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Arno Geiger, El Aleph editores, 2013

El viejo rey en el exilio (Arno Geiger 2013)

Arno Geiger
157 páginas
El Aleph Editores
2013

El autor austriaco Arno Geiger (1968) aborda en su última novela (publicada por El Aleph editores) El viejo rey en el exilio la demencia de su padre August. Arno da por bueno lo que en su día afirmó Derrida -que se escribe, entre otras cosas, para pedir perdón- y el tono que adopta este relato autobiográfico viene a ser un homenaje al padre presente/ausente.

En los albores de la enfermedad del padre y al no disponer de toda la información, ciertas conductas del mismo, le resultan a Arno y al resto de su entorno familiar, apenas comprensibles y muy a menudo frustrantes y reprobables. Una vez que todos tomen consciencia de que su padre sufre una enfermedad degenerativa; demencia, alzheimer, es cuando tratan de organizarse y hacer las cosas de otra manera, a fin de coger el toro por los cuernos. Arno, va entonces al encuentro de su padre, del cual se había distanciado con el paso de los años, un encuentro no exento de tensiones, fricciones, desaliento, tristeza, alegría y esperanza. En resumen, un torbellino de sensaciones que experimenta todo cuidador que se faje en las atenciones dedicadas a un enfermo de larga duración y cuya mente es una cantera al aire libre, donde cada día es una detonación que la irá barrenando, hasta su extinción.

El libro, al tiempo que va constatando los progresos de la enfermedad en la mente de August, hasta verse obligado a dejar su casa para ser ingresado en un asilo, donde se cuestione a diario su falta de rendimiento y su escasa utilidad, va arrojando datos sobre la vida del mismo, sobre el efecto devastador que la guerra tuvo en su persona. August sobrevivió a la guerra, pero se llevó al futuro un trauma, que le impediría, de manera voluntaria, volver a salir de su pueblo y ver mundo, ceñido a un esquema mental que le impelirá a buscar la tranquilidad, el confort de lo cotidiano.

Arno nos habla del matrimonio de su padre, condenado éste al fracaso, de los hijos que tuvieron, de la separación, todo ello con la voluntad de comprender a su padre, de saber cómo fue su vida, y quizá un libro sea una buena forma de dejar por escrito, cómo, y a pesar de todo, las personas que nos rodean a menudo se nos muestran incompletas, apenas iluminadas, con pasados mutilados, o nunca narrados. Arno, por ejemplo, descubrirá unos papeles escritos por su padre donde explica cómo fue su regreso a casa, desde Bratislava, tras debatirse durante cuatro semanas entre la vida y la muerte, hechos de los que Arno no tendría conocimiento (más allá de una foto) si su padre no lo hubiera escrito en unas cuartillas que luego guardaría en unos cajones.

El libro está escrito desde el cariño, desde el reconocimiento, entendida la proximidad de la muerte y la estación anterior, la enfermedad, como una lección de vida y creo que si el libro resulta bastante emotivo y enriquecedor, éste queda perfectamente resumido en una foto, la de la solapa, en la que se va al padre y al hijo al aire libre, caminando. La mirada que el hijo destina a su padre y lo que ésta contiene, lo dice todo.

Lecturas periféricas
| La presencia pura (Christian Bobin) | No he salido de mi noche (Annie Ernaux) | Manual de pérdidas (Javier Sachez)

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Lo que yo llamo olvido (Laurent Mauvignier 2013)

Laurent Mauvignier
Editorial Anagrama
2013
58 páginas

Después de lecturas como El plantador del tabaco, anhelaba solazarme con algo más ligero. Del color de la leche ha sido una muy buena elección. Lo que yo llamo el olvido es una novela corta o mínima. ¿Qué denominación recibe una novela de 58 páginas, que empieza en la número 7, que tiene 23 líneas por página y unas 7 palabras en cada una de ellas, arrojando un montante de 8.000 y pico palabras y que se lee en algo menos de una hora?

Laurent Mauvignier, según su editorial es uno de los grandes autores de la novela francesa actual. Yo lo he descubierto por casualidad. El libro se lee un un abrir y cerrar de ojos. Un hombre va a un supermercado coge una lata de cerveza y luego lo matan. ¿Beber mata?. Es evidente que en este caso concreto sí. Ahora bien, si en lugar de una lata de cerveza hubiera optado por una lata de pepsi, es de suponer que el resultado hubiera sido el mismo.

Al bebedor de cerveza, lo cogen los seguratas del supermercado, lo sacan del recinto y lo ahostian, hasta que sin darse cuenta, aquello, deja de moverse. Luego, ante el fiscal dirán que se les fue la olla (sí y las piernas, los brazos, los codazos,…). En esas pocas páginas el muerto se preguntá como ha llegado a serlo, y reflexiona sobre los momentos previos al hálito final.

Leyendo el libro de Mauvignier no se me iban de la mente las imágenes que pasaron hace poco por televisión de ocho mossos d´esquadra reduciendo a otro hombre. Una reducción que fue tal que la víctima acabó muerta. Luego lo de siempre: que si la víctima llevaba un arma o eso les parecía, que si se resistió, que si creían que vida su corría peligro, que era él o yo (o ellos porque eran 8 contra uno. Y la víctima de momento no tenía superpoderes), que todo pasó muy rápido, que son situaciones en las que sólo se puede actúar rapidamente, bla bla bla.
En resumen, que sólo los mozos que estuvieron allí esa noche, soltando brazos y piernas, saben de primera mano si mataron, remataron a la víctima o si esta cayó fulminada sin que la paliza que le dieron tuviera nada que ver.

Después de la muerte del hombre, los abogados, deben ponerse manos a la obra, de cara a limpiar el nombre de los agentes implicados, o al menos que les caiga la menor condena posible, para que puedan estar con sus familias, que les defienden y arropan, ya que al final siempre que uno lo desea mucho, resulta bastante fácil darle la vuelta a la tortilla y pasar de ser un verdugo a ser una víctima más del sistema, a fin de poder dormir por la noche tras liberar la mente de malos pensamientos, como el de un cuerpo agonizando.

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Del color de la leche (Nell Leyshon 2013)

Nell Leyshon
2013
Editorial Sexto Piso
174 páginas

De entrada, decir que es una estupenda novela la que ha escrito la inglesa Nell Leyshon.

Del color de la leche, es una novela corta, de prosa limpia y sencilla. La narradora es una joven de apenas 15 años, que vive en el año 1831 de nuestro señor, en una granja, con sus padres, rodeada de animales y estiércol, sufriendo las inclemencias del tiempo, también la intemperie sentimental (un padre que la zurra), unas hermanas que más que quererla la soportan, una madre pasiva y agotada que no sabe lo que es una carantoña filial, viéndose arrastrar una pierna que la convierte en un carga.

A pesar de todo, la joven, Mary, es una adelantada para su tiempo, una rebelde, que no se corta un pelo en decir lo que piensa. Cuando un vicario que vive próximo a la familia de Mary reclame a la joven para ocuparla en su casa, al cuidado de su mujer, enferma, Mary deberá poner a prueba todo eso que bulle en su interior. Doblegarse o no. Esa es la cuestión.

Y me alegro de que el final del libro sea como es, porque sino este libro sería Del color de la leche con tres cucharadas soperas de azúcar. Y lo que no hay en el libro es azúcar, edulcorante alguno, solo una historia austera, narrada con eficacia, que te envuelve, sin caer en sentimentalismos de todo a cien, que va creando un mundo con pinceladas sutiles, porque todo resulta tan sencillo como nacer, sufrir y morir.

El plantador de tabaco John Barth Editorial Sexto Piso

El plantador de tabaco (John Barth 2013)

John Barth
1173 páginas
Editorial Sexto Piso
2013

El plantador de tabaco lo publicó en su día Cátedra. Luego dejó de editarlo y ahora de la mano de la editorial Sexto Piso, este año he tenido la ocasión de leerlo, con traducción y prólogo de Eduardo Lago.

El libro es un tocho de 1.173 páginas (que alberga en su interior seis páginas de insultos entre dos rameras). Un libro muy extenso empero muy divertido.

La historia se ambienta en el siglo XVII, y está escrito empleando el lenguaje de esa época, lo cual si se hace bien, como es el caso, tiene su gracia. Así, el autor, John Barth, imposta la voz, o su escritura, para contarnos una historia o una suma de múltiples historias empleando las voces del pasado.

El protagonista es Eben Cooke, el cual deja a su padre, y a su hermana, para sufrir toda suerte de aventuras y desventuras, secundado buena parte de su camino por su tutor, Henry Burlingame, el hombre de las mil caras, que le da a uno la impresión de estar viendo alguna misión imposible de Ethan Hunt, pues en el momento más inesperado el personaje se quita la máscara, y !tacháaaaaaaaaaan!, allí está de nuevo Burlingame.

Eben, es poeta, o siente que está llamado a tal fin y se ve consagrado como Poeta Laureado de Maryland, destinado a escribir la Marylandiada, un poema épico llamado a poner Maryland en los mapas. Tal propósito es bano, porque Eben las pasa putas casi todo el tiempo, recibiendo palizas, viendo su personalidad usurpada por su mayordomo, contrayendo enfermedades, en manos de piratas, pero siempre fiel a un principio vital: mantener la virginidad. Repito, mantener la virginidad.

En un momento de la historia donde el derecho de pernada era universal y donde la dignidad de las mujeres no entraba en consideración, la figura de Eben es la de un bicho raro: poeta y virgen.
Eben, convertido en un trotamundos, rumbo hacia la colonia de Maryland, vivirá toda clase de experiencias y siempre encontrará alguien a quien hacer partícipe de las mismas, porque el planteamiento del libro no es otro que narrar, contar historias, captar la atención del escuchante, presto a refocilarse con una buena historia, tanto como con una apetitosa vianda.

Y así, las páginas se van sucediendo, sumando anécdotas, historias, aventuras, chascarrillos, relatos lúbricos descacharrantes, donde a los plantadores de tabaco se suman los piratas, los indios, los leguleyos de tres al cuarto, los esclavistas, las rameras, los políticos ávidos de conspiraciones..

En ciertos momentos, como cuando se cuenta la historia de los primeros años de la Colonia de Maryland la lectura me ha resultado farragosa, si bien, en conjunto y ponderando todo lo leído, el resultado es de lo más satisfactorio. La historia es asaz divertida y emocionante, la prosa potente, las páginas están impregnadas de mucho ingenio y lucidez, la novela monumental.

La historia sí que podía haber tenido, empero, más fondo y calado. Hablaríamos de El plantador de tabaco como de una obra maestra, que no lo es, pero está muy por encima de la media.