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Después de Troya

Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica

El pasado nunca acaba de pasar. Los clásicos grecolatinos aún menos. Como hiciera no hace mucho Manuel Fernández Labrada, en Ciervos en África, este libro ofrece 125 ficciones de 48 autores, que tienen como protagonistas los mitos y héroes grecolatinos: Electra, Orfeo, Diógenes, Sísifo, Ulises, Helena, Circe, Antígona, Dédalo, Prometeo, Pandora, Atalante, o figuras como Sócrates o Arístoteles. No sé si calificar estos textos de microrrelatos es apropiado ya que algunos de los textos tienen una extensión de tres páginas, luego sería quizás más adecuado hablar de relatos.

La antología reúne textos de autores como Lorca, Borges, Cortázar, Monterroso, Merino, Pedro Ugarte, Juan José Millás, etc. De algunos autores como Enrique Anderson Imbert, Ángel Olgoso, René Avilés Fabila, Ana María Shua o Javier Tomeo se incluyen media docena de cuentos, de algunos dos o tres y de la mayoría de los autores solo uno.
Algunos como El ratón de la ciudad y el ratón del campo, de Cabrera Infante me parece bastante simplón, así como Sus historias naturales. León y cronopio de Cortázar. Mis microrrelatos preferidos son los de Ángel Olgoso, Javier Tomeo, Juan Gracia Armendariz, Pedro Ugarte, Rubén Abella, Juan José Arreola y Monterroso.

Basta darse la vuelta por cualquier teatro para comprobar que obras como Electra, Antígona, Edipo, siempre se reestrenan con regularidad. Antologías como la presente demuestran a su vez la buena acogida de la que goza la mitología grecolatina entre los autores contemporáneos, quizás porque como dice Gual invitan a renovadas y múltiples reinterpretaciones, y se enriquecen con ellas, aunque a veces uno tiene la sensación de que en vez de ir a las fuentes y bucear en ellas, ciertos microrrelatos se nutren del lugar común para no ir tampoco mucho más allá, buscando más la piel que la esencia del mito, relatos que son entonces alas de cera ante nuestra tórrida mirada.

Algunos relatos que me han gustado son: Electra (Rubén Abella), Ulises (Ángel Olgoso), Gallus aureorum ovorum (Augusto Monterroso), Prometeo a su web buitre predilecta: (Juan José Arreola)

Ulises (Ángel Olgoso)

Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dactílicos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica. Menoscuarto ediciones.

Lecturas periféricas | Celos (Ángel Herrero López)

1540-1

Luz de tormenta (Ángel Zapata)

All that we see or seem/ Is but a dream within a dream

Poe

Luz de tormenta de Ángel Zapata (Madrid, 1961) aglutina 61 rayos o fogonazos, distribuidos en cinco grupos de once y un epílogo con seis entradas. Cierra el libro un buen número de dedicatorias. Se escribe para ser leído y también (se ve) para ser agradecido. Textos que caen del lado del microrrelato pues ninguno supera las 20 líneas.

Dado que Zapata en su escritura es surrealista pensaba que estos parágrafos vendrían marcados por una prosa automática. No me he visto en ese trance. Nada que ver. El texto se nota que viene escurrido, de-cantado (bajo la forma de un réquiem, de una voz ultratómbica, de un noser (azul) salmódico) hasta que solo queda el carozo, aunque de hueso los textos tienen poco y me adscribo, dicho sea de paso, al deseo del cuento Puerta cerrada (“Habría que acabar con la dureza…”), a un porvenir emoliente.

Aquí se deja la conciencia en la sala de espera (o del desespero; eso ya va a cuenta del lector) para amasar con palabras nuestro inconsciente, que me evocan a muchas páginas de Cărtărescu en novelas como Solenoide o El ala izquierda, por su naturaleza onírica, en ese desplegar tiras de Moebius donde se licuan realidad y ficción, sueño y vigilia, haz y envés, pasado, presente y futuro; pasado del que vienen los asfódelos del Hades, el Dédalo capaz de poner en movimiento a la Verdad con plata líquida, Oscar Wilde con su sueño de convertir las mezquitas en tulipanes, Durruti disparando a las piernas de la parábola de los vendimiadores; la etimología que nos entere de que tulipán y turbante tienen la misma raíz (y su mismo designio estético).

Hasta tres veces he leído los textos, no para entenderlos mejor, sino para disfrutarlos en mayor medida. No van los tiros -o no es su diana principal- por el lado del significado, aunque sí es un desafío (y por tanto un juego) casar la mordedura del texto con el corazón dentado de cada uno de los 61 títulos. O quizás sí van por ahí los tiros y desconcertado (“No es raro que la tiza caída al pie de las pizarras sea la causa del invierno“) y acertado yo desde el minuto cero, esto se escriba desde una herida emancipada y sin cuerpo.

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Cosas aparentemente intrascendentes y otros cuentos (Pere Calders)

Esta antología que recoge 30 cuentos del gran cuentista catalán Pere Calders (1912-1994) es lo primero que leo suyo. Los relatos, cuentos y microrrelatos van acompañados con bonitas ilustraciones de Agustín Comotto y con traducción de Juan Carlos Gentile.

Creo que la intención del autor en estas piezas breves es ganarse nuestra sonrisa, risa o carcajada. Y muchas veces lo consigue. Calders maneja lo absurdo y lo fantástico y de esta manera, sustrayéndose a las convenciones, sus relatos quedan expeditos para cualquier desenlace, lo que alimenta nuestro interés, sin que sepamos nunca cómo resolverá Calders sus narraciones. Me gustan aquellos en los que el autor pone en solfa los clichés, los prejuicios, esas ideas preconcebidas con las que amasamos nuestra mirada, como en Invasión sutil, donde un mirón se empecina con un hombre al que cree sin fisuras como japonés hasta que su mujer le quiere hacer caer del burro, pues ya sabemos que no hay más ciego que el que no quiere ver. Brilla también el humor macabro en Cosas aparentemente intrascendentes, donde un inopinado incendio se lleva la vida de 300 personas, todas de buena familia. La Hedera helix me permite ver cómo mientras otros autores como Mariana Torres en sus relatos Mi cuerpo secreto, el crecimiento de un árbol en un ser humano aboca a lo truculento y al repeluco, aquí se resuelve con un final que invita a la sonrisa.
La providencia, la muerte, la reencarnación y la guerra son también objeto de análisis, para darles una vuelta, como esa Muerte que se verá obligada a concertar otra cita con un damnificado, pues éste no acepta irse así, sin haber sido avisado con antelación.
El relato más sustancioso me ha parecido La legión extranjera, donde una pareja, de jóvenes anarquistas y siempre al ala izquierda de la extrema izquierda, constatan inermes, cómo sus tres hijos, no tienen nada que ver con ellos, con su forma de pensar ni de actuar, contemplando atónitos y enfurruñados, como sus retoños, se casan, uno le sale socialdemócrata, otro separatista. Calders maneja bien el humor para poner en evidencia lo indócil del alma humana, que siempre busca su propio espacio y lugar, pasándose la disciplina del partido familiar por el forro.
En los microrrelatos finales brilla lo fantástico, como aquel señor que ante el espejo descubre que su cara pasa a ser la de su vecino y por ende acaba odiándose, sin que pueda quedarse ya a solas consigo mismo, o esa casa cuyo recibidor por circunstancias equis, tiene una forma triangular, que como ya podemos ir imaginando se irá tragando a una señora, a un cobrador de la mutua…
Y acabo con una reflexión filosófica sobre el tiempo contenida en Agujeros negros: Nosotros somos el porvenir del pasado y, a la vez, el pasado del futuro […] el hombre nunca ha tenido presente.

Volveré a Calders, sin duda.