Archivo de la categoría: César Aira

ERH35403

La pastilla de hormona (César Aira)

¿Microcuento, cuento, nouvelle, novela?.

La pastilla de hormona, publicada en el año 2000, es una de las diez novelas de César Aira recogidas en un único volumen publicado recientemente; novelas seleccionadas y prologadas por Juan Pablo Villalobos.

En el caso de ser una novela, es la mínima expresión y la más breve que he leído nunca: 8 páginas y media. La pastilla de hormona es la que se toma un tal Rosales (aunque se las han recetado a su mujer) un buen día haciendo la gracia, pues Rosales es muy juguetón, un gozón, un cachondo, un bromista, quién sabe también si un perfecto idiota. El caso es que construye su propio personaje, se distancia de sí mismo gracias al humor, se deja llevar en sus carcajadas, su cerebro es una fortaleza mental.

Aira levanta la mirada hacia el cielo y la luz que lo inunda todo:

Las ciudades modernas, con su exceso de iluminación nocturna, han corroído la tiniebla. Hoy día, ni siquiera se ven las estrellas ni ningún otro fenómeno celeste más allá de la cúpula de penumbra difusa, a la que parece pertenecer la luna misma, que compra su visibilidad con un espejismo de cercanía.

Nos falta el esperado matiz libresco, que siempre brota: Rosales no lee nunca, porque su vida transcurre por un canal diferente al de los libros y nunca se ha dado la ocasión de que ambos canales confluyeran, hasta que un día, merced al precio irrisorio de un libro acabará comprando la vida cotidiana en la antigua China. Rosales se aplica, se faja y consigue así leer media página al día, de noche, antes de acostarse, alimentando el caletre sobre el catre, pero se dispersa, mucho, jugando con la perilla de la luz, cediendo a la oscuridad, aquel clic que deje ¿a él, a oscuras? ¿a nosotros, a cuadros?

Diez novelas de César Aira | Diario de la hepatitis #10

César Aira en Devaneos:
Los fantasmas
El mago
Prins
Varamo
Diario de la hepatitis
Un episodio en la vida del pintor viajero

ERH35403

Diario de la hepatitis (César Aira)

La publicación de Diez novelas de César Aira es para mí una gran noticia. Las selecciona y prologa Juan Pablo Villalobos, quien cuenta que leyendo un día a Aira estrelló o estampó una de sus novelas contra la pared. Comprensible. Aira desquicia, descoloca. ¿Por qué?. Quizás porque dinamita en cada libro cualquier convención literaria. Quizás porque son este tipo de textos que se derraman, impetuosos, en los que el lector poco puede hacer más allá de exhibir su perplejidad, su asombro y en última instancia congraciarse con el magisterio que obra Aira en esta profesión de escritor. En Diario de la hepatitis, novela ultracorta de apenas 16 páginas publicada en 1992, el que relata es un fulano postrado en una cama, cama que nos puede remitir a Onetti, practicando la sempiterna horizontal. El relator está enfermo, pasa las horas encamado y ahí brota su flujo de conciencia, su mirar se enriquece con las nubes que hollan el cielo, los pájaros que cantan, sale a la calle y aquello es mezcla de realidad y fantasía, de sueño y vigilia, el yacente busca la inacción, el no hacer nada, ni siquiera escribir, así lo dice en la avanzadilla a la novela, que no escribiría por nada del mundo, aunque la estuviera palmando de distintas maneras, pero a renglón seguido lo anterior se contradice para a modo de diario, con entradas correspondientes a distintos días, no consecutivos, ir dando cuenta de su día a día o semana a semana, aquella cuarentena en la que Aira por boca del narrador toca distintos palos, porque cada entrada es un microrrelato y espacio también para la poesía, el aforismo, la reflexión, los juegos matemáticos, los devaneos literarios, aquello que tiene que ver con la posteridad, la gloria, la fama, la nada y la necesidad imperiosa de no querer pasar por todo eso de nuevo. Aira te lleva y te trae te pone del revés te revuelve el cabello dibuja una mueca en tu cara te hace romperte en carcajadas te dice al oído que el lenguaje lo puede todo y la imaginación ya ni te cuento.

Lo de Aira es puro vicio creador. Nueve novelas airanas más por delante. Tanto placer quizás me ultime. No digo más.

La novela se puede leer en este enlace.

IMG_20181016_174222

Un episodio en la vida del pintor viajero (César Aira)

Si el problema de la novela es qué debe dejar dentro y fuera de la misma el escritor, o dónde debe ponerle punto y final, con una biografía sucede otro tanto. César Aira acomete en Un episodio en la vida del pintor viajero las andanzas por Sudamérica del pintor fisonomista de la naturaleza, el alemán Johan Moritz Rugendas (1802-1858). Aira tiene a disposición los miles de cuadros que pintaría en vida Rugendas, así como una profusa producción epistolar con la que según Aira se podría seguir casi minuto a minuto el día a día de este pintor portátil.

La biografía, apenas cien páginas, es una selección de sus momentos cumbres, o de uno por encima de todos, que acontece cuando una noche de tormenta Rugendas recibe en su cuerpo dos rayos, que sin matarlo lo dejan ya tocado de por vida, deviniendo un ecce homo de hombros para arriba. A partir de ese momento lo ven como a un monstruo (monstruosidad por otra parte muy difícil de transmitir a su querida hermana por carta), lo que no impide que su fiel escudero Robert Krause lo siga tratando con respeto y sumo cariño, y en el empeño de Rugendas a partir de ese momento hay algo quijotesco, insuflada la narración de un aliento épico, no exento de humor, que incita a la carcajada a la que cuesta sustraerse imaginando a Rugendas cubierta su cabeza con una media negra, registrando un malón, a tiro de flecha de los indios, asumiendo que su vida no vale nada y que su único fin y sentido es pintarlo todo, registrar lo que el ahora pone a disposición de sus pupilas, alteradas por la morfina, por unas conexiones sinápticas que le producen alucinaciones, acercándose a los indios tanto como para situarse en el vórtice del malón, sabedor de que él bien puede morir, pero que el arte (quizás el suyo también) es eterno.

Al final del libro dejamos a Rugendas acompañado de los indios, jugándose el tipo. Rugendas murió en 1858 en Weilheim an der Teck en Alemania, por lo tanto logró regresar a su tierra a morir, tras un periplo apasionante de muchos años por tierras sudamericanas, andanzas que Aira recoge y pone a nuestra disposición en esta particular biografía con plasticidad y luminosidad, con una reconstrucción de los hechos, donde lo importante no es coger el todo por los cuernos, pues como dijo Bolaño, el Todo es imposible y el conocimiento es una forma de clasificar fragmentos, sino armar una historia con fragmentos como hace Aira, dejándose llevar a lomos del impulso magnético e irrefrenable que es siempre la imaginación.

César Aira en Devaneos:
Los fantasmas
El mago
Prins
Varamo

César Aira

Varamo (César Aira)

Yo con César Aira (Coronel Pringles, 1949) alucino. Me pasó lo mismo cuando leí El mago y hace poco Prins, pues todas ellas son tan inclasificables como godibles. Varamo nos sitúa en Colón, ciudad Panameña, en 1923, donde un funcionario recibe como salario dos billetes falsos y poco después escribe en unas pocas horas (con nocturnidad y no sabemos si también con alevosía) El canto del niño virgen, obra maestra de la poesía centroamericana. Esto me trae en mientes la novela La literatura nazi en América de Bolaño. No digo más.

Las novelas de de Aira son heteróclitas y la narración va cambiando de tema sin darnos cuenta, pero llevándonos siempre donde el autor quiere, y al lector solo le resta dejarse llevar, muy posiblemente prendado por la inteligencia del autor, sus sagaces comentarios, el humor absurdo, situaciones peregrinas (Varamo como embalsamador, las conversaciones con su madre, la aparición de las Góngoras, el contrabando de palos de golf…), y unas cuantas reflexiones sobre la literatura y el arte de escribir que ya estaban presentes también en El mago y en Prins, donde se nos viene a decir de distintas maneras (aquí por boca de tres editores piratas) que escribir es fácil, que cualquiera puede hacerlo, que todo es ponerse, que las mejores obras son las primeras cuando no hay técnica alguna, que en pocas horas se puede escribir una obra maestra y que incluso dentro de esa literatura de entretenimiento y consumo había vanguardias, experimentaciones…. Los mitos son una construcción del lenguaje, se dice en la novela. Aquí Aira construye la realidad a base de ficción y de mucha imaginación.

Habida cuenta de que el autor es prolífico, me queda Aira para rato.

www.devaneos.com

Prins (César Aira)

Prins es una narración plagada de puertas giratorias hacia la realidad y la irrealidad, el presente y el pasado, las bromas y las veras, la literatura y la antiliteratura.

Nos habla el narrador -un exitoso autor de bestseller de literatura gótica, que decide un buen día dejar de escribir- de esa literatura elaborada con palabras de única acepción, lejos de los juegos de palabras, de las metáforas, esa clase de literatura a la que el lector exige un producto con el cual dejar en suspenso su inteligencia y una de sus mayores manifestaciones, el pensar (oiremos a menudo en estas fechas veraniegas, vacacionales, que el cuerpo pide lecturas ligeras, para no pensar -cuando precisamente el objetivo del arte, si es que este tiene alguno, es precisamente ese, la invitación a pensar, a reflexionar, a preguntarnos y cuestionarnos acerca de nuestra realidad-) lecturas que se devoran programadas para ser olvidadas al tiempo que se finalizan.

Cuando leí El mago quedé literalmente encantado. Al igual que en aquella, en Prins se pone encima de la mesa el tema de la escritura, en qué consiste la literatura, qué te convierte en escritor, y aquí se habla de confianza, de valor, de talento. Se nos dice que no es lo es mismo escribir un libro, que publicarlo, que no es lo mismo publicarlo que venderlo, y podemos añadir que no es lo mismo venderlo que leerlo y también que no es lo mismo que nos guste que que no.

Aira recurre a la parodia de la novela gótica (aunque extrapolable a cualquier otro género), género de la literatura que como todo género confina en su redil a los lectores de dicho género, excluyendo al resto de lectores, que ante ciertas lecturas bien pueden tener la sensación de encontrarse a las puertas de un club privado.

En El Mago su personaje defendía que cualquiera puede escribir. Es cierto. La cuestión es escribir bien, que las palabras no caigan en el papel como monedas en un pozo sin dejar ondas, ecos, sino creando pleamares de sentido y significado, redes sinópticas en las que nos embrolla Aira, para quien la literatura parece ser un juego, un paliativo contra el tedio, con el que desafíar las certezas del lector, atentando contra las tautologías, contra todo lugar común, y ahí reside precisamente el valor de las obras de Aira como la presente, en su capacidad para asombrarnos, divertirnos, ilusionarnos, enriquecernos y darnos un buen viaje, sin que medien opiáceos. O sí.

Aira, que no se parece a ningún otro escritor, ni siquiera a sí mismo, creo que tiene el d(r)on de la escritura en sus manos, de ahí que su literatura sea de altos vuelos, y todo ello es capaz de demostrárnoslo en tan solo 137 páginas.