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Thomas Bernhard

El malogrado (Thomas Bernhard)

Thomas Bernhard
Alfaguara
1998
168 páginas
Traducción: Miguel Sáenz

De la misma manera que hay autores que tratan de ganarse al lector, otros como Thomas Bernhard (1931-1989) parece que hacen lo imposible por crear un muro de palabras que hagan imposible la empatía con los personajes que aparecen en sus novelas.

«Tu nacimiento fue un error repáralo», se decía en la novela de Juan Goytisolo Señas de identidad. En esa reparación se mueven los personajes de la novela: Glenn, Wertheimer y el narrador. La reparación pasa por el suicidio del primero (un suicidio que también lleva a cabo otro de los personajes de Bernhard: Roithamer en Correción). Un suicida que siempre se verá amenazado por sí mismo. De los tres amigos, los tres virtuosos pianistas. que se conocieron y hermanaron en su años de juventud bajo las clases magistrales de Horowitz, Glenn alcanzaría fama mundial y Wertheimer y el narrador quedarían orillados de la Gloria ajena, convertida en un tolva capaz de moler los sueños, esperanzas e ilusiones de cualquier artista, en esa pugna siempre cruenta entre el (presunto) talento y la Gloria.

Glenn muere de forma natural. Y Wertheimer a los 51 años, hastiado e infeliz se suicida.

«sobrepasado los cincuenta, nos parecemos viles y faltos de carácter, pensé».

El suicidio de Wertheimer, por ahorcamiento, acontece cerca de donde vive su hermana, a fin de destrozarle la vida un poquito más. El narrador, enterado de la muerte de su amigo se acercará hasta el lugar de los hechos y llevará a cabo una reconstrucción de la vida de Wertheimer y también de la suya y ahí veremos como ya desde el primer día Glenn calaría a Wertheimer a quien apodó El malogrado. Lo cual acabó siendo. Palabras mortales, dice Bernhard.

Bernhard (cuya vida fue un rosario de médicos y hospitales) fustiga al lector y emplea para ello un lenguaje duro, donde una y otra vez habla de aniquilación, de odio, de repulsión, de envilecimiento, de destrucción. La ciudad de Salzburgo, al igual que en El origen, se nos presenta como una belleza podrida, Viena también lo es; el hediondo Catolicismo y el Socialismo son dos plagas, los restaurantes austriacos son asquerosos y están mal ventilados, los hoteles están sucios y la gente del pueblo está atontada, el campo es aborrecible para alguien que viene de una ciudad y vivir es un sufrimiento diario para Wertheimer porque nadie le preguntó si quería estar aquí.

«Los padres saben muy bien que prolongan en sus hijos la infelicidad que son ellos mismos, actúan con crueldad al hacer niños y arrojarlos a la máquina de la existencia»

El trío tiene un denominador común: su afán por desaparecer, por ocultarse y permanecer recluidos. Glenn lo consigue en Canadá. Wertheimer solo descansará cuando se quite la vida y el narrador, dejará Austria para encontrar cobijo en Madrid, en donde entre sus paseos por El Retiro y sus visitas al Lhardy parece ser que lleva una vida placentera. Tras la muerte de Wertheimer, el narrador trata de dar con los papeles del difunto, esos papeles, que perpetró durante décadas y cuyo autoFahrenheit 451 parece ser la chispa previa a su postrera combustión y apagón final.

Bernhard especula sobre las posibilidades causa efecto, sobre aquello que hubiera pasado si hubiéramos hecho esto o aquello, tal que quizás Wertheimer no se hubiera suicidado si su hermana (de cuya férula ésta logra escapar, esposándose con un suizo) no lo hubiera abandonado, o si Glenn no hubiera sido tan buen pianista, haciéndolo a él de menos, o si… En fin de cuentas todo son especulaciones, papel mojado, porque si nacer ya fue un error, que la muerte sea un malentendido o no, nada importa.

Una ambición en el desierto

Una ambición en el desierto (Albert Cossery)

Albert Cossery
Pepitas de Calabaza
Traducción de Federico Corriente
208 páginas
2013

¿Cómo es posible que una historia con un argumento mínimo que transcurre en un paraje desértico, resulte tan apasionante de leer?.

Albert Cossery (1913-2008) sitúa la historia de esta novela editada por Pepitas de calabaza, con traducción de Federico Corriente, en el emirato de Dofa, un lugar donde (al contrario que en los Emiratos vecinos) no hay petróleo, lo que lo ha sustraído de la codicia externa e interna; tal que la pobreza y la indigencia son bienes de dominio público.

¿Cómo es posible que en un paraje que no tiene nada que ofrecer, alguien quiera emprender una revolución, sembrar el pánico, poner bombas?. Esto piensa Samantar dotado de una gran inteligencia y de una filosofía de vida que para un occidental, hijo del consumismo le resultará inexplicable.

¿Cómo es posible que en lugar de amorrarse a cualquier acción revolucionaria que trate de dar la voz a los desheredados, Samantar busque por todos los medios, hacer la paz, trabajar por ella, desactivar la revolución incipiente, por sus propios medios?. ¿Por qué Samantar no ve ninguna gloria en aquel que se inmola, en pos, según dicen del bien común, cuando a fin de cuentas es mayor la pulsión de morir que la de vivir, cuando volar por los aires con todos los que te rodean, no deja de ser otra cosa que un acto solitario y aristocrático, que no constituye sacrificio alguno?

La grandeza de esta estupenda novela es su capacidad para burlarse de todo e insuflar de humor corrosivo la narración para cuestionarse esos grandes dogmas revolucionarios, donde uno a menudo dice sí a todo, sin reflexionar sobre nada de aquello que está en juego, cuando a menudo lo que hay detrás de toda revolución es muerte, destrucción, la quiebra de la paz, y una riqueza que rara vez se sustrae al poderoso y revierte en el pueblo.

De entrada, Samantar echa pestes de las anacrónicas octavillas que manejan los revolucionarios a los que tilda de analfabetos, unas octavillas que la mitad de la población analfabeta despachará sin miramientos. Lo que hay en juego para Samantar es si su pueblo, pobre y mísero, saldría ganando algo con una revolución que aupara en el poder a alguna potencia extranjera, o a algún tirano ambicioso, cuya ideología mercantil atrofiara el alma de los pueblos, como el suyo, sometiéndolo a estructuras de vida más alienantes e inhumanas, mucho peor que la peor de las miserias.

Samantar es un contrarrevolucionario convencido de que el afán de atesorar bienes materiales, la codicia, la ambición desmedida, corroen el alma humana, tal que el ser humano deja de ser consciente de su paso por la tierra, así que lo que está en juego no es quién esté en el poder, sino la capacidad o no de tomar las riendas de sus míseras existencias materiales, y volcar su tiempo en el recreo, el solaz, el ocio, la conversación, el humor vivificante.

Cossery describe con maestría los parajes que pisan sus personajes, donde prima el calor en las tardes tórridas y sofocantes; los colores que brindan un desierto de aura mítica y el ponto vinoso donde se otean petroleros en la distancia; el sexo que vivifica y reduce la ambición de vivir a los confines de un catre.

Cossery maneja una prosa mórbida, fragante, luminosa, suntuosa, humorosa, en beneficio del lector, que no puede menos que verse arrastrado por esta tormenta de arena, donde todo resulta confuso, endiabladamente enrevesado, pero donde al final, todo resulta ser más sencillo de lo que parece, tan sencillo como querer llevar una vida digna y en paz. ¿Digna de qué, replicaría Cossery?. Con estar visto basta, diría.

Próxima parada: Mendigos y orgullosos.

Los pazos de Ulloa

Los pazos de Ulloa (Emilia Pardo Bazán)

Leí recientemente La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín» y en esta novela de Emilia Pardo Bazán, escrita un año después que La Regenta, la autora nos presenta también a un personaje femenino muy desdichado, una joven llamada Nucha que se casa allá por 1880 con un señorito local, se queda embarazada, no puede ocuparse de su retoño -pues para eso ya estaban las vacas humanas (como las denomina la voz que narra) que amamantaran a su retoño- y tras una existencia infeliz, con un marido ausente, y un postparto que la deja debilitada, acaba muriendo pocos años después del alumbramiento y tras una fuga que no llegará a ser tal.

A su lado hay un cura, Julián, no un canónigo ambicioso y enamoradizo como El Magistral de La Regenta, sino un cura que antepone la felicidad de su amiga Nucha al sermón religioso, que obligaría a la mujer a tener que cumplir con el marido, a aguantar ésta lo insufrible y a entender el maltrato como un elemento más del matrimonio.

La autora no sólo critica las circunstancias, a menudo nada agradables, que las mujeres, como la triste y aterrada Nucha sufren en el hogar ante maridos despóticos y violentos, cuya única ambición cultural es ir a pegar tiros all monte de cacería, sino que también valiéndose de un fino humor plasma el devenir de la aristocracia y cacicada rural en la Galicia de finales del siglo XIX y el ambiente electoral donde las ideologías (en el caso de que los políticos tuvieran una) importan menos que conseguir el poder, mantener sus privilegios, y mirar solo por uno mismo, en vez de entender la política como un servicio a la ciudadanía.

Emilia Pardo Bazán despliega una prosa dinámica que propicia una lectura muy amena, describiendo con maestría tanto los paisajes naturales como humanos, empleando distintas técnicas narrativas y distintas formas de hablar en función de la extracción social de los personajes.
Las 250 páginas de la novela (esta cuidada edición de Austral son 346 páginas, con prólogo de Julia Escobar, guía de lectura y glosario) me han sabido a poco y si leo La madre naturaleza, continuación de Los pazos de Ulloa, quizás con una visión de conjunto, mi parecer sobre esta novela sea otro.

La novela fue llevada a la pequeña pantalla. En RTVE está la serie completa

Pepitas de calabaza

Sabía leer el cielo (Timothy O´Grady y Steve Pyke)

Timothy O´Grady
Fotos: Steve Pyke
Pepitas de Calabaza
175 páginas
2016
Traducción: Enrique Alda
Prólogo: John Berger

Esta novela editada por Pepitas de calabaza, con traducción de Enrique Alda, la podemos entender como la visita a un museo en cuyas paredes vemos colgadas fotos en blanco y negro. Fotos de rostros alegres, tristes, radiantes, vencidos, piadosos, perplejos. Fotos de parejas con hijos, de acantilados, de tumbas, de espantapájaros. Fotos borrosas, fotos de manos ajadas, de chozas, castros, carreteras.

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Supongamos que junto a esas fotos hubiera unos textos que dieran cuenta de lo que vemos en las fotos: los nombres de los dueños de esas caras, la ubicación física donde se hicieron las fotos, cuándo se tomaron. Seguiríamos sin entender nada. Nos haría falta un relato, un imán que juntara esas limaduras visuales, las existencias, los espacios físicos, que cogiera el cabo del pasado para contarnos una historia, que en esta novela son muchas historias, ya que la voz que narra es la quintaesencia de aquellos movimientos migratorios que tuvieron lugar en Irlanda, en la segunda mitad del Siglo XX.

El narrador es un hombre que en su postrera vejez (ese momento vital en el que el trabajo ya está hecho) recuerda lo que ha sido su vida hasta entonces. Él es uno de los muchos que tuvieron que emigrar a los Estados Unidos, a Australia, a Gran Bretaña y fue su quehacer en una tierra extraña: pavimentar carreteras, romper cemento, excavar, retirar barro, levantar muros, contar ladrillos, hacer carreteras.

Vidas en el exilio, tristes, míseras, vacías, malgastadas, sin apenas pasado al echar la vista atrás y sin futuro, ante días que se reparten entre duros trabajos y tabernas nocturnas en las que ahogar cualquier pensamiento en alcohol, donde solo la música les ofrece algo de consuelo y alegría. En el caso del narrador, también vendrá en su auxilio el amor redentor que encontrará en una mujer, en Maggie: su luz y su camino.

Ver las fotografías de Steve Pyke produce un efecto, leer las palabras de Timothy O´Grady produce otro. La suma de ambos, fortalece la narración, potencia la capacidad de evocar, y como dice John Berger en el prólogo, aunque las imágenes y las palabras no dicen las mismas cosas, ni conocen lo mismo, la suma de ambas creo que da lugar a una novela conmovedora, puntualmente cómica (El ojo de un caballo conforta. El ojo de una vaca entristece. El ojo de una oveja hace pensar que te vas a volver imbécil con solo mirarlo) cuya prosa sencilla y neta no ambiciona explicar el pasado, sino más bien mostrar nuestra soledad y nuestro tránsito -la lucha por la supervivencia- nada glorioso, en nuestro deambular por la faz de la tierra.