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Jorge Luis Borges

El hacedor (Jorge Luis Borges)

Estos relatos y poesías de Borges están hechos de palabras, de tiempo, de simetrías, de resonancias, de analogías, de sueño y de vigilia, de espejos -que nos reducen a un reflejo- de seres soñadores y de seres soñados, de repeticiones, donde todo lo pretérito vuelve como en un reflujo que mezcla lo presente y lo pasado, revitalizando al primero, porque Borges -ávido y gran lector- recurre a las figuras clásicas que tan bien conoce para incorporarlas a sus relatos; así aparecen Miguel de Cervantes, Luis de Camoens, Heráclito, Quevedo, Helena, Homero, Shakespeare, Dante, Julio César, Caín y tantos otros, y es tal el dominio de Borges al escribir que todo resulta prolijo, adecuado, preciso, sorprendente; algo demasiado perfecto, demasiado bien construido, muy alejado de la simplicidad de los hombres referida en Inferno, I, 32 como si -ya puestos a fantasear- las Musas no fueran otra cosa que un inevitable creación Borgeana.

Me deja esta lectura para el recuerdo relatos muy buenos como El hacedor, Martín Fierro, Everything and Nothing, Delia Elena San Marco, El otro tigre, Arte poética, La trama, In memoriam J.F.K (cuya estructura me recuerda al Wife in reverse de Dixon)…

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Catálogo de formas (Nicolás Cabral)

Como si se tratara de La parte por el todo del programa Saber y ganar, los más avispados, viendo la portada quizás se hagan una idea de por dónde van los tiros. El resto, entre los que me incluyo, descubriremos al finalizar el libro que esta novela de Nicolás Cabral (Córdoba, Argentina, 1975) ficciona la vida de un arquitecto, un tal Juan O´Gorman. Salvando este detalle, que según como se mire puede ser fundamental a la hora de drenar el texto, me gusta lo que Cabral hace, mediante un estilo conciso y austero, con frases muy cortas, con capítulos muy parejos en cuanto a su extensión: apenas dos páginas cada uno. Personajes que son arquetipos, universales y me temo que intercambiables, quienes erigen una polifonía de voces como teselas, ante la que es posible que acabemos bastante despistados, afanados en saber quién es quién. Sí, parece que la cosa va de pruebas a superar.

No me quitaba de la cabeza durante la lectura de la novela, Corrección de Bernhard, que aparece en las notas finales, con quien el Arquitecto comparte ese anhelo de evadirse, la obsesión por su Obra como su razón de ser y el continuo replanteamiento y enjuiciamiento de la misma.

Siento curiosidad por leer Las moradas, y no las de Santa Teresa, precisamente.

Editorial Periférica. 2014. 101 páginas

El beso de la mujer araña

El beso de la mujer araña (Manuel Puig)

Mi primer acercamiento a Manuel Puig (1932-1990) ha sido a través de esta novela publicada en 1976. El resultado no ha podido ser más satisfactorio. La novela no puede ser más triste y luminosa al mismo tiempo. Se puede leer desde distintos planos, ya sea el histórico: la novela se ambienta en 1975 en Argentina poco antes del golpe de estado que dictadura aupara la dictadura en el poder. El plano sociológico, con dos presos, uno preso político, Valentín, ligado a la izquierda armada revolucionaria. El otro, Molina (llamado Molinita) acusado de pervertir menores, que se considera a sí mismo, una loca, una mujer. El plano humano: dos mundos, a priori, antagónicos, que convierten la celda en una isla desierta, donde más allá de las presiones externas, permite a cada uno de ellos quitarse la careta, mostrarse como realmente es, asumiendo sus contradicciones y deseos, y entonces, camino del autoconocimiento, todos esos mimbres que sostienen el pensamiento, todo ese armazón teórico, se viene abajo, ante la cercana e ineludible humanidad -singularizada en el otro, en el compañero de catre-, ya al crudo, al natural.

Puig mete elementos de suspense muy bien resueltos y lleva al lector por donde él quiere, porque la novela pega un cambio radical en un determinado momento y luego está por ver si este hecho clave será llevado por el actor hasta sus últimas consecuencias, cuando están en juego la confianza, la amistad, la lealtad, la traición, el egoísmo, la dignidad, la desesperanza…

Oportuna la comparación de esta novela con Las mil y unas noches, pues a fin de hacer pasable el puré de la espera y la holganza, Molina, dotado de una buena memoria y seguramente mejor inventiva, va refiriendo a Valentín las películas que ha visto los últimos años, lo que les permite a ambos, ir enjuiciando lo dicho, adoptando personajes, cuestionando ciertas acciones y en definitiva vivificarse gracias a las palabras que vertemos al exterior. Historias dentro de historias que convierten la narración en una mamushka.

Puig maneja diferentes formas de narrar, incluyendo incluso el argot propio de las diligencias policiales en el penal o en el seguimiento de los presos puestos en libertad, o esas narraciones fílmicas en las que el lenguaje es más llano, muy pegado al hablar de la calle, sin barroquismos, ni efectismos.

A pesar de ser una novela corta, poco más de 200 páginas, es compleja, profunda y tan subyugante que son de esas novelas que uno quisiera leer del tirón.

Novelón.

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El entenado (Juan José Saer).

El entenado es mi primer acercamiento a la obra de Juan José Saer (1937-2005). Esta novela, publicada en 1983 y recuperada por Rayo verde (editorial que reedita en breve La grande y que pienso leer), se presenta como un todo indiferenciado, como un mar sin orillas, sin páginas en blanco, capítulos, ni puntos y aparte. Son 182 páginas que he leído con fruición. El planteamiento no es original, a saber, un hombre en las postrimerías de su vida, a la luz de una vela, va vertiendo sobre el papel ríos de tinta negra, a los cuales afluyen sus sueños, sus recuerdos, su experiencia. Todos esos ríos que van a dar a la mar, que es la muerte y que ya ronda cerca. Entre los recuerdos del narrador se hallan las andanzas que este vivió, o sufrió, sesenta años atrás -en el siglo XVI- sin haber cumplido los dieciocho, al embarcarse hacia las Indias, cuando la tripulación cayó en manos de una tribu, que la convirtió primero en su rehenes y más tarde en su alimento. El narrador, afortunadamente, queda apartado de la pulsión canibal de sus captores, lo que sustancia la novela, la cual, curiosamente, en lugar de pasar a referirnos los pormenores del día a día del cautivo -lo que podría ser su particular Corazón de las tinieblas-, al cual se refieren llamándolo “def-ghi” -apelativo que parece sacado de una serie psicotécnica- convierte a éste en una suerte de antropólogo que irá registrando, y luego refiriéndonos, el día a día, el quehacer de la tribu, durante los diez años que el joven marino pasó entre ellos. Las primeras páginas -las que tienen que ver con la singladura y llegada a ese mundo desconocido para los marineros- me recuerdan a otras de Ospina, Mutis, Zweig. Lo que sí me resulta original es el objeto de la narración: los presuntos salvajes, el análisis de su lenguaje, poblado de palabras que expresen una idea y su contraria. Una tribu con sus propias reglas, sus normas de conducta, su ansiedad, su vivir sustraído a los goces espirituales, su necesidad de orden, de equilibrio; en cierta medida todo ellos son Atlas, que sostienen la bóveda celeste sobre sus hombros y también el peso de una realidad viscosa que los abruma, desconcierta y angustia. Un vivir presentista el suyo, que no es tal cuando necesitan recuperar, con periodicidad anual y durante unos días, su otro yo, sus orígenes, conectar entonces con sus ancestros, con su canibalismo primigenio y orgiástico -que tan bien se explicita en la portada, obra de Miguel Navia-, del cual se consiguen liberar, pasando a comerse a otros, que no son de su tribu, algo que a sus ojos los convierte en hombres verdaderos. Sí, hombres. Aquí el testigo, el antropólogo, el narrador, no habla de salvajes, no juzga, solo registra y a menudo asiente, porque lo que ve, le parece oportuno, propicio, acorde, natural. Saer tiene la virtud de hacer que todo lo relativo al canibalismo, el aspecto más truculento de la novela, no resulte demasiado estomagante. Cuando la narración sobre los pormenores de la tribu corre el riesgo de resultar reiterativa y monocorde, Saer da un sacudón y entonces todo se precipita y acontecen un montón de cosas y aventuras. Nuestro joven recupera, al lado de hombres como él, su lengua, su ropa, sus rasgos humanos. Lo veremos al lado de un cura, el padre Quesada, que lo sacará del pozo negro en el que estaba sumido. Se convertirá por casualidad en dramaturgo y en actor, contará su historia sobre los escenarios, ganará dinero y tiempo, para luego, en sus postrimerías, ya viejo, en la antesala de la muerte, a la luz de una vela, confesarse, o desangrarse, ante el folio en blanco, tratando de desentrañar qué fue aquello que vivió sesenta años atrás, y en qué medida aquello que padeció, o vivió, lo marcó, lo postró, o lo alumbró.

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Un padre extranjero (Eduardo Berti)

Eduardo Berti
Impedimenta
2016
348 páginas

¿Qué tiene la literatura para que un lector y escritor -Eduardo Berti- acuda al lugar donde vivió otro escritor, Jósef (Conrad), con la devoción de quién visita los Santos Lugares?, ¿Qué le lleva al padre de Berti a escribir una novela en su últimos años de vida, que puede tratarse tanto de una confesión como de un exorcismo?, ¿En qué medida una lengua no materna, pasa a ser la nuestra, cuando hablamos y escribimos en ella, y en qué medida esa nueva lengua conquistada, nos permite pensarnos como no extranjeros?, ¿Qué sabemos realmente de una persona -de un padre, por ejemplo-, si éste es algo parecido a un iceberg, donde lo que vemos son los flecos del presente, y el pasado es un enigma, cuyo código somos incapaces de descifrar?, ¿Qué capacidad tiene la literatura para transformar la realidad y convertir a un marinero, un tal Meen, en un asesino potencial, toda vez que se vea reconocido en las páginas de una novela de Jósef?, ¿Qué es la literatura sino una enfermedad, tal que cuando Jósef se pone a escribir en su hogar -en Pent Farm-, escribe a su mujer -que convive con él- para agradecerle que siempre esté ahí, un escribir que paradójicamente mientras a Jósef le lleva a crear mundos, realidades y personajes, a su vez, le obliga a levantar un muro, a alimentar una ausencia, a pone al escritor fuera del alcance de su mujer mientras éste escribe; una mujer que se lamenta, y que prefiera que su marido, sufra de la gota, antes que de la escritura, pues así al menos puede estar a su vera, mientras que la escritura es una fiebre que se libra en soledad: la del escritor ante la cuartilla en blanco?, ¿En qué medida uno no quiere ceder al olvido que seremos, o que serán los que se van, y por tanto Berti, no quiere acabar de leer los cuadernos que contienen la obra de su padre, como si su no lectura, lo mantuviera vivo, unido a él, a través de esas hilachas de palabras no leídas?, ¿En qué medida cambiar de apellido o de fecha de nacimiento -como hace el padre rumano de Berti-, no es reinventarse, ocultar un pasado o transformarlo, no es sino darse otra oportunidad, hacer de demiurgo de uno mismo, y soñar con ser otro y conseguirlo, aunque sea a ratos?, ¿En qué medida nuestra lengua materna, cuando deja de serlo -si deja de serlo alguna vez- no pasa a ser un miembro fantasma más, que de vez en cuando, aunque sea en sueños, trata de hacerse sitio, tomar la voz, aunque sea momentáneamente?, ¿En qué medida la existencia no es más que un cúmulo de coincidencias, resonancias, réplicas, azares, explícitos o no?.

Esta novela de Eduardo Berti la leo como una suma de interrogantes, porque dado que todo está velado, y en la medida en la que uno descubre que es más lo que desconocemos que lo que sabemos con certeza, la narración no deja de ser una continua reflexión, sobre lo que somos, sobre el concepto de identidad y de extranjería, sobre el acto de escribir, sobre todo lo que entra en un papel y lo que queda fuera, sobre cómo armonizar un texto para que resulte interesante, y esta novela de Berti, donde confluyen la autobiografía, la ficción, el ensayo, y el diario de viaje, lo es y mucho, porque toca teclas, fibras, que están ahí, quien sabe si también ocultas, y que sólo la literatura es posible activar, porque toda buena narración que se precie, como todo mito, esconde un significado oculto, un sentir freático, que es el que nos engancha, el que nos conecta con la literatura y con la vida, si acaso no vienen a ser lo mismo y nos permite entrar -o soñar que entramos- en contacto con nosotros mismos.

Eduardo Berti en Devaneos | El país imaginado