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María Gainza

La luz negra (María Gainza)

He notado que una no escribe ni para recordar ni para olvidar, ni para encontrar alivio ni para curarse una pena. Una escribe para auscultarse, para entender qué tiene dentro. Así por lo menos, he escrito yo, como si un endoscopio recorriera mi cuerpo.

Auscultamiento que es tanto exploración como búsqueda e huida. La narradora no irá, como en la novela de Bolaño, en busca de Cesárea Tinajero (la madre del visceralismo), sino detrás de la Negra, mujer correosa, de contornos imprecisos, prestigiosa falsificadora argentina del siglo XX de los cuadros de Mariette Lydis, que desaparece sin dejar rastro.

La búsqueda de la Negra es movimiento, no siempre lineal. Búsqueda que tampoco arrojará datos concluyentes. A medida que la narradora avanza en su investigación es como si una voz de ultratumba, la de la Negra, le dijera: dejá de joderme y no trates de hacerte un puzzle a mi costa.

“El personaje con su pasado de contornos precisos, de psicología lineal, su accionar coherente, es una de las grandes mentiras de la literatura”.

La indefinición, la falta de resolución de la propuesta, su corta extensión, el magnetismo que me genera su lectura, me recuerda a las novelas de Modiano, donde la memoria -aquí investigación- siempre arroja datos precarios, difusos, inconsistentes para armar una historia sólida.

La luz negra de María Gainza (Buenos Aires, 1975) es tambien una novela de ideas, en la que la autora irá va vertiendo por boca de la narradora y de otros personajes ideas y reflexiones acerca de la crítica, la falsificación (sin el grado de detalle de Lo que arraiga en el hueso) “A veces me pregunto si la falsificación no es la gran obra de arte del siglo XX”, el valor (intrínseco) y monetario del arte, la imposibilidad de armar un relato coherente, sólido, con palabras, etc.

Novela que es también una suerte de biografía, la de la Negra. Vidas extintas y ajenas que siempre son colchonetas desinfladas, arrumbadas en un trastero, polvorientas, desapercibidas, a las que el aire de la narradora, con arrestos de biógrafa, otorgará -o esa es la pretensión- volumen, presencia y apariencia, pero sin dejar de ser aire plastificado en todo caso, así la Negra, así el resto.

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madre mía (Florencia del Campo)

Hay libros que te encuentran. madre mía de Florencia del Campo (Buenos Aires, 1982) no tenía idea de leerlo, pues lo había visto varias veces sin que llamara mi atención, pero hoy me acerqué por un local que entre otras cosas de segunda mano vende libros y me sorprendió verlo allá, pagué el euro y me lo llevé para casa, lo he leído en tres arreones y lo he disfrutado bastante.

!Ay, la familia!. Por estos andurriales librescos he ido dando cuenta de amores y desamores paternos y maternos. Ya sea como tributo, en Ordesa, o poniéndose en lo peor, en Saturno, Carta al Padre, Adiós a los padres o Apegos feroces con la que la novela de Florencia guarda más similitudes.

madre mía es la relación de F. con su madre, a la cual le diagnostican un cáncer sin solución y la hija que vive fuera de Argentina, ora en España, ora en Francia, ora en la India, va yendo y viniendo, surcando los cielos en un avión que si miramos la portada asemeja una cruz con un aura divina.

La enfermedad materna le plantea a la hija que narra un problema moral. ¿Qué hacer? ¿Ir a Argentina? ¿No ir? ¿Cuantas veces? ¿Cuanto tiempo?. Preguntas que le llevan a formularse el sentido de la palabra familia, maternidad, filiación. ¿Qué se espera de una hija en este trance? ¿Qué alimenta el sentimiento de culpa? ¿Dónde acaba el sentimiento y nace la obligación? ¿Cuándo el cordón umbilical se convierte en nudo corredero? ¿Cuando el apego se convierte en dependencia? ¿Por qué aquello que no se ve (las raíces) es lo que nos sustrae del nihilismo?

La narradora va y viene como la barca de Treto para hablarnos de su estancia en Madrid, su periplo por la India, sus escarceos sexuales (que me recuerdan a Permafrost, con otra narradora que tampoco se cortaba un pelo a la hora de sentirse y contar(nos)lo), aquellas personas que pululan a su alrededor identificados con una sola letra, conminándolos así al olvido inmediato.

La muerte esta ahí presente desde nuestro primer latido. La putada es que te pongan la fecha de caducidad, cáncer terminal mediante y surja la zozobra en el afectado y en todo su entorno, el nudo en la garganta, la indefensión, la vulnerabilidad, el amor espinoso y con tropezones.

!Madre mía, qué jodidamente contradictorio es todo a veces!.

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Un episodio en la vida del pintor viajero (César Aira)

Si el problema de la novela es qué debe dejar dentro y fuera de la misma el escritor, o dónde debe ponerle punto y final, con una biografía sucede otro tanto. César Aira acomete en Un episodio en la vida del pintor viajero las andanzas por Sudamérica del pintor fisonomista de la naturaleza, el alemán Johan Moritz Rugendas (1802-1858). Aira tiene a disposición los miles de cuadros que pintaría en vida Rugendas, así como una profusa producción epistolar con la que según Aira se podría seguir casi minuto a minuto el día a día de este pintor portátil.

La biografía, apenas cien páginas, es una selección de sus momentos cumbres, o de uno por encima de todos, que acontece cuando una noche de tormenta Rugendas recibe en su cuerpo dos rayos, que sin matarlo lo dejan ya tocado de por vida, deviniendo un ecce homo de hombros para arriba. A partir de ese momento lo ven como a un monstruo (monstruosidad por otra parte muy difícil de transmitir a su querida hermana por carta), lo que no impide que su fiel escudero Robert Krause lo siga tratando con respeto y sumo cariño, y en el empeño de Rugendas a partir de ese momento hay algo quijotesco, insuflada la narración de un aliento épico, no exento de humor, que incita a la carcajada a la que cuesta sustraerse imaginando a Rugendas cubierta su cabeza con una media negra, registrando un malón, a tiro de flecha de los indios, asumiendo que su vida no vale nada y que su único fin y sentido es pintarlo todo, registrar lo que el ahora pone a disposición de sus pupilas, alteradas por la morfina, por unas conexiones sinápticas que le producen alucinaciones, acercándose a los indios tanto como para situarse en el vórtice del malón, sabedor de que él bien puede morir, pero que el arte (quizás el suyo también) es eterno.

Al final del libro dejamos a Rugendas acompañado de los indios, jugándose el tipo. Rugendas murió en 1858 en Weilheim an der Teck en Alemania, por lo tanto logró regresar a su tierra a morir, tras un periplo apasionante de muchos años por tierras sudamericanas, andanzas que Aira recoge y pone a nuestra disposición en esta particular biografía con plasticidad y luminosidad, con una reconstrucción de los hechos, donde lo importante no es coger el todo por los cuernos, pues como dijo Bolaño, el Todo es imposible y el conocimiento es una forma de clasificar fragmentos, sino armar una historia con fragmentos como hace Aira, dejándose llevar a lomos del impulso magnético e irrefrenable que es siempre la imaginación.

César Aira en Devaneos:
Los fantasmas
El mago
Prins
Varamo

César Aira

Varamo (César Aira)

Yo con César Aira (Coronel Pringles, 1949) alucino. Me pasó lo mismo cuando leí El mago y hace poco Prins, pues todas ellas son tan inclasificables como godibles. Varamo nos sitúa en Colón, ciudad Panameña, en 1923, donde un funcionario recibe como salario dos billetes falsos y poco después escribe en unas pocas horas (con nocturnidad y no sabemos si también con alevosía) El canto del niño virgen, obra maestra de la poesía centroamericana. Esto me trae en mientes la novela La literatura nazi en América de Bolaño. No digo más.

Las novelas de de Aira son heteróclitas y la narración va cambiando de tema sin darnos cuenta, pero llevándonos siempre donde el autor quiere, y al lector solo le resta dejarse llevar, muy posiblemente prendado por la inteligencia del autor, sus sagaces comentarios, el humor absurdo, situaciones peregrinas (Varamo como embalsamador, las conversaciones con su madre, la aparición de las Góngoras, el contrabando de palos de golf…), y unas cuantas reflexiones sobre la literatura y el arte de escribir que ya estaban presentes también en El mago y en Prins, donde se nos viene a decir de distintas maneras (aquí por boca de tres editores piratas) que escribir es fácil, que cualquiera puede hacerlo, que todo es ponerse, que las mejores obras son las primeras cuando no hay técnica alguna, que en pocas horas se puede escribir una obra maestra y que incluso dentro de esa literatura de entretenimiento y consumo había vanguardias, experimentaciones…. Los mitos son una construcción del lenguaje, se dice en la novela. Aquí Aira construye la realidad a base de ficción y de mucha imaginación.

Habida cuenta de que el autor es prolífico, me queda Aira para rato.

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222 patitos (Federico Falco)

Ya no compro novelas, hay una edad en la que las historias inventadas dejan de interesar. Ahora solo me llaman la atención las biografías, los ensayos, las memorias de los grandes hombres que ayudan a entender el mundo, que explican cómo fueron, cómo son las cosas.

Esto lo afirma Ada, la protagonista de uno de los doce relatos del mismo nombre, de Federico Falco (General Cabrera, 1977) que conforman 222 patitos. Un sentimiento el de Ada que comparto. A veces al leer novelas acuso cierto cansancio como si lo ahí expresado fuera una fotocopia deslucida de la realidad o una fotografía mate del pasado, algo apagado y mortecino. Es cierto que en los ensayos, biografías y autobiografías uno encuentra a menudo el aliento que necesita, así Ordesa, por ejemplo, sin que sea necesario acudir si quiera a los grandes hombres, ni pretender el entendimiento del funcionamiento del mundo.

En todos los relatos está muy presente la muerte, humana y animal, a saber, un perro que es atropellado, en Muerte de Beba, y al que hay que buscar la manera de enterrar. Un perro que tiene una camada, en Un perro azul y su dueña va apagando, ahogándolos, uno a uno, todos los cachorros alumbrados. Otro gato, en El hombre de los gatos, cuyo dueño que está trastornado encierra en una jaula, cual pájaro, hasta que los barrotes pasan a ser una segunda piel y no queda otra que matarlo para aliviar su sufrimiento. Una madre, en Doscientos veintidós patitos, que en su juventud trató de suicidarse y en su senectud cuando acaricia la posibilidad de rematar lo que empezó se va al otro barrio merced a una bala perdida mientras toma el fresco en la fachada de su casa. O bien, en El pelo de la virgen, una niña cuyo hermano pequeño muere, mientras un compañero de clase de su hermana (de la que está prendado) se piensa culpable al sustraer los cabellos que la joven había dejado en una capilla junto a una Virgen, buscando así la sanación del hermano. O bien en Historia del Ave Fénix, el que muere es un pajarraco, en una atracción de feria, llamado a ser el Ave Fénix, reducido todo a un ardid para sacar dinero a los lugareños. Encontramos un respiro en Un hombre feliz, donde tras muchos ires y venires, el protagonista del relato encuentra la paz y la felicidad. No falta tampoco en algún relato como en Las casas en la otra orilla, el manejo de lo desconocido, la figura de ese extraño que se acerca a un menor con no sabemos qué intenciones, donde una cosa lleva a la otra, y donde salir corriendo resulta la mejor opción. Hablaba de muertos, y los muertos siguen. En El tío vidente, hay un incendio que el tío prevé y una sobrina, hacia la que siente algo que se barrunta sin llegar a explicitarse, que sería víctima del fuego, pero donde a la parca le dan cambiazo. En Pinar hay más muerte, con un relato que me recuerda mucho a Fin de Monteagudo. Se reúnen un grupo de amigos, en unas cabañas, y suceden cosas extrañas, fantásticas, donde una chica se volatiliza. En Cuento de Navidad, las reuniones familiares son el momento propicio para sacar los muertos a pasear y dejar que el pasado fluya por el presente, invocando a los que ya no están y sentándolos en el banquete del ahora.

No entresacaría ningún relato porque algunos como Doscientos veintidós patitos que ofrecen muchas posibilidades como la intención de un sucidio en una familia, narrado por una madre a toro pasado, se queda en agua de borrajas, o en Ada, esa imposiblidad de arraigar de Ada, al pasar de la ciudad al campo al casarse, su posterior desamparo, su consumirse en aquel páramo que para su marido es un oásis, tampoco me acaba de cuajar.