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Cuentos españoles del Siglo XIX

Libro publicado por Anaya pensado para alumnos de la E.S.O y Bachillerato, (con resúmenes y notas de lectura) Cuentos españoles del siglo XIX, en edición a cargo de Juan Carlos Fernández Serrato y con ilustraciones de Beatriz Martín Vidal que recoge los 15 relatos abajo citados, de distintos escritores, algunos de los cuales aparecen por partida doble como en el caso de Emilia Pardo Bazán o Leopoldo Alas Clarín.

El café (Mariano José de Larra), El pastor Clasiquino (José de Espronceda), Pulpete y Balbeja (Serafín Estébanez Calderón), La cruz del diablo (Gustavo Adolfo Bécquer), La Hija del Sol (Fernán Caballero), La mujer alta (Pedro Antonio de Alarcón), La leva (José María de Pereda), ¡Adiós, Cordera! (Leopoldo Alas Clarín), La rosa de oro (Leopoldo Alas Clarín), En tranvía (Emilia Pardo Bazán), El contador (Emilia Pardo Bazán) , ¿Dónde está mi cabeza? (Benito Pérez Galdós), El maestro Raimundico (Juan Valera), Golpe doble (Vicente Blasco Ibáñez), La Niña Chole (Ramón María del Valle-Inclán).

Es muy interesante ver cómo autores españoles del siglo XIX de obras como Fortunata y Jacinta, La Regenta, La araña negra, Los Pazos de Ulloa, Peñas arriba, La lámpara maravillosa, etc, se miden en las distancias cortas, con óptimos resultados, ofreciendo al lector joven y adulto un género tan heterogéneo como godible; relatos que se interesan por la cuestión social, como En tranvía de Bazán, plasmando muy bien la tensión entre las clases acomodadas del Barrio de Salamanca madrileño y las clases populares, encarnadas en una mujer sin dinero suficiente para pagar el billete, quien recurre a la limosna ajena, librando así los benefactores de su vista aquello que no quieren, en esencia, padecer ni contemplar. Relato conmovedor en el que Bazán, incide en la situación femenina, en la de la mujer maltratada y abandonada por su marido, abandonándola a su suerte (infausta) con un hijo recién nacido y además ciego; o ¡Adiós Cordera!, donde se da la voz al campesino, y a una vaca, La Cordera del título, donde la naturaleza no es algo tan bonancible como leemos en las Geórgicas Virgilianas (aquí hay caciques), y donde el progreso se filtra en el relato en forma de hilos de telégrafos, locomotoras, guerras fratricidas, un mundo desconocido y hostil, poblado de glotones que ansían devorar carne, como la de su Cordera; hay relatos exóticos, sensuales, voluptuosos como La Niña Chole de Valle-Inclán, que por su extensión bien podría ser una nouvelle y uno de los mejores relatos del libro, en mi opinión. Prima el misterio y el suspense en otros relatos, como en Golpe doble de Blasco Ibáñez, en donde vemos lo que alguien es capaz de hacer para que no le quiten el magro pan suyo de cada día, aquel que le da de comer a él y a su familia. Larra en El café fía su mirada al observador que ve, registra, especula y juzga, observaciones que operan aquí como materia prima de su escritura, la que le ofrece la realidad mostrenca circundante. Pulpete y Balbeja apuestan por el costumbrismo y se agradecen las notas al pie, habida cuenta de la jerga que manejan los protagonistas del relato. Otro tanto sucede con La leva de José María Pereda, relato del que Menéndez Pelayo afirmó «desde Cervan­tes acá no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo». Galdós que escribió apenas 20 relatos y más de la mitad fueron fantásticos, se destapa aquí con ¿Dónde está mi cabeza?, que se cierra dejando la interpretación al albur del lector, como sucede a su vez en La mujer alta de Pedro Alarcón. En otros se abunda en el tono moralizante como La flor de oro de Clarín, donde se cree que una buena acción (aunque sea postrera y a destiempo) es capaz de redimirnos. Otros se basan en hechos reales, en la tradición oral, como La Hija del Sol de Cecilia Böhl de Faber y Larrea (escrito bajo el nombre de Fernán Caballero). Muy interesante es el otro relato de Pardo Bazán, El contador, que cifra a la perfección el “tempus fugit”, la conciencia de que todo pasa, y que no vale la pena entregarse a la desazón ni al malestar producido por unas cartas inopinadamente encontradas, cuando la carne (siempre en descomposición) va camino de la nada de la que se viene y a la que se va, sofocando así la rabia primera, en beneficio de todos ellos (aludidos e infractores).

Espíritu de aprendiz y otros escritos

Espíritu de aprendiz y otros escritos (Isidoro Valcárcel Medina)

El ensayo como prueba, aproximación, tanteo, auscultación de la realidad, es lo que propone este libro que reúne siete conferencias: Espíritu de aprendiz, El arte económico, Estado de sitio, Primores de la disidencia, La ciudad nonata, Indicios racionales de irracionalidad y El seguro azar, impartidas entre 1993 y 2007 por el artista conceptual Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937).

Libro donde hay abundantes preguntas, porque lo importante aquí no es tanto llegar a un resultado, a la respuesta que dé carpetazo a todo, siempre una salida en falso, sino proponer, discurrir, reflexionar, sacar punta al intelecto hiante y voraz, preguntarse rodeado de gente, de manera casera (que no doméstica), sin reclinarse en las ideas de nadie (salvo en la última conferencia), lo cual a veces nos conviene, pues si rascamos mucho sobre ciertos términos, como ¿qué es una obra de arte? podemos acabar con los ojos como platos emoticoneros al leer definiciones como la que nos brinda Rochlitz.

Para que haya obra de arte es preciso que se dé una coherencia de visión caracterizante de un conjunto de símbolos al mismo tiempo personales e impersonales, dotados de una fuerza expresiva que les distinga de los símbolos denotativos y dando testimonio de una habilidad no contingente.

cuestiones que tienen que ver con el arte, la cultura, la ciudad (y aquello que la hace o debiera de hacerla tal), la convivencia, la actividad artística, la creatividad, la creactividad, el aprendizaje, el aprender a aprender, el conocimiento y los cono/cimientos del cultivado, la relación de la cultura con el dinero, el poder y lo oficial, y los principios de disidencia, indisciplina, ruptura, radicalidad, todo ello argumentado con un discurso nada complaciente, muy crítico en esencia con el arte, el artista, el mercad(e)o, la irracionalidad, aquello que se vende y publicita hoy (y entonces); mención también a una crisis, la de 1993, similar a la que hemos conocido recientemente, y la pregunta de cómo la cultura se ve (o no debe de verse) afectada por la crisis.

A Isidoro lo leo como un pliego suelto, como un verso libre, capaz de multiplicarse para escribir los más tristes y lúcidos esta noche, hacia la nada abierta, incierta, azaharosa: Los museos son mausoleos / los museos son cementerios/ simplemente/…no marinos, pero sí artífice de páginas deslumbrantes.

Pepitas de calabaza. 2018. 203 páginas

El sueño de Ramón Bilbao

El sueño de Ramón Bilbao (Javier Reverte)

El escritor Javier Reverte pone su oficio al servicio de la mayor gloria del bodeguero Ramón Bilbao, nacido en el último tercio del siglo XIX y fallecido en 1966 (sin descendencia, según reza la web) cuyos caldos son bien (re)conocidos hoy por los amantes del néctar báquico; bodegas Ramón Bilbao que en 2024 cumplirán su primer centenario.

Como no hay mucha información disponible sobre Ramón (ni siquiera su fecha exacta de nacimiento), más allá de los recuerdos traídos al presente por amigos y familiares, Javier pergeña aquí un singular y sucinto relato biográfico para hablarnos sucintamente de la condición humilde de Ramón, nacido en el País Vasco, en la localidad de Etxevarri, su temprano interés por el cinematógrafo y el teatro, su talante empresarial, emprendedor y viajero, lo que casa bien con sus lecturas de mocedad de Julio Verne y su archiconocido personaje trotamundos Phileas Fogg. Esa vena viajera, la explota Javier (que se encuentra entonces en su salsa) a través de los sueños que le endilga a Ramón mientras yace este en un sofá que le transportará a lugares como Calcuta, donde un anciano le transmitirá el secreto del aroma del vino, que Ramón hará suyo y que pasa por no ganar en cantidad lo que se pierde en calidad.

No se dan muchos detalles acerca de cómo Ramón llega a conseguir la fama o renombre que llegaría a atesorar en el futuro, más allá de que se endeudó en su día para poder comprar cepas americanas (tras los desastres provocados por la filoxera), o que junto a consumados especialistas, se hizo con una preparación intensa para la cata, tampoco se aclara si algunos de los dibujos de cintas transportadoras, aerostatos, zepelines, automoviles con forma de tubo, dibujos que colocaría en las paredes de su oficina, llegarían a buen puerto, si esa imaginación, su capacidad visionaria (nos cuentan) llegaría a materializarse o no.

Bodegas Ramón Bilbao. 2018. 88 páginas. Director de Arte, maquetación y portada: Mi Abuela No Lo Entiende.

Lecturas y enlaces periféricos | La filosofía del vino (Béla Hamvas) | Museo Vivanco de la Cultura del Vino | Días de vino y rosas | La leyenda del Santo Bebedor (Joseph Roth)

9788416011711

Para entender a Góngora (José María Micó)

En el colegio recuerdo que cuando tocó hablar someramente de Góngora (no estaban nuestros ternos cuerpos preparados para la mella de las Soledades) creo que nos hablaron acerca de la rivalidad existente entonces entre Góngora y Quevedo y poco más. Ahora, tres décadas después vuelvo voluntariamente y azuzado por la curiosidad, a la figura de Góngora y lo hago de la mano de un especialista en el autor cordobés, José María Micó Juan (JMMJ) (Premio Nacional de traducción en 2006 por Orlando furioso y muy de actualidad ya que ha puesto recientemente y a nuestra disposición, en Acantilado, una nueva traducción de la Comedia de Dante, en cuya lectura o travesía, gracias a Jesús, ya hay muchos inmersos), leyendo con fruición, incluso deleitándome, su Para entender a Góngora (publicado en 2015 en Acantilado, libro con el que Micó se despide ya de Góngora), que recoge los rigurosos estudios que Micó ha escrito sobre Góngora las últimas décadas. Presentes en los ensayos las figuras de Dámaso Alonso, de Jorge Guillén.
La última parte del libro se cierra con unos escritos en los que se dan buena cuenta de la vigorosa salud de la que gozan los estudios gongorinos en la actualidad.

José María Micó

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