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En la ciudad líquida (Marta Rebón)

Leí una vez que todo buen traductor debía de ser a su vez un buen escritor. Marta Rebón (Barcelona, 1976), reputada traductora de textos rusos al castellano (Vida y destino, El fiel Ruslán, La facultad de las cosas inútiles, Una saga moscovita, Inmersión, un sendero en la nieve, El caballo negro, Ante el espejo...), nos ofrece en La ciudad líquida un artefacto narrativo mezcla de relatos de viajes, autobiografía y ensayos literarios (empleando algunos materiales que ya aparecían en algunos epílogos a los libros traducidos por Marta). Como hacía María Belmonte (tras su fascinante Peregrinos de la belleza, viajeros por Italia y Grecia) en Los senderos del mar, un viaje a pie, Rebón se sitúa en primera línea para hablarnos de ella, si bien la parte autobiográfica no es lo que más peso tiene en el libro, que es una sucesión de viajes por distintas ciudades del mundo, de San Petersburgo, a Tánger, pasando por Barcelona o Quito, entre otras muchas.

Decía Galdós que el poder de la idealización poética es tal, que sus creaciones tienen tanta fuerza como los seres efectivos; su memoria iguala si no supera a la de los individuos históricos de dudosa existencia. Más conocidos son en el mundo Romeo y Julieta que César y Alejandro. No ha de sorprendernos por tanto que para Dovlátov -aquel escritor ruso al que no le resultaba casual que todos los libros tuvieran forma de maleta- la mayor desgracia de su vida fuese la muerte de Anna Karénina. Rebón sigue la pista a un sinfín de escritores, quiere seguir también sus pasos, caminar las mismas calles, ocupar las mismas habitaciones, mirar los mismos cielos, al tiempo que muchas de las ficciones en forma de novelas o relatos pasan a formar parte de la escritura de Rebón, la cual recurre a las vidas de estos personajes de ficción para contrastarla con lo que ella mira y siente, valiéndose de un sinfín de citas, que como nos dice Vila-Matas toman nuevo significado y sentido cuando se insertan en otro texto, citas que más que muletas le sirven a Rebón como rampa de lanzamiento, pues logra sustraerse a los lugares comunes -tal que cuando uno de los capítulos se titula Paseos, yo ya visualizaba allí al escritor que parece haber monopolizado para sí el término, a saber, Robert Walser- y despliega las alas hacia nuevas rutas y horizontes, lo que hace la lectura sorprendente, estimulante, gozosa, plena (donde el tiempo proteico es ya Aión), en especial con las páginas dedicadas a Chéjov, Dovlátov, Dombrovski, Aksiónov, Ajmátova, Saint-Exupéry, Dostoievski, Pasternak, Gógol, Marina Tsvietáieva, Chukóvskaia, Nabokov, Brodsky, Goytisolo...

El único pero que le pondría al libro es que algunas fotos como la de la página 144 presentan un tamaño tan reducido (4,5 cm x 2,5 cm) que hubiera sido mejor haber prescindido de ellas, además, las dimensiones del libro no permiten disfrutar de muchas de ellas, de tamaño algo mayor, que hubieran requerido, a mi entender, mejor calidad del papel y un mayor tamaño.

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Las tres vidas de Stefan Zweig (Oliver Matuschek)

Stefan Zweig era mucho más ambicioso que Virginia Woolf, la cual anhelaba solo una habitación propia. Zweig se veía en un palacio donde las habitaciones se contasen por decenas, un reducto montaignesco donde ni las tareas domésticas, ni los compromisos familiares, ni los requerimientos amatorios le robasen tiempo alguno, ni lo apartaran un ápice de su única pasión: la literatura.

Desde muy joven Stefan (con efe, tras suprimir la pe que la antecede, pues Zweig así quiso ver escrito su nombre desde pronta edad) lee y escribe, primero poesías, que llega a ver publicadas y reseñadas, con cierto éxito, aunque le echen en cara su críticos que le faltan experiencias vitales. Zweig echa pestes de su época escolar, de aquel ambiente insano de severidad, y rigidez. No le van mal las cosas a Stefan, nacido en 1881, el menor de dos hermanos, cuyo padre es un industrial judío de éxito, que cubre todas las necesidades familiares burguesas y esto le permite a Zweig estudiar filosofía y letras en lugar de derecho que era el deseo paterno. Tras doctorarse entra en el negocio editorial y ve cumplido su sueño: escribe obras teatrales que ve representadas, hace traducciones, publica biografías de Tolstói (excelentemente acogida en Rusia, en la celebración del centenario del nacimiento de Tolstói lo que le facilita un viaje a cuerpo de Rey y con todos los honores por esas latitudes), Dickens, Dostoievski (recogida en su libro Tres maestros), Hölderlin, Heinrich Wilhelm von Kleist, Nietzsche (biografías recogidas bajo el título de La lucha con el demonio), Mary Baker-Eddy, Freud, que dice leer todos los libros de Zweig que caen en sus manos y Franz Anton Mesmer (biografías publicadas bajo el título de La curación por el espíritu), Balzac, Fouché, María Estuardo, María Antonietta (libro del que en 1932 en pocos meses ya había despachado 50.000 ejemplares, tal que con malicia se burlaran de Zweig llamándolo Erwebszweig, El Zweig de las ganancias…, sus decisiones se tienen en cuenta en la edición de los libros y se convierte en uno de los escritores más vendidos en Alemania y Austria. Sus libros se traducen además a otros idiomas con lo que el nombre de Zweig cruza fronteras y océanos.

Zweig no quiere una relación seria, le van más los escarceos sexuales, las aventuras de una noche sin compromiso alguno, hasta que en su camino se cruza una mujer Friderike, la cual se empecina en ser su esposa, lo cual no es fácil, pues tiene que divorciarse primero ésta de su marido y cuenta además con dos hijas pequeñas. Friderike se aplica, se divorcia y logra convivir con Zweig (se instalan en Salzburgo: aquella ciudad con la que Thomas Bernhard se ha despachado tan a gusto en sus Relatos autobiográficos) el cual sigue manteniendo su independencia, pues así lo quiere Friderike que se encargará de mantener a sus dos hijas pequeñas ella sola, monopolizando la carga de todas las gestiones diarias, de toda índole, y que no ve mal que Zweig ponga los pies en polvorosa y se entregue a su espíritu nómada cada vez que surja algún altercado doméstico del tipo que sea, pues la manera de comprometerse del austriaco era darse a la fuga, llamándose a sí mismo, Stefan Pachá. Incluso Friderike transigiría con las aventuras amorosas que pudiera tener Zweig, como escribe Friderike en su diario (la relación epistolar entre Zweig y Friderike ha sido publicada este mes de septiembre en Acantilado, con traducción de Joan Fontcuberta): “Stefan me ha nombrado hoy su conejita mayor permanente. No pido más: que disfrute de vez en cuando con conejitas menoras. Les deseo lo mejor, a ellas con él y a él con ellas, siempre que yo siga siendo la conejita mayor“. Por otra parte, Alfred, el hermano de Stefan siempre decía que su hermano no estaba hecho para la vida familiar, y de hecho, ni como esposo, ni como padrastro, ni como hijo, brilló la estrella de Zweig como esplendería en el reino de las letras, que por otra parte es por lo que hoy le conocemos todos, y ya a mayores, nos interesa de él. ¿O no?

Zweig coge vuelo, fama, gana mucho dinero, se convierte en un superventas, se relaciona con Hesse (con el que mantiene una relación epistolar que durará 35 años), Rilke, escribe de forma compulsiva, sigue traduciendo y publicando obras teatrales que reciben muy buena acogida, sortea la primera guerra mundial sin muchos problemas, hace la guerra lejos del frente, en una oficina y entonces entiende que oficinistas como Balzac y otros se convirtieran en poetas y escritores y sigue viajando mucho, por Europa, Asia, África, da conferencias en Alemania, en Austria, donde sus escuchantes se prendan de sus maneras amables, de su porte fino (un Zweig un poco demasiado tildado, un poco demasiado amable, en palabras de Klaus Mann), que lo hacen parecer francés, no austriaco, le dicen. Después de la guerra, y antes, Zweig se muestra antibelicista convencido, él quiere la paz, y así lo hace ver en sus crónicas en los periódicos, en sus artículos de opinión, aunque compruebe en sus carnes como la guerra (la de 1914) desata en él sus insospechados instintos más patrióticos, aunque apelando siempre a la ciudadela interior. A pesar del éxito, de las ventas de sus libros que se cuentan por miles, del reconocimiento, Zweig, superados los cuarenta años, a ratos, azuzado por su espíritu contradictorio desea o fantasea con el anonimato, con no ser nadie y llevar una vida privada fuera de los focos. Esto lo dice en sus diarios, pero al mismo tiempo sigue escribiendo denodadamente como si no le fuera posible dejar de hacerlo.

Cuando Hitler se hace con el poder y antes de estallar la segunda guerra mundial, la vida de Zweig cambia, abandonan Salzburgo y emprenden un peregrinaje que le llevan a él y a su nueva compañera Lotte a Nueva York, Londres, Brasil, hasta Petrópolis, una de esas ciudades en las que Zweig se encuentra más a gusto que en las grandes urbes. Si bien, allá, sin libros ni amigos la soledad deviene en angustia. Había huido con su mujer hasta el fin del mundo, pero su malestar persistía, seguía cansado y deprimido, lo que creo que cifra bien la sensación de desarraigo y desamparo a la que a veces conduce el exilio. Era consciente de que la vida que había vivido ya no volvería, una vida donde la belleza tenía su valor y yo tenía tiempo y ocio para disfrutar de ella. Además en 1938, Zweig acarrea con las noticias fúnebres de las muertes de amigos como Toller, Joseph Roth (su relación epistolar está recogida en un libro editado en Acantilado) y Freud.

Zweig y Lotte deciden suicidarse el 22 de febrero de 1942 en Persópolis, días después de que Zweig entregara su Novela de ajedrez. En 1940 Zweig escribía esto en su diario: “nosotros, los que vivimos en y con las ideas antiguas, estamos perdidos; yo ya tengo preparado cierto frasquito“. Así como le refiere Stefan a Friderike, de esta manera, suicidándose (un darse a la fuga muy radical) él estará tranquilo y feliz.

Dado el carácter generoso de Zweig si le pusieran esta biografía de Oliver Matuschek (con traducción de Christina Sánchez y publicada por papel de liar, sello de Global Rhythm que cerró en 2012) en sus manos, seguro que Zweig la despachaba con elogios y palabras de agradecimiento, porque resulta fluida y subyugante y permite hacerse una idea aproximada, que en estos casos siempre es poco más que la de una silueta, sobre un escritor al que cada vez se lee más, sin que en estos tiempos llegue, creo, a tener la categoría de autor de bestsellers, ni falta que le hace.

Stefan Zweig en Devaneos | Carta a una desconocida, Mendel el de los libros, Novela de ajedrez

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Thoreau. Biografía de un pensador salvaje (Robert Richardson)

Esta biografía publicada por Robert Richardson en 1987, la publica ahora en castellano Errata Naturae, con una traducción impecable de Esther Cruz Santaella.
Si cuando leí la biografía recientemente publicada de Thoreau escrita por Toni Montesinos comentaba que Thoreau me resultaba inaccesible, ahora tras leer esta excelsa biografía de Richardson he de decir que creo que le conozco algo, o mucho mejor, si bien tengo la duda de si la manera de llegar a comprender a un escritor es a través de la lectura de sus biografías, diarios (catorce volúmenes entre 1837 y 1861), autobiografías o a través de sus obras publicadas.

La obra magna de Henry David Thoreau (1817-1862) es Walden, la cual publicó siete años después de haber dejado la laguna, y tras múltiples experiencias y profusas lecturas. Un lapso de tiempo que le permitiría a Thoreau ir debastando el texto, pulirlo, mejorarlo, decantarlo, madurarlo hasta su publicación final.

Richardson estructura su biografía de manera cronológica y seguimos los pasos de Thoreau desde que se gradúa con veinte años en Harvard hasta su muerte a los 44 años, y por medio vemos que a Thoreau le dan calabazas, Ellen Sewall rechaza su oferta de matrimonio y nunca más llega a enamorarse ni a compartir su vida con nadie. Tampoco tendrá descendencia. Pierde a su hermano con poco más de veinte años. Deja su trabajo como profesor por no compartir las bondades del castigo físico como herramienta pedagógica. Surca ríos en la compañía de su hermano, que plasma en Musketaquid. Quiere vivir su propia vida, llevar él las riendas, cultivarse a sí mismo. Una actitud la suya radical, que supone detestar el consumismo, y apostar por la austeridad, por la vida sencilla, por ocuparse en pocas actividades, las menos posibles, y centrarse en ellas.

Lo que más me ha gustado de esta apasionante biografía es que Thoreau lleva sus ideales hasta al final, aunque creo que ciertas circunstancias le ayudaron. El no tener pareja, ni hijos, ni conseguir triunfar como escritor tempranamente, hicieron de Thoreau alguien duro, frío, impenetrable, hosco, incluso grosero. Alguien que siempre apostó por sí mismo hasta al final, alguien que además de traductor ocasional de clásicos griegos como Prometeo encadenado o Antígona, fue un lector -capaz de leer en griego, latín, francés, alemán e italiano- voraz (de escrituras hindúes, del idealismo alemán, de Milton, Goethe, de las Geórgicas de Virgilio, de Catón el Censor, múltiples lecturas de viajes, de Darwin y Linneo, Gilpin…), empedernido, que devino un erudito en múltiples materias, convertido en un filósofo de la historia natural, que destilo lo leído para aportarle en sus escritos sus propias experiencias, su particular forma de entender la vida.

Thoreau nos brinda reflexiones de altura sobre la lectura como esta:
Thoreau

Thoreau sabía que irse a vivir solo a una cabaña cerca de casa, como hizo él cuando se fue a laguna de Walden Pond, estaba al alcance de todo el mundo “era consciente de que lo que estaba haciendo no era desafiar la naturaleza salvaje, sino simular sus condiciones en una suerte de experimento simbólico o de laboratorio. La estancia de Thoreau en Walden fue la comuna reformista definitiva, reducida con fines enfáticos a la unidad constitutiva más simple posible: el individuo”. Lo suyo duró dos años y dos meses y luego llevó una vida más o menos normal, dando conferencias, ejerciendo de agrimensor, residiendo en el hogar familiar, ayudando a su padre en la fabricación de lapiceros y aportando unas cuantas innovaciones tecnológicas, y sobre todo construyéndose como escritor, apartándose de Emerson, de quien al principio de su relación fue su pupilo, y carteándose como figuras como Whitman (que publicaría en 1855 Hojas de hierba, y sería un rotundo fracaso comercial, si bien Emerson diría que “es el texto de ingenio y sabiduría más extraordinario que Estados Unidos haya aportado hasta la fecha”) o Blake, alzando su voz contra la esclavitud, apelando a desobedecer una ley cuando ésta era injusta.

Thoreau es hoy abanderado de muchas causas pero para mí el más claro exponente del tesón, de la entrega, de la constancia, del duro trabajo diario. Un trabajo que apenas le reportaría ningún capital, sino que lo dejó siempre en manos de la precariedad más absoluta, la cual fue capaz de sortear con estoicismo, reduciendo sus necesidades al mínimo, dedicando todo su tiempo y todas sus energías vitales, a aprender, a formarse, a estudiar cuanto le rodeaba con una constancia sobrehumana, por mucho que no tuviera una salud de hierro.

Dice Richardson que cuando murió Thoreau era ya un escritor conocido. Antes de morir, Thoreau, sabedor de su final, tratará de arreglar sus papeles y mandar a la editorial el mayor número de obras posibles (entre ellas Las manzanas silvestres) para de esta manera dejar a su madre y a su hermana algo de dinero, para cuando él faltara.

Después de haber leído dos biografías y casi mil páginas sobre Thoreau, afronto Walden como el que hace el Camino de Santiago por segunda vez.

Buena parte del libro lo he leído al lado de ríos, lagunas, bajo el cielo, en senderos boscosos, en definitiva: al aire libro.

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El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau (Toni Montesinos)

Esta biografía y ensayo sobre Henry David Thoreau, escrita por Toni Montesinos, coincidiendo con el segundo centenario de su nacimiento, la he leído con entusiasmo.

Al contrario que figuras icónicas como Jesús o Sócrates que abandonaron este mundo sin dejar ningún testimonio escrito, Thoreau se cuidó mucho de hacer llegar su mensaje a través de sus muchos libros, la mayoría diarios, y luego como conferenciante.

Si uno piensa en Thoreau como en un estilita o un eremita, yerra. Tras acabar los estudios y graduarse en Harvard Collage y obtener trabajo como profesor, donde no durará nada, al no querer emplear la violencia física como herramienta pedagógica, se marcha cerca de su casa, a la laguna de Walden Pond, donde permanece dos años, dos meses y dos días, para luego recalar en casa de su amigo y valedor, el escritor Emerson del que en el comienzo de su relación se consideraría su pupilo y en cuya casa residirá un par de años y posteriormente en la casa familiar con su madre y hermana.

Thoreau está en Walden entre los 28 y los 30 años, luego deja ese hábitat natural lagunero y llevará una vida urbanita hasta su muerte a los 44 años.

Laguna Walden PondLaguna de Walden Pond

Esos dos años le dieron a Thoreau mucho juego, dado que ese estilo o filosofía de vida, allá en Walden, su vida sencilla, austera, sin lujos ni ornatos, con la mirada y el corazón en manos de la naturaleza que Thoreau admiraba y amaba, que fue su objeto de estudio y su solaz y la cual desentrañaba con sus maratonianas caminatas, ha servido de ejemplo o ha hecho surco para que muchos otros tras su muerte hayan buscado apartarse voluntariamente de las ciudades, de su ruido, tráfico, contaminación e hiperconsumo y hayan encontrado la tranquilidad y el sosiego en lugares recónditos, apartados de la sociedad, llevando vidas austeras, de subsistencia como Sue Hubbell nos relata en Un año -que son doce- en los bosques, o Annie Dillard en Una temporada en Tinker Creek. Más que copiar lo que Thoreau hizo, muchos han captado su espíritu y lo han adaptado luego en su vivir a sus circunstancias personales. Conviene recordar que Thoreau no tuvo pareja, ni hijos. Sí que se declararía con ventipocos años por carta a Ellen Sewall, pero ésta siguiendo las instrucciones de su padre lo rechazó.

Hay que apuntar que Thoreau no se va donde Cristo dio las tres voces, sino que la cabaña estaba a tiro de piedra de la casa de sus padres y de la de Emerson, a cuyas veladas sociales acudía con frecuencia. La desconexión por tanto no es absoluta, no es por tanto la soledad autoimpuesta de Thoreau una soledad sin asideros como la que sufre por ejemplo el protagonista de Hacía rutas salvajes. Thoreau vive solo pero la civilización la tiene a la vuelta de la esquina. Thoreau lleva la vida que quiere, no la que la sociedad le impone, se reforma a sí mismo, con una confianza y fe ciega en su persona, haciendo suyo el concepto de Bildung (Thoreau era un lector empedernido, de poesía y ensayos, capaz de leer en griego, latín, alemán e italiano, y capaz de traducir al inglés del griego Prometeo encadenado de Esquilo, traducción que aparecería en el número de enero d 1843 en The Dial, un Thoreua acérrimo lector de Goethe y en especial de su Viaje a Italia), y luego con sus consejos y sermones trata de cambiar la sociedad con sus escritos, siempre buscando nutrir su sentido del yo, descubriendo y realizando su propio destino como individuo autónomo.

Lo interesante de esta biografía es que Toni selecciona y entreteje muy bien los textos, tal que no solo conocemos mejor el pensamiento y la obra de Thoreau -se citan fragmentos de Walden, Musketaquid (que recoge su singladura fluvial de dos de semanas en compañía de su hermano mayor John, que moriría a los 28 años de tétanos y que le supondría su primera salida en la que dormiría fuera de casa), Caminar, Una vida sin principios, Desobediencia civil y otros escritos… y recoge a menudo las palabras de Casado Da Rocha (del que hace poco comenté su Una casa en Walden, sobre Thoreau y cultura contemporánea) sobre Thoreau-sino que de paso obtenemos mucha información destilada sobre la sociedad americana desde la década de los treinta hasta el último cuarto del siglo XX, con eventos como La Guerra de Secesión (1861-1865), la llegada del ferrocarril, o las luchas entre abolicionistas y esclavistas. Acontecimientos ante los cuales Thoreau no permaneció callado y por ejemplo en el caso de la esclavitud siempre manifestó su más enérgica repulsa, poniendo toda la carne (la pluma) en el asador.

Las relación epistolar que Thoreau mantiene con Blake o Whitman, entre otras figuras con las que se cartea, o su relación con otros trascendentalistas como Nathaniel Hawthorne, nos ayudará a conocer mejor a estos escritores, así como sus dudas, sus temores, su visión de la sociedad y de la naturaleza humana.

Después de leer estas 448 páginas, coincido en la valoración que Virginia Woolf hizo sobre sus lecturas de Thoreau. Diarios que califica de nobles, poderosos, sinceros, a pesar de lo cual según refiere Woolf se quedaba con una extraña sensación de distancia.

Es muy posible que ni leyendo todos sus ensayos ni biografías como la presente o la de Richardson (Thoreau: biografía de un pensador salvaje, cuya lectura estoy cursando), lleguemos a conocer a Thoreau, pues tengo la impresión de que todo gira en torno a Walden como si desde los treinta a los cuarenta y cuatro años, cuando muere, esos años no hubieran significado nada y Thoreau tras su experiencia Walden viviera ya en el pasado, un pasado cristalizado, al margen del tiempo, como un pensamiento puro y salvaje, que el correr del tiempo, en el caso de Thoreau, no hubiera hecho otra cosa que manosearlo y degradarlo y al que su temprana muerte creo que lo benefició.

Al igual que leemos con interés y a veces con aprovechamiento vital los escritos de Cicerón, de Marco Aurelio, las obras de Thoreau poseen a su vez pareja capacidad de penetración e impregnación, y prefiero, en lugar de poner aquí los muchos fragmentos que me han llamado la atención como los presentes:

“No conozco estudios más formativos que los clásicos. Cuando nos sentamos con ellos, la vida parece tranquila y serena, como si quedase muy lejos, y dudo mucho que exista un lugar desde el que se vea tan real, tan poco exagerada, como a la luz de la literatura. En las horas serenas contemplamos el recorrido de los autores griegos y latinos con mayor placer que el viajero que observa los paisajes más bellos de Grecia Italia. ¿Dónde podríamos encontrar una sociedad más refinada? Ese camino que lleva desde Homero y Hesíodo hasta Horacio o Juvenal es mas inspirador que la Vía Apia. Leer a los clásicos, o conversar con esos griegos y latinos del mundo antiguo a través de sus obras, es como caminar entre las estrellas y las constelaciones, un sendero elevado y tranquilo para viajar. De hecho, el verdadero erudito tendrá mucho de astrónomo en sus hábitos. No permitirá que las preocupaciones y distracciones obstruyan su campo de visión, pues las regiones más altas de la literatura, al igual que la astronomía, están por encima de la tormenta y la oscuridad”.

“No te molestes en ser religioso, nadie te dará las gracias por ello. Si puedes clavar un clavo, y tienes clavos que clavar, hazlo. No albergues dudas si no son agradables para ti, mándalas a la taberna. No, comas si no tienes hambre; no hay necesidad de ello. No leas los periódicos. Aprovecha todas las oportunidades que tengas para estar melancólico: sé tan melancólico como puedas y advierte el resultado. Regocíjate con el destino. En cuanto a la salud, tente por bueno y ocúpate de tus asuntos. No te detengas por temor. Vendrán cosas más terribles y no dejarán de hacerlo. Los hombres mueren de miedo y viven de la confianza. No seas obediente como los vegetales. Sé tu propia ayuda. No te dediques a encontrar las cosas como crees que son. Haz lo que nadie podría hacer por ti. No hagas nada más”.

que seáis vosotros los que los descubráis por vuestra cuenta si os decidís a leer esta amena y estupenda biografía perpetrada por Toni Montesinos.