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84, Charing Cross Road (Helene Hanff)

¡Qué grandeza de libro contenida en tan poca extensión¡. Había leído alguna novela anteriormente como Contra el viento del norte basada también en un intercambio epistolar (en aquella ocasión era un intercambio de correos electrónicos), pero allí lo que se dirimía era si al final los dos tórtolos epistolares llegarían a verse las caras y los cuerpos. Aquí no media el amor, sino el afecto que surge entre una americana amante de los libros y de las palabras y los distintos empleados de una librería de segunda mano sita en Londres. Surge un intercambio de misivas avivado por el genio y descaro de ella, Helene, la cual va construyendo una relación con buena parte de los destinatarios de sus cartas, al ir estas secundadas por viandas que son muy bien recibidas en el Londres racionado de la posguerra.

Lo jodido es que la vida pasa, las cartas van y vienen como los años, la parca va haciendo su trabajo y al final solo quedan los buenos recuerdos y la añoranza de lo que no llegó a consumarse. Novela que me ha resultado muy triste, a la par que luminosa, porque Helene nos muestra la vida sin edulcorantes, una realidad aderezada con humor y mucho empuje.

Un valor añadido es lo relacionado con lo libresco: los subrayados que Helene Hanff (1916-1997) lleva a cabo en los libros que le gustan para los posibles futuros lectores, los libros malos de los que se desprende sin miramientos, los comentarios sobre las novelas -como las de Austen- que lee, las traducciones que cercenan libros dejándolos sin sustancia alguna, el no comprar un libro que no haya leído antes (algo que a mí me resulta muy difícil de cumplir), y su amor hacia el libro como un objeto imperecedero y de culto, ahí quedan las descripciones de las encuadernaciones, del tacto de las portadas, de los lomos de piel…; unos cuantos detalles, en suma, que me han complacido enormemente.

Anagrama. 2002. 126 páginas. Traducción de Javier Calzada.

9788430607969

Algo va mal (Tony Judt)

Tony Judt (1948-2010) escribe este libro con la ayuda de sus amigos, antes de morir en 2010, postrado en su cama, aquejado de esclerosis lateral amitriófica. Lo podemos entender como un testamento en el que Judt apuesta por la socialdemocracia, la mejor opción política para él. Se lamenta de la indiferencia de la que adolece el electorado, de su desencanto, de ese vacío corrosivo que debilita el tejido social y el sentido de la comunidad. Reflexiona sobre la pérdida de valores y cómo el afán de tener, el utilitarismo, las escuelas de negocios, cristalizan en un único objetivo vital: amasar fortunas.

Un devenir que Judt define como albur moral. Critica cómo la desigualdad cada vez mayor en todas las sociedades deja en manos de unos pocos la riqueza que se distribuye mal, lo cual origina problemas de todo tipo y para ello recurre a los pensamientos de Adam Smith y Keynes. Expone el modelo de los países nórdicos, donde mejor se vive, y donde menos desigualdades económicas hay entre ricos y pobres. Pueblos marcados por la homogeneidad.
Judt en estos ensayos se centra en los Estados Unidos y en el Reino Unido, y deja de lado casi toda Europa y el resto del mundo. Muy presente Thatcher y George W. Bush y su desmantelamiento de lo público, a golpe de privatización, que según Judt resultan ineficientes, fiándolo todo a la mano invisible del mercado, la cual vemos que a menudo es mano de trilero.

Según Judt este es un libro (que a ratos resulta redundante) para los jóvenes, una invitación a pensar de forma crítica, porque cree que es necesario el debate, los argumentos, el ejercicio crítico, no escurrir el bulto, eludir las categorías y las etiquetas, renovar el lenguaje, hablar diferente para pensar diferente.

Creo que leyendo estos ensayos hay material de sobra para reflexionar, pues el debate sobre qué es y qué debe ser la izquierda y el socialismo hoy en día, qué espacio debe ocupar en el escenario político, es un debate abierto e interesante viendo cómo no es difícil caer en los extremismos, en los radicalismos, en la xenofobia, en la insolidaridad, cuando las crisis económicas, las altas tasas de desempleo, una globalización que no beneficia más que a unos pocos, una pésima distribución de la riqueza, los atentados que golpean indiscriminadamente en cualquier ciudad, el desencanto y la desconfianza ciudadana hacia la política, el olvido de la historia reciente, el vaciado de la ética en la política, aupan al poder a productos tóxicos como Trump, que Judt no llegó a ver.

Tony Judt en Devaneos | El refugio de la memoria

La librería

La librería (Penelope Fitzgerald)

Disfruté mucho con otro libro de Penelope, La flor azul y La librería me ha parecido una notable narración. La historia cifra la imposibilidad de una mujer de sacar adelante su proyecto empresarial: una librería, en 1959, en Hardborough, un pequeño pueblo inglés costero donde todos se conocen (y detestan, donde la argamasa de la realidad son los dimes y diretes) y en donde el interés por la lectura parece ser mínimo. Florence, la librera, se empecina con la idea, un tanto peregrina, pues no parece que los lugareños estén dispuestos a pagar por leer y en todo caso ven con mejores ojos la instalación de una biblioteca, que no afectaría a sus bolsillos.

Penelope muestra de manera sucinta y precisa todas las trabas que Florence encuentra para poner en pie su librería y después para mantenerla a flote a duras penas hasta que finalmente la comunidad (ese ente maligno y devastador, sirviéndose de leyes ad hoc) se salga con la suya y Florence se tenga que ir con la música (o la literatura) a otra parte.

Hace un par de meses se estrenó la película de Isabel Coixet basada en la novela de Penelope Fitzgerald.

Impedimenta. Traducción de Ana Bustelo. 192 páginas.

Virginia Woolf

Flush (Virginia Woolf)

En la demoledora Patas de perro el protagonista era un niño, mitad perro mitad humano. En Tuyo es el mañana uno de los narradores era un galgo. Virginia Woolf en esta breve novela pergeña una biografía de un perro, un cocker spaniel, que atiende al nombre de Flush. Lo original pasa por ponerse en la piel de un perro, y ajustar su mirada a la visión de un perro, a la altura de la rodilla. Un mundo -en la década de los cuarenta del siglo XIX- que el can aprehende a través de los colores, los olores y que brinda secuencias muy interesantes como el estado de agitación en el que se halla su dueña, la famosa poetisa victoriana Elizabeth Barrett Browning (1806-1861), cuando ésta se prenda del que sería su marido, Robert Browning o cuando nace el hijo de ambos.
“La superioridad de Flush sobre los seres humanos estriba en la posibilidad de sentir y la incapacidad para expresarse por medio de palabras. Puede captar olores, tonos, acentos peculiares. “Conocía Florencia como jamás la conoció ningún ser humano, como no la conocieron ni Ruskin ni George Eliot. La conocía como sólo la pueden conocer los mudos. Ni una sola palabra de sus innumerables sensaciones se sometió nunca a la deformidad de las palabras”.

Por medio hay cierta intriga, como cuando el perro es secuestrado en las calles de Londres por unos pandilleros barriobajeros, en Wimpole street, al no ir Flush atado, y cuya liberación se producirá tras el depósito de una cantidad y tras pasar Flush unos ratos atroces, sin saber en ningún momento que iba a ser de él.

Luego, Elizabeth, Robert, Lily Wilson (la criada) y el can se trasladan como unos peregrinos de la belleza a Italia. Se asientan en Pisa y luego en Florencia. El contraste entre el ambiente londinense con su frío, su humedad, su grisura, y el bienestar italiano, con su sol, su calor, su luz, su alegría, su algarabía, las voces restallantes, los pródigos olores, la chiquillada tomando las calles, los mercados callejeros. En fin, la vida chorreando y palpitando por todos los rincones. Ese contraste lo recoge muy bien Woolf a través de los sentidos de Flush.

Además de poner a un perro como voz narradora, Woolf también concede algo de espacio a Lily Wilson, la criada de Elizabeth, algo poco habitual pues como dice Woolf, los biógrafos no suelen dirigir sus focos hacia el servicio doméstico. Las apreciaciones de Lily cuando ésta llega a Italia y se hace cruces antes las Venus desnudas, se verán poco después superadas, una vez que aprecie y disfrute la vida en el sur y se enamore de un italiano, que desgraciadamente le saldrá rana.

Destino. 2003. 158 páginas. Traducción de Rafael Vázquez Zamora. Epílogo de Marta Pessarodona.

Una habitación propia

Una habitación propia (Virginia Woolf)

Leía el otro día Huellas. Tras los pasos de los románticos, donde Gérard de Nerval decía esto:

Si un joven se dedicaba al comercio o al sector manufacturero podía esperar todos los sacrificios financieros posibles de su familia; e incluso si no tenía éxito en un primer momento su familia se quejaría pero seguiría ayudándolo. Un hombre que decidiera ser médico o abogado debería contar con varios años en que no tendría suficientes clientes o pacientes para obtener beneficios, y su familia se sacaría el pan de la boca para que seguiría adelante. Sin embargo, nadie considera que el hombre de letras, haga lo que haga, por mucha ambición que tenga, por muy dura e incansablemente que trabaje, necesite el mismo apoyo en la vocación que ha seguido. O que su carrera que puede acabar siendo tan sólida desde un punto de vista material como las otras, probablemente tendrá -como mínimo en nuestros tiempos- un período inicial que es igual de difícil”.

Virginia Woolf, apela a tener 500 libras al año y una habitación propia para poder escribir. Una escritura que es tanto como un vivir, pues para quien vive a través de la escritura, el no poder hacerlo, es tanto como amargarse en vida, o incluso quitarse la misma, fruto de la impotencia.

Si Montaigne tenía un torreón, donde amasar las horas e ir escribiendo ajeno al mundanal ruido, dando lugar a sus Ensayos, Woolf, no pide un torreón, es más modesta, solo quiere independencia económica y una habitación propia, echar el pestillo y dedicarse a escribir, tranquila, sin nadie que la moleste ni perturbe.

A lo largo del texto Woolf explica con todo detalle el papel al que la mujer ha sido confinada hasta mediados del siglo XX, lo difícil, casi imposible que le resultaba a una mujer escribir (salvo excepciones como las hermanas Brönte, Arpha Behn, George Eliot, Jane Austen…), pues siempre era objeto de burla, escarnio, por parte de los hombres, que no podían aceptar que una mujer pensara por ella misma, que albergara sus propias ideas y quisiera, en prosa o en verso, verterlas sobre un papel.

El otro día leía un libro de Cambra, donde éste hacía 30 caricaturas de escritores, cantantes filósofos.., de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX y entre ellos sólo había un mujer, Carolina Coronado. Ejemplos como este abundan.

Hay libros que como este que hay que leer, pues nos permiten entender muchas cosas, que son necesarias conocer. Un libro donde Virginia Woolf despliega toda su inteligencia, todo su estilo, toda su ironía, toda su agudeza y el talento propio de una colosa de las letras.