nina, la cual se nos describe como sensual con senos que se marcan groseramente debajo de sus jerseys…¿sigo?….

En escena aparece un geólogo francés, que quiere ir en contra de las convenciones, ¿cómo?. pues metiendo mano o violando niñas.
Los personajes de Truc son todos ellos caricaturas, y sus vidas, una suma de clichés, en un libro poblado de lugares comunes. ¿Se puede hablar del Congo y no citar el coltán?. Sí, se puede, pero Truc va a lo fácil y sus personajes tienen la misma entidad y calado psicológico que un lapicero.

De vez en cuando y para que los capítulos no mueran de inanición, Truc se centra en el paisaje, en la tundra, en la nieve en el alfeizar de las casas, en los lagos helados, en las auroras boreales, en las bajas temperaturas, en los copazos de nieve que caen, etc.

Y en la página 300, mi idea es devolver el libro, porque me parece una pérdida de tiempo su lectura, porque además de ser aburrido, no pasa nada (y lo poco que se narra es un despropósito), porque no hay humor, ningún fogonazo, nada inteligente que invite a seguir. Todo lo leído se me antoja tan simple como los personajes y sutuaciones que describe.
Pero yo sigo, no porque me interese lo más mínimo saber quién mató a Mattis, si aparecerá el tambor, si Klemet se acostará con Nina o si encontrarán la mina de oro, si no más que nada por saber si Aslak va a mandar al geólogo al otro barrio o no, si le arrancará el corazón con las manos y se lo dará luego a comer a su renos…

Los diálogos son tema aparte, para Truc su novela es algo parecido a un entretenimiento para adolescentes albardados, por lo cual, todo se debe dar bien mascadito y bien puesto en bandeja al lector, para que éste no se esfuerce lo más mínimo, y así Klemet y Nina se comunican como si fueran imbéciles, jugando, dándose codazos al constatar lo chuli y super divertido de la muerte, que es resolver un caso, flipando con lo bien que encajan todas las piezas (porque siempre aparecerá en escena alguien que les pondrá en la dirección correcta), mientras el lector (yo no) se verá complacido ante una novela que de tan ligera resulta inane, intrascendente e infumable.

El guardián invisible (Dolores Redondo 2013)

El guardián invisible
Dolores Redondo
2013
Editorial Destino
433 páginas

A Dolores le ha salido un libro redondo. El guardián invisible no es su primera novela, pero es la que le ha dado a conocer al gran público. No cultivo mucho el género de la novela negra, que en algunas librerías ocupa unos cuantos metros del frontal y cada vez vende más, pero de vez en cuando sí que tengo a bien hincarle el diente a novelas como esta.

Una vez leída puedo decir que queme que me ha gustado y he experimentado algparecido a lo que sentí (o creo recordar que sentí) cuando hace años leí Némesis de Jo Nesbo u Ojos de agua de Domingo Villar.

La historia transcurre en el Valle del Baztán, en Elizondo, donde se están cometiendo unos asesinatos de niñas en la preadolescencia. La inspectora Ainhoa es la encargada del caso, y le toca jugar en casa, pues aunque vive en Pamplona, nació en Elizondo y conoce de primera mano la forma de ser y de vivir de sus paisanos, así como las leyendas del lugar; leyendas que hablan de brujas, de seres como el Basajaun, que forman parte del imaginario colectivo, leyendas a las que aferrarse cuando la cruda realidad les acerca al precipicio y entonces la magia o la brujería es una salida o un agarradera como otra cualquiera para las gentes del lugar.

Ainhoa deberá exorcizar los fantasmas del pasado, desempolvar y arrostrar esos recuerdos que yacen en su memoria dormida, espoleada en sus recurrentes pesadillas, recuerdos dolorosos, dado que su infancia no fue fácil, gracias a una madre nada maternal. A su vez, la relación con su hermana Flora es también turbulenta, agria, ya que sus vidas corren paralelas, desde la niñez, sin puntos de encuentro, enzarzadas en discusiones estériles y manidas, con palabras repletas de amargor, inquina y resentimiento. Al menos por parte de Flora.

El libro transcurre de tal manera que a medida que se van cometiendo los crímenes y Ainhoa y su equipo tratan de poner rostro al asesino, la autora nos va contando de rondón la niñez de Ainhoa, la relación con sus padres y hermanas, su paso por la base del FBI en Quantico, EEUU, su relación con James, sus más y sus menos con otros compañeros de trabajo que lejos de alegrarse por lo bien que le van las cosas, la desprecian y minusvaloran.

Como marco, El Baztán, la niebla, el frío, la lluvia, la humedad, unos parajes plagados de leyendas, supercherías, transmitidas de generación en generación, leyendas de las que nadie es capaz de renegar, pues incluso la propia inspectora en el curso de su investigación se verá obligada a hacer acopio de buenas dosis de racionalidad para no dejarse ir por ciertos derroteros mentales que la arrimarían a las leyendas tantas veces escuchadas alrededor de un fuego, o de un brasero.

Dolores Redondo busca cierta carga psicológica en cuanto se cuenta y tanto los avances de la investigación como las otras historias más personales sirven para dar más consistencia al personaje de Ainhoa, y siendo uno Riojano ciertas cosas que he leído, ciertos giros y formas de expresarse de Ainhoa y de los navarros que la rodean, me hacen gracia, por lo que tienen de coloquial y de conocido, además el pueblo de Elizondo lo tenemos bastante próximo e incluso recuerdo haber comprado, no txatingorris, sino chocolate negro con almendras delicioso, en el obrador de la pastelería Malkorra.

El ritmo de la novela es trepidante, sí, este uno de esos libros que no puedes soltar hasta que lo acabas y la intensidad de la lectura no decae en ningún momento, pero como todo tiene que acabar, cuando todo se precipita, y las piezas van encajando sientes un vacío y cierta tristeza camino del mostrador de la biblioteca.