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Enero (Sara Gallardo)

A finales de los cincuenta del pasado siglo (y recuperada ahora por Malas Tierras), con menos de 28 años, la argentina Sara Gallardo publicaba Enero.

Va a llegar el día en que mi barriga empiece a crecer, piensa Nefer, recién comenzada la novela. Sin cumplir los dieciséis Nefer queda preñada, no del hombre por el que bebe los vientos (siroco), ni de un príncipe azul, sino de un carnicero que la viola, en esos momentos en los que la sangre se arremolina y el alcohol lo echa todo a malperder: de aquellos polvos estos lodos. Si a la Yerma de Lorca el no poder tener descendencia la atormentaba, a Nefer, el tener un hijo indeseado la aboca a la misma situación, la de querer borrarse del mapa, presa de la angustia.

Nefer vive con su padre, madre y hermanas en una casa con techado de paja en un villorrio, entregados todos a las tareas agrícolas, agropecuarias, domésticas, al servicio de una familia adinerada, en unas tierras masticadas por el sol. La joven rumia su ingravidez en soledad, sin nadie a quien confesarse, sumida en sus pensamientos aciagos.
Se le abren tres vías: suicidarse, abortar o ser madre. Sara Gallardo opta para Nefer por la que sería la vía más común en aquella época.

Sin llegar a la cima que Gallardo alcanzaría con Eisejuaz, Enero es una novela primeriza pero interesante, en la que la autora nos introduce ya en su capacidad para hacer rechinar las costuras de su prosa en la creación de sus personajes y la recreación de unos paisajes muy faulknerianos.

Malas tierras. 2019. 119 páginas

Eisejuaz

Eisejuaz (Sara Gallardo)

Acabo el año con una de las mejores novelas que he leído en el mismo. Hablo de Eisejuaz de la argentina Sara Gallardo (1931-1988), feliz recuperación de la editorial Malas Tierras.

Manuel Múgica Lainez en una carta dirigida a Sara le decia: !Qué libro extraño y bello has logrado… qué audacia…ójala la gente deje atrás la sorpresa de las primeras páginas y se interne en su singularidad alucinante.

Comparto lo que dice Lainez. De entrada el libro desconcierta pero si uno decide recorrer sus doscientas páginas tendrá la sensación de haber leído muchas más y de haber habitado el subyugante mundo creado por Sara, en cuyo centro sitúa un personaje, Eisejuaz, de los que es difícil desprenderse.

Un Eisejuaz que me recuerda al Christmas de Luz de Agosto de Faulkner aquel blanco de sangre negra repudiado por todos aquellos que no admiten mestizaje alguno.
Eisejuaz es indio mataco y estos lo repudian tras haber permanecido en una misión católica y haber entrado en el tráfico de los blancos laburando como capataz. Y los blancos ídem, porque ven en los indios como Eisejuaz a salvajes, bárbaros, caníbales.

Eisejuaz muerto su mujer está más solo que la una. Es un animal solitario que corre el riesgo de comerse a sí mismo. Pero Eisejuaz tiene una misión, un llamado, algo que cumplir. Está en comunicación con el Señor y sus mensajeros. Una comunicación mediada por la naturaleza con la que Eisejuaz se trata de tú a tú, sin altivez, ni posesión, cogiendo solo lo necesario para subsistir, de forma precaria, pues Eisejuaz pasa las de Caín, pasa hambre, sed, rumia la soledad, el cansancio agotador del rechazo, las constantes provocaciones, pero él resiste a todo y a todos y encuentra la manera de ocupar su tiempo cuidando de Paqui, un hombre al que se ve en la obligación de cuidar, no porque le apetezca sino por cumplir su llamado y dar sentido a su ser. A su alrededor no hay alegría ninguna, ninguna risa, todo es funesto, trágico, violento, descarnado, una mísera existencia tan desposeída que lo iguala a las piedras del camino, al adobe de las casas, a los guijarros del río. Pero Eisejuaz en su empeño, en su capacidad de sacrificio solo quiere hacer el bien, por mucho que les pene a quienes logra ayudar, sin estos saberlo, e incluso granjeándose un odio infinito, voraz, implacable, letal. Ayuda a Paqui como ayudará a una joven a la que le dará la posibilidad de otra vida, sacándola del infierno en la tierra.

Como sucede al leer a Bernhard que inocula en el lector un desasosiego que no cesa ni tras haber acabado la lectura de sus novelas, Sara Gallardo hace aquí lo propio al ir desvelando las andanzas del Atalante Eisejuaz, del Sísifo Eisejuaz, con un lenguaje primigenio, extraño y poderoso preñado de sabiduría y experiencia que se manifiesta bien en los diálogos, con una gramática dislocada, libérrima, que resulta uno de los muchos atractivos de esta novela audaz, sí, genial también.