Archivo de la etiqueta: literatura argentina

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Los dos payasos (César Aira)

Los dos payasos es una de las diez novelas de César Aira incluidas en el libro recientemente publicado del mismo nombre. Son apenas treinta páginas. Escrito el mayo de 1994.

Los dos payasos nos sitúa en un circo. Espacio de ilusión y fantasía, donde dejar en suspenso la credulidad y dejarse llevar. Los protagonistas son los dos payasos del título: Balín y Balón. Su número, consiste en escribir una carta que se devora a sí misma. Uno de ellos tiene una novia llamada Beba. Uno escribe al dictado del otro y cuando toca escribir una coma, él come y cuando se dirige a su amada, Beba, él bebe, confundiendo así sustantivos y verbos, provocando las carcajadas del personal, construyendo un clímax que se infla en patetismo. En Teoría de la novela, Gonzalo Torrente Ballester decía que aquello que caracteriza la novela es que el lector se preocupa por el destino de los personajes, aquí Balón y Balín y más por el del escriba tragaldabas que por el del dictador.

Aira maneja muy bien la narración y la expectativa del lector, porque a medida que se va escribiendo la carta, pareciera irse mascando la tragedia, tal que la carcajada se abortase en el rostro demudado del espectador, mudando en mueca fúnebre. La fiereza del león en el número siguiente, hará aún más acusado el contraste con la payasada previa. A fin de cuentas, la naturaleza de un balón es: patada a seguir.

Diez novelas de César Aira | Diario de la hepatitis #10, La pastilla de hormona #8, Cecil Taylor #1

César Aira en Devaneos:
Los fantasmas
El mago
Prins
Varamo
Diario de la hepatitis
Un episodio en la vida del pintor viajero
La pastilla de hormona
Cecil Taylor

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Cecil Taylor (César Aira)

Comentaba César Aira en una entrevista que él escribía todos los días, entre media hora y una hora al día, actividad a la que no pensaba renunciar ya que formaba parte del gusto de la vida. Como lector uno encuentra que leer forma parte también del gusto de mi vida. Y así reincido con Aira. Cecil Taylor (publicada en 2011) es una de las diez novelas (esta es muy breve: 17 páginas) comprendidas en el libro publicado recientemente con el original título de Diez novelas de César Aira.

Cecil Taylor es pianista, pero la biografía que compone Aira poco tiene que ver con El perseguidor de Cortázar. Aira va más a la anécdota, a lo que sucede antes del éxito, al encadenar trabajos precarios y mal pagados, a tocar sin que nadie le preste atención a Cecil, porque él no es un pianista general, es un pianista particular, como la humanidad tendrá la ocasión de comprobar y alabar.

la carrera del músico innovador era difícil porque a diferencia del músico convencional que solo tenía que llegar al público, debía crearlo, crear su propio público inexistente hasta entonces, como quien toma una célula roja de sangre y la modela con amor y paciencia hasta que queda bien redonda, después hacer lo mismo con otra y la pega a la primera, y sigue así hasta que ha hecho un corazón, y después los demás órganos y los huesos y los músculos y la piel y el pelo, dejando para lo último el delicado túnel de la oreja, con sus yunques y martillitos….

En cierta manera quizás lo que Aira ha hecho durante todas estas décadas de escritura con su particular forma de escribir haya sido crear su propio público.

Leyendo a Aira tengo la sensación de que escribe muy en serio, aunque se le pueda tomar a broma, o no lo suficientemente en serio, aunque como en Cecil, no creo que haya ninguna utilidad para Aira en discutir su literatura con nadie. Basta con dejarse impregnar por ella para sentirla.

El texto contiene una reflexión interesante acerca del éxito:

Ahí estaba el error: en el paso del fracaso al triunfo, como si fueran el punto A y el punto B, unidos por una línea. En realidad el fracaso es infinito, porque es infinitamente divisible, cosa que no no sucede con el éxito.

También decía Aira en esa entrevista que no encontraba entre los escritores jóvenes nadie que escribiera como él. Después de haber leído Fiesta en la madriguera de Juan Pablo villalobos, no sé si éste no puede ser a la larga, quien además de prologar aquí estas novelas airanas, prolongue también el espíritu literario del mismo.

Diez novelas de César Aira | Diario de la hepatitis #10, La pastilla de hormona #8

César Aira en Devaneos:
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Un episodio en la vida del pintor viajero
La pastilla de hormona

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La pastilla de hormona (César Aira)

¿Microcuento, cuento, nouvelle, novela?.

La pastilla de hormona, publicada en el año 2000, es una de las diez novelas de César Aira recogidas en un único volumen publicado recientemente; novelas seleccionadas y prologadas por Juan Pablo Villalobos.

En el caso de ser una novela, es la mínima expresión y la más breve que he leído nunca: 8 páginas y media. La pastilla de hormona es la que se toma un tal Rosales (aunque se las han recetado a su mujer) un buen día haciendo la gracia, pues Rosales es muy juguetón, un gozón, un cachondo, un bromista, quién sabe también si un perfecto idiota. El caso es que construye su propio personaje, se distancia de sí mismo gracias al humor, se deja llevar en sus carcajadas, su cerebro es una fortaleza mental.

Aira levanta la mirada hacia el cielo y la luz que lo inunda todo:

Las ciudades modernas, con su exceso de iluminación nocturna, han corroído la tiniebla. Hoy día, ni siquiera se ven las estrellas ni ningún otro fenómeno celeste más allá de la cúpula de penumbra difusa, a la que parece pertenecer la luna misma, que compra su visibilidad con un espejismo de cercanía.

Nos falta el esperado matiz libresco, que siempre brota: Rosales no lee nunca, porque su vida transcurre por un canal diferente al de los libros y nunca se ha dado la ocasión de que ambos canales confluyeran, hasta que un día, merced al precio irrisorio de un libro acabará comprando la vida cotidiana en la antigua China. Rosales se aplica, se faja y consigue así leer media página al día, de noche, antes de acostarse, alimentando el caletre sobre el catre, pero se dispersa, mucho, jugando con la perilla de la luz, cediendo a la oscuridad, aquel clic que deje ¿a él, a oscuras? ¿a nosotros, a cuadros?

Diez novelas de César Aira | Diario de la hepatitis #10

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Un episodio en la vida del pintor viajero

María Gainza

La luz negra (María Gainza)

He notado que una no escribe ni para recordar ni para olvidar, ni para encontrar alivio ni para curarse una pena. Una escribe para auscultarse, para entender qué tiene dentro. Así por lo menos, he escrito yo, como si un endoscopio recorriera mi cuerpo.

Auscultamiento que es tanto exploración como búsqueda e huida. La narradora no irá, como en la novela de Bolaño, en busca de Cesárea Tinajero (la madre del visceralismo), sino detrás de la Negra, mujer correosa, de contornos imprecisos, prestigiosa falsificadora argentina del siglo XX de los cuadros de Mariette Lydis, que desaparece sin dejar rastro.

La búsqueda de la Negra es movimiento, no siempre lineal. Búsqueda que tampoco arrojará datos concluyentes. A medida que la narradora avanza en su investigación es como si una voz de ultratumba, la de la Negra, le dijera: dejá de joderme y no trates de hacerte un puzzle a mi costa.

«El personaje con su pasado de contornos precisos, de psicología lineal, su accionar coherente, es una de las grandes mentiras de la literatura».

La indefinición, la falta de resolución de la propuesta, su corta extensión, el magnetismo que me genera su lectura, me recuerda a las novelas de Modiano, donde la memoria -aquí investigación- siempre arroja datos precarios, difusos, inconsistentes para armar una historia sólida.

La luz negra de María Gainza (Buenos Aires, 1975) es tambien una novela de ideas, en la que la autora irá va vertiendo por boca de la narradora y de otros personajes ideas y reflexiones acerca de la crítica, la falsificación (sin el grado de detalle de Lo que arraiga en el hueso) “A veces me pregunto si la falsificación no es la gran obra de arte del siglo XX”, el valor (intrínseco) y monetario del arte, la imposibilidad de armar un relato coherente, sólido, con palabras, etc.

Novela que es también una suerte de biografía, la de la Negra. Vidas extintas y ajenas que siempre son colchonetas desinfladas, arrumbadas en un trastero, polvorientas, desapercibidas, a las que el aire de la narradora, con arrestos de biógrafa, otorgará -o esa es la pretensión- volumen, presencia y apariencia, pero sin dejar de ser aire plastificado en todo caso, así la Negra, así el resto.

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madre mía (Florencia del Campo)

Hay libros que te encuentran. madre mía de Florencia del Campo (Buenos Aires, 1982) no tenía idea de leerlo, pues lo había visto varias veces sin que llamara mi atención, pero hoy me acerqué por un local que entre otras cosas de segunda mano vende libros y me sorprendió verlo allá, pagué el euro y me lo llevé para casa, lo he leído en tres arreones y lo he disfrutado bastante.

!Ay, la familia!. Por estos andurriales librescos he ido dando cuenta de amores y desamores paternos y maternos. Ya sea como tributo, en Ordesa, o poniéndose en lo peor, en Saturno, Carta al Padre, Adiós a los padres o Apegos feroces con la que la novela de Florencia guarda más similitudes.

madre mía es la relación de F. con su madre, a la cual le diagnostican un cáncer sin solución y la hija que vive fuera de Argentina, ora en España, ora en Francia, ora en la India, va yendo y viniendo, surcando los cielos en un avión que si miramos la portada asemeja una cruz con un aura divina.

La enfermedad materna le plantea a la hija que narra un problema moral. ¿Qué hacer? ¿Ir a Argentina? ¿No ir? ¿Cuantas veces? ¿Cuanto tiempo?. Preguntas que le llevan a formularse el sentido de la palabra familia, maternidad, filiación. ¿Qué se espera de una hija en este trance? ¿Qué alimenta el sentimiento de culpa? ¿Dónde acaba el sentimiento y nace la obligación? ¿Cuándo el cordón umbilical se convierte en nudo corredero? ¿Cuando el apego se convierte en dependencia? ¿Por qué aquello que no se ve (las raíces) es lo que nos sustrae del nihilismo?

La narradora va y viene como la barca de Treto para hablarnos de su estancia en Madrid, su periplo por la India, sus escarceos sexuales (que me recuerdan a Permafrost, con otra narradora que tampoco se cortaba un pelo a la hora de sentirse y contar(nos)lo), aquellas personas que pululan a su alrededor identificados con una sola letra, conminándolos así al olvido inmediato.

La muerte esta ahí presente desde nuestro primer latido. La putada es que te pongan la fecha de caducidad, cáncer terminal mediante y surja la zozobra en el afectado y en todo su entorno, el nudo en la garganta, la indefensión, la vulnerabilidad, el amor espinoso y con tropezones.

!Madre mía, qué jodidamente contradictorio es todo a veces!.

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Un episodio en la vida del pintor viajero (César Aira)

Si el problema de la novela es qué debe dejar dentro y fuera de la misma el escritor, o dónde debe ponerle punto y final, con una biografía sucede otro tanto. César Aira acomete en Un episodio en la vida del pintor viajero las andanzas por Sudamérica del pintor fisonomista de la naturaleza, el alemán Johan Moritz Rugendas (1802-1858). Aira tiene a disposición los miles de cuadros que pintaría en vida Rugendas, así como una profusa producción epistolar con la que según Aira se podría seguir casi minuto a minuto el día a día de este pintor portátil.

La biografía, apenas cien páginas, es una selección de sus momentos cumbres, o de uno por encima de todos, que acontece cuando una noche de tormenta Rugendas recibe en su cuerpo dos rayos, que sin matarlo lo dejan ya tocado de por vida, deviniendo un ecce homo de hombros para arriba. A partir de ese momento lo ven como a un monstruo (monstruosidad por otra parte muy difícil de transmitir a su querida hermana por carta), lo que no impide que su fiel escudero Robert Krause lo siga tratando con respeto y sumo cariño, y en el empeño de Rugendas a partir de ese momento hay algo quijotesco, insuflada la narración de un aliento épico, no exento de humor, que incita a la carcajada a la que cuesta sustraerse imaginando a Rugendas cubierta su cabeza con una media negra, registrando un malón, a tiro de flecha de los indios, asumiendo que su vida no vale nada y que su único fin y sentido es pintarlo todo, registrar lo que el ahora pone a disposición de sus pupilas, alteradas por la morfina, por unas conexiones sinápticas que le producen alucinaciones, acercándose a los indios tanto como para situarse en el vórtice del malón, sabedor de que él bien puede morir, pero que el arte (quizás el suyo también) es eterno.

Al final del libro dejamos a Rugendas acompañado de los indios, jugándose el tipo. Rugendas murió en 1858 en Weilheim an der Teck en Alemania, por lo tanto logró regresar a su tierra a morir, tras un periplo apasionante de muchos años por tierras sudamericanas, andanzas que Aira recoge y pone a nuestra disposición en esta particular biografía con plasticidad y luminosidad, con una reconstrucción de los hechos, donde lo importante no es coger el todo por los cuernos, pues como dijo Bolaño, el Todo es imposible y el conocimiento es una forma de clasificar fragmentos, sino armar una historia con fragmentos como hace Aira, dejándose llevar a lomos del impulso magnético e irrefrenable que es siempre la imaginación.

César Aira en Devaneos:
Los fantasmas
El mago
Prins
Varamo

César Aira

Varamo (César Aira)

Yo con César Aira (Coronel Pringles, 1949) alucino. Me pasó lo mismo cuando leí El mago y hace poco Prins, pues todas ellas son tan inclasificables como godibles. Varamo nos sitúa en Colón, ciudad Panameña, en 1923, donde un funcionario recibe como salario dos billetes falsos y poco después escribe en unas pocas horas (con nocturnidad y no sabemos si también con alevosía) El canto del niño virgen, obra maestra de la poesía centroamericana. Esto me trae en mientes la novela La literatura nazi en América de Bolaño. No digo más.

Las novelas de de Aira son heteróclitas y la narración va cambiando de tema sin darnos cuenta, pero llevándonos siempre donde el autor quiere, y al lector solo le resta dejarse llevar, muy posiblemente prendado por la inteligencia del autor, sus sagaces comentarios, el humor absurdo, situaciones peregrinas (Varamo como embalsamador, las conversaciones con su madre, la aparición de las Góngoras, el contrabando de palos de golf…), y unas cuantas reflexiones sobre la literatura y el arte de escribir que ya estaban presentes también en El mago y en Prins, donde se nos viene a decir de distintas maneras (aquí por boca de tres editores piratas) que escribir es fácil, que cualquiera puede hacerlo, que todo es ponerse, que las mejores obras son las primeras cuando no hay técnica alguna, que en pocas horas se puede escribir una obra maestra y que incluso dentro de esa literatura de entretenimiento y consumo había vanguardias, experimentaciones…. Los mitos son una construcción del lenguaje, se dice en la novela. Aquí Aira construye la realidad a base de ficción y de mucha imaginación.

Habida cuenta de que el autor es prolífico, me queda Aira para rato.