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Gente que conocí en los sueños (Luis Mateo Díez)

No cejo de abundar en la obra de Luis Mateo Díez (Villablino, 1942), a mi parecer, uno de los mejores prosistas españoles vivos, que aúna el perfecto control de un rico lenguaje con una inventiva que no dejará de sorprender al lector curioso y atento.

Gente que conocí en los sueños reúne cuatro relatos fantasmagóricos bellamente ilustrados por MO Gutiérrez Serna. Son relatos breves en los que parece no sobrar una palabra, que piden ser declamados para tomar mayor conciencia de esas palabras que como las ondas de la piedra al caer en el estanque fijan nuestra atención en tanto duran, antes de subsumirnos de nuevo en la quietud inerte.

Grosso modo puedo decir que por aquí (en esta particular geografía inventada de nombres extraviados: Lamberto, Sauro, Calvero, Columbaria, Malvina…) andan de rondón el diablo haciendo de las suyas, una monja inopinada homicida que busca redención, un fantasma al que todos rehúyen o un joven con querencia por esconderse al que la muerte le ofrece la desaparición máxima.

MO Gutiérrez Serna

MO Gutiérrez Serna

Esta es la primera capa, la de la descripción, luego vienen las distintas capas en las que el texto gana en matices, profundidad, creando ecos, resonancias, correspondencias, significación, franqueando entonces la fina línea hacia lo irreal y fantástico, con un lenguaje en estado de gracia.

Nórdica. 120 páginas. Ilustraciones de MO Gutiérrez Serna.

Luis Mateo Díez en Devaneos

El fulgor de la pobreza
Días del desván
Las lecciones de las cosas

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Cosas aparentemente intrascendentes y otros cuentos (Pere Calders)

Esta antología que recoge 30 cuentos del gran cuentista catalán Pere Calders (1912-1994) es lo primero que leo suyo. Los relatos, cuentos y microrrelatos van acompañados con bonitas ilustraciones de Agustín Comotto y con traducción de Juan Carlos Gentile.

Creo que la intención del autor en estas piezas breves es ganarse nuestra sonrisa, risa o carcajada. Y muchas veces lo consigue. Calders maneja lo absurdo y lo fantástico y de esta manera, sustrayéndose a las convenciones, sus relatos quedan expeditos para cualquier desenlace, lo que alimenta nuestro interés, sin que sepamos nunca cómo resolverá Calders sus narraciones. Me gustan aquellos en los que el autor pone en solfa los clichés, los prejuicios, esas ideas preconcebidas con las que amasamos nuestra mirada, como en Invasión sutil, donde un mirón se empecina con un hombre al que cree sin fisuras como japonés hasta que su mujer le quiere hacer caer del burro, pues ya sabemos que no hay más ciego que el que no quiere ver. Brilla también el humor macabro en Cosas aparentemente intrascendentes, donde un inopinado incendio se lleva la vida de 300 personas, todas de buena familia. La Hedera helix me permite ver cómo mientras otros autores como Mariana Torres en sus relatos Mi cuerpo secreto, el crecimiento de un árbol en un ser humano aboca a lo truculento y al repeluco, aquí se resuelve con un final que invita a la sonrisa.
La providencia, la muerte, la reencarnación y la guerra son también objeto de análisis, para darles una vuelta, como esa Muerte que se verá obligada a concertar otra cita con un damnificado, pues éste no acepta irse así, sin haber sido avisado con antelación.
El relato más sustancioso me ha parecido La legión extranjera, donde una pareja, de jóvenes anarquistas y siempre al ala izquierda de la extrema izquierda, constatan inermes, cómo sus tres hijos, no tienen nada que ver con ellos, con su forma de pensar ni de actuar, contemplando atónitos y enfurruñados, como sus retoños, se casan, uno le sale socialdemócrata, otro separatista. Calders maneja bien el humor para poner en evidencia lo indócil del alma humana, que siempre busca su propio espacio y lugar, pasándose la disciplina del partido familiar por el forro.
En los microrrelatos finales brilla lo fantástico, como aquel señor que ante el espejo descubre que su cara pasa a ser la de su vecino y por ende acaba odiándose, sin que pueda quedarse ya a solas consigo mismo, o esa casa cuyo recibidor por circunstancias equis, tiene una forma triangular, que como ya podemos ir imaginando se irá tragando a una señora, a un cobrador de la mutua…
Y acabo con una reflexión filosófica sobre el tiempo contenida en Agujeros negros: Nosotros somos el porvenir del pasado y, a la vez, el pasado del futuro […] el hombre nunca ha tenido presente.

Volveré a Calders, sin duda.

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El capote (Nikolái Gógol)

Sírvame este relato corto para darme a conocer a Nikolái Gógol (autor ruso que murió a los 43 años), cuyas Almas muertas siempre están ahí desde tiempo ha en mi porvenir lector.
Esta narración corta supone una crítica contra una sociedad burocrática y funcionaril donde algunos viven a cuerpo de Rey sin dar un palo al agua, mientras que otros, como el pendolista protagonista recibe muy magro reconocimiento para su excelsa labor como escribano. Oficinista gris que me recuerda en su oficio, estoicismo y renuncia a Bartleby.
La historia es tan sencilla de referir como explicitar de qué manera le cambia al protagonista la vida algo tan simple como una prenda de vestir. Aquí un capote. Parece algo trivial, pero no lo es, porque una prenda de abrigo en Rusia con sus rigores (mortis) climatológicos puede suponer, y de hecho supone, una frontera entre la salud y la enfermedad, o ya a mayores, entre la vida y la muerte, como se verá.
A la crítica social terrenal se añaden luego elementos fantásticos de ultratumba, cuando media el arrepentimiento, tarde ya.
Relato muy disfrutable que se lee en un pispás.

Nórdica Libros, 2012, 104 páginas, traducción de Víctor Gallego Ballestero, ilustrado por Noemí Villanueza

Literatura Rusa en Devaneos

La muerte de Iván Ilich

La muerte: un selfie con la nada

Me resulta imposible no tocar la muerte sin recurrir al ensayo Filosofar es aprender a morir (Libro I, Capítulo XX) de Montaigne, que acaba así: Dichosa muerte aquella que no deja tiempo para preparar semejante aparato. El aparato va referido a la cabecera de la cama asediada por médicos y predicadores.
Mucho de esto le sucede a Iván Ilich, protagonista de la novela de Lev Tolstói al que no le faltó una vida acomodada de esplendor y riquezas materiales, que sufrió los sinsabores del matrimonio y gozó de los claroscuros de su progenie. Somos testigos de su auge y de su caída, de cómo mediada la cuarentena la enfermedad lo merma, socava, aniquila y borra, mientras debe lidiar durante unos cuantos meses con un final inmutable que lo pondrá en contra del mundo, al tiempo que se siente tan deseoso como temeroso de quitarse del medio, en la creencia de que su existencia -enferma y doliente- es una carga para sus familiares.

Lo que Iván experimenta, su miedo a morir, en mayor o menor medida, antes o después, es un sentimiento que todos experimentamos con un nudo en la garganta y cierta angustia.
Antes de expirar Iván piensa que “la muerte ya no existe” y así es, porque la muerte no llegamos a experimentarla, a vivirla, llegamos hasta la meta sí, a veces en condiciones calamitosas que acrecientan nuestro miedo o las ganas de partir, pero la muerte la experimentaríamos si pudiéramos volver de ella, cruzar la meta, volver la vista atrás y vernos ir.

No es el caso.

Nórdica libros, 2013, 160 páginas, traducción de Víctor Gallego Ballestero

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Atlas de islas remotas (Judith Schalansky)

Las islas siempre se nos presentan como algo mágico y misterioso, como confesaba Jordi Esteva en la atracción que sintió desde pequeño hacia Socotra, la isla de los genios. Si bien, como indica la autora de libro, Judith Schalansky, en el prefacio, el Paraíso es una isla, el Infierno también. Judith no viaja a ninguna de las cincuenta islas remotas que aquí se dan cita, sino que el suyo es un trabajo de documentación, donde plasmará con mapas y en menos de una página por isla, y con un tamaño de letra muy reducido, datos pintorescos e históricos que nos den cuenta de los distintos usos y fines a los que han sido destinados estas islas, muchas de ellas diminutas, de pocos kilómetros cuadrados de extensión, algunas poco más que un simple atolón, finas líneas de arena sobre el borde del mar y a riesgo inminente de desaparecer. Islas que han servido como centros penitenciarios, como estaciones meteorológicas, como bases militares y que han conocido ensayos nucleares y lo peorcito de la naturaleza humana, en forma de violaciones, asesinatos, reyertas, infanticidios, etc.

Judith llega a la conclusión de que todo está ya descubierto, desvelado, a pesar de que muchas de estas islas que aquí aparecen diseminadas por los océanos están ahora abandonadas, dado que la vida en ellas resulta imposible. El relato, viene a ser un ameno puñado de anécdotas, algunas muy interesantes como la historia de la Isla de la Decepción, cuyo nombre denota el estado de ánimo de unos navegantes, Magallanes y los suyos, que en esa isla de la Polinesia francesa no pudieron paliar ni el hambre ni la sed que acarreaban, y en su estado lo que experimentaron fue una decepción del tamaño de una isla, o bien el de la Isla Howland y la historia de Amelia Earhart, la segunda persona que cruzó volando el atlántico y que desapareció sobrevolando esta isla -mientras intentaba ser la primera en dar la vuelta al mundo en avión, siguiendo la línea del ecuador- sin poder aterrizar, al no poder divisarla desde las alturas, y ya sin combustible fue junto a Fred Noonan rumbo a la nada. Un texto que rompe con la imagen romántica de la isla paradisíaca, pues si a menudo aquello de pueblo pequeño infierno grande resulta a menudo cierto, en una isla de unos pocos kilómetros de largo y ancho, la convivencia puede devenir inhumana.