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Estampas rusas. Un álbum de Iván Turgueniev (Moisés Mori)

Con títulos como el presente renuevo mi entusiasmo por el género biográfico. Hace muy poco gocé de lo lindo con Señor de las periferias de Jesús Montiel que abordaba con su potente prosa poética la vida del periférico Robert Walser.

Moisés Mori en Estampas rusas, un álbum de Iván Turgueniev presenta al gran público (espero) la vida y obras de Turgueniev, autor de, entre otras muchas obras, Padres e hijos. El texto resulta subyugante de cabo a rabo, pues Mori aborda la personalidad del ruso desde muchos ángulos distintos -con capítulos muy breves- tratando de iluminar todas las zonas del escritor que morirá ya consagrado con honores de Estado. Veremos sus más y sus menos con otros escritores contemporáneos. Las desavenencias son con Dostoievski que en Los Demonios emplea a Karmazinov para ajustar cuentas con él o con Tólstoi con quien nunca hizo buenas migas, pues este veía en Turgueniev a alguien superfluo (impagable la escena del cancán), melifluo, embebido por su galantería, sus buenos modales, su diplomacia, una estética que suponía un atentado contra los principios morales de Tolstói, si bien ya al final cuando Tolstói se amorra a un existencia marcada por el cristianismo sacará fuerzas de flaqueza para que haya cierta concordia entre ambos. Con Goncharov existe una rivalidad que los enemista pues Goncharov cuando publica Oblomov afirma que Turgueniev plagia sus textos al escribir Nido de nobles. Disputa que se salda con la conclusión de que Turgueniev se ve aquejado de Oblomovismo.
En el haber de las filiaciones Turgueniev cuenta con Flaubert, una especie de alma gemela, ambos se ven como ese par de topos que cavan su galerías en una misma dirección, o con Maupassant. Los sesenta y tres años de vida de Turgueniev dan mucho de sí en cuanto a viajes y desplazamientos. Turgueniev hacendado como era y libre de cargas familiares, pues a su hija Pelagia enseguida la endilga a un matrimonio amigo suyo, los Viardot, se ve y siente como un espíritu libre pero atormentado, pues le llega el día, la hora de la muerte, en la que se siente muy solo, sin mujer, sin nadie con la que haber compartido su existencia, más allá del retorno que le ha producido la literatura. Un soplo de inmortalidad que le recorre el espinazo erizándolo.

Turgueniev, asumido como un bonachón, del que todos alaban su generosidad, su bonhomía, su disposición a echar una mano a quien la precise, ese cíclope con alma femenina como se dice en el texto, era un hombre escindido que se debatía entre lo que quería hacer y la asunción de que todo se quedaría en agua de borrajas, pues su compromiso era nulo con casi todo, así que sabrá ir vadeando las distintas etapas políticas: la caída de dos zares y el asesinato de uno de ellos, el auge de los nihilistas, los actos terroristas, y todo esto lo irá plasmando en sus novelas creando personajes que se ganarán el desprecio de unos y de otros. Algo que no pueda resolverse tras la muerte del autor, muerte que todo lima y concilia. Autor que será motivo de orgullo para Rusia a pesar de que este pasase la mayor parte de su vida fuera, en Francia o curándose de la gota en Baden-Baden.

El drama de Turgueniev pasa por enamorarse de una actriz, Pauline García, una mujer casada con Louis Viardot y llegar a una especie de acuerdo, que se mantendrá durante cuatro décadas, un estéril triángulo sexual. Así Turgueniev se debate toda su vida entre lo fácil que le resultaría encamarse con cualquier doncella y la necesidad de fustigarse con aquello que le resulta tan escarpado, esas cumbres amorosas inaccesibles, consumiendo así su existencia bajo un fuego que apenas calienta.

KRK. 2007. 350 páginas

Yo tuve un sueño. El viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos (Juan Pablo Villalobos)

Yo tuve un sueño. El viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos (Juan Pablo Villalobos)

Hace poco más de un mes Eduardo Halfon y Juan Pablo Villalobos pasaron por la ciudad de Logroño, y dentro del festival de narrativa Cuéntalo estuvieron charlando, frente a un público entregado, moderados por Cristina Hermoso de Mendoza, acerca del desarraigo, en una charla que llevaba por título Partirse en dos.

Juan Pablo habló de un libro que había escrito recientemente de crónicas de niños centroamericanos que habían emigrado a los Estados Unidos. Un libro de no ficción que empleaba técnicas narrativas de la ficción, fruto de las entrevistas a diez niños que habían tenido suerte y habían podido quedarse definitivamente en los Estados Unidos. Un libro que le había acarreado problemas, pues la ficción es algo que da impunidad, mientras que tocar temas reales y denunciar una realidad sangrante provocó, como tuvo la ocasión de comprobar, la ira de muchos manifestada con insultos, amenazas, etc.

Los niños migrantes protagonizan también, cierta parte de la última y espléndida novela de Valeria Luiselli, Desierto sonoro y que Luiselli ya había abordado como ensayo en Los niños perdidos.

Las diez historias son muy representativas -mediadas por el buen hacer de Villalobos- del infierno al que se ven sometidos estos niños. Primero en el origen, en sus países centroamericanos que como explica Alberto Arce son fosas comunes donde el ciudadano es un ente de extracción, esquilmado por las pandillas, el estado, el ejército, la policía, que sacarán de él todo aquello que tenga algún valor. De esta manera muchos niños visto el percal y con familiares, madres o padres en los Estados Unidos se despiden de las abuelas y deciden emprender un viaje incierto, donde sufrirán el sol inclemente del desierto, el frío y la humedad de los ríos que deben cruzar, los viajes extenuantes a lomos de la Bestia expuestos a toda clase de amenazas. Si logran llegar a los Estados Unidos, en los centros de detención, en las hieleras, ateridos de frío, sufrirán el hacinamiento de no tener ni un trozo de suelo en el que poder cuando menos dejarse caer como un fardo y descansar. Si les dejan quedarse algunos logran estudiar, acceder a la universidad, tener un futuro, cumplir un sueño. Los menos afortunados serán devueltos, deportados, regresados a los países de origen, a la boca del lobo pues. Otros muchos se quedarán por el camino. Su rastro, su no rostro, será quizá unas floras agostadas dejadas en un poste, junto a unas rocas. Allá donde yacieron, solos, carne de estadísticas luctuosas.

El epílogo de Alberto Arce no es nada alentador, porque las crisis migratorias parecen que lejos de remitir van a más. Los muertos y la violencia van en aumento en todos estos países (Honduras, Guatemala, El Salvador), en los que las pandillas cada vez tienen más presencia, (totalizadora) ocupando por ejemplo a 70.000 jóvenes en El Salvador. Huyendo de estas pandillas se calcula que han huido al menos 190.000 menores de edad centroamericanos en los últimos cinco años rumbo a Estados Unidos.

Eisejuaz

Eisejuaz (Sara Gallardo)

Acabo el año con una de las mejores novelas que he leído en el mismo. Hablo de Eisejuaz de la argentina Sara Gallardo (1931-1988), feliz recuperación de la editorial Malas Tierras.

Manuel Múgica Lainez en una carta dirigida a Sara le decia: !Qué libro extraño y bello has logrado… qué audacia…ójala la gente deje atrás la sorpresa de las primeras páginas y se interne en su singularidad alucinante.

Comparto lo que dice Lainez. De entrada el libro desconcierta pero si uno decide recorrer sus doscientas páginas tendrá la sensación de haber leído muchas más y de haber habitado el subyugante mundo creado por Sara, en cuyo centro sitúa un personaje, Eisejuaz, de los que es difícil desprenderse.

Un Eisejuaz que me recuerda al Christmas de Luz de Agosto de Faulkner aquel blanco de sangre negra repudiado por todos aquellos que no admiten mestizaje alguno.
Eisejuaz es indio mataco y estos lo repudian tras haber permanecido en una misión católica y haber entrado en el tráfico de los blancos laburando como capataz. Y los blancos ídem, porque ven en los indios como Eisejuaz a salvajes, bárbaros, caníbales.

Eisejuaz muerto su mujer está más solo que la una. Es un animal solitario que corre el riesgo de comerse a sí mismo. Pero Eisejuaz tiene una misión, un llamado, algo que cumplir. Está en comunicación con el Señor y sus mensajeros. Una comunicación mediada por la naturaleza con la que Eisejuaz se trata de tú a tú, sin altivez, ni posesión, cogiendo solo lo necesario para subsistir, de forma precaria, pues Eisejuaz pasa las de Caín, pasa hambre, sed, rumia la soledad, el cansancio agotador del rechazo, las constantes provocaciones, pero él resiste a todo y a todos y encuentra la manera de ocupar su tiempo cuidando de Paqui, un hombre al que se ve en la obligación de cuidar, no porque le apetezca sino por cumplir su llamado y dar sentido a su ser. A su alrededor no hay alegría ninguna, ninguna risa, todo es funesto, trágico, violento, descarnado, una mísera existencia tan desposeída que lo iguala a las piedras del camino, al adobe de las casas, a los guijarros del río. Pero Eisejuaz en su empeño, en su capacidad de sacrificio solo quiere hacer el bien, por mucho que les pene a quienes logra ayudar, sin estos saberlo, e incluso granjeándose un odio infinito, voraz, implacable, letal. Ayuda a Paqui como ayudará a una joven a la que le dará la posibilidad de otra vida, sacándola del infierno en la tierra.

Como sucede al leer a Bernhard que inocula en el lector un desasosiego que no cesa ni tras haber acabado la lectura de sus novelas, Sara Gallardo hace aquí lo propio al ir desvelando las andanzas del Atalante Eisejuaz, del Sísifo Eisejuaz, con un lenguaje primigenio, extraño y poderoso preñado de sabiduría y experiencia que se manifiesta bien en los diálogos, con una gramática dislocada, libérrima, que resulta uno de los muchos atractivos de esta novela audaz, sí, genial también.

Señor de periferias (Jesús Montiel)

Señor de las periferias (Jesús Montiel)

Comoquiera que leer es ir siguiendo rastros de otros lectores llegué al libro de Montiel tras pasar por El alfiler literario y leer allí la reseña que hacían de este libro.

A Robert Walser le casan bien los títulos poderosos. Jaime Fernández empleó aquel de El poeta que prefería ser nadie. Jesús Montiel (Granada, 1984), ahora, habla del Señor de las periferias. La primera vez que supe de la existencia de Walser fue a través de un artículo de Vila-Matas.

Walser parece encarnar el fracaso absoluto del que logra aislarse del mundo hasta cierto punto y poner bajo llave su ambición literaria siendo subsumido, a su pesar, por el anonimato. No le pasó a Walser como a Bufalino quien tras probar las mieles del éxito deseó disfrutar de nuevo, si le era posible, de la alegría del inédito. Walter siempre fue un escritor oculto a quien no estaban destinados los laureles del éxito sino el polvo y las nieves del camino, hollando la nada hasta destrozar sus zapatos.

En Walser y en todo hijo de vecino anida la contradicción, la férrea lucha entre la expectativa y la realidad, esos dos círculos que rara vez se solapan y que a veces llegan a ser concéntricos por la mínima. En Diario de 1926 Walser decía:

…aunque no bien nos encontramos en sociedad o nos dedicamos a la cultura, todos somos vanidosos sin excepción, pues la cultura misma, qué duda cabe, no es más que la encarnación de la vanidad, y debe serlo, y quien renuncia por completo a ser vanidoso, o bien está perdido, o bien se ha abandonado.

Walser también quería ser alguien en el mundillo literario de su época pero sus libros apenas vendían ejemplares, no interesaban a nadie y Walser disfrutaba escribiendo pero no de lo que conllevaba ser escritor: las servidumbres sociales, las relaciones a entablar con críticos y otros literatos de los que obtener si no un trato de fervor sí al menos un trato de favor; pero Walser no quería perderse en esas zambras, buscar la salida a esos laberintos, encallar en ese fango. Tras intentarlo en la literatura, al final desistió y se emboscó en sus caligramas. Si los lectores no le prestaban atención, los estudiosos tardarían quince años en descifrar los susodichos caligramas. Una venganza diferida.

Montiel ofrece una fascinante biografía de Walser que se eleva sobre los lugares comunes debido al suntuoso manejo que hace de su prosa, alentando cada una de sus setenta y cinco páginas con el polvo blanco de la belleza y la renuncia.

Me sorprende choca la foto que cierra el libro, la del cuerpo de Walser sobre la nieve (hallado en la nieve entre su letra pequeña, como escribió Mori), como un tronco, hoy que la muerte se orilla y esconde, mostrarla así tan al natural y de manera tan palmaria, mostrar el cuerpo sin vida de Walser -aquel que prefería ser nadie, que quería desaparecer, víctima de la dromamanía- mostrarlo así, a su pesar claro está, porque la foto la tomaron otros cuando Walser era solo atrezzo de la nada en la que ya moraba.

Seguramente Walser hubiera deseado desaparecer bajo un alud y nunca ser encontrado.

Pre-Textos. 2019. 84 páginas

Robert Walser en Devaneos

El paseo
Diario de 1926
Jakob von Gunten