Archivo de la etiqueta: Literatura Italiana

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Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal (Nuccio Ordine)

Estos clásicos para la vida me servirán como un canon para futuras lecturas. Algunos los he leído como Cien años de soledad, Mendel el de los libros, El Principito, Banquete, El hacedor, Si esto es un hombre, Don Quijote de la Mancha, pero el resto no, así que ahí quedan para el futuro.

En la Introducción Nuccio Ordine vuelve a hablar de los temas que ya leí en La utilidad de lo inútil, a saber, su defensa de las Humanidades (conviene escuchar esta conferencia de Marina Garcés al respecto, la cual se aparta del trillado camino que Ordine recorre una y otra vez) que uno estudie una carrera no tanto buscando el acomodo laboral sino aquello que en verdad le apasione, sustraerse a un consumo desmedido, fomentar la capacidad crítica, etc. Algunas de las cosas que dice ya se las he leído a Umberto Eco cuando distingue entre información y conocimiento, donde en la red hay tantas cosas pululando que debemos saber que no toda la información es igual, y que hemos de ser capaces de discriminar la información valiosa de la morralla, ya que apenas hay filtros, ni jerarquías y en internet todo se nos presenta como un todo indiferenciado donde cuesta mucho separar el grano de la paja. Cuando Ordine se refiere a Nietzsche y habla de su Aurora y de los orfebres de la palabra (la filología es un arte venerable, que pide, ante todo, a sus adeptos que se mantengan retirados, que se tomen tiempo y se vuelvan silenciosos y pausados, un arte de orfebrería, un oficio de orífice de la palabra, un arte que requiere un trabajo sutil y delicado, y en que nada se consigue sin aplicarse con lentitud. Precisamente por ello es hoy más necesario que nunca; precisamente por eso nos seduce y encanta en medio de esta época de trabajos forzosos, es decir, de precipitación, que se empeña por consumir rápidamente todo. Ese arte no acierta a concluir fácilmente; enseña a leer bien, es decir a leer despacio, con profundidad, con intención penetrante, a puertas abiertas y con ojos y dedos delicados), es lo mismo que lo que Gual decía en su recientemente publicado La luz de los lejanos faros.

En la introducción leemos:

A partir de esta experiencia de campo surgió la idea de ofrecer en las páginas de uno de los semanarios más prestigiosos de Italia—«Sette», del Corriere della Sera—una selección de los fragmentos que había leído a mis estudiantes a lo largo de los años. Este volumen compila, en efecto, los textos que, entre septiembre de 2014 y agosto de 2015, seleccioné para los lectores de mi columna, titulada «ControVerso». Se trataba de presentar cada semana una breve cita de un clásico y de intentar evocar un tema relacionado con ella.

A medida que vaya leyendo los libros propuestos por Ordine que no he leído, podré enjuiciar, pues creo que solo ese es el momento adecuado, si la selección propuesta por Ordine es acertada o no. Lo que está claro, es que cada uno de los libros seleccionados, le permiten a Ordine reforzar sus tesis, todo aquello que expone en la introducción, sobre la deriva utilitarista, la importancia de la cultura en la formación humana de cara a lograr una sociedad mejor, más crítica y tolerante que valore más el fondo de las personas, su belleza interior (Cirano) que la superficie, etcétera.

A pesar de que leyendo a Ordine la cultura nos pueda parecer la panacea, vale la pena leer este estupendo artículo de Jaime Fernández.

De los 50 libros clásicos propuestos por Ordine (una docena del siglo XX), solo uno es obra de una escritora: Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Lo cual me sorprende porque alardeando tanto de la cultura como hace Ordine éste se queda muy corto de miras a tenor de su análisis patriarcal de los clásicos.

Acantilado. 192 páginas. 2017. Traducción de Jordi Bayod Brau

La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego

La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego (Andrea Marcolongo)

Este libro de Andrea Marcolongo (donde la autora se explaya y soporiza bastante haciéndonos entender los problemas que ha tenido desde su nacimiento a consecuencia de tener un nombre que en Italia es propio de los varones) ya muestra sus intenciones desde el título, o subtítulo: nueve razones para amar el griego. Las nueve razones no están por ninguna parte. Hablar de la traducción del griego, de las declinaciones, en todo caso son características de la lengua griega, pero no creo que sean razones para amar la lengua. Respecto a la traducción, comparto lo que leía el otro día de Gual, cuando decía que al citar un texto griego junto al nombre del autor debería figurar siempre el nombre del traductor. No sé si en el texto original que es en italiano la autora ha reparado en este detalle. En la traducción al castellano, que es la que leído, en ningún momento se cita a ningún traductor, por mucho que la autora hable de lo importante que es esta labor y a pesar de que haya unos cuantos textos griegos, con los que la autora trabaja para exponer sus ideas. En su defensa del griego que Andrea ha estudiado de joven y por obligación, preparando exámenes para olvidar todo lo aprendido poco después de finalizarlos y que luego retomará ya en su vida laboral, echa mano de su experiencia y las anécdotas que nos cuenta en su mayoría son bastante sonrojantes y pueriles. Puestos a apreciar la impronta de los griegos y su legado, prefiero los textos que he leído de Pedro Olalla, de Carlos García Gual o de Edith Hamilton, o cualquier conferencia de Antonio Tovar o de Francisco Rodríguez Adrados. Si me quedo con algo son con algunos aspectos históricos y alguna que otra reflexión sobre la lengua griega que sí me ha interesado (como lo referido sobre la transición del griego antiguo al griego moderno, o el pasar de poner el acento no ya en el cómo, sino en el cuándo sucede la acción, al caer los griegos en la cárcel del tiempo), aunque estos desenfadados ensayos creo que tienen muy poco recorrido y escaso vuelo. Promete mucho ya desde su pomposo título y ofrece bastante poco (por no hablar de las erratas presentes, palabras repetidas una al lado de la otra y otras cosas relativas a la traducción como hablar de efectos colaterales cuando en ese entorno bélico creo que se debe referir a daños colaterales), lo cual no impedirá -o quizás a consecuencia de lo anterior- que se venda como churros.

Editorial Taurus. 2017. 208 páginas. Traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda.

Literatura griega en Devaneos

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Silencio en Milán (Anna María Ortese)

Decepción mayúscula, la cual quizás tenga que ver con las expectativas que tenía. Silencio en Milán recoge siete relatos de Anna Maria Ortese (1914-1998) publicados en 1958.
En estos relatos el tono se mantiene y lo que ronda en ellos es el malestar, el vacío, el silencio, la soledad que sienten los habitantes de Milán. Para abordar estos sentimientos la autora selecciona distintos escenarios.
En el primer relato es la Estación Central de Milán, la cual se erige como la nueva catedral del progreso y de la técnica, con sus cielos de piedra, de acero, donde la nueva deidad es la técnica y sus retoños la producción en masa, en una sociedad despersonalizada, que vacía al ciudadano, convirtiéndolo en objeto o en un número, anulando su pensamiento, su capacidad de dialogar. Un discurso que me resulta trillado, y que retoma en La mudanza, el último relato, adoptando así el libro cierta circularidad. Ahí brilla el desencanto, viendo que el comunismo que iba a ser la panacea, al devolver al hombre su dignidad, repartiendo el trabajo, anulando las diferencias, permitiendo el acceso a la cultura, no se materializa en Hungría cuando los comunistas se aúpan al poder. Conviene leer Días felices en el infierno de Faludy para ahondar más en este asunto.
El resto de los escenarios son la estampa de los aparthoteles, ese sarpullido clónico inmobiliario que despersonaliza a sus inquilinos; los locales de alterne; un reformatorio apartado de Milán, que al margen de la ciudad solo se conoce de su existencia si se visitan sus dependencias, o un piso que una mujer abandona, o dos hermanos que deben vaciar el piso de sus padres al morir, un vaciado que supone volver del pasado con las manos vacías, para darse de bruces con un presente vacío, inerte, gris, ante un porvenir que a Masa, una de las hermanas, se la trae al pairo, pues ella sigue por inercia.
El estilo de Anna me ha resultado muy mediocre, y algunos relatos como Locales nocturnos o La ciudad está vendida, especialmente malos. Anna tiene un discurso, una visión de la realidad que trata de plasmar en estos relatos y crónicas, que me resultan tópicos, poco ingeniosos, porque su mirada me resulta cansada y eso al leer fatiga tanto como aburre.

Editorial Minúscula. 2012. 172 páginas. Traducción de César palma.

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Historia de Irene (Erri De Luca)

De Erri de Luca (Nápoles, 1950) solo había leído La parola contraria. La Historia de Irene es el primer libro de relatos que leo suyo. La historia de Irene es el relato más largo y en el mismo Erri adopta un tono poético mágico para referir la historia de Irene, una joven sordomuda embarazada a punto de ser madre, en una pequeñísima isla griega, que desconoce quiénes son sus padres, criada entre delfines, una mujer que vive a lomos del mar y de la tierra, una especie de sirena o deidad mitológica que encuentra en la figura de un escritor senil alguien en quien confiar, el cual capturará su historia para nosotros. A lo fantástico del relato Erri aporta datos biográficos como sus aventuras en la montaña y su defensa de los animales, de los delfines en este caso censurando la vida que llevan en los acuarios (en las noticias vimos hace poco como en una playa española un grupo de bañistas vieron una cría de delfín, que entre el ruido y los selfies de turno, entre todos ellos con el ruido mataron al delfín). El relato tiene algunos detalles interesantes pero lo encuentro deslavazado.

El siguiente relato cuenta cómo el padre de Erri, Aldo De Luca, logró quitarse la guerra de encima, la segunda, escapando de Nápoles a Capri en una barca con nocturnidad, acompañado de otros hombres, entre ellos un judío que se hace dueño de la historia.

El tercer relato es un intento fallido de mostrar lo jodido que resulta insertar en el hogar familiar a un anciano decrépito y con los esfínteres echados a perder cuando el hambre y el frío pueden más que el sentimiento de piedad y como un rayo de sol, la espuma del mar o el sabor de una almendra es más que suficiente para acariciar, aunque sea brevemente, la felicidad.

Seix Barral.141 páginas. Traducción de Carlos Gumpert.

Literatura italiana en Devaneos | Marcello Fois, Marisa Madieri, Alberto Moravia, Alfredo Panzini, Matilde Serao, Clarice Tartufari, Tommaso Landolfi, Anna Maria Ortese, Andrea Camilleri, Alberto Savinio, Antonio Tabucchi, Natalia Ginzburg, Giani Stuparich, Leonardo Sciascia, Italo Calvino, Claudio Magris, Elvira Mancuso, Nuccio Ordine, Dino Buzati, Scipio Slataper, Margaret Mazzantini, Dacia Mariani, Alessandro Baricco, Vincenzo Consolo, Paolo Giordano, Chiara Gamberale, Ugo Cornia, Edoardo Nesi, Niccolò Ammaniti, Primo Levi, Elena Ferrante.

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Los indiferentes (Alberto Moravia)

Primera novela publicada por Alberto Moravia (1907-1990) a sus 22 años. En ella el autor nos presenta a cinco personajes de clase bien. María Engracia, su hija Carlota, su hijo Miguel, Leo el amante de María Engracia y Lisa, su amiga. La familia tiene la casa hipotecada y estos problemas económicos los llevan por el camino de la amargura y del aburrimiento, pues lo único que saben hacer es aburrirse y lamentarse ante la posibilidad de perder su posición.
Moravia crea una atmósfera enrarecida, opresiva, demencial, sórdida, inmunda, voluptuosa, donde la moral se pone continuamente en entredicho, con la figura del libertino Leo, quien tras romper con Lisa y aburrirse de María Engracia, se encapricha luego de su hija Carlota, a la que conoce desde niña, sin que ese sentimiento paternal venza a la atracción que la piel joven le suscita, ansioso por conquistarla, por entrar en ella, por desflorarla y ponerla ya de su lado. Al hilo de esto es interesante ver el distinto rasero con el que se juzga al hombre voluptuoso y lujurioso, cuya salacidad va al haber y que en el caso de la mujer, Carlota quien quiere disfrutar de su cuerpo y de su sexualidad su deseo va en el debe y pasa a ser catalogada como chica fácil, perdida, o ramera, que es como Leo la considera.
Moravia hace rechinar la realidad empleando un léxico exacerbado, y así las manos son estúpidas, las caras repugnantes, los pensamientos abyectos o viles o mezquinos.
La realidad es un tablero de juego donde cada cual juega sus cartas con el único objetivo de mantener el estatus, como se verá. En sus acciones prima la hipocresía, la falsedad y en la narración vemos como nada tiene que ver lo que piensan y lo que luego hacen, como si pensamiento y acción fueran dos columnas paralelas sobre las que erigen su mundo, que es una cápsula que los sustrae de la realidad circundante, que ni los roza, ni los altera, pues todos ellos, incluido el indiferente Miguel a pesar de sus muchos pensamientos y a pesar de su impostado nihilismo, asume que la vida que llevan es la que quieren seguir llevando y que esa “otra vida”, el abandonar su villa y pasar a vivir en un piso con vecinos, el tener que codearse con gente de la calle, o el tener que trabajar, es una fantasía más, un delirio, pues tanto él, como su hermana y como su madre se rebajarán en su proceder lo necesario para no abandonar su tren de vida.

RBA. 1993. Traducción de R. Coll Robert. 220 páginas.