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Lección de alemán (Siegfried Lenz)

Siggi, un joven internado en un reformatorio, el día que debe escribir una redacción con el jocoso título de «las alegrías del deber» se bloquea y entrega un ejercicio en blanco. A este acto de insumisión caligráfica, le sucederá un castigo con reclusión y aislamiento en su celda que supondrá que el joven logre extraer parte de su pasado vomitándolo sobre un buen número de cuadernos.

Siggi entonces se aplica, recorre su pasado e irá espigando los momentos que recuerda de su vida: El puesto de policía más al norte de alemania en el que trabaja su padre, Jepsen (donde el Mar del Norte, en un territorio fronterizo entre Alemania y Dinamarca se convierte en un personaje más), Max, el pintor al que se le prohíbe pintar (y al que se le confiscan sus últimos cuadros, impeliéndole a pintar cuadros imaginarios) porque los colores son subversivos, tanto como la claridad nocturna tal que si alguien olvidará sellar las ventanas, la infracción de la ordenanza de oscurecimiento de ventanas supondría un delito, su hermano Klaas el cual se automutila durante la guerra y es detenido, luego deviene fugitivo y más tarde hijo (no) pródigo y entregado a la justicia por su severo padre, más tarde liberado, luego actor, fotógrafo, Asmus Asmussen, Jutta, su hermana Hilke…

Todas las historias que sin proponérmelo, he retenido en mi memoria, empiezan y acaban mal. Todas, nos dice Siggi.

En la narración brilla la relación de Siggi con sus padres, que sin llegar a lo que enuncia Thomas Bernhard en su relato Reencuentro manifiesta una carencia de sentimientos y de sensibilidad brutal, una severidad implacable, un sentido del deber y de la rectitud demoledor y aniquilante, que conlleva para Siggi una obediencia temerosa hacia sus padres, donde siempre median los inevitables castigos corporales por parte de sus progenitores ante los que el joven siente tanta inquietud como miedo. Un sentimiento de odio similar al que experimenta Hilke a quien le cantan las cuarenta al posar de manera procaz y muy poco decorosa según sus padres, para el pintor Max.

La figura del pintor, su rebeldía ante el absurdo y la sinrazón reinante del gobierno nazi que los somete, me ha parecido lo más notable del relato, al tiempo que pone de evidencia el poder intempestivo del arte, en este caso de la pintura.

El pintor demostró de una vez por todas que el gran arte también contiene una venganza frente al mundo, pues condena a la inmortalidad aquello que esté quiere despreciar.

Otro de los puntos destacables de la novela es la manera en la que sociedad criminaliza la diferencia, algo que el régimen homogeneizador nazi llevó hasta sus últimas consecuencias eliminando no solo cualquier atisbo de disidencia hacia su poder (muy recomendable para entender mejor esto es la biografía que Peter Longerich escribió sobre Heinrich Himmler), sino a cualquiera que se apartara de su ideal de pureza racial.

La sociedad siempre se ha sentido desafiada, amenazada o subvertida por aquel que es diferente, y por ese motivo dedica a estos sujetos todo su interés y su desconfianza, y hasta los persigue con odio, dice Wolfgang Mackenroth, el psicólogo que analizará el caso de Siggi y con el que piensa elaborar una tesis.

A medida que Siggi va reconstruyendo su pasado como actor principal, Mackenroth, en su rol de psicólogo, irá sacando conclusiones sobre la conducta de ese joven inadaptado que parece ser Siggi, tratando de explicar la personalidad de éste, recurriendo para ello a hechos objetivos. Hay una frase que me parece clave entre la relación que se establece siempre entre lo objetivo y lo subjetivo.

Sucedió como lo cuentas, pero en realidad no fue así. Le dice Siggi a Mackenroth cuando Siggi lee lo que este último ha escrito en su informe tras leer Mackenroth los cuadernos de Siggi.

Frase que demuestra los límites y el alcance de la psicología, de la misma manera que toda literatura es metáfora de la pérdida o cambio de significado que hay entre lo que el escritor tiene en mente cuando escribe un libro y lo que el lector aprehende con la lectura del mismo.

Un libro basado en la memoria, en la reconstrucción de los hechos, es terreno fecundo para las elipsis, y sucede que esos momentos para mí más interesantes, como sería saber lo que le sucede tanto a Jepsen como a Max cuando son detenidos, cada uno por distintas causas, y luego devueltos a la vida normal, son momentos que Lenz nos sustrae, para contarnos otros momentos a ratos más tediosos, demorándose en cosas que hacen en mi opinión la novela, descompensada, vaya de más a menos, con personajes como Hilke o Klaas que deberían de tener más cuerpo, pues ese campo de fuerzas, esa polaridad entre el sentido del deber (meollo del libro) a ultranza de Jepsen (deber convertido en una adicción, que lejos de sumar, resta y merma todo lo que éste tiene a su alcance) y la mínima observancia del mismo por parte de Max, a veces pierde fuelle y se desaprovecha la oportunidad de apuntalar algunos aspectos que están presentes en la novela sin llegar a entrar a saco en ellos, lo que hubiera hecho de la narración algo todavía más notable.

Impedimenta. 2016. 496 páginas. Traducción de Ernesto Calabuig.

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Un padre extranjero (Eduardo Berti)

Eduardo Berti
Impedimenta
2016
348 páginas

¿Qué tiene la literatura para que un lector y escritor -Eduardo Berti- acuda al lugar donde vivió otro escritor, Jósef (Conrad), con la devoción de quién visita los Santos Lugares?, ¿Qué le lleva al padre de Berti a escribir una novela en su últimos años de vida, que puede tratarse tanto de una confesión como de un exorcismo?, ¿En qué medida una lengua no materna, pasa a ser la nuestra, cuando hablamos y escribimos en ella, y en qué medida esa nueva lengua conquistada, nos permite pensarnos como no extranjeros?, ¿Qué sabemos realmente de una persona -de un padre, por ejemplo-, si éste es algo parecido a un iceberg, donde lo que vemos son los flecos del presente, y el pasado es un enigma, cuyo código somos incapaces de descifrar?, ¿Qué capacidad tiene la literatura para transformar la realidad y convertir a un marinero, un tal Meen, en un asesino potencial, toda vez que se vea reconocido en las páginas de una novela de Jósef?, ¿Qué es la literatura sino una enfermedad, tal que cuando Jósef se pone a escribir en su hogar -en Pent Farm-, escribe a su mujer -que convive con él- para agradecerle que siempre esté ahí, un escribir que paradójicamente mientras a Jósef le lleva a crear mundos, realidades y personajes, a su vez, le obliga a levantar un muro, a alimentar una ausencia, a pone al escritor fuera del alcance de su mujer mientras éste escribe; una mujer que se lamenta, y que prefiera que su marido, sufra de la gota, antes que de la escritura, pues así al menos puede estar a su vera, mientras que la escritura es una fiebre que se libra en soledad: la del escritor ante la cuartilla en blanco?, ¿En qué medida uno no quiere ceder al olvido que seremos, o que serán los que se van, y por tanto Berti, no quiere acabar de leer los cuadernos que contienen la obra de su padre, como si su no lectura, lo mantuviera vivo, unido a él, a través de esas hilachas de palabras no leídas?, ¿En qué medida cambiar de apellido o de fecha de nacimiento -como hace el padre rumano de Berti-, no es reinventarse, ocultar un pasado o transformarlo, no es sino darse otra oportunidad, hacer de demiurgo de uno mismo, y soñar con ser otro y conseguirlo, aunque sea a ratos?, ¿En qué medida nuestra lengua materna, cuando deja de serlo -si deja de serlo alguna vez- no pasa a ser un miembro fantasma más, que de vez en cuando, aunque sea en sueños, trata de hacerse sitio, tomar la voz, aunque sea momentáneamente?, ¿En qué medida la existencia no es más que un cúmulo de coincidencias, resonancias, réplicas, azares, explícitos o no?.

Esta novela de Eduardo Berti la leo como una suma de interrogantes, porque dado que todo está velado, y en la medida en la que uno descubre que es más lo que desconocemos que lo que sabemos con certeza, la narración no deja de ser una continua reflexión, sobre lo que somos, sobre el concepto de identidad y de extranjería, sobre el acto de escribir, sobre todo lo que entra en un papel y lo que queda fuera, sobre cómo armonizar un texto para que resulte interesante, y esta novela de Berti, donde confluyen la autobiografía, la ficción, el ensayo, y el diario de viaje, lo es y mucho, porque toca teclas, fibras, que están ahí, quien sabe si también ocultas, y que sólo la literatura es posible activar, porque toda buena narración que se precie, como todo mito, esconde un significado oculto, un sentir freático, que es el que nos engancha, el que nos conecta con la literatura y con la vida, si acaso no vienen a ser lo mismo y nos permite entrar -o soñar que entramos- en contacto con nosotros mismos.

Eduardo Berti en Devaneos | El país imaginado

El ojo castaño de nuestro amor

El ojo castaño de nuestro amor (Mircea Cărtărescu)

Mircea Cărtărescu
204 páginas
Traducción de Marian Ochoa de Eribe Urdinguio
Impedimenta
2016

El ojo castaño de nuestro amor de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) se inicia con el que me ha parecido uno de los mejores relatos del libro, Ada-Kaleh, Ada-Kaleh, cuyo título hace mención a una isla ubicada en el cauce del Danubio, que sería sepultada bajo las aguas con la construcción de una presa. Una isla mítica, o así la representa el autor, en un relato que mezcla la historia de la isla con la crónica periodística, rememorando a todos aquellos que escaparon de Rumanía y murieron cruzando el Danubio, con la esperanza de llegar a Yugoslavia, un relato que deja un poso de melancolía, ante ese mundo extinto, o del cual ya solo quedan ruinas pues como nos dice el autor, él ha madurado entre ruinas, ha estudiado entre ruinas, ha amado entre ruinas, y piensa que ser rumano significa ser pastor de las ruinas.

La sustancia que alimenta muchos de estos relatos, son las vivencias experimentadas por el autor en su niñez, juventud o madurez, así tenemos a Cărtărescu haciendo el servicio militar, o bien descubriendo esa otra droga que pasará a ser el Nescafé; seremos testigos de la muerte de su hermano, en un relato que cifra el mejor lirismo de Cărtărescu. La llegada de los jeans a las tiendas da lugar a un relato hilarante, donde la derrota se asume con entereza. Nos ofrecerá el autor una crítica explícita de lo que para él supuso vivir, primero con un gobierno comunista en el poder, y luego con un gobierno de mineros, hasta la llegada del capitalismo; su empeño una vez caído el muro de Berlín es poner el acento en todo aquello que une a oriente y a occidente, consciente de que lucha contra fuerzas potentes, como la personificación del editor alemán que quiere marginar sus libros al espacio físico del autor, a su localismo. Cărtărescu tiene que llegar a la cincuenta para dejar por primera vez en su vida las horribles casas de hormigón donde ha vivido hasta entonces y poder disfrutar de una casa en el campo, desde la cual ver el cielo cuajado de estrellas.

El Cărtărescu niño descubre con ocho años la magia de la literatura, de la letra impresa y comienza ahí su idilio con los libros, que devora, convertida así la lectura en una droga dura. Nos habla Cărtărescu de esos primeros libros que leemos y que nos dejan una impronta tal, que luego todas las historias después leídas se unen como delicados y resistentes hilos de seda, a esa primera historia que leí en la infancia. Luego, ya en la edad adulta, Cărtărescu, se erige como escritor, como poeta y novelista y se ve devorado por la pasión de las letras, por los cantos de sirena del papel en blanco y a medida que va publicando libros y haciéndose un hueco en las letras rumanas, quiere romper con los localismos, con su apellido acabado en –escu que lo convertiría en un escritor rumano más, porque la batalla que libra Cărtărescu consiste en trascender las fronteras, en despojarse de las etiquetas que lo reducen a ser un escritor de un país del este de Europa, que lo constriñen a ser un escritor rumano, cuando su empeño, su afán, su lucha, es la de que lo vean y lo lean como se lee a un escritor universal, sin importar el lugar de nacimiento, ni los lugares donde se ubican las historias que brotan de la pluma del escritor.

Cărtărescu cree en la palabra, cree en la literatura, pero sabe que todo cambia, que la poesía subsiste ya en las blogs, en las letras de las canciones, en todo acto que busque la belleza y se lamenta de la falta de lectores exigentes, «aquellos con la cultura necesaria para aprehender las alusiones, las referencias y la intertextualidad de cualquier fragmento de buena literatura”, se lamenta de “nuestra civilización sin cultura, una cultura sin arte, un arte sin literatura y una literatura sin poesía» y a pesar de todo esto, Cărtărescu tiene esperanza; la poesía sobrevivirá nos dice, la literatura sobrevivirá afirma, pues cree en las palabras de Mallarmé: “el mundo solo existe para llegar a un libro”.

Nos dice Cărtărescu que quiere competir con escritores de todas partes, a los que admira y aprecia. Leyendo este fascinante libro, puedo afirmar que Mircea Cărtărescu compite, y lo hace muy bien, lo cual redunda, como toda la buena literatura, en beneficio del lector.

Estrómboli

Estrómboli (Jon Bilbao)

Jon Bilbao
Impedimenta
2016
270 páginas

Ocho relatos conforman el último libro de Jon Bilbao, editado por Impedimenta, que lleva por título Estrómboli. Más que Estrómboli, que no niego que es un título muy sugerente, le habría ido mejor otro más ajustado al contenido de los relatos, tipo Daños colaterales, Acto, consecuencia, o similares.

Digo esto porque en estos relatos hay seres humanos llevados a situaciones, no límite (o sí), pero sí que se salen de lo habitual, de la aplastante monotonía y del tedio de las rutinas. Y esas decisiones que adoptan tienen consecuencias, a veces irreparables. Con esos mimbres trabaja y a ratos me fascina Jon Bilbao.

En el primer relato, Crónica distanciada de mi último verano, un acto a priori intrascendente, como encontrar a un fulano olisqueando las bragas de tu novia en las lavadoras comunes de un inmueble, deriva hacia algo brutal, dado que el olisqueador es un belicoso motorista de malas compañías y la víctima es un pardillo que trata de demostrarse a sí mismo que no es un cobarde, eligiendo a tal fin, la empresa equivocada. Un relato que trasciende la violencia de género para quedarse a violencia a secas donde la esgrima verbal se reemplaza por los moquetones a dos manos, por ambas partes. Y un final de traca. Uno de los mejores relatos del libro.

En El peso de tu hijo en oro, de nuevo, las fatales consecuencias de nuestros actos, e incluso de nuestros no actos, porque a menudo pagamos incluso por lo que no hemos hecho, donde la sombra de la (presunta) culpa, nos atormenta y desquicia. Y donde la muerte de un hijo, rompe algo que deja al padre convertido en algo parecido a un remiendo, y a dos amigos al borde del precipicio, por mucho que el tiempo lo cure todo, o queramos creerlo. Es este mi relato preferido.

En Siempre hay algo peor, un tipo normal se mete en zambras turbias, que deparan un buen relato de suspense, mucho humor negro, un gran personaje, Samuel Nixon y un final parejil, tan precipitado, abierto y misterioso, que no acabo de verlo.

Una boda en invierno, es un relato hilarante, donde me troncho con los diálogos y personajes que acuden a la boda. Humor, sexo y suspense que maridan muy bien. Otro de los mejores relatos de libro.

Desgraciadamente a partir de aquí ya hemos coronado, el libro ha dado lo mejor de sí y los relatos que se suceden distan bastante de los anteriores.

Como en un idioma desconocido, me resulta el relato más flojo, con una historia que desvela los entresijos de una empresa nuclear, el robo de material, lo que significa encontrarte fuera de lugar y en este caso la pugna entre el poder político y empresarial.

Avicularia avicularia podría haber sido un gran relato de terror. En parte lo es. Pocas cosas nos dan tanto asco como las arañas. El protagonista acude a un programa de televisión y como andan mal de pasta en casa, decide zamparse una araña en directo «Atrapó la araña y se la llevó a la boca. Sintió las aterciopeladas patas sobre los labios, la barbilla y la nariz. Era grande. Se metió una parte en la boca. Las patas se plegaron como las varillas de un paraguas«. El día después, un fulano normal ha pasado a ser el tipo que se zampó una araña en directo. Esa decisión mejora su economía pero lo destroza, como si esa araña formase ya parte de él y no hubiera purgante capaz de erradicarla, máxime cuando se trata de algo ya mental. Lo que sucede después es lo que el relato apenas explota, más allá de los temores y miedos del sujeto. El final hilarante, no es tal.

El castigo más deseado y Estrómboli que cierran el libro nos presentan de nuevo a parejas que se hieren, se quieren, se aman, se dejan, se tiran los tejos, se tiran los trastos a la cabeza, se ponen los cuernos, y el corazón se enloquece ante tantas posibilidades, que haga uno lo que haga, al final alguien siempre saldrá dañado. En el castigo más deseado, de nuevo hay un niño muerto tiempo atrás, un padre herido y su deseo de venganza, que viene a ser la otra cara de la moneda de El peso de tu hijo en oro, pues el deseo de venganza aquí es mayor que el deseo de perdonar y de asumir que para poder sobrevivir a veces la única manera es perdonar u obtener el perdón ajeno.

Jon maneja con soltura el humor negro, el suspense, los diálogos hilarantes, las situaciones absurdas, las metáforas poderosas y es capaz de tensar la realidad para hacer que nos formulemos muchas preguntas, ante las situaciones límite que nos plantea. Dijo el filósofo que éramos nosotros y nuestras circunstancias. Sobre esas circunstancias, sobre nuestras acciones, acertadas o no, es sobre lo que Jon reflexiona, pergeñando un libro importante, valioso.