Archivo de la etiqueta: literatura argentina

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La grande (Juan José Saer)

¡Saer, o no Saer, esa es la cuestión!. Cuando Shakespeare escribió esto ya intuía que el río de la (buena) literatura pasaría por Serodino. Cuando leí El entenado y La pesquisa tuve claro que iba a Saer que sí. Ahora después de leer La grande no lo tengo tan claro. Se preguntaba EVM ¿Es un delito que una novela no tenga argumento? Y se respondía. Pues sí, entre nosotros, todavía lo es. Me pregunto si La grande tiene argumento. Sí y no. Saer se demora en su narrar, se recrea en los pequeños detalles, los dimensiona y corporeiza, y se permite el lujo en un alarde de mundanidad de poner a sus personajes a vestirse, a comer, a defecar. Personajes que recorren su pasado, para entreverarlo con su presente; un pasado cargado de recuerdos, de muertos, de aquellos polvos y de estos lodos, con ramalazos que me traen en mientes Las ilusiones perdidas en lo tocante al fangoso mundillo literario, prosa también voluptuosa donde el sexo -como motorcillo de la humanidad- está latente o palpitante buscando sin apenas esfuerzo erigirse, erectarse, hendir. Prosa hay que abunda también en lo filosófico:

…a las diferentes etapas o situaciones de la vida corresponden teorías filosóficas o literarias precisas; así, por ejemplo, en la adolescencia el romanticismo predomina sobre todas las otras, se es hegeliano cuando se adhiere a un partido político, presocrático en la infancia, y empirista cuando se acaba de nacer, escéptico en la vejez, estoico en la vida laboral…

No hurta Saer la realidad social más desfavorecida:

pensaban encontrar en las ciudades del litoral algún alivio o alguna esperanza. Para la mayoría, pestañeando todavía de extrañeza y de incredulidad, al descubrir, atontados por la desmesura de la evidencia, que eran carne viva tirada al mundo porque sí, para sobrevivir en él a la placenta que los nutrió durante nueve meses, la pobreza era ya un progreso, la maldición del trabajo un premio, el rancho un abrigo, y la ciudad a la que muchos iban para trabajar, contemplada a lo lejos, desde la periferia, la tierra prometida.

Si la literatura supone pasar la vida a limpio, Saer, creo que vuelca su amplia experiencia vital en este texto, funde su experiencia en él, y en su lectura que ejecuto a sotavento o entras o te quedas en el umbral, no porque la novela no tenga argumento o porque éste no dé mucho de sí -convertido en un sumatorio de recuerdos caprichosos del voluptuoso joven Nula, del retornado Gutiérrez, de Tomatis…- , sino porque en los temas que aborda con su prosa inconfundible ralea mi interés, ante abundantes elementos triviales que conviven con otros muchos hallazgos fulgurantes, donde el lapiz holla el papel para la posteridad.

A pesar de que el texto resulte truncado y a pesar de que ese lunes postrero resulte casi sabático, pues solo contiene una frase, todo esto no importa, porque todo ya ha sido esbozado, referido, dicho, explicado, barruntado, entendido o no, disfrutado o no, porque Saer que murió mientras escribía la novela ha sido abolido y a su vez, gracias a la literatura, ya resucitado, a lo grande, diría si la novela me hubiera entusiasmado. No ha sido el caso.

Coincido con Saer en que el tempus fugit y además es finito.

su patria es el lugar a la vez extraño y familiar, inmediato y remoto, en el que los vivos cargan en sus hombros a los muertos, y únicamente con la muerte se liberan de la carga: y así va a ser hasta el final del tiempo, que no tiene nada de infinito, porque está condenado a apagarse cuando pare de soplar el último aliento humano.

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El país del diablo (Perla Suez)

Novela breve de Perla Suez (Córdoba, Argentina, 1947) que va de menos a más. Relato que es una crónica de destrucción y de barbarie. La perpetrada a finales del siglo XIX en la Patagonia por el hombre blanco contra los indios mapuches que allá vivían. Indios que serán asesinados a fin de que El Progreso, con las manos cubiertas de sangre, pueda sacar rendimiento de unas tierras al margen de la codicia humana hasta la fecha. Tierras que serán alambradas, segregadas y repartidas entre los vencedores. Entre las victimas del exterminio sobrevive una niña llamada Lum, de padre blanco y madre mapuche. Lum se ve impelida a saciar su sed de venganza, a complacer a su dios Nguenechen, a acompañar a los espíritus errabundos y quiere que los que arrasaron la toldería y mataron a todo su pueblo paguen por lo que hicieron. Comienza así la persecución y la caza por tierras desoladas, inhóspitas y desérticas, que la autora tan bien recrea con una prosa eficaz y ligera como el polvo del camino. Cada una de las victimas tiene su historia, sus fantasmas, el peso de una cruz a la espalda y preguntas que acechan y laceran como las que asaltan y desnudan al teniente: Alambrar para qué, conquistar para qué. Una conquista, un verter sangre, una venganza que siempre es la crónica de una derrota, de un fracaso, la del ser humano y su belicosidad en un escenario natural que solo anhela no ser perturbado ni mancillado. Su lectura nos puede traer en mente ecos de novelas como Butcher´s Crossing o Meridiano de sangre, si bien la leo más próxima a Karl y Anna, de escasos tintes westernianos, pero con la que comparte el extrañamiento y desamparo que sienten, en este caso, los blancos conquistadores y aniquiladores, bajo la bóveda celeste y ante una naturaleza hostil, que no lo es tanto para aquellos que el hombre blanco tacha de bárbaros y salvajes, en perfecta comunión estos con su hábitat natural.

Edhasa. 2017. 180 páginas.

Jorge Luis Borges

El hacedor (Jorge Luis Borges)

Estos relatos y poesías de Borges están hechos de palabras, de tiempo, de simetrías, de resonancias, de analogías, de sueño y de vigilia, de espejos -que nos reducen a un reflejo- de seres soñadores y de seres soñados, de repeticiones, donde todo lo pretérito vuelve como en un reflujo que mezcla lo presente y lo pasado, revitalizando al primero, porque Borges -ávido y gran lector- recurre a las figuras clásicas que tan bien conoce para incorporarlas a sus relatos; así aparecen Miguel de Cervantes, Luis de Camoens, Heráclito, Quevedo, Helena, Homero, Shakespeare, Dante, Julio César, Caín y tantos otros, y es tal el dominio de Borges al escribir que todo resulta prolijo, adecuado, preciso, sorprendente; algo demasiado perfecto, demasiado bien construido, muy alejado de la simplicidad de los hombres referida en Inferno, I, 32 como si -ya puestos a fantasear- las Musas no fueran otra cosa que un inevitable creación Borgeana.

Me deja esta lectura para el recuerdo relatos muy buenos como El hacedor, Martín Fierro, Everything and Nothing, Delia Elena San Marco, El otro tigre, Arte poética, La trama, In memoriam J.F.K (cuya estructura me recuerda al Wife in reverse de Dixon)…

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Catálogo de formas (Nicolás Cabral)

Como si se tratara de La parte por el todo del programa Saber y ganar, los más avispados, viendo la portada quizás se hagan una idea de por dónde van los tiros. El resto, entre los que me incluyo, descubriremos al finalizar el libro que esta novela de Nicolás Cabral (Córdoba, Argentina, 1975) ficciona la vida de un arquitecto, un tal Juan O´Gorman. Salvando este detalle, que según como se mire puede ser fundamental a la hora de drenar el texto, me gusta lo que Cabral hace, mediante un estilo conciso y austero, con frases muy cortas, con capítulos muy parejos en cuanto a su extensión: apenas dos páginas cada uno. Personajes que son arquetipos, universales y me temo que intercambiables, quienes erigen una polifonía de voces como teselas, ante la que es posible que acabemos bastante despistados, afanados en saber quién es quién. Sí, parece que la cosa va de pruebas a superar.

No me quitaba de la cabeza durante la lectura de la novela, Corrección de Bernhard, que aparece en las notas finales, con quien el Arquitecto comparte ese anhelo de evadirse, la obsesión por su Obra como su razón de ser y el continuo replanteamiento y enjuiciamiento de la misma.

Siento curiosidad por leer Las moradas, y no las de Santa Teresa, precisamente.

Editorial Periférica. 2014. 101 páginas

El beso de la mujer araña

El beso de la mujer araña (Manuel Puig)

Mi primer acercamiento a Manuel Puig (1932-1990) ha sido a través de esta novela publicada en 1976. El resultado no ha podido ser más satisfactorio. La novela no puede ser más triste y luminosa al mismo tiempo. Se puede leer desde distintos planos, ya sea el histórico: la novela se ambienta en 1975 en Argentina poco antes del golpe de estado que dictadura aupara la dictadura en el poder. El plano sociológico, con dos presos, uno preso político, Valentín, ligado a la izquierda armada revolucionaria. El otro, Molina (llamado Molinita) acusado de pervertir menores, que se considera a sí mismo, una loca, una mujer. El plano humano: dos mundos, a priori, antagónicos, que convierten la celda en una isla desierta, donde más allá de las presiones externas, permite a cada uno de ellos quitarse la careta, mostrarse como realmente es, asumiendo sus contradicciones y deseos, y entonces, camino del autoconocimiento, todos esos mimbres que sostienen el pensamiento, todo ese armazón teórico, se viene abajo, ante la cercana e ineludible humanidad -singularizada en el otro, en el compañero de catre-, ya al crudo, al natural.

Puig mete elementos de suspense muy bien resueltos y lleva al lector por donde él quiere, porque la novela pega un cambio radical en un determinado momento y luego está por ver si este hecho clave será llevado por el actor hasta sus últimas consecuencias, cuando están en juego la confianza, la amistad, la lealtad, la traición, el egoísmo, la dignidad, la desesperanza…

Oportuna la comparación de esta novela con Las mil y unas noches, pues a fin de hacer pasable el puré de la espera y la holganza, Molina, dotado de una buena memoria y seguramente mejor inventiva, va refiriendo a Valentín las películas que ha visto los últimos años, lo que les permite a ambos, ir enjuiciando lo dicho, adoptando personajes, cuestionando ciertas acciones y en definitiva vivificarse gracias a las palabras que vertemos al exterior. Historias dentro de historias que convierten la narración en una mamushka.

Puig maneja diferentes formas de narrar, incluyendo incluso el argot propio de las diligencias policiales en el penal o en el seguimiento de los presos puestos en libertad, o esas narraciones fílmicas en las que el lenguaje es más llano, muy pegado al hablar de la calle, sin barroquismos, ni efectismos.

A pesar de ser una novela corta, poco más de 200 páginas, es compleja, profunda y tan subyugante que son de esas novelas que uno quisiera leer del tirón.

Novelón.